domingo, 7 de abril de 2019

Espiritista, nudista y masón


Eusapia Palladino protagonizó decenas de sesiones espiritistas en Milán, en 1884. Dos años después, participó en varias demostraciones en Varsovia, y en 1905 puso de manifiesto sus poderes en París, en una demostración a la que asistió el matrimonio Curie, dos años después de haber recibido el Premio Nobel, y las calificó de «experiencias científicas».

Charles Richet, al que la Academia Sueca le otorgó el mismo galardón más tarde, también estaba entre el público, al igual que Jacques Curie, hermano de Pierre, un ferviente seguidor de su doctrina. «He sido testigo de la levitación de una mesa mediante las habilidades de Eusapia Palladino (...) y estoy absolutamente convencido de que el fenómeno presenciado no se debía al engaño ni a la intervención de sus pies, manos o rodillas», aseguró Howard Thurston, una celebridad de la magia, tras haber contemplado una sesión celebrada en Nápoles.

Nacida en el año 1854, fallecida en 1918, procedente de una familia humilde y con una educación elemental, la medium italiana también desarrolló su actividad en Rusia y Estados Unidos, ganándose la fama de poseer extraordinarios poderes paranormales y ser capaz de comunicarse con los muertos.

Atraído por su capacidad, José Manuel Otero Acevedo participó en una serie de experimentos realizados por Eusapia Palladino en Nápoles, cuyos resultados dejó reflejados en dos libros, titulados ‘Los fantasmas’ y ‘Lambroso y el espiritismo’, publicados en 1985.

El primero también fue editado en italiano y en alemán, indica la profesora emérita de la Plymouth State Universiy Virgina Milner. Hipnosis. Fue Otero, un experto en la hipnosis, quien convenció de la existencia de los espíritus a un materialista convencido, llamado Cesare Lombroso, aprovechando unas conferencias celebradas en Barcelona.

El más extraordinario de los relatos del italiano es aquel en el que narra como Eusapia Palladino fue capaz de levitar «hasta lo alto de una mesa». Un famoso coetáno suyo, nacido en Edimburgo (Gran Bretaña) en el año 1859, llamado Arthur Conan Doyle, también creía en el espiritismo y se pasó 30 años tratando de comunicarse con los muertos, aunque no hay constancia de que hubiesen respondido a sus invocaciones.

De la misma época del creador del detective Sherlock Holmes y de Eusapia Palladino fue Harry Houdini, que vino al mundo en Budapest en 1874 y lo abandonó en Michigan (Estados Unidos) en el año 1926. El considerado como el más hábil de los escapistas, que no logró abandonar su tumba, situada en el cementerio de Queens, en Nueva York, falleció con 52 años, a causa de una peritonitis, causa nunca demostrada científicamente porque no se le realizó una autopsia a su cuerpo.

La teoría oficial es que el origen de la dolencia fue un puñetazo recibido en una de sus actuaciones, pero no convenció a su familia, que solicitó la apertura de unas investigaciones ante la sospecha de que hubiera sido envenenado por los espiritistas. El motivo que argumentan quienes apoyan esta tesis es que Houdini combatía las supersticiones y lograba poner de relieve la falsedad de las teorías de los seguidores del espiritismo.

José Manuel Otero Acevedo nació en Rosario de Santa Fe (Argentina) en el año 1865, estudió Medicina en la Universidad de Santiago, doctorándose en la de Madrid con la tesis titulada ‘Etiología y tratamiento del lupus tuberculoso’. En 1910 dirigió el Hospital Provincial de Pontevedra y fue el primer neurocirujano español que realizó con éxito la operación quirúrgica del sistema nervioso simpático.

Antes de haber sido un reconocido cirujano, José Manuel Otero impulsó la creación de la Tuna Compostelana, que presidió en 1888, y durante sus tiempos de estudiante universitario también fue redactor de ‘Café con gotas’, fundado dos años antes, un semanario que se audodefinía como “humorístico sin tostada, cómico, satírico e ilustrado”.

Otro vehículo utilizado para trasladar al público sus opiniones fue ‘Pero-Grullo’, también semanario satírico y humorístico de Santiago, que editó y dirigió Otero, aunque por poco tiempo. La publicación, anticlerical y anticarlista, que sacaba a relucir los trapos sucios de la curia, fue prohibida por orden de Victoriano Gisasola y Méndez, canciller-secretario del arzobispo Victoriano Guisasola y Rodríguez, que era su tío, después de que hubiera salido a la calle su segundo número.

Es posible que hubiera sido durante su etapa universitaria en Santiago cuando trabó amistad con un joven que se hacía llamar entonces Ramón Simón del Valle, con el que compartió experimentos que Otero denominaba «visión a distancia». En uno de ellos hipnotizó a un medium. El dramaturgo arousano calificó de «divertidas» las sesiones, cuyo rastro puede encontrarse en obras como ‘La lámpara maravillosa’, expone Virgina Milner.

