lunes, 20 de diciembre de 2010

Otro gorrión

Amaneciste frio frente al pilón del agua caliente, allí donde acabábamos después de las noches de fiesta, donde nos bañabamos desnudos bajo la luna de verano antes de poner rumbo a nuestras limpias y acojedoras camas. Estabas tirado al lado de tus muletas, tu única compañía. Te dejaron solo, moriste día a día ante la mirada de quienes te envenenaron y supongo que más de uno asistió a tu entierro. Cuando provocabas la alegría de un gorrión disputaban tu atención y te invitaban a beber. Eras un niño inteligente, chispeante, atrevido, blanco y sin un ápice de malicia. Se peleaban por pagarte. Te metias los vasos de vino de dos tragos y las tazas, en un suspiro. Hacías reir con tus expresiones ingeniosas y agudas. Te saludó Manuel Fraga y también Enrique Tierno Galbán. Participabas en casi todas las iniciativas sociales y culturales y eras el primero en saludar e intimar con los forasteros. No supiste qué es la sonrisa de un juguete. Tampoco qué es un hogar con padres equidistantes y solícitos. El veneno del alcohol ya venía facturado en tu sangre cuando abriste los ojos a la vida. Cometiste el error de crecer, y aquellos que pagaban las rondas empezaron a encontrarte pesado: derramabas el vino sobre sus ropas, insultabas y empezaste a derrumbarte. Muchos amaneceres te encontraron tirado en la acera y te deslizaste por el tobogán de la más absoluta miseria sin que nadie te tendiese una mano para evitar la fatalidad. Tus compañías ya eran otras: gentes vulgares a las que solo te unía la falta de techo. Tus ojos se fueron cerrando y apenas distinguías más que sombras. Ibas del hospital, del que te echaban en cuanto podían, al montón de cartones donde dormías. Podría decir que me sorprendió tu temprana muerte, Santi. Y mentiría.

Diario de Pontevedra (31-10-2003)

domingo, 19 de diciembre de 2010

Mostar, un puente entre dos culturas

El río Neretva cruza Mostar encajonado entre dos montañas cortadas a navaja. Desde el puente, la altura es de veinte metros, y una de las diversiones de los jóvenes es lanzarse a sus aguas. Ni siquiera el bombardeo que lo destruyó el 9 de noviembre de 1993 impidió que se mantuviese esa costumbre. “Mirna nos contó que durante los casi once años que el puente estuvo destruido, los jóvenes mostarís habían colocado unos tablones desde la margen izquierda hasta la mitad del río en el lugar donde había estado el puente. Y así continuaban saltando”, cuenta Gabriel Rodríguez en su blog.

En una pausa entre los combates, se imaginó a un chico que, a media mañana, se quita la camisa, avanza unos pasos, cierra los ojos y siente la brisa. “Durante unos segundos se libera de toda aquella locura que ha empujado a los vecinos a asesinarse unos a otros” , comenta,. “probablemente las cosas no ocurrieron de ese modo. Pero era bonito perderse en el murmullo continuo del Neretva al anochecer y pensar que, en aquel momento, en aquel salto, había comenzado a esbozarse una reconciliación que cristalizaría, algún día, dentro de muchos años. De madrugada tomamos el tren para Sarajevo. No volvimos a ver a Mirna. Su nombre significa paz”, agrega.

Construido en el Siglo XV por el maestro turco Mimar Hajrudin, el Puente Viejo (Stara Most) forma parte del Patrimonio de la Humanidad y era motivo de orgullo y símbolo de concordia entre croatas y musulmanes, que habitaban las dos mitades de la ciudad definidas por el cauce. Como acostumbra a suceder, el enemigo común las había unido, y ambas comunidades se aliaron para repeler el ataque de los serbios.

La victoria conjunta acrecentó la leyenda de que se trataba de un viaducto eterno, pero, lejos de alejar la sombra de nuevos enfrentamientos, a aquel conflicto siguió otro. Ahora los contendientes eran croatas y musulmanes

Como los alimentos envasados, la eternidad tenía fecha de caducidad, y resultó que fueron los ejércitos de las comunidades que habitan Mostar quienes lo echaron abajo, a pesar de su nula importancia estratégica. Su destrucción perseguía minar a moral de la población civil, aunque también dio lugar a otro misterio: las aguas se habían teñido de rojo. “El puente sangra”, comentaron asombrados.

Finalizada la contienda, un equipo de buceadores húngaros recuperó una parte de las piedras, y fue entonces cuando encontraron una explicación a la coloración roja que habían adquirido las aguas: el sellado del Puente Viejo había sido realizado con mortero rosa, bauxita y alúmina de color marrón rojizo que se disolvió en el líquido.

La UNESCO, con el apoyo de la Asociación Regional Industrial de Nürenberg y otras instituciones, lo reconstruyó. En 2004 fue inaugurado, reabriendo un tiempo de reconciliación entre dos comunidades marcadas por los resquemores y la desconfianza.

Antes de la guerra, el 34% de los habitantes eran croatas y el 35%, musulmán. Actualmente, dos tercios de un censo de 110.000 son croatas. El Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas, en un informe fechado en 1993, precisaba que la guerra que borró del mapa a Yugoslavia, dando origen siete nuevas fronteras, provocó el desplazamiento de más de dos millones de personas y la petición de asilo político de más de 600.000 en catorce países europeos.

