sábado, 4 de octubre de 2014

Nueve crímenes, una venganza y un misterio

Antonio Caeiro aborda en un documental un fusilamiento cuyo recuerdo se mantuvo grabado con cruces varias décadas en Baiona.

¿Quién o quiénes grabaron durante varias décadas nueve cruces en un punto de la carretera entre Baiona y A Guarda donde un grupo de guardia civiles y falangistas asesinaron a nueve hombres en el mes de octubre del año 1936?
Cuando fue proclamada la II República, Baiona era una fiesta. Pocos fueron a trabajar aquel día  y una muchedumbre inundó las calles para celebrarlo,  sonó la música y los más encendidos entraron en la Casa Consistorial, sacaron los cuadros que colgaban de las paredes y los tiraron a la calle por la ventana.
«Estabamos cheos de reis do carallo», comenta Manolo Tourón, uno de los testigos de aquella escena. «Todo eran gritos, todo era baile, todo era cante... e despois, ostias», agrega apesadumbrado. La alegría dura poco en la casa del pobre, puntualiza el narrador del documental ‘A volta dos nove’, dirigido por Antonio Caeiro.
Al golpe de estado del 18 de julio de 1936, los vecinos de los tres concellos de la comarca del Val Miñor, Baiona, Nigrán y Gondomar, trataron de responder a los fascistas valiéndose de un armamento tan escaso como poco efectivo y sin una mínima preparación. «Eses mozos, que non sabían nada de pelexar, así que souberon que o exército viña pola Ramallosa fuxiron cara o monte», recuerda Marina Solla.
Al triunfo de los militares sublevados siguió una feroz represión, cuyo primer objetivo fue la eliminación de todas aquellas personas que tenían una especial ascendencia entre la población. En este grupo figuraban los hermanos José y Luis López Luis, conocidos como Os Ineses. Anarquista el primero y socialista el segundo, ambos habían sido expulsados de Argentina por haber combatido la dictadura en el país sudamericano y se implicaron a fondo en la lucha por la República en España.
Por su casa, situada en Sabarís (Baiona), pasaron republicanos venidos desde diversos lugares de Galicia, vecinos a los que invitaban a tomar el té con pastas y niños que jugaban los domingos en los columpios que habían instalado en un jardín. Quienes los conocieron subrayan que a pesar de ser ateos reprobaban a quienes blasfemaban.

ESPERANTO. También construyeron un sistema de riego para su huerta y Pepe, que fue el principal impulsor de las obras y su vestimenta habitual era mínima, bajaba todas las tardes hasta Sabarís a impartir clases de esperanto, para que sus vecinos supiesen comunicarse en el idioma que los anarquistas querían convertir en cauce de entendimiento universal, sin importar el país en que viviesen.
«Esto estaba todo limpo como un xardín. O traballo que tivo aquel home de poñer pedriñas, unhas enriba das outras», recuerda Eugenio Rodríguez mientras camina por lo que fueron sus propiedades, hoy convertidas en un monte donde crece la maleza.
«Os Ineses era unha familia esmerada á que todo o mundo lle quería», recalca Eugenio Rodríguez, que convivió con ellos cuando era un niño.
Tiempo atrás, una bandera republicana cubría el ataúd de Inés Luis el día que enterraron a la madre de José y Luis, que estuvieron acompañados por una multitud  en una ceremonia sin música ni oraciones. «Ese foi o enterro máis bonito que eu mirei en Sabarís e en todos os sitios», agrega Rodríguez.
Cuando supieron que estaban en el punto de mira, se refugiaron en la casa de un vecino, a la que no tardó en llegar el cabo de la Guardia Civil Manuel González Pena, a quien definen como un individuo sin escrúpulos. «Era un sinvergoña, un abusador de mulleres», asegura Cándido Alonso, que vivió en primera persona aquellos acontecimientos.
«O cabo Pena era jorobado», dice Carmen Fernández. «Era un home moi malo. Foi de medo. Pegaba tundas», coinciden Álvaro y Elisa. Manuel Tourón comenta que un día lo agarró por el pelo porque no quiso levantar el brazo y le golpeó con una pistola. «Era cativiño, levanteino en peso e colleu porta», agrega.  Jesús Santodomingo afirma que obligaba a su padre, el único chófer de Baiona,  a buscar personas que figuraban en su lista de víctimas.
El 13 de octubre de 1936, el cabo Manuel González Pena y los falangistas Luis Refojo Mariño y Emilio Carrera González irrumpieron en la vivienda donde se encontraban Os Ineses. Los dos huyeron después de que José López hubiese herido mortalmente a Refojo de un disparo.
Carabineros, guardia civiles y falangistas fueron en su busca y no tardaron  en ser abatidos. Antes habían asesinado a Dolores Samuelle, que atendía la casa, una vez que les indicó la ventana por la que escaparon, y los tres fueron enterrados en la misma fosa con el cuerpo de la mujer entre los de ambos. «Xa foi escándalo iso. Caghondiola. Home, home, o que fixeron... nin polo pensamento», lamenta Alonso.
La venganza del cabo Pena fue inmediata y fulminante. Se llevó del Frontón de Vigo, convertido en una prisión, a  nueve hombres elegidos al azar: Manuel Aballe Domínguez, Felicísimo Antonio Pérez Pérez, Elías Alejandro Gonda Alonso, Manuel Francisco Lijó Pérez, Modesto Fernández Rodríguez, Fidel Leyenda Rodríguez, José Rodríguez González, Manuel Barbosa Durán y Generoso Valverde Iglesias. Siete marineros, un herrero y un campesino, cinco de Baiona y cuatro de Panxón, de edades comprendidas entre 36 y 51 años.
En el kilómetro 58 de la carretera Baiona-A Guarda fueron fusilados al amanecer del día 15. La Guardia Civil dio el alto a varios vecinos que se dirigían a Baredo a buscar piedra en carros tirados por vacas, pero no pudieron impedir que escuchasen el estruendo de los disparos.
Desde ese día, y desafiando a la Guardia Civil, que las borraba a diario y vigilaba, manos anónimas pintaron nueve cruces en el lugar donde cayeron. Primero en el suelo y más tarde en una roca. Así es como acabó siendo conocido como A curva dos nove.
Algunos le ponen nombre a su autor, otros comentan que fueron varios quienes las dibujaron, y no falta quien plantea que las víctimas regresaban del más allá para dibujarlas y que no se olvidase el asesinato.
«Esta é unha historia que, de ser coñecida por Bertold Brech, podería ter formado parte da súa selección de cadros ilustrativos do horror baixo o III Reich», escribió Méndez Ferrín. 
«Fue el señor González Pena un hombre servicial, de acrisoladas virtudes y dotado de un carácter amable que le granjeó múltiples simpatías y amistades. La hombría de bien, la comprensión y la cordialidad eran en él proverviales», publicó un periódico el día 5 de julio de 1969 con motivo de su fallecimiento, a la edad de 69 años. Entonces era teniente y vivía en la céntrica calle Oliva de Pontevedra.
Quiso el destino que mientras recibía cristiana sepultura, después de que se hubiese celebrado una solemne ceremonia en la iglesia de San Bartolomé, la alegría estallase en el lugar de Baredo, donde sus vecinos celebraban las fiestas parroquiales.