En Madrid, además de Valle-Inclán; otro escritor, Pío Baroja, y los pintores Rusiñol i Prats y Romero de Torres y Alejandro Sawa, fueron «amigos de fanfarria» de José Manuel Otero, afirma Alejandro Pérez Lugín en ‘La Casa de la Troya’. De «pintoresco, finisecular que iba de chic y estaba a la moda fashion» lo calificó.

Coleccionista de antigüedades, orientalista, apasionado por la parasicología y radioaficionado, en la poliédrica biografía de Otero figura su intervención en la primera de las excavaciones arqueológicas realizadas en Os Castros do Neixón, situados en la parroquia de Cespón (Boiro), además de haber sido uno de los impulsores de la Feria del Automóvil de Pontecesures.

Posiblemente hablase en esperanto, el idioma creado por el oftalmólogo polaco L. L. Zamenhof en 1887. Raimundo García Domínguez, Borobó, escribió de Otero que «era, según la gente bien de Pontecesures, cuanto había que ser para ir sin remisión al infierno: ateo, masón, vegetariano, volteriano, tal vez nudista y, sin duda, republicano federal». 

Agrega el escritor que «poco le faltaba para que lo tildasen de bolchevique, a pesar de su fortuna, en aquellos últimos años que coincidieron con la revolución rusa». José Manuel Otero Acevedo falleció en Pontecesures en año 1920. 


A las 4.30 horas del día 31 de marzo de 2015, los vecinos de la localidad se despertaron sobresaltados. Estaba ardiendo una casa de piedra situada en la céntrica calle San Luis. Nada se supo de la causa del incendio. Era su vivienda.

sábado, 23 de febrero de 2019

¿Quién se acuerda?








Fue necesario que un millón de personas se manifestasen durante 24 horas en Ereván para que el Gobierno de la URSS, a la que pertenecía Armenia en el año 1966, promoviese la construcción del parque de la Tsitsernakaberd (Fortaleza de las golondrinas pequeñas). Una estela de 44 metros de longitud apunta al cielo, doce losas de basalto gris representan el número de provincias armenias que pertenecen hoy a Turquía, en cuyo centro arde una llama desde entonces en memoria del millón y medio de víctimas del genocidio cometido por los otomanos entre los años 1915 y 1920. Los nombres de todos los pueblos donde se produjeron matanzas están grabados en un muro.

Un grupo de hombres y mujeres descienden por una de las escaleras, depositan flores, forman una cadena con las manos y cantan una oración en recuerdo de sus antepasados. Proceden de Estados Unidos, un país donde encontraron refugio cuando se produjo la diáspora. Argentina fue otro destino preferente, al igual que Líbano y Francia. Siete millones de armenios viven hoy fuera de su país y tres permanecen en él, el mismo número que cuando tuvo lugar el exterminio. En un bosque crecen los árboles plantados por personalidades de la política, las ciencias o las artes. En la otra cabecera de la amplia explanada situada en la colina del río Hrazdam despunta el Museo del Genocidio.

Es una construcción subterránea, de forma circular, donde están expuestos documentos, fotografías, objetos y declaraciones relacionadas con la matanza. La luz tenue crea un ambiente de opresión similar al que trasmite el dedicado a Franz Kafka en Praga. Los visitantes caminan, leen, observan los rostros de niños famélicos, rostros desencajados, cuerpos congelados por el frío o calcinados por el sol y caravanas de seres humanos conducidos a la muerte, mientras caminan en silencio o hablan en voz baja.

Allí también está el recuerdo de los combatientes que encontraron refugio en Musa Dagh y repelieron a los invasores, protagonizando una heroica resistencia que concluyó cuando comprendieron que Armenia había sido abandonada y ningún gobierno iba a acudir en ayuda de un país secundario en el mapa de la geopolítica mundial y se vieron obligados a huir.

En un restaurante próximo a la catedral de Ecdmiadzin se reúne a comer un grupo de armenios procedentes de Líbano. En una mesa próxima hablan en español: son descendientes de las víctimas que huyeron a Buenos Aires. Desde el patio exterior llega la voz de una mujer que está interpretando una canción. Su voz suena con el fondo de agua cayendo por la cornisa de madera que rodea el jardín. Pero el drama sigue presente: son escasa las familias que no cuentan alguna víctima entre sus antepasados.

«El calor del sol del desierto quemó sus cuerpos escasamente vestidos y sus pies desnudos, mientras caminaban por la arena caliente del desierto sufrieron tantas heridas que miles cayeron y murieron o fueron asesinados donde caían. Así, en pocos días, lo que había sido una procesión de seres humanos normales se volvió una horda tambaleante de esqueletos cubierto de polvo, buscando vorazmente trozos de comida», denunció Henry Morguenthau. Pero nadie quiso escuchar la llamada de auxilio del embajador de Estados Unidos en Turquía. «En un recoveco del río cerca de Erzinghan, los miles de cuerpos muertos crearon una barrera de tal magnitud que el Éufrates cambió su curso aproximadamente cien yardas», dejó escrito entonces.
 