Mujeres de Sálvora, heroínas olvidadas

Unos gritos, viajando a través del viento, llegaron a oídos de Tomás Pagá, un castellonense encargado del faro de la isla de Sálvora (Ribeira).

Supuso que procedían de los niños, pero los ladridos y la inquietud del perro que estaba a su lado le llevaron a pensar que el motivo podría ser otro.

Sólo tuvo que andar unos metros para ver un barco sobre las rocas del bajo de Pegar, con las luces encendidas y hundiéndose por la proa. Era el ‘Santa Isabel’.

Le hizo señales para indicar a sus tripulantes que iba a buscar ayuda, y echó a correr hacia la aldea, distante tres kilómetros.

Fue entonces cuando se puso en marcha el improvisado dispositivo de salvamento liderado por tres mujeres, con el apoyo en tierra de Cipriana Crujeiras.

El mar batía con fuerza en una isla en la que sólo permanecían una veintena de vecinos, los más jóvenes, las mujeres y los mayores, porque el resto se encontraban en Aguiño o Carreira, adonde habían ido a celebrar el fin de año con sus familias y no pudieron regresar debido al temporal

María Fernández, de 14 años; su cuñada, Cipriana Oujo, de 24, y Josefa Parada, de 32 años, salieron corriendo de sus casas hacia la playa de Area dos Bois. Allí subieron a una de las dornas utilizadas en la captura del pulpo.

Pasaban unos minutos de las cinco de la madrugada. Tres horas después llegaron al buque, que se estaba hundiendo a dos millas del punto del que habían partido. Sucedió el domingo día 2 de enero del año 1921.

«Saíron a pan de millo, como se di en Aguiño, afirma Manuela Parada, bisnieta de Josefa, para resaltar que realizaron el recorrido durante la noche, entre el viento y la lluvia, a remos.

«Daquela, a xente estaba acostumada a pelexar co mar e pensaban que era unha cousa moi normal o que facían, pero non era», agrega.

Las reducidas dimensiones de la dorna no dejaban espacio suficiente para dar cabida a los náufragos, que se agarraban desesperadamente a ella.

Entre dos aguas, los llevaron a la playa de O Almacén, donde fueron atendidos por los vecinos. El viaje se repitió en cuatro ocasiones hasta el amanecer, cuando llegaron los barcos procedentes del puerto de Ribeira.

El mar seguía muy agitado y poco pudieron hacer. A las 8.30 horas el barco se partió en dos pedazos. De las 269 personas que viajaban, 188 viajeros y 81 tripulantes, murieron 213 y 56 se salvaron. La mayor catástrofe de la historia de la navegación en Galicia se había consumado.

El último viaje del ‘Santa Isabel’ comenzó el día 29 de diciembre del año 1920 en Bilbao, donde recogió a 155 pasajeros antes de dirigirse a Santander. En ese puerto subieron otros cuarenta. Procedían de Castilla-León, Euskadi y Asturias y sus destinos eran Argentina y Uruguay.

Su llegada al puerto de A Coruña quedó registrada a primeras horas del 1 de enero del año 1920. Subieron al barco 31 personas, y poco después del mediodía reanudó su periplo. En Vilagarcía lo esperaban 37, y 217 en Vigo.

El mar estaba picado, el tiempo era inestable. A la altura de Fisterra estalló el temporal, acompañado de una intensa niebla. El buque redujo la velocidad y las cortinas fueron corridas para que la luz no dificultase la visibilidad.

El capitán, Esteban García Muñiz, pospuso la cena hasta la llegada a Vilagarcía y se ocupó de dirigir el barco. Su intención entrar en la ría de Arousa por el sur, lejos de los bajos de Sálvora.

La navegación discurría lentamente, el mar lo condujo hacia la isla, y cuando se percató de lo que estaba sucediendo, tenía delante unas rocas. Ordenó la marcha atrás, pero era demasiado tarde.

Pasaban 50 minutos de la una de la madrugada. El temporal hizo el resto: el buque quedó encallado, se produjeron tres vías de agua y empezó a hundirse.

El ‘Santa Isabel’ quedó sin suministro eléctrico poco después de la colisión, interrumpiéndose la petición de ayuda enviada por el telegrafista, lo que dio lugar a una trágica confusión.

«Estamos encima de las rocas de Salv», decía el incompleto mensaje que recibieron en la estación de Fisterra, donde interpretaron que estaba a salvo, al igual que en el barco francés ‘Flandre’, que se encontraba en la zona del siniestro.

Quien dio aviso a Fisterra de lo sucedido fue el vapor ‘Cabo Menor’, que se dirigía al puerto de A Coruña desde Vilagarcía

Avanzada la noche, el pánico hizo presa de los viajeros. Algunos intentaron salvarse utilizando los botes salvavidas, que fueron destrozados contra las rocas, y otros trataron de llegar a la costa a nado.

Las olas barrían con furia la cubierta. Los curas impartían ‘in articulo mortis’ el perdón a quienes se lo pedían.