domingo, 25 de mayo de 2014

Adalbert Laffon y sus cuatro hijas

Entonces estaba en boga el baile agarrado «y venían los moscones de todas partes: Vilagarcía, Pontevedra. Santiago». Los hijos de las familias más pudientes del entorno se dejaban ver por Carril para tratar de cortejarlas. Y todos recibieron calabazas. «Estaban muy preparadas y tenían poco nivel para ellas, que eran de otro mundo», justifica Pili Diz.

EL CURA. Tampoco tuvo éxito el cura en su intento de que se uniesen al rebaño que pastoreaba. Rita Garrido comenta que Nadine lograba sacar de quicio con asiduidad al cura, y le bastaba con presentarse en el templo dedicado a Santiago Apóstol, patrón de España, con un escotado vestido de sisas que permitía intuir sus senos o dejaba al descubierto sus morenos hombros de adolescente.
El ensotanado no permitió el acceso a la casa divina de mujeres en manga corta, y en su campaña contra la exposición ante el público de un solo centímetro de piel desnuda de mujer se encontró con un serio contratiempo: la proliferación de las denominadas medias de cristal o nylon.

Pero tampoco se arrugó en su empeño ante esta prueba al que le había sometido la moda llegada del extranjero. Sintiéndose defensor de los valores morales de la civilización occidental, ordenó a su sacristán que lo sacase de dudas, tarea que cumplía palpando las piernas de las jóvenes a las puertas del templo para comprobar que las llevaban puestas.
Está de más puntualizar que las hijas de Laffon no pasaron por semejante inspección. No fue este el único disgusto que le causó al pastor de almas la extranjería, porque pudo ser en 1955 o 1956 cuando quiso expulsar de la iglesia a una mujer en manga corta.
Pudo haber conseguido su propósito, como muchas veces, pero resultó que había viajado desde Estados Unidos, donde vivía, para realizar el papel de madrina en una boda, y después de una agria discusión acabó cediendo y se celebró el sagrado sacramento del matrimonio. La novia no era otra que Pili Diz.
«Cuando iban hasta Vilagarcía en sus bicicletas de color amarillo, el padre adelante y las tres hijas mayores detrás con sus mini-shorts, era un espectáculo», expone Chito Bóveda. «Eran unas bellezas», subraya Rita Garrido. «Aprendimos mucho de ellos», dice Pili Diz.
Antes o después, acabaron sabiendo que procedían de Bretaña (Francia), y que era una persona importante. Lo que no acabó de estar claro es el motivo. Una versión indica que había colaborado con los nazis. La otra, que se era un monárquico legitimista.
En una nota de sociedad publicada por el ABC en el año 1944 figura como agregado de Prensa de la Embajada francesa. Europa está en guerra y los aliados todavía no habían desembarcado en Normandía.
«Había tenido algunos escarceos con el Gobierno de Vichy, a resultas de los cuales no podía volver a Francia si no se prestaba a un proceso de depuración», expone Juan Benet en ‘Luis Martín Santos, un Memento’.
«No solo ingleses y norteamericanos se mostraron disconformes por la propaganda generada en la Península Ibérica, pues el agregado de Prensa de la Francia de Vichy en España, Adalbert Laffon, ya se había quejado, en agosto de 1941, por los comentarios que ‘Arriba’ emitía sobre las cosas francesas», expone Antonio César Moreno Cantano en su tesis doctoral de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares elaborada en 2008.
Y cuando la familia ya se había integrado en Carril, excepción hecha de los asuntos religiosos, abandonaron la localidad vilagarciana. Comentan, quienes trataron con los Laffon, que años después le devolvieron un castillo que le había sido incautado.

MADRID. El modo de vida de aquellas chicas también llamó la atención en Madrid. Narra Fernando Guillermo de Castro, en el Diario de Ibiza, como dos chicos besaban a Rocío en el café Gijón, riéndose a carcajadas. «Las caras de los intelectuales progresistas reflejaban estupor, escándalo o reproche para una moral burguesa apenas camuflada», escribió en 2011.
Uno de ellos era el escritor Luis Martín Santos, el autor de ‘Tiempo de silencio’, que se convertiría en su marido. «En la Iglesia de San jerónimo el Real se ha celebrado la boda de la señorita Rocío Laffon Bayo con el doctor en medicina D. Luis Martín-Santos Ribera», publicó el ABC el 29 de junio de 1952. El general y subsecretario del Ejército del Aire, Castro Garnica y los marqueses de Valdeiglesias, Santacara y Guijalba actuaron como testigos de la novia, indica.
Juan Benet hizo una semblanza de la familia Laffon en su libro ‘Otoño en Madrid hacia 1950’. «A Solange le dedica un canto emocionado. Dice de ella que, sola, merecería un libro de mil páginas», escribe De Castro.
Corría la mitad de la década de los 60 cuando Chito Bóveda vio a «un caballero con la gabardina sobre el brazo caminando pro el muelle viejo, parándose a mirar» Era Adalbert Laffon. «Caminaba en sus recuerdos, volvió al presente y nos saludó antes de marcharse para no volver», recuerda emocionado.