 Poco antes de que la Alemania nazi invadiese Polonia, Adolf Hitler reunió a sus lugartenientes. Ante las dudas que percibió, les hizo una pregunta: «¿Quién se acuerda de Armenia?» Ninguno. Fue el primer genocidio del siglo XX. La mayor parte de los países siguen sin reconocerlo, y aquellos que lo afirmen en Turquía se exponen a acabar en la cárcel o muertos, como Hrant Dink, el director de una revista que fue tiroteado en Estambul en el año 2007. Cada 24 de abril, miles de armenios acuden a la Tsitsernakaberd para recordar que ese día comenzó la masacre.

miércoles, 20 de febrero de 2019

El oro del Imperio




Cuando hacerse una fotografía era un acontecimiento, al igual que las carreteras asfaltadas y el ruidoso paso de los vehículos, un grupo de unos treinta alumnos del colegio de Carracedelo (León) dejó constancia gráfica de la excursión realizada al fascinante paisaje de Las Médulas (El Bierzo). Un cura sujeta a uno de los chicos, que no tenía más de ocho años entonces y se llama Álvaro Rodríguez.

 «Supongo que sería un traste entonces», comenta por teléfono mientras sonríe desde la Taberna del Che, un establecimiento que regenta en esta localidad, cuya tipología constructiva sigue los cánones tradicionales de esta comarca en un entorno dominado por el cemento. 

Este lugar era entonces atractivo para quienes vivían en sus inmediaciones y completamente desconocido para el resto, hasta que las infraestructuras viales facilitaron el acceso y la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad, en el año 1997. Viajar en el espacio resulta hoy más accesible que nunca, y para hacerlo en el tiempo basta con la observación, la imaginación y algunos datos históricos. 

Entre los siglos I y III, este territorio pertenece al Imperio Romano, y el descubrimiento de oro pone en marcha una intensísima actividad extractiva en la que participan más de veinte mil personas, que canalizan el agua procedente de ríos y regatos de las montañas y construyen una gigantesca red hidráulica de varios cientos de kilómetros de longitud (uno de cuyos hitos es atravesar una montaña, la de Montefurado, en Quiroga (Lugo)), para embalsarla en la parte superior de las explotaciones.

 El siguiente paso consiste en horadar las entrañas de las montañas, en cuyo interior se encuentra el metal precioso. Después abren las compuertas para liberar el agua y que esta se desplace pendiente abajo antes de introducirse a través de la amplia e intrincada red de túneles. Abatidas por el colosal impacto, las paredes no soportan la presión y se vienen abajo. Por las canalizaciones que habían sido construidas previamente baja la corriente llevando el oro hacia la zona donde fueron construidos los lavaderos. 

«El monte cae roto desde su altura, con un gran estruendo que no puede concebir la mente humana», describe Plinio el Viejo en sus escritos. La actividad es incesante: «Se cava a la luz de las lucernas, estas sirven también para medir los turnos de trabajo, y en muchos meses no se ve el día», añade el historiador. Entre cuatro mil quinientos y cinco mil kilos de oro fueron extraídos a lo largo de dos siglos, precisa el cronista del Imperio Romano. 

Agotado el filón, una superficie de 1.115 hectáreas queda abandonada. Su aspecto apenas guarda parecido con el que presentaba antes de la fiebre del oro, porque su extracción hizo necesario el movimiento de doscientos cuarenta millones de metros cúbicos de tierra, y su desplazamiento da lugar a la formación de grandes cerros, farallones, cortados, cárcavas de arcilla rojiza y de varios lagos.

Ausentes los seres humanos, la naturaleza recupera su protagonismo. Crecen entonces los robles, las encinas y las carcasas en un territorio que estaba dedicado a los castaños, cuya plantación intensiva realizaron los romanos con el objetivo de disponer de un recurso con el que alimentar a la mano de obra. De este modo, la necesidad se convierte en el origen de otra característica que hace peculiar el paisaje de Las Médulas. 

Algunos ejemplares arbóreos son milenarios, se convirtieron en referencias y destacan por su porte, como el de Pereda de Ancares. El insólito paisaje elaborado por la acción de los seres humanos y por los meteoros tiene un aspecto lunar visto desde el mirador de Las Pedrices, que resulta especialmente recomendable en los atardeceres o de Orellán: los montículos rojizos despuntan entre las masas verdes de las arboledas y dejan ver los pasadizos que permiten introducirse en su interior. 