«Acurrucada en un rincón, una madre intentaba amparar y cubrir con su cuerpo a cinco infelices criaturas. Durante un tiempo, las olas, furiosa y gigantes, parecían respetar aquel cuadro de ternura y amor. Cambió el viento y el mar se abalanzó sobre las inocentes víctimas. Fue un momento de angustia sin igual ver como cada ola iba arrancando, uno a uno, los hijos de los brazos de aquella madre, a quien ahogaba el dolor. Con el último de los hijos, al que abrazó desesperadamente, llevó el mar la figura más hermosa de madre que contemplé en mi vida», narraría después uno de los supervivientes, el oficial Luis Cebreiro.

Con el día comenzó la recuperación de cadáveres, que se prolongó durante meses entre Fisterra y Marín. El antiguo cementerio de Ribeira fue reabierto para dar cabida a 33, y las autoridades ordenaron su enterramiento en los camposantos más próximos al lugar donde apareciesen.

Una campaña desplegada por varios organismos e instituciones culminó con el acuerdo del Consejo de Estado por el que aprobó el ingreso en la Orden Civil de la Beneficencia y la concesión de la Cruz de Salvamento Marítimo de tercera clase con distintivo negro y blanco a Josefa Parada, María Fernández, Cipriana Oujo y Cipriana Crujieras, así como a otros cuatro vecinos de la isla situada en la bocana de la ría.

Las cuatro mujeres protagonizaron un multitudinario recibimiento en las calles de Vigo. La concesión de las condecoraciones iba acompañada de una gratificación de 3.000 pesetas (18 euros) y una pensión vitalicia que no pasó de ser simbólica.

El producto de la recaudación realizada por los emigrantes gallegos en México y Buenos Aires para ayudarles tampoco llegó a sus bolsillos.

Ribeira recibió el título de ‘Muy noble, muy leal y muy humanitaria ciudad’. Esta leyenda figura en el escudo del Concello. Es el único rastro que dejó la epopeya protagonizada por tres mujeres que desafiaron a la muerte y tuvieron que abandonar Sálvora cuando así lo quiso su propietario, el marqués de Revilla.

Mientras se sucedían los actos, los submarinistas vaciaron el barco, llevándose la caja fuerte, que guardaba un millón de pesetas (6.000 euros). Todo lo que queda son unas planchas de madera a unos cuarenta metros de profundidad, en las inmediaciones de Punta Besugueiros.

En el dote de boda que recibió el grovense Francisco Torres al casarse con María Concepción Romay, en diciembre del año 1972, figura una puerta con una inscripción y un número que tenía incrustada un pestillo de bronce.

Fue el legado del abuelo de su mujer, Fidel Pérez, que lo encontró cuando faenaba con su barco en la ría de Arousa.

Al vilagarciano Rafael Sabugueiro le regalaron un pedazo de madera carbonizada que pesa como una piedra. Procede de un guayacán, un árbol que crece en Brasil, mide 15 centímetros de longitud y cinco de ancho.

Lo recibió de manos de un vecino de Pobra do Caramiñal. Formaba parte del pasamanos de la borda de un barco.

El pestillo y el trozo de madera proceden del ‘Santa Isabel’. Los restos de la embarcación fueron vendidos como chatarra a empresas de Carril (Vilagarcía) y Muros.

Una inscripción en el escudo municipal, un monumento que instalaron los padres de una víctima al pie del faro de Sálvora, dos fragmentos de un barco de 88 metros de eslora; un libro titulado ‘Sálvora, a traxedia do Santa Isabel’, escrito por Xosé María Fernández Pazos, en el que está documentado este reportaje, y los recuerdos es lo que permanece.

El poblado que habitaban está en ruinas. «Nada de nada. Non fixeron un monumento nin fan un acto polo aniversario do naufraxio. Daquela non lle daban importancia ó que facían porque a vida era moi dura, pero hoxe sabemos que foron un exemplo. A Ribeira déronlle un título», lamenta Manuela Parada.

Y en la Muy noble, muy leal y muy humanitaria ciudad de Ribeira, donde ocupa un lugar prominente la avenida del general Franco, los nombres de María Fernández, Cipriana Oujo, Josefa Parada y Cipriana Crujieras, cuatro mujeres curtidas en temporales que protagonizando el más alto gesto de solidaridad posible en un ser humano, siguen sin encontrar un hueco en la esquina de una calle o una plazuela, a punto de cumplirse 90 años del episodio.

«Canto máis pobres, máis asoballados», remacha la bisnieta de Josefa Parada.

Diario de Pontevedra (21-11-2010)