sábado, 3 de mayo de 2014

Cinco trasplantes y una vida

Camino de los once años, Álex empieza a conocer experiencias y sensaciones inéditas en su vida, como la que supone no dormir en su casa. Y sus padres, Juan Vicente Dasilva y María Elena González, también.
 Álex nació con el intestino fuera del ombligo en el Complexo Hospitalario Universitario de Santiago y el primer año de su vida transcurrió entre las paredes de una habitación. Cuando lo sacaban de ella, y sucedió en muchas ocasiones, fue en una camilla para trasladarlo a la Unidade de Coidados Intensivos.
Su segundo hogar fue el Hospital La Paz, de Madrid, donde le comunicaron a sus padres que tendrían que hacerle un trasplante. Pasados cuatro meses, lo enviaron a su casa de Vilagarcía conectado a una máquina.
«Después de poco tiempo tuvimos que volver a Madrid porque el niño no comía y siempre estaba enfermo por uno u otro motivo», explica Elena.
De nuevo en el hospital, se vieron obligados a alquilar un piso para estar cerca, y pasado otro año llegó el día de la nueva operación. Pero no se limitó a un segundo trasplante de intestino.
Álex salió del quirófano con cinco órganos nuevos: páncreas, intestino,  (largo y corto), hígado, estómago y colon. También le extirparon el bazo.
Salió conectado a una bolsa que le retiraron a los cinco meses, pero su salud se complicó de nuevo. Y regresaron al Hospital La Paz, donde permaneció por espacio de otro año, para retornar con la bolsa otra vez. «Se la quitó hace dos meses», apunta Elena.
De sus diez años, a punto de convertirse en once, ocho pasaron en dos hospitales, cinco acompañado por su madre y los otros tres por su padre, buena parte de ellos conectado a máquinas que realizaban aquellas funciones básicas que su organismo no le permitía hacer.
Atrás quedó un tiempo en que comprobaron la humanidad y profesionalidad del personal sanitario, y también que el hospital de referencia en España para niños con trasplante multivisceral y afectados de fallo intestinal dista mucho de tener las condiciones adecuadas.
«Recomiendan que se muevan para que el intestino les trabaje mejor, pero en la séptima planta, donde estuvimos, no nos dejaban circular por los pasillos por miedo a contagios», recuerda Juan.
Nada deseaban más Elena y Juan que retornar con su hijo a su piso, situado en el barrio de Trabanca-Badiña, y que Álex volviese al colegio público de O Piñeiriño. Confían en que el reencuentro con sus compañeros de aula se produzca después de las vacaciones de Semana Santa, pero el virus de la gripe podría impedírselo porque no tiene defensas.
La situación que anhelaban después de ocho años de hospital en hospital no es la que están viviendo. «En el hospital tiene todos los cuidados que necesita, pero una vez que dejas atrás sus puertas, se olvidan de tí», denuncia Elena.
«Se supone que a un niño al que le trasplantaron cinco órganos, el único caso en Galicia, debería atenderlo una enfermera. Sobre el papel existen muchas ayudas pero, en la práctica, lo que te dicen es que te busques la vida», agrega Juan.
Elena trabaja de profesora de inglés en Cambados y Juan se dedicaba a la carpintería de aluminio y está en el paro. Si los dos tuviesen trabajo, uno tendría que dejarlo para atender a Álex.
El ir y venir de Vilagarcía a Santiago y a Madrid también provocó un fuerte impacto en el núcleo familiar, en el que figuran otras dos hijas, mayores de edad, y los abuelos. La ayuda de sus parientes y la Iglesia les permitió llegar hasta aquí y, con los medios justos para sobrevivir, recibieron una nueva bofetada.
«Necesita tomar muchísimos medicamentos, y tenemos que pagarlos casi todos, lo que nos supone un gasto de 250 euros al mes», apunta Elena.
Juan expone un ejemplo del resultado de haber convertido la sanidad en un negocio: «Cuando está descompuesto tiene que tomar un medicamento que quitaron de la Seguridad Social y tenemos que pagarlo íntegro. La gracia es que valía 3,5 euros y pusieron otro a la venta, con los mismos efectos, que cuesta 6,5 euros».