El movimiento de tierras provocado para lograr el acceso al metal fue el origen de la creación de un entorno fascinante en la comarca de El Bierzo (León) [ Nómadas ] Unos son grandiosos como catedrales, y tal es el caso de La Cuevona o de la Cueva Encantada, mientras que el acceso a otros, como el de Pico Reirigo, hace necesario el uso de una linterna y resulta espectacular y emocionante. 

La madera de los castaños es utilizada en la construcción de los voladizos que bordean la primera planta de las viviendas, al igual que la pizarra, la cuarcita y el barro, y mantienen la fisonomía tradicional de los pueblos en unos entorno rodeado edificios y casas cuyo componente esencial es el hormigón.

Un destino que parecía tan lejano para Álvaro Rodríguez cuando visitó por primera vez Las Médulas, cruzando el río Sil por el puente colgante entre Villaverde y San Juan de Paluezas, ya no lo era tanto en otro viaje, el que realizó hace algo más de tres décadas en compañía de un grupo de amigos, que compartieron unas paellas. «Las cosas ya habían cambiado muchísimo», afirma recordando aquella experiencia. Cruzarse con visitantes de distintas nacionalidades caminando por sus senderos o contemplando sus lagos es algo frecuente.

 «Abismal» es el adjetivo que usa para referirse a su transformación, aunque el paisaje apenas haya cambiado del que contemplaron los soldados romanos hace más de veinte siglos.

domingo, 10 de febrero de 2019

Olvidada Armenia

Monasterio de Tatev


El avión partió hace algo más de una hora de Moscú. El pasillo se convierte en un ir y venir de pasajeros cuando la nave sobrevuela las cumbres nevadas del monte Ararat, con sus 5.165 metros de altitud. Más de un centenar de armenios retornan a la tierra de sus antepasados. Lucine Ghazaryan y Martin Karapetyan nos están esperando en el aeropuerto Zvartnots, de Ereván. Música e historia del país al que acabamos de llegar son los temas de conversación en el corto trayecto hasta la ciudad.

La figura de Mesrob Mashots preside la fachada de la Matenadaran (Biblioteca). Es el autor del alfabeto, con 39 letras cuyas características guardan cierta similitud con las grapas. Desde entonces, en el año 405, varias generaciones de armenios dedicaron su vida a recopilar el conocimiento. 
Alfabeto armenio
El termómetro marca 40 grados cuando comenzamos el viaje hacia el norte que nos lleva hasta Akhala, una fortaleza con sus murales de origen bizantino, y a Haghpat, un complejo monástico que fue seminario y universidad en la antigüedad, en cuya biblioteca pueden verse los huecos realizados en el suelo para esconder los documentos y evitar su robo y destrucción. Ambas construcciones datan del siglo X, mientras que la basílica de Odzum es del V. En su interior, un sacerdote canta con voz grave y potente. En el exterior llaman la atención dos obeliscos rectangulares.

La frontera con Georgia está cerca, y a escasa distancia nos espera Manuel con la mesa lista para comer debajo de unos árboles. "¿Barcelona live?", pregunta. Granada, Bilbao, Messi, Cristiano Ronaldo y la civilización griega también salen en la conversación.
Los grandes y expresivos ojos de su esposa lo dicen todo en silencio. La altiplanicie ondulada y de color paja por la que circula el coche se convierte en un paisaje de tonalidad verde cuando llegamos a Dilijan. Es una localidad rodeada por un denso bosque de arces, sauces y olmos, cuyas viviendas están rematadas por cúpulas de madera. Con sus doce balnearios, es un destino termal. Cuatro agentes uniformados dan paso a los niños que se dirigen a la escuela en una mañana silenciosa.
Dilijan
El viaje se reanuda en dirección sur hasta el lago Sevan, que sigue existiendo porque Stalin no tuvo tiempo de desecarlo totalmente. Años después de su muerte, fue rellenado parcialmente y hoy se extiende en una franja de 70 kilómetros de longitud y cinco de ancho, en paralelo a la frontera con Azerbaiyán.

Antes de que la megalomanía del dictador alterase su 
fisonomía, en su interior se encontraba una isla, que hoy es una península, sobre la que se asienta un monasterio y dos iglesias construidos con piedra volcánica en el siglo IX, cuyo color oscuro contrasta con el intenso azul de la superficie calmada del agua, bordeada por las cumbres de una cadena montañosa. 
Sevan
Los armenios observan con curiosidad a los visitantes, es una característica que los define, como sucede con los españoles por su costumbre de hablar en voz alta. Proseguimos la expedición dejando el lago a la izquierda, y nos internamos por una polvorienta carretera que nos conduce hasta Noraduz.

Si el alfabeto es una seña de identidad de Armenia, otra lo son las cruces esculpidas sobre piedras de formato rectangular, denominadas jachkares. En ellas están tallados aquellos elementos y acontecimientos que caracterizaron la existencia de las personas por las que fueron construidos. Su altura oscila entre metro y medio y dos metros. Hay más de 800. El tiempo (datan de entre los siglos XV y XVII) realiza su trabajo, y su superficie está recubierta de moho y líquenes.