Cuando Franky tocó el piano


Federico Olóriz Aguilera estudió en la Facultad de Medicina de Granada y desarrolló buena parte de su carrera como docente en la Universidad Central de Madrid. Suya es la autoría de un trabajo que permite identificar a las personas por sus huellas dactilares.
Aquel estudio, que se convertiría en una de las herramientas más importantes para los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, comenzó a aplicarse en 1899 en España y Portugal.
En Estados Unidos y Gran Bretaña utilizan el ‘ método Henry’, mientras que en América del Sur y en otros países europeos y asiáticos aplican el creado por un croata nacionalizado en Argentina, Juan Vucetich, en 1891.
Es posible que Francisco Javier Martínez San Millán, alias Franky, se hubiese ilustrado sobre las técnicas de identificación, porque desde el 8 de agosto de 2006, si de algo dispone es de tiempo, puesto que se encuentra entre barrotes al no haber logrado escapar de las huellas que lleva impresas desde el día que vino al mundo. Cuando los agentes del Grupo de Localización de Fugitivos del Cuerpo Nacional de Policía le piden que extienda sus dedos, los entinte y los apoye en un papel, lo que en la jerga de la delincuencia llamaban en otros tiempos tocar el piano, se resiste y sólo facilita el dedo índice de la mano derecha.
A pesar de que se había sometido a una operación de cirugía estética para modificar ligeramente el aspecto de su cara, los agentes tienen la completa seguridad de quién es el individuo que habían ido a arrestar a Dènia ( Alicante).
Queda por completar el último trámite antes de trasladarlo a una prisión para cumplir los doce años de pena que le había impuesto el tribunal encargado de juzgar a los detenidos en la Operación Nécora, después de que su castigo inicial, de diecisiete, fuese rebajado.
Y cuando las comparan con las que le habían tomado a raíz de detenciones anteriores, descubren que no coinciden plenamente: tal cosa acontece con las de los dedos índice y pulgar de la mano derecha.
La Policía Científica las estudia a fondo y logra determinar que se trata de Franky. Acaban de encontrarse con el primer delincuente español que se había operado para cambiar sus huellas dactilares, sustituyendo la piel de los dos dedos de las manos por la de los pies, por medio de un injerto.
En su empeño por liberarse de su pasado, incluso quiere cambiarse de nombre: se hace llamar Gustavo Adolfo Rey Fernández, un nombre que corresponde a un ciudadano de Pontevedra.
" Cuando vi el despliegue, me di cuenta de que sabíais quién era y la buena vida se había acabado", comenta a los agentes que lo arrestan, con 42 años. Habían transcurrido catorce como fugitivo. El cartel en el que puede verse su cara figura entre el de los 15 prófugos más buscados del país.
Franky se había largado el 27 de septiembre de 1994, un día antes de que le fuese notificada la sentencia. Hasta entonces, este leonés, natural de San Pedro Bercianos, vivía en Poio (Pontevedra).
Es un narcotraficante asimilado que se diferencia de los históricos en un aspecto: evita hacer ostentación de la riqueza alcanzada con el negocio de la muerte ante el vecindario, mientras que sus colegas adquirían mansiones o vehículos de alta potencia para dejar claro que habían esquivado las estrecheces económicas para sumergirse en la miseria moral.
Aunque Franky tampoco se había enterrado en una cueva para convertirse en un eremita y meditar. Ni mucho menos, pero cambia de aires y procura ser discreto.
En Dènia hay un alto porcentaje de habitantes procedentes de otras latitudes. Cuando le preguntan, responde que es piloto de aviones. Periódicamente, recibe la visita de su familia en un chalé asentado sobre una parcela de 12.000 metros cuadrados. De lo más normal.
Así, puede disfrutar de las ganancias obtenidas en una operación que culminó con el desembarco de 1.700 kilos de cocaína, hasta que le echan el guante. Ahora le espera una larga temporada a la sombra y dar cuenta de su presunta implicación en el desembarco de cinco toneladas de cocaína en Tapia de Casariego ( Asturias).
La relación de causas pendientes no se agota ahí: también deberá dar explicaciones sobre la Operación Temple. Es una de las de mayores dimensiones de Europa, que permitía la incautación de 12,5 toneladas: 7,5 en el barco ‘ Tamsaare’ y el resto en una vivienda en A Pobra do Caramiñal ( A Coruña).
Es decir, que entre una causa que ya está sustanciada y otras dos por las que deberá responder, Francisco Javier Martínez San Millán podría haber participado en el desembarco 19 toneladas de cocaína. Esta cifra sitúa al leonés entre los narcos más productivos, aunque su nombre no salga a relucir cuando pronunciamos de carrerilla los de los narcotraficantes más importantes de Galicia.
La entrada en su chalé de Dènia permite a los agentes descubrir un búnker que había ordenado construir con el vano propósito de enterrarse en él cuando sintiera cerca el peligro, siguiendo los pasos de otros delincuentes españoles, colombianos, mexicanos o de nacionalidad italiana.
Con el arresto de Franky se reduce la nómina de narcotraficantes fugados, en la que sigue figurando el vilagarciano Luis Jueguen Vilas, que tiene pendiente una condena de 15 años de prisión derivada del desembarco de cocaína en el barco ‘ Dobell’ frente a las costas de Cedeira ( A Coruña).
El exvicepresidente de la Cámara de Comercio huía a Argentina en 1992, después de que un sicario colombiano matase de un tiro, delante de sus narices, a su primo y tesorero de la misma institución, José Manuel Vilas, en Benavente ( Zamora), a raíz de una deuda derivada de esta operación.
El otro es Carlos Ruíz Santamaría, alias, ‘ El Negro’, condenado por la Operación Temple, que logró la libertad condicional de la Sección Cuarta de la Audiencia nacional, por la módica cifra de 30.000 euros, y ya no volvió a dejarse ver desde diciembre de 2001. Este episodio había acarreado una sanción a los integrantes de la sala. Dos años y medio después de la detención de Franky queda por despejar la incógnita de quién lo operó y dónde se realizó el trabajo al hijo de Evangelino y Eustaquia. Algunas fuentes indican que podría haberse desplazado a Colombia.
En diciembre de 2008, la Policía de Estados Unidos capturaba al doctor José L. Covarubias, cuando intentaba volver de Arizona a México, en la localidad fronteriza de Nogales, bajo la acusación de haber extirpado quirúrgicamente las huellas dactilares de Marc George, un jamaicano que había sido arrestado en una operación de tráfico de drogas.
Huir de la identidad tampoco es una tendencia de los últimos tiempos: en 1934, los hermanos Carpis y Fredy Baker dos hampones de Chicago, intentaron cambiarlas. Están registrados otros intentos, realizados con métodos más rústicos, como la utilización de ácidos corrosivos o cauterizadores.
"Él pone un sello en las manos de todos los hombres, a fin de que todos reconozcan sus obras" ( Libro de Job 37, 7).