Mientras sus padres exponen su caso, Alex está en los brazos de Juan y alejado de Elena. El motivo es que su madre tiene síntomas de gripe. «¿Qué pasaría si enfermásemos los dos, o si sufriésemos un accidente?, pregunta Juan. ¿Quién lo cuidaría?», plantea.
Álex hace algún comentario, sigue con atención las palabras de sus padres en el soleado salón de su piso, y se ríe constantemente. «Soy famoso», dice. A primera vista resulta difícil hacerse una idea de lo que pasó, y hasta parecería un niño como otro cualquiera.
 «Porque peleamos, tiene reconocido un 70% de discapacidad», comenta Juan antes de hacer público su temor de que se la quiten en breve, medida que supondría dejar de recibir 200 euros al mes, un dinero que no les llega ni para pagar las medicinas.
Plantearse solicitar apoyo para pagar su comida ni lo piensan, y Álex no puede consumir muchos alimentos de uso común. «Conseguir que coma es una lucha constante», dice Elena. Y es lógico, teniendo en cuenta que la mayor parte de su vida una máquina se encargó de su nutrición.
«Lo que no saben quienes vienen a revisarlo es que así como ahora está bien, en cualquier momento empieza a sentir frío», señala su madre. Es entonces cuando comienza la angustia. Antes lo llevaban de inmediato a Madrid en avión, y después le reembolsaban el dinero del viaje, pero ahora no tienen medios para hacerlo.
 Podrían usar el tren, pero el factor tiempo es vital cuando se producen los momentos de crisis. Más de una vez lo utilizaron para dirigirse a Santiago, y el resultado fue siempre el mismo.
Unas veces, Alex fue tratado como un enfermo cualquiera, sin tener en cuenta su especial situación, mientras que en otras lo enviaron al Hospital la Paz después de una noche internado, al no saber qué hacer, explica Juan.
«Si esperamos mucho podemos fastidiarla y si vamos antes de tiempo gastamos el dinero para que un médico le recete unas pastillas. Vivimos al día porque no podemos hacer planes, no sabemos qué va a pasar mañana», subraya.
«Nadie puede pronosticar porque es un terreno bastante nuevo y la experiencia que hay en estos casos tiene menos de cinco años. Muchos niños se quedaron en el camino por lo mismo. Han muerto. Conocemos unos cuantos», señala el padre de Álex.
 A renglón seguido, hace una reflexión que remata con una pregunta: «Los que están vivos y están levantando cabeza nunca saben si mañana seguirán. Me explico mejor: Álex tiene cinco órganos trasplantados, y si sufre rechazo a uno  se podría controlar, pero a los cinco ¿Qué máquina podría hacer las funciones de todos?».
Planteada esta hipótesis, Juan va un poco más allá para denunciar el desamparo en el que se sienten tanto ellos como los padres de 130 niños que se encuentran en una situación similar a la de su hijo.
«Estuvo en coma varias veces, y en más de una ocasión nos dijeron que si salía vivo tendría problemas cerebrales para siempre. Si llegase ese momento, los médicos lo reanimarían y nos dirían lo hemos salvado, pero toma, aquí tiene lo que quedó de él», afirma Juan. Y tendrían que afrontar el problema sin la ayuda que necesitarían de las instituciones públicas.
Los padres de Álex saben que la Consellería de Sanidade anunció la puesta en marcha de un servicio de consulta telefónica y se preguntan si sería tan difícil que los médicos del Complexo Hospitalario Universitario de Santiago y del Hospital La Paz estuviesen en contacto para realizar un seguimiento de la salud de su hijo en lugar de darles papeles y enviarlos de un lado para el otro.
Álex, que sigue atento las explicaciones, comenta que está deseando volver al colegio. Lo que mas le gusta es «el patio, los amigos, el recreo y la música». También el inglés, que le enseña su madre. «Empieza a escribir, pero lo que aprendía aquí, cuando pudo ir a la escuela, lo olvidó cuando lo tuvimos que llevar a Madrid», expone Elena. La capoeira es otra de sus aficiones. «Es un baile. El profe canta y nosotros hacemos el puente, volteretas... Estoy mejorando bastante», asegura.
 «Intentamos que haga una vida normal», apostilla Juan.