El cementerio se extiende sobre siete hectáreas y es un impresionante museo al aire libre. Dos mujeres caminan. Unos pañuelos oscuros cubren sus cabezas. Queda atrás el Lago Sevan, situado a 2.000 metros de altitud sobre el nivel del mar. Un leve descenso, a través de unos parajes desnudos y salpicados por arbustos, se ve interrumpido en varias ocasiones por los rebaños de vacas. 
Caravasar de Selim

Entre abruptos picachos y cumbres redondeadas por la erosión queda atrás una carretera de firme irregular. El itinerario enfila a través de una pista que concluye en una planicie sobre la que está ubicada una construcción de recios muros: es el Caravasar de Selim, construido en el año 1332. 

Un vestíbulo da paso a una nave dividida en tres espacios por dos hileras de columnas. En uno descansaban los mercaderes que hacían la Ruta de la Seda y en el otro, los animales. Entre ambos se encuentra un canal por el que discurría el agua que saciaba la sed de unos y de otros. Imagino al mercader veneciano Marco Polo oteando el horizonte antes de reemprender el camino hasta la lejana y legendaria China.
Cementerio de Noraduz
De nuevo en la carretera, los Lada, orgullo e identidad del régimen soviético, están abandonados en sus márgenes. Otros circulan lentamente cargados de maíz, sandías y melones, y sus conductores se hacen a un lado para dejar pasar a los coches coreanos, japoneses y alemanes. Cae la tarde cuando llegamos a Goris. La frontera con Nagorno Karabakh se encuentra al este y muy próxima.

Este país es una herida sin cerrar. En la década de los setenta del siglo XX, Armenia y Azerbaiyán guerrearon por hacerse con un territorio que abandonaron los pocos azeríes que lo poblaban antes del conflicto bélico. Hoy, su población es armenia, la paz sigue sin firmarse entre los dos contendientes y su gobierno no está reconocido internacionalmente.

El aspecto, un tanto desolado, de Goris contrasta con unas viviendas acogedoras y confortables, con sus patios interiores en los que crecen los árboles frutales. Los armenios son hospitalarios y extienden su brazo para invitarnos a pasar. Con el nuevo día nos aguarda Khndzoresk. Es un pueblo cuyas viviendas son grutas 
excavadas en una montaña porosa, que contó con tres escuelas y dos iglesias, al que llegamos después de cruzar el Puente del Diablo, que se bambolea sobre el río. 
Templo de Khndzoresk


Apuramos la mañana para subir al llegar al teleférico, a través de unos cables de 5,7 kilómetros de longitud. Nada más bajar puede verse la cúpula del Monasterio de Tatev. Está situado sobre una planicie al borde de la profunda garganta. Como otros, también sufrió los embates de un terremoto, que no afectó a la Columna de Gavazán, de ocho metros de altura y formada por una serie de piedras encajadas, cuyos giros permitían a los habitantes del monasterio advertir la llegada de las tropas enemigas.

Irán está a menos de una hora. Hacemos noche en Goris de nuevo antes de dirigirnos hacia Karahunj. Es un observatorio astronómico, construido hace 18 siglos y compuesto por 80 rocas alineadas con el sol, en las que fueron realizados 
agujeros para estudiar el firmamento. La frontera con Irán va quedando atrás y nos acercamos a la de Turquía. 
Elaboración de lavash

Llegamos al templo ocre de Noravank por una carretera excavada entre las rocas, a cuyo primer piso solo es posible acceder a través de unas escaleras exteriores sin pasamanos. A ocho kilómetros de la línea que delimita los dos países se encuentra Khor Virap, lugar de peregrinación sobre una llanura que deja paso al Ararat, cuya visión difumina la niebla.


Catedral de Echmiadzin
El calor nos está esperando en Ereván, es el punto de partida para la última etapa, que tiene dos destinos: uno
es el templo helenístico de Garni. Dos mujeres elaboran el pan de lavash en la casa de esta localidad, donde comemos, y Geghard, un monasterio excavado en la roca dotado de una especial sonoridad: un grupo de japoneses canta una canción popular irlandesa.

Atrás quedan mil kilómetros, el intenso olor a incienso de la catedral de Echmiadzin, los restos de la catedral de Zvartnost y el monumental abecedario labrado en el Parque de las Letras. El tiempo se acaba. Contemplamos de nuevo la cumbre nevada del Ararat, antes de que el avión se interne por las inmensas llanuras de Rusia.


sábado, 9 de febrero de 2019

Rescoldos de Africa



Roni Lson vente agogôs, berimbaus, pandeiros, atabaques y cuicas. Su puesto está en el Mercado Modelo. Es un lugar de 8.410 metros cuadrados al que acuden la mayor parte de los turistas que visitan Salvador de Bahía y está asentado sobre una red de catacumbas donde eran hacinados miles de africanos convertidos en esclavos. Por las venas de Roni Lson corre la sangre de aquella negritud.
En un quisco cuelgan publicaciones de pequeño formato y reducido número de páginas. Son ejemplares de la Literatura de Cordel, romances en verso de corte popular que denuncian la masacre de los trabajadores agrícolas de Caldeirão o el asesinato de Chico Mendes por haberse opuesto a la devastación de la Amazonia.