Diario de Pontevedra (28-12-2008)

lunes, 6 de diciembre de 2010

Escalofrío en la madrugada


Cuenta José Saramago que cuando Joana Carda hizo una raya en el suelo con una vara, todos los perros de Cebére, una localidad situada en los Pirineos Orientales, empezaron a ladrar, llevando el pánico y el terror a sus habitantes.

Comienza con este pasaje el libro ‘La balsa de piedra’, en el que el escritor portugués describe como la Península Ibérica se desgaja de Europa por la traza marcada por Joana Carda, para cruzar el océano Atlántico y acudir al encuentro con Iberoamérica. Se entiende entonces la reacción de los canes.

Durante la madrugada del 28 de marzo de 1997 también se escuchan ladridos al unísono. Suenan poco antes de que una mujer de Cabanelas (Ribadumia) hubiese negado la entrada a su vivienda a un joven muy nervioso que quería denunciar un crimen.

Cuando abre el día y observa el ir y venir de vehículos policiales, comprueba que la petición del muchacho estaba justificada y un escalofrío le recorre la espina dorsal.

Algo horrible había ocurrido. Acostumbra a suceder que, en estos casos, nos ponemos en el peor de los escenarios, y también que las dimensiones del horror casi siempre acaban por superar los límites que habíamos marcado.

A pocos metros de la planta empacadora de residuos sólidos urbanos se encuentra un vehículo en cuyo interior yacen dos chicas. A unos pasos se puede ver un hombre en el suelo. La Guardia Civil acordona la zona y avisan al juez. Cuando procedía al levantamiento de los cadáveres, recibe la noticia de que el presunto responsable de las muertes había sido detenido.

El espanto ya irradia de occidente a poniente. La radio y la televisión abren los informativos exponiendo los primeros datos de la masacre.

Cabe la posibilidad de que el teléfono hubiese sonado en los domicilios de las familias de Francisco Javier Sanmiguel de la Torre, de 36 años, Ángeles María Barreiro Arenal, con 31, y Dolores Gómez Rodríguez, de 20 años, y que el estado de ánimo del encargado de responder hubiese transitado de la sorpresa al horror.

Recomponer la escena es una tarea sencilla porque hay testigos. Uno es el vilagarciano José Fabeiro Torres, de 26 años. El joven que tan nervioso había acudido a una casa situada en las proximidades para alertar de lo sucedido dio el aviso en el Cuartel de Cambados.

Era el compañero del cambadés Francisco Javier Rey Buezas. Aquella noche habían tomado una copa en el pub Belle Epoque, situado en Vilanova, en torno a las cuatro de la madrugada.

De este local, ambos salieron en compañía de Francisco Javier Sanmiguel, Ángeles Barreiro, Dolores Gómez y Jesús Bello. Van los seis apretujados en un vehículo y el próximo destino es Pontevedra. Conduce Rey Buezas.

Al pasar por Cambados, el coche se detiene y baja Rey Buezas para dirigirse a su domicilio, del que regresa poco después. Enfilan hacia la capital, pero a la altura de Cabanelas, en el municipio de Ribadumia, se desvía del itinerario.

En este punto, los cuatro hombres abandonan el vehículo. Rey Buezas saca una pistola, calibre 9 milímetros Parabellum, y sin darle la menor opción para que pudiese defenderse, dispara a escasos centímetros de la sien de Francisco Javier Sanmiguel, que muere en el acto, ante la mirada atónita de Bello y Fabeiro.

Inmediatamente, se dirige a Jesús Bello y le exige que le muestre su documentación, porque alberga la sospecha de que pudiera tratarse de un policía. Éste se aleja unos metros del pistolero con la excusa de acercarse a los faros del coche para buscar los documentos, y aprovecha un despiste y la oscuridad para escapar. Los dos disparos de Rey Buezas no encuentran la diana que buscaba.

Fabeiro hubiese corrido la misma suerte de no encasquillársele la pistola cuando parecía haberle llegado su turno, circunstancia que le permite huir.

Aterrorizadas, permanecen en el interior del vehículo Ángeles Barreiro y Dolores Gómez. El asesino se dirige hacia ellas y repite el macabro ritual: coloca el cañón cerca del cráneo de ambas y dispara. Primero, sobre Ángeles Barreiro y, después, sobre Dolores Gómez. Rey Buezas es arrestado inmediamente.

Son las 16.30 horas del martes 1 de abril, y un gentío se arremolina ante la fachada de las dependencias judiciales de Cambados. Llama la atención que la mayor parte de los concentrados son jóvenes, que acuden con la intención de ver el rostro de un asesino.