Un cuento para explicárselo a los niños de una forma divertida y didáctica
Alba R. Santos es la autora del texto, mientras que Augusto Metztli y Marthazul se encargan de sus ilustraciones
«Me llamo Martín y cuando tenía seis años era el mejor goleador de mi colegio. La tarde que marqué mi mejor gol me empezó a doler la tripa. Mamá me dio una manzanilla y me llenó de besos, pero no pasó. Dejamos a mi hermana en casa de los abuelos y mis padres me llevaron al hospital».
    Este párrafo figura en el cuento titulado ‘Aquí dentro hay un secreto para héroes’, escrito por Alba R. Santos, una periodista pontevedresa con raíces en Vilaxoán (Vilagarcía), que desde hace varios años trabaja en la red de apoyo a las familias con niños con trasplante multivisceral y afectados de fallo intestinal y nutrición parenteral.
 De las ilustraciones se encargan dos vilagarcianos: uno de adopción y nacido en México, Augusto Metztli, y la otra por nacimiento, Marthazul. La edición corresponde a Tazalubnarbooks.
«Es un álbum ilustrado, un cuento muy bien escrito que explica de manera divertida y esperanzadora este trance a niños  padres», explica Metztli. «Sirve de apoyo didáctico para ayudarlos a enfrentarse a situaciones que podrían parecer impensables», agrega.
Dani Vicente, un alumno de la escuela de pintura de Mathazul, pone la voz en un adelanto del libro que puede verse en la red, con la música de Davendra Banhart, el compositor preferido de Metztli.
La financiación de este proyecto se realiza por medio de la plataforma de crowfunding Verkami. La primera tirada será de 3.000 ejemplares, y cuando todavía quedan dos semanas para realizar las aportaciones, la viabilidad económica está garantizada. Los fondos que se recauden serán destinados a Nupa.
«Somos padres que ayudan a padres. Somos un equipo profesional dispuesto a ayudar en cada momento. Somos un colectivo sensibilizado con las enfermedades raras. Somos personas a las que nos emociona la lucha de nuestros niños», argumenta Nupa en un folleto explicativo.





También admiten sus promotores que tuvieron que «hacer de tripas corazón» para echarse adelante.

domingo, 16 de febrero de 2014

En los dominios de Visclacuntino

POCOS VECINOS de Cerdedo recuerdan que hubiese existido. Ni siquiera los más mayores, ni aquellos que por sus ocupaciones se vieron obligados a recorrer con asiduidad el territorio. Y sin embargo está ahí, a un paso de la carretera N-541 (Pontevedra-Ourense). Imponente en su silencio, envuelta en una cortina de ramas y cubierta de hiedra, musgo y hojarasca. Grandiosa.
    Es la Aldea Vella de Vichocuntín, situada a poco más de dos kilómetros de la capital del municipio.
Se compone de media docena de viviendas, habitadas por árboles, cuyas dimensiones, características constructivas, grandes perpiaños y elaborada cantería, e instalaciones anexas hablan de un pujante pasado en el que sus habitantes vivieron de la agricultura y ganadería.
    Tres casas destinadas a vivienda conservan intactas sus paredes  exteriores, cuentan con dos pisos y en su dotación figura un horno; uno de ellos llama poderosamente la atención con su ábside de seis metros de altura.
    Nada queda de sus estructuras de madera, y tampoco sería descabellado suponer que el fuego que arrasó este municipio en el año 2006 acabase con la poca que hubiese resistido la podredumbre.