El Elevador Lacerda permite ascender los 75 metros que separan una superficie situada al nivel del mar de O Pelourinho, donde Zumbi dos Palmares está en posición alerta, porta una lanza y parece un pájaro silvestre en permanente vigía. Fue el líder de la resistencia negra y murió combatiendo contra la tiranía de la corona portuguesa hace más de tres siglos.

Santo Antônio es la morada de Boca Rica, el último alumno del Mestre Pastinha, el divulgador de la capoeira de Angola, una danza ritual y una disciplina de lucha practicada en los quilombos de los esclavos que lograron liberarse del yugo. Jonatas Amorim es el guía del viajero. La camiseta del Barcelona CF, que vestía cuando se encontraron, fue el punto de partida de la conversación. Es un capoeirista que realiza demostraciones en el Largo Terreiro de Jesús. Tiene 31 años, no bebe alcohol, no fuma y cree en la vida eterna.

Hay iglesias suntuosas y recubiertas de pan de oro en las que se funden el catolicismo con el sincretismo y las reminiscencias africanas. En la de Bomfim cuelgan del techo los exvotos de cera. Hay lugares en los que el culto se realiza sobre atriles de metacrilato y otros en los que tienen como escenarios locales desnudos en edificios mugrientos cuyas paredes tiñe la humedad.
Acompañado por Jonatas Amorim, El viajero se dirige a Largo Pelourinho, 7, donde el profesor Macambira tiene instalada su academia de percusión. Tiene 33 años, y durante siete impartió clases en Italia, Holanda, Bélgica, Austria, Dinamarca, Rusia y España. Denuncia que los profesores están mal pagados, la droga causa estragos, la corrupción policial es una constante, los niños crecen en la calle con un arma y O Pelourinho es una pantalla para los turistas, que cuando cae la noche se convierte en un lugar nada recomendable. Una llamada interrumpe la conversación. Es de una muchacha canadiense que saluda en portugués y aprovecha sus vacaciones para continuar con las clases iniciadas el verano anterior.

Por la Rúa Gregorio Mattos una de tantas calles empinadas y adoquinadas, a cuyos lados se levantan casas de colores vivos y de estilo colonial, camina Edmundo Oliveira Santos. Corre el año 2010, Es un artista callejero que dice sentirse satisfecho porque, con Lula da Silva en la presidencia, las cosas están cambiando para los más humildes y podrá ponerse una dentadura postiza.

El viajero se acuerda de las palabras de Macambira cuando un grupo de meninos da rúa trata de subir al autobús que hace el recorrido Itapuã-Barra-Ondina. El conductor bloquea la apertura de las puertas y evitando el asalto. Resignados, abandonan con la convicción de que tendrán éxito en otro intento y de que nadie preguntará por ellos si acaban en una comisaría. Entre enero y julio fueron 736 los asesinatos cometidos por grupos de exterminio. Mulatos, negros e indocumentados, sus víctimas.
En la tercera planta de unos almacenes hay pulseras que cuestan 16.720 reales y crucifijos de 9.800. Al otro lado de la avenida, bajo un paso elevado, un grupo de negros beben cerveza y charlan entorno a una hoguera. Anochece. Bob Marley invita a regresar a África y una mujer vende acarajés a real y medio. Allí comienza el universo de las favelas.

Tai y Evelin, dos adolescentes, viven con sus hermanos, de tres y cinco años, y la madre de todos ellos. Una cortina sirve de pared entre la cocina y la habitación. El agua cae por los huecos del techo. Comen arroz con pollo. Una mesa, un sofá de tres plazas, tres sillas y un televisor componen el equipamiento. En el exterior se amontonan fragmentos de mármol. De una alcantarilla brota un líquido de color gris verdoso.

Llegamos al Mercado de São Joaquim. Un gato mira la cabeza de una vaca. Revolotean las moscas sobre la carne que se muestra en estructuras de madera bajo las que duermen los vendedores. Por sus callejuelas sombrías y de tierra circula un fluido oscuro.
Edelson José dos Santos estaba acompañado por Graciliano dos Santos cuando se sobresaltaron por el sonido de un estallido. El edificio donde se encontraban, en la Rúa Dois de Fevreiro, se vino abajo y ambos lograron ponerse a salvo.