Rey Buezas lo tiene semitapado, lo que no impide a un hombre de unos sesenta años identificar al asesino, al que increpa e intenta agredir. La Guardia Civil evita que alcance su propósito.

Todos pueden escuchar sus lamentos porque repite que había trabajado durante toda su vida para sacar adelante a su familia, para lo que estuvo embarcado, y ahora un criminal le arrebata a su hija. Es Ángel Barreiro, el padre de Ángeles María Barreiro.

Los insultos también se dirigen a Fabeiro, y uno de sus familiares aclara que no es responsable de la salvajada. Algunos llegan a pedir a gritos el linchamiento de los presos.

Dos días antes, el domingo 30 de abril, se habían celebrado los entierros de las tres víctimas: el de Ángeles Barreiro, en Rubiáns (Vilagarcia); a Francisco Javier Sanmiguel lo condujeron a Carracedo (Caldas de Reis), y el cuerpo de Dolores Vázquez fue depositado en Rabanal del Camino (León) .

La imagen que dejan los detenidos se parece muy poco a la que ofrecen cuando les llega la hora de comparecer ante el juez. Con Francisco Javier Rey Buezas se repite la metamorfosis.

Estamos en la primera semana de mayo de 1999 y llega a la Audiencia Provincial de Pontevedra. Viste un traje de color marrón y lleva gafas oscuras que quita cuando accede a la sala.

En su declaración, trata de sembrar dudas. Justifica el cambio del itinerario para dirigirse a Cabanelas con la finalidad de coger una cosa que estaba escondida y reconoce que había parado antes en Cambados para coger el arma.

Asume la autoría de dos muertes y trata de cargar la otra sobre las espaldas de Fabeiro, que era el encargado de echar los cadáveres a un pozo, sostiene.

Su abogado lo califica como una persona tranquila que tiene un problema de agresividad cuando bebe, y que aquélla lo había hecho. Los peritos forenses sostienen que no es cierto y lo definen como una persona sin trastornos psiquiátricos que afecten a su carácter.

Apuntan que presenta una ausencia de sentimiento de culpa, cierta impulsividad y escasa capacidad de autocrítica, que no le impiden valorar los hechos que protagoniza.

"¿Cómo podemos fiarnos de alguien a quien escuchamos decirque disparó contra uno de los fallecidos, concretamente Ángeles María Barreiro, porque estaba allí y le tocó?”, expone el fiscal en su alegato, antes de solicitar 76 años de prisión.

Durante la vista oral, Rey Buezas también había justificado el disparo sobre Dolores Gómez para eliminar testigos. Fue condenado a 51 años de cárcel por tres delitos de asesinato consumado, uno en grado de tentativa, y tenencia ilícita de armas.

Diario de Pontevedra (25-01-2009)

domingo, 5 de diciembre de 2010

Armenia

La muchedumbre se amontonaba en los muelles con la vana esperanza de subir a alguno de los barcos con banderas extranjeras que permanecían fondeados en la bahía y huír de una matanza anunciada. Así pasaron días y semanas. Las madres abrazaban a sus bebes muertos, otras parían en medio de la desesperación, los llantos y los gritos. Antes de emprender el éxodo hacia el mar habían cortado las patas a los animales de carga, porque no podían llevárselos y los arrojaron al agua. Las hélices de los barcos se atascaban con los cadáveres. Y los griegos entraron en Esmirna, llevandose por delante a la población en el año 1922. Muchos eran armenios. 50.000, tal vez. Aristóteles Onassis lo rememora en la cubierta del yate Christina en una plácida conversación con Winston Churchill mientras comparten el licor de una noche de primavera. Todos los años, unos 200.000 armenios suben al monte Yeveran para recordar al millón y medio de compatriotas víctimas del imperio Otomano. Es un holocausto que no figura como tal en los libros de texto y que además de la ONU y el Parlamento Europeo muy pocos estados reconocen. En París, Teherán y muchas otras ciudades también salen a la calle para contribuír, desde la distancia, a que la llama se mantenga viva al pie de la montaña. Desde la 1ªGuerra Mundial denuncian un genicidio olvidado. Armenia logró su independencia en el año 1921 y tiene 3 millones de habitantes de los que buena parte viven lejos de su tierra. Bastaría con extrapolar las cifras a cualquier país para comprender las inmensas dimensiones de la barbarie. Provoca escalofrios pensar que a estas alturas las democracias del mundo sigan mirando a otro lado.

