domingo, 19 de diciembre de 2010

Mostar, un puente entre dos culturas

El río Neretva cruza Mostar encajonado entre dos montañas cortadas a navaja. Desde el puente, la altura es de veinte metros, y una de las diversiones de los jóvenes es lanzarse a sus aguas. Ni siquiera el bombardeo que lo destruyó el 9 de noviembre de 1993 impidió que se mantuviese esa costumbre. “Mirna nos contó que durante los casi once años que el puente estuvo destruido, los jóvenes mostarís habían colocado unos tablones desde la margen izquierda hasta la mitad del río en el lugar donde había estado el puente. Y así continuaban saltando”, cuenta Gabriel Rodríguez en su blog.

En una pausa entre los combates, se imaginó a un chico que, a media mañana, se quita la camisa, avanza unos pasos, cierra los ojos y siente la brisa. “Durante unos segundos se libera de toda aquella locura que ha empujado a los vecinos a asesinarse unos a otros” , comenta,. “probablemente las cosas no ocurrieron de ese modo. Pero era bonito perderse en el murmullo continuo del Neretva al anochecer y pensar que, en aquel momento, en aquel salto, había comenzado a esbozarse una reconciliación que cristalizaría, algún día, dentro de muchos años. De madrugada tomamos el tren para Sarajevo. No volvimos a ver a Mirna. Su nombre significa paz”, agrega.

Construido en el Siglo XV por el maestro turco Mimar Hajrudin, el Puente Viejo (Stara Most) forma parte del Patrimonio de la Humanidad y era motivo de orgullo y símbolo de concordia entre croatas y musulmanes, que habitaban las dos mitades de la ciudad definidas por el cauce. Como acostumbra a suceder, el enemigo común las había unido, y ambas comunidades se aliaron para repeler el ataque