Edelson regresó, y cuando quiso salir no pudo porque una viga que lo atrapó por las piernas. Cuando los servicios de emergencia lograron alcanzar el lugar donde se encontraba habían transcurrido cuatro horas, y no estaba solo. Su compañía era un pájaro Passo-Passo al que había liberado de su jaula y no quiso abandonar a quien se jugó la vida por salvarlo. En viajero se encontró con esta noticia en un rincón de una página del ‘Correio’, y pensó que si tuviese la potestad de decidir, la publicaría a cinco columnas y en la portada.




sábado, 29 de diciembre de 2018

De Eyüp a Chora


En una ladera de la colina del Cuerno de Oro están esparcidos miles de túmulos y al fondo se extiende Estambul, partido en dos por el estrecho del Bósforo. A un lado se encuentran Sultanahmed y el Topkapi y al otro, la Torre Gálata, las tiendas de moda y de música. Sobre la lámina de agua entre el mar Negro y el Mármara se asienta una pátina dorada en los atardeceres soleados.
Una calzada flanqueada por cipreses, algarrobos y castaños es la arteria central de un camposanto blanco. Un turbante identifica las lápidas de los hombres y un chal, o unas flores, las de las mujeres. Los gatos merodean perezosos. Un niño juega con un camión de plástico entre las tumbas. Sus padres extienden la comida sobre un mantel. La familia comparte la jornada con sus antepasados.
El viajero llega a la conclusión de que para ellos es un día feliz, circunstancia que no deja de sorprenderle porque viene de un país en el que el seguimiento de una serie de preceptos garantiza la estancia eterna en el cielo y, a pesar de ello, el dramatismo envuelve los cementerios de su tierra.
Atrás queda el rincón favorito del escritor francés Julien Vinaud, un café que se identifica con el seudónimo que utilizaba, Pierre Lotti, cuya terraza recubre la cúpula verde de los árboles y es el punto de partida de una calle trazada entre coloridas casas de madera. Los pies están en Asia y enfrente se encuentra Europa. Los minaretes despuntan sobre los tejados de los edificios de una ciudad que un día se llamó Constantinopla. Un grupo de mujeres ascienden por un sendero vestidas con atuendos de colores azul y negro. Al fondo está Eyüp, una ciudad que germinó entorno a una mezquita donde abunda el mármol y el oro, la que ordenó construir Mehmet II en el siglo XV, donde se encuentran los restos de Abu Eyyub Ensari, el portaestandarte de Mahoma. Plátanos centenarios proporcionan sombra a un patio que fue el escenario de la investidura de los sultanes.
Niños con báculo y una capa de armiño celebran el día de su circuncisión, los matrimonios expresan sus deseos de felicidad ante una verja de plata y las novias reparten azucarillos. Los hombres rezan frente al mithrab y las mujeres, en la primera planta.
El ambiente de fervor y recogimiento y la ausencia de turistas contrastan con la estampa habitual de las mezquitas estambulíes. Un terremoto destruyó este templo, haciendo necesaria su reconstrucción, pero la fe sigue intacta y es el cuarto en la jerarquía de los espacios sagrados del Islam, después de La Meca, Medina y Al-Aqsa (Jerusalén).
El esplendor de la ciudad coincidió con el del Imperio Otomano. Familias musulmanas, procedentes del Cáucaso y de los Balcanes, iniciaron una nueva etapa de sus vidas en esta ciudad, y su desarrollo se prolongó con la instalación de industrias que se extendieron por los lugares ocupados antes por los jardines y los campos de flores de Alibeyköy.
La contaminación alejó a los habitantes más pudientes hasta el margen asiático del Bósforo. Situada sobre una llanura, Eyüp es hoy una sucesión de calles animadas en las que se entremezclan los edificios y las viviendas, algunas de ellas de madera.
Con el sol en lo alto del cielo, el viajero busca parada del autobús para dirigirse hasta Chora. Un guardia vestido le indica el lugar al que debe dirigirse. Localizado el punto indicado por el agente, aguarda. La espera se prolonga por espacio de unos quince minutos, y el viaje no dura mucho más. Busca la Iglesia de San Salvador, y lo hace con cautela porque está advertido de que no es fácil llegar hasta este templo a través de calles estrechas.
Falsa previsión la suya: cuando aún está poniendo los pies en Chora, un transeúnte le señala el itinerario a seguir, adelantándose a la pregunta que ya intuía.
Valió la pena el viaje ante la visión de la colección de mosaicos y frescos bizantinos y por la oportunidad de deambular por el nártex. Pero si alguna razón empuja al viajero a dejar constancia de la experiencia no es el afán de describirla, porque tiene muy presente que más importante que el medio son los seres humanos que lo habitan, y los acontecimientos refrendan esta convicción.
Mientras espera la llegada del autobús, un joven se acerca a una de sus dos acompañantes y, hablándole en inglés, le indica el número del autobús, el 90, y debe realizar el pago con una tarjeta, medio del que no disponen.
El muchacho se ofrece a hacerlo, y cuando ya está en marcha, habla con una guardia de seguridad en turco. Después, explica que su tarjeta solo permitía abonar el importe de dos viajes. Mientras lo hace, la mayor parte de la veintena de pasajeros muestran las suyas para realizar el pago.
En ese instante se mezclan la sensación de sorpresa y de gratitud con la de impotencia, por no saber de qué manera expresarle el agradecimiento. Desde entonces pasaron más de cuatro años, y aquel día se ratificaron en la idea de que los viajes empiezan en el instante en el que se planifican y no concluyen nunca.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Prinsengrach, 263.267