PALOMAR. En una época caracterizada por la economía de la subsistencia, sorprende la presencia de un palomar de 2,40 metros de lado, por tratarse de una dotación destinada al uso lúdico y que fue representación de poderío.
    Con losa en su cubierta a cuatro aguas, diferente de los habituales porque su planta es cuadrangular, y sus celdas destinadas a la cría y el refugio de las aves, invita a pensar que la población de esta aldea dispuso de tiempo para destinar al ocio.
    Otra joya arquitectónica de primer orden es un hórreo de cámara rectangular, con cuatro claros y diez metros de largo por 1,50 de ancho. Está orientado en dirección Este-Oeste. Una de sus fachadas se derrumbó, también desapareció su armazón, y ambos acontecimiento es probable que se produjesen hace muchos años porque no quedó ningún rastro.
    Cuenta con diez pies, de unos 85 centímetros de alto, y se erige dibujando un perfil majestuoso, asentado en un nivel alto del terreno, circunstancia que permite al paseante cruzar por debajo de su estructura pétrea en su camino hacia el núcleo de casas.
    De la pujanza de la Aldea Vella de Vichocuntín habla también su molino, de planta cuadrada y 4,70 metros de lado, con una rueda de 80 centímetros de diámetro y una presa que conduce las aguas del Regueiro do Martelo y discurre por la vía central de la población. Su longitud es de unos 200 metros.
    El hallazgo de este lugar figura entre los éxitos cosechados por el colectivo Capitán Gosende, en cuyo historial figura una amplia relación de actividades destinadas a descubrir, salvaguardar y promover el conocimiento el respeto y la protección del patrimonio etnográfico de la Terra de Montes.
    Pero su labor altruista está limitada por la falta de medios y permisos necesarios para acometer sus actividades con mayor profundidad. «Estou convencido de que se se fixese unha retirada do manto de frouma e de restrollo, veríamos unha corredoira enlousada con dos valos de pedra», expone Calros Solla, uno dos sus componentes.
    También aparecerían otras estructuras «que non vemos, pero intuímos», agrega, como unas escaleras de acceso al molino, un pilón, la era comunal bajo los piés del hórreo o las canalizaciones del agua hacia los campos y huertas.
    El despoblamiento se produjo en el siglo XIX, tras la construcción de la carretera Ourense-Pontevedra, cuyo trazado discurre a unos 150 metros. «Os seus moradores optaron por reinstalarse na ribeira do Lérez, ao pé da nova estrada», argumenta Solla, que hizo necesaria la construcción de un puente, en el año 1852, pero también el nuevo Vichocuntín, en la parroquia de Pedre, es hoy un lugar desierto.
    Y aquella aldea, cuyo antropónimo es un nombre derivado de quien fuera su poseedor en la época medieval, Viscacluntini, o los dominios de Visclacuntino, de etimología germánica, cayó en el más absoluto de los olvidos.

    Quiso el destino que un día llegase un mensaje al correo electrónico de Calros Solla procedente de Venezuela. Su hasta entonces desconocido remitente le describió un lugar que había abandonado a la edad de seis o siete años. Corría el mes de julio de 2013 y fue el detonante que puso en marcha la búsqueda que llevó al grupo de Capitán Gosende al descubrimiento de un aula de la naturaleza y la etnografía de la que los vecinos de Cerdedo no tenían noticias.

Diario de Pontevedra (22-01-2014)

Torturado por Vargas, perseguido por Franco, condenado por Carrillo

«Brasileño: Por fin lo cazamos. Este canalla se nos escurría como una sanguijuela. Logramos localizarle en la comarca de Lalín. Allí movía los hilos de ciertos grupos aventureros y descontrolados. Es un provocador que nos dio muchos disgustos y, aunque tarde, lo hemos eliminado». Este párrafo figura en un informe que se encuentra en el Archivo Histórico del Partido Comunista de España.
Víctor García García fue asesinado en febrero del año 1948. Pasados unos días, un enlace del partido llamó a la puerta de una casa de Vigo. La franqueó María de los Ángeles Fernández Roces, a quien le comunicó que su esposo había muerto.
No le dio más información. Su calculada discreción buscaba un objetivo: que atribuyese su fallecimiento a la Guardia Civil. Y lo consiguió durante sesenta años.
Nacido en Quirós (Asturias), el 20 de septiembre de 1908, Víctor García emigró con 16 años a Brasil junto a sus dos hermanos y sus padres, donde se afilió al Partido Comunista. Su compromiso lo puso varias veces al borde de la muerte y, en una de ellas, un compañero se interpuso en el camino de una bala que iba dirigida a él.