Diario de Pontevedra (29-04-2005)


viernes, 3 de diciembre de 2010

Corea, el tiempo detenido

Estamos ahora entre dos mares, el de Japón y el Amarillo, pero la acción se desarrolla en tierra firme. La cicatriz que sirve para distinguir cuando pisamos Corea del Norte y cuando tenemos los pies sobre Corea del Sur tiene una longitud de 240 kilómetros. Como acostumbra a suceder, es el reflejo de una guerra a la que habían antecedido otros conflictos bélicos. Y, como ocurre cuando la herida entre los contendientes permanece abierta, a un lado y otro de la línea establecen un espacio minado por el que nadie puede transitar. En este caso tiene, cuatro kilómetros de ancho.
Conviene mirar atrás. La división de la Península de Corea se produjo a poco de finalizar la Primera Guerra Mundial, por un acuerdo entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los americanos habían convertido a Hirosima (Japón) en un cementerio y la paz daba paso a la Guerra Fría. La demarcación entre las dos Coreas era una realidad. La siembra de bombas que realizaron las dos potencias bastaba para disuadir a quien quisiera acercarse.
En 1950, Corea del Norte invade a Corea del Sur, aunque el respaldo de China no es suficiente y retrocede a los límites anteriores. Una tregua firmada en 1953 precisa que la frontera es inviolable y establece la zona desmilitarizada a ambos lados de las alambradas.
Si desde la primera partición de la Península el pasillo entre las dos Coreas apenas era transitado, desde la rúbrica del documento, se convirtió en un lugar prácticamente inaccesible, por el que sólo se atreven algunos norcoreanos empujados por el hambre. ¿Qué otra consecuencia acarrea el impulso de la humanidad de trocear al globo terráqueo en parcelas? “En ausencia de ellos (los seres humanos) el mundo fantasmal que yace entre los dos homónimos enemistados se ha llenado de criaturas que, en la práctica, no tienen ningún sitio adonde ir”, expone Alan Weisman en el libro titulado ‘El mundo sin nosotros’.
Nos enfrentamos a tres paradojas: “Así, uno de los lugares más peligrosos del mundo pasaría a convertirse en uno de los más importantes -aunque descuidados- refugios para la fauna salvaje que, de otro modo, hubiera desaparecido”, agrega el profesor de Periodismo y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Arizona.
Pájaros carpinteros de cabeza gris, babules chinos, urracas, faisanes, osos negros, linces eurásicos, ciervos amizcleros y acuáticos, martas de garganta amarilla el casi desaparecido leopardo Amur y grullas blancas y de corona roja disponen de un paraíso rodeado de alambres de púas y torres de control ocupadas por soldados armados con ametralladoras. Incuso aseguran haber visto tigres siberianos por allí.
Segunda paradoja: La vida salvaje alcanza una de sus máximas expresiones, cientos de especies disfrutan en total libertad de todos los recursos que puedan necesitar, mientras a ambos los lados de las vallas, especialmente a uno de ellos, los seres humanos todavía no dieron el salto de súbditos a ciudadanos, carecen de libertad, y su destino sigue estando en manos de unos pocos.
Tercera paradoja: Caracteres de grandes dimensiones, pintados con cal, proclaman la supremacía del Querido Líder Kim Jong-il y el odio a Estados Unidos, señala Weisman. Del otro lado, miles de bombillas de colores envían mensajes de lo bien que se vive al calor del capitalismo. Entre el sonido de la propaganda que vomitan los altavoces, los científicos de las dos Coreas tejieron un silencioso y eficaz sistema para comunicarse y, a espaldas de sus superiores, evalúan conjuntamente desde hace años la evolución de la naturaleza y la fauna en la zona desmilitarizada. La ciencia se eleva por encima de las vallas y destroza la mitología de las fronteras infranqueables.

La triste historia de Manuel 'O Pistolas'