Una joven japonesa retira los auriculares de sus orejas,  y en una fresca y silenciosa mañana de Ámsterdam suena la voz gitanísima de Camarón de la Isla. Se gira hacia su izquierda y se desplaza unos metros para sentarse en una silla. Un pintor que se había instalado momentos antes, comienza su trabajo.
En la misma acera, un artesano elabora mandalas con hilos de colores. Poco a poco, esparce sobre el suelo flores, rosetones y armoniosas composiciones concéntricas. La gente que está en la fila lo observa con curiosidad distante, que rompe un niño italiano. Sus padres lo miran, su hermano pequeño sigue su ejemplo, y poco después está rodeado de chavales de varias nacionalidades que se comunican a través del lenguaje de la mímica. En un instante vendió cinco, a cinco euros la unidad.
Cuando llega el viajero pasan diez minutos de la diez de la mañana del día 22 de julio del año 2012. Y se sitúa al final de una fila de unos cien metros de longitud, formada en paralelo a una calle adoquinada por la que apenas transitan los vehículos y desemboca en un jardín presidido por la Iglesia de Westerkerk, de la que nada sabía hasta entonces. Quiso el destino llevarlo hasta tal lugar un martes, y tal circunstancia le permitió escuchar el concierto semanal que interpretan las cincuenta campanas del templo.
La fila avanza con lentitud, pero nadie parece tener prisa por llegar. Asiáticos, europeos y africanos parecen los pasajeros de un barco que navega perezoso por el mar tranquilo de una ciudad en la que conviven seres humanos de ciento cincuenta nacionalidades. Alguna conversación se entabla, y cuando el pintor finaliza su retrato, la joven japonesa pagar y le da las gracias en español.
Al viajero le sorprendió tanto el inesperado concierto como la visión del bajo de la iglesia, en la que además de estar a la venta recuerdos, también se pueden comprar salchichas o café, y piensa cómo cambiaron las cosas, porque cuando fue inaugurado, allá por el año 1631, era el lugar de culto destinado a los protestantes adinerados, y en este templo está enterrado Rembrant.
La calle Prinsengrach ya está a la vista, y el viajero ve pasar a severos y oscuros calvinistas sobre sus bicicletas, a rastafaris con el cabello enmarañado y ropaje colorido, a muchachas con sus impecables vestidos vaporosos y sin una arruga y zapatos de tacón. También pasa un sij, barbado y con la cabeza cubierta por un turbante de color azul marino, y dos ciclistas de edad avanzada, ambos de pelo gris, y el viajero deduce que, por su aspecto deben haber recorrido miles de kilómetros sobre sus monturas metálicas. 
En paralelo con la vía adoquinada se encuentra el Canal del Príncipe, el más largo del centro de la ciudad, una arteria de agua integrada en un sistema de cien kilómetros de longitud, en los que encuentran acomodo 2.500 casas flotantes, con sus noventa islas y sus mil quinientos puentes. Un país bajo el nivel del mar que nunca se inunda. No es el más atractivo, tal vez esté a juego con el apodo de la persona a la que está dedicado, a  Guillermo el Taciturno.
Son las once de la mañana cuando el viajero dobla la esquina y tiene a su lado un edificio rectangular, de bajo, tres plantas y un altillo, situado en la calle Prinsengrach, 263-267. Diez minutos después, accede a su interior, es la Casa de Ana Frank. Como lo habían hecho antes millones de personas, entra en la habitación de Otto, Edith y Margot Frank, en la de Ana Frank y Fritz Pleffer, en la de Hermann y Auguste van Ples y en la de Peter van Pels, y observa la pasarela que conduce a una vivienda situada en su parte trasera, que fue su escondite durante dos años.
Nada puede aportar ya el viajero a este trágico episodio que no hubiere sido impreso en un papel, pero quiere dejar constancia de la inquietud que lo invadió antes de que abandonase este lugar, porque en una serie de pantallas instaladas en una sala ubicada en el bajo este edificio se suceden las preguntas, que puede responder quien así lo desee, reguardado por el anonimato y utilizando para ello un mando a distancia: el 57% de los votantes consideraban que no es delito negar la existencia del Holocausto a través de las redes sociales.