REFRIEGA. Corría el año 1931, sucedió en Santos, y resultó herido y detenido en la refriega. Pero logró huir del hospital para acabar siendo detenido en São Paulo después de evitar en varias ocasiones ser apresado por la policía del dictador Getulio Vargas.
«Le arrancaron las uñas de los pies y las manos y le quemaron las plantas de los pies», explicó su hermana, Julia, en una entrevista realizada por el equipo encargado del Proxecto Integrado, del Arquivo Público do Estado e Universidade de São Paulo.

Fue deportado a España en 1933, y de su presencia en el país sudamericano le quedó uno de los sobrenombres por el que fue conocido, el de ‘El Brasileño’, y la semilla de la conciencia proletaria que lo empujó a participar en la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias.
La consecuencia de haberse implicado en el levantamiento fue su detención y posterior internamiento en dos cárceles, en la Modelo, de Oviedo, y El Dueso, (Cantabria). Pudo volver a la calle tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936.
«Somos casi los amos, pero todavía hoy mucho que hacer, todavía los fascistas no han desaparecido como fuerza a pesar de que van camino de ello», comentaba en una carta enviada a su hermana el 1 de abril.
«También se está resolviendo el problema del paro y se está repartiendo la tierra entre los campesinos», agregaba.
La misiva fue interceptada por la Policía del Gobierno de Getulio Vargas antes de que llegase al  número 5 de la calle Sergipe de Santos, y la consecuencia fue la expulsión del país de su hermana Julia durante 20 años.
Estalló la Guerra Civil y defendió la República contra el levantamiento fascista como comisario de las Brigadas Internacionales en el Frente Norte y Catalunya.
En algún lugar del frente conoció a María de los Ángeles Fernández Roces, Gelina, miliciana e hija de un minero. Se casaron el 28 de junio de 1937. «Fue una etapa muy feliz, a pasar de las desdichas», afirma Víctor García Fernández, hijo de ambos.
Pero la derrota le hizo conocer la ferocidad de los seres humanos. Nada supo por un tiempo de su esposa. Los falangistas le cortaron el pelo a Gelina. En varias ocasiones  se llevaron a un abuelo, un tío y a su madre, asegurándole que iban a fusilarlos si no lo delataba.
Acabaron los combates y Gelina tuvo que sacar adelante a su familia. Acarreó carbón en cestos de mimbre desde los trenes de mercancías hasta los hornos de fundición de Duro Felguera y, como el salario no bastaba, también trabajó de criada.
Los optimistas vaticinios de ‘El Brasileño’ no se cumplieron y el ejército de Franco acabó con el Gobierno de la República, con el  apoyo de Hitler y Mussolini. Llegada la hora amarga de la derrota, no buscó la protección del exilio en París, Moscú o La Habana.
Tras una breve estancia en Francia, la Internacional Comunista le encomendó la reorganización del Partido Comunista y la creación de la guerrilla en Galicia. Su base de operaciones  quedó establecida en Oporto y varias localidades de la provincia de Ourense fronterizas con Portugal.

COMBATIENTES. Animado por el empeño de derrocar por las armas la dictadura que había pisoteado la voluntad democrática de los españoles, ‘El Brasileño’ contribuyó a crear un batallón en el que se integraron casi un millar de combatientes.
De acuerdo con el mandato de la Internacional Comunista, utilizó hasta cuatro sobrenombres: Antonio Brasileño, Estanillo, Manuel Brasileño y Antonio Ortiz Risso. Su dominio del portugués le ayudó a pasar desapercibido mientras se ocupaba de crear una base de lucha antifranquista, y logró establecer vías de comunicación entre el Partido Comunista de España y  su dirección, que se encontraba entonces en Cuba.
En 1940 existía una incipiente organización, con bases en Oporto y Lisboa, pero la que se encontraba instalada en la capital portuguesa cayó un año después, y ‘El Brasileño’ se convirtió en el único interlocutor, narra José Pacheco en una biografía del líder comunista  portugués  Álvaro Cunhal.
‘El Brasileño’ impidió que Cunhal y el grupo que lo apoyaba le usurpasen su autoridad, y para tratar de encauzar las deterioradas relaciones entre lusos y españoles, se celebraron unas conversaciones  en las que participaron Álvaro Cunhal, Manuel Domíngues, Santiago Carrillo y Víctor García,
  ‘El Brasileño’ desplazó sus fuerzas hasta la frontera con Galicia para huir de la presión policial. A finales de 1943 logra evitar que lo detengan en Melgaço, y en el enfrentamiento armado muere un policía.
El entente con Cunhal duró poco tiempo y se corta el tránsito de los guerrilleros retenidos en el país vecino, escribe Pacheco. La etapa en Portugal llega a su fin.
En España es detenido, pero la Policía no logra identificarlo y consigue huir de la prisión. El historiador Alberto Maceira precisa que Víctor García fue nombrado secretario general del PCG en las minas de Fontao (Silleda), donde miles de personas extraían wolframio destinado al Ejército de Adolf Hitler, muchas de ellas condenadas a trabajos forzados.
En 1944 trasladó su base de operaciones a Vigo, y fue entonces cuando se desplazaron desde Langreo hasta esta ciudad su esposa, Gelina, y su hijo, Víctor. Carrillo, que había dejado Moscú para instalarse en París, ganaba terreno e iba a convertirse en el secretario general del partido.
‘El Brasileño’ se mantuvo fiel a Jesús Monzón, un líder navarro de extracción burguesa defenestrado por Carrillo, que también lo condenó a él. La orden de matarlo estaba dada. Él tomó precauciones porque lo intuía.
Víctor García recuerda las visitas que hacía su padre a la casita que ocuparon en el barrio vigués de O Calvario, donde vivió entre los cuatro y los seis años. Duraban entre tres y cuatro días, vestía una de gabardina y llevaba una cartera. «Decía que era viajante y quería hacer de mí un pequeño comunista, para lo que me cantaba canciones de la joven guardia y la Marsellesa», comenta.
La soledad fue otra de las características de aquellos tiempos de la infancia. «Al estar en la clandestinidad, mi padre tenía miedo de que me preguntasen por él y pudiese comentar algo que levantase sospechas».