Silencioso y solitario, Manuel Gómez, ‘O Pistolas’, parecía un hombre asustadizo cuando se dejaba ver por algún bar de Catoira, circunstancia que tampoco resultaba habitual. No era de los que pasaban tardes enteras jugando a las cartas o al dominó. Tampoco pegaba puñetazos sobre la mesa o el mostrador.
Todo lo contrario. De porte esbelto, trataba de pasar desapercibido, casi como una sombra, y su vida social se limitaba al contorno de su casa, primero, y en el de la que le dio acogida un vecino, donde transcurrieron los últimos años de su existencia.
Por el paisaje de los pueblos circulan personas que llaman la atención porque da la impresión de que llevan un secreto enterrado en el fondo de las entrañas, un peso sobre sus hombros, una tristeza perpetua.
E incluso en localidades pequeñas, donde todos se conocen y de todo se habla en la plaza, las tabernas o a la salida de misa, hubo vecinos que se fueron a la tumba llevándose con ellos un enigma.
Fue el caso de Manuel Gómez, ‘O Pistolas’. Su triste historia está vinculada directamente con la de la emigración, que protagonizaron miles de gallegos en los primeros años del siglo pasado poniendo rumbo a América para buscar al otro lado del Océano Atlántico la vida que se les negaba aquí.
Esta historia está fechada en los años 20, cuando los barcos surcaban la cornisa cantábrica, procedentes de Santander, y hacían escala en A Coruña, Vilagarcía y Vigo, recogiendo pasajeros rumbo a Argentina. Bordeaban después la costa de Portugal, y en Cádiz se producía el trasbordo a otro buque de mayor capacidad para cruzar el océano.
Es posible que Manuel Gómez, ‘O Pistolas’, desconociese el itinerario seguido por aquel barco cuando un día se presentó en el puerto para zarpar, acompañado de su esposa, Vicenta García.
Podemos imaginarlo como a tantos miles de emigrantes. Unos llegados del interior de Galicia, inquietos después de varios días viviendo en una pensión próxima al puerto mientras realizaron los siempre complicados y tediosos trámites aduaneros previos al embarque.
Otros procedentes de pueblos costeros, donde la pesca sólo permitía entonces la supervivencia, sin más horizontes de futuro. Todos con las pertenencias apretujadas en baúles y maletas, y un interrogante dibujado en la mirada inquieta ante lo desconocido.
El pago del pasaje fue para casi todos el mayor compromiso económico de sus vidas, y no pocos se hipotecaron para hacer frente al desembolso, por eso resulta un ejercicio difícil el de ponerse en el lugar de Manuel Gómez, ‘O Pistolas’, cuando después de haber abonado el pasaje, y en pleno proceso de asimilación del hecho de que su vida va a dar un giro de 180 grados, se encuentra ante la negativa a embarcar.
No tiene los documentos tal como exige la ley y lo echan del barco. Todos los planes que había elaborado con su esposa se vienen abajo inesperadamente.
En este punto del espisodio no hay testimonios que permitan aclarar qué pudo haber sucedido, pero esta pareja encuentra un recurso para no perder el dinero.
Es ella quien embarca. Puesto que él no puede hacerlo, quien probará fortuna en Argentina será su esposa, Vicenta García.
Cabe preguntarse qué gestiones de urgencia pudieron haber realizado para lograrlo, pero esa respuesta es una de tantas que no llegó a desvelar.
Con una mujer cuya edad no alcanza los treinta años inesperadamente a bordo de un barco que se dirige hacia el sur de España, es el momento dar un giro a la narración para dejar algunos apuntes sobre esta joven pareja que vivía en una casa situada en la parroquia catoirense de Santa Baia.
Manuel Gómez, ‘O Pistolas’, era un hombre nacido en la parroquia de Araño (Rianxo), que pudo haber llegado a Catoira en la embarcación que cruzaba el río Ulla cuando aún no era posible hacerlo a través del puente.
Tampoco sería descabellado pensar que lo hiciese en su condición de músico, porque tocaba el bajo. Era un músico ambulante que conquistó a Vicenta García, una mujer guapísima y desenvuelta por la que no pocos mozos suspiraban.
En aquellos tiempos la palabra matrimonio era casi un sinónimo del término hijos. Tuvieron dos: Álvaro y Albino. La música no bastaba para darles de comer, y tampoco los jornales que ganaba trabajando hoy en una cosa y mañana en otra.
Así se entiende que, a pesar del desgarro que supone la ruptura de una familia recién formada, el matrimonio decida jugárselo todo a la carta de la emigración, y que sea él quien se marche
Regresamos al puerto. El barco está a punto de partir, entre la confusión, más acentuada todavía por el urgente cambio de planes, ella le promete que pronto tendrá noticia suyas. Que le mandará dinero para mantener a los hijos y la suegra Manuela, y para que él pueda viajar a Argentina.
Retorna Catoira y cuenta lo sucedido a su familia. Superada la sorpresa, comienza la espera. Vicenta García cumple su compromiso, pero transcurrido un tiempo deja de mandarle dinero y escribirle cartas.
Manuel Gómez, ‘O Pistolas’, no pierde la esperanza. Encaja el golpe y metaboliza sus consecuencias sin trasmitir sus negativos efectos a la familia ni a los vecinos.
Pasan los años y deposita toda su esperanza en su hijo Álvaro, que se marcha a Argentina con el compromiso de buscar a su madre y regresar con ella. Cuando la localiza, Vicenta García vivía con otro hombre, con el que tenía cuatro hijos.
No quiso saber nada de su esposo. Álvaro tampoco retornó ni envió más noticias que el encuentro con su madre. Golpe tras golpe.
Él siguió trabajando como jornalero. Fallecida su suegra, parecía haberse encendido una luz cuando su hijo más joven, Albino, se casó muy cerca de Catoira, en Cordeiro (Valga).
La casa se estaba quedando vacía. Marchó a vivir con el hijo, pero debió sentirse fuera de lugar y regresó a casa.
Aquella vivienda, en la que tantos planes de futuro había hecho el joven matrimonio formado por un músico ambulante y la chica más guapa de Santa Baia, se había convertido en las cuatro paredes arruinadas.
Allí, donde viera nacer a sus dos hijos, vivió como un ermitaño hasta que otra vez la emigración volvió a jugar un papel determinante en su vida.
Pepe García, ‘O Americano’, se hizo cargo de él, llevándolo a vivir a su casa. El sobrenombre por el que era conocido procede de su padre, Manuel, que emigró a Argentina , donde se hizo rico por un golpe de suerte, le tocó la lotería
Y Manuel Gómez, ‘O Pistolas’, a quien nunca le sonrió la fortuna, afrontó los últimos de su existencia sin contar cuál fue el origen de su apodo, con su sonrisa triste y una eterna expresión resginada. Sin una mala palabra.

42 episodios en la parroquia de Oeste
El episodio de Manuel Gómez, ‘O Pistolas’, es uno de los 42 que tienen cabida en el libro ‘Oeste, cen anos de historia-s’, escrito por Pepe Castaño Dios.
Su autor, nacido en septiembre del año 1952, es Licenciado en Filología Inglesa y Alemana y profesor agregado de Educación Física.
Imparte clases en el instituto Armando Cotarelo Valledor, de Vilagarcía, y es el fundador de la asociación cultural Santa Baia, que presidió en una etapa anterior. Este trabajo fue editado en el año 1999

Diario de Pontevedra (14-11-2010)