EN VIGO . Para evitarlo, sus relaciones con el vecindario fueron mínimas. Víctor miraba a través de un seto como un niño de su edad jugaba con su coche de pedales por el jardín. «Lo espiaba», recuerda.
Una noche se despertó sobresaltado por la presencia de un puerco -espín sobre su cama. Se lo había traído su padre. Era un regalo, «pero me llevé un susto de muerte», puntualiza. «Fue mi amigo y mi compañero de juegos hasta el día que se escapó», comenta.
Mientras, Gelina, su madre, se ganaba la vida vendiendo jabón por las calles de la ciudad, ocupación que compaginaba con la de sirvienta en la vivienda de un médico. Hasta que un día se presentaron en su casa los enviados del Partido Comunista anunciando la muerte de su padre con una fórmula impersonal y escueta.
Cuando las cosas parecían enderezarse todo se vino abajo y tuvieron que regresar a Langreo, donde tiró de un carro para vender pan puerta por puerta. Con su sacrificio y una beca logró que su hijo estudiase Medicina. «Siempre miró hacia adelante», subraya Víctor García Fernández, que se convirtió en jefe de Cirugía del Hospital de Cruces (Vizcaya) y profesor adjunto de la Facultad de Medicina.
Para evitarle más sufrimientos a Gelina, aplazó hasta su muerte la tarea de investigar dónde se encontraba la tumba de su padre.
Su primer paso fue ponerse en contacto con la Universidade de Santiago. Lo hizo en 2008. Pocos días después había conseguido más de lo que esperaba, porque además de encontrarla, con la ayuda de Alberto Maceira, las investigaciones de Hartmunt Heine, un profesor de Historia de la Universidad Libre de Berlín, le permitieron descubrir que la Guardia Civil no lo había matado. «La orden vino de Carrillo», recalca.
El secretario general del Partido Comunista de España, Francisco Frutos, no le respondió a una carta que le envió en 2009 pidiéndole explicaciones, pero en el mismo año recibió las condolencias del su homólogo del PCG, Carlos Portomeñe. «Me pidieron perdón por el asesinato de mi padre, fruto, según expresaron, del revanchismo de Santiago Carrillo», expone.

LA TUMBA. Bajo una ventana de la iglesia de Moalde (Silleda), el 21 de marzo de 2009 fue instalada una lápida en memoria de su padre. «Éramos tres o cuatro personas y, como sucede en los pueblos, aparecieron varios espontáneos», dice Víctor García. El destino aún le tenía guardada otra sorpresa.
Uno de ellos se le acercó. «Yo lo he visto muerto, me dijo». Se llama José Fuentes, hoy supera los 90 años y entonces estaba haciendo el servicio militar.
José Fuentes le contó a Víctor García que a un vecino le llamaron al atención los ladridos de los perros que acompañaban a un grupo de personas en su caminar hacia el molino, situado en Río do Porto, y los siguió monte arriba hasta una zanja. Allí se encontraba su cuerpo, medio comido por las alimañas, con el cuello seccionado y parcialmente separado del tronco, cubierto por hojas.
Lo envolvieron en una sábana y lo tiraron en el suelo, cerca de la iglesia. Alguien pidió unos tablones para construir y una caja y José Fuentes los llevó de su casa. El cura ordenó que no lo enterraran en terreno bendecido.
«Las señas de este sujeto eran, estatura baja, fuerte, cabeza grande, cara ancha, nariz gorda, orejas pequeñas, con dos dientes de oro y cinco de marfil», detalla su partida de defunción. Las piezas de oro le fueron arrancadas.
«Al fin puedo decirte que nunca vas a estar solo», le prometió un emocionado Víctor García Fernández ante su tumba.

Diario de Pontevedra (15-02-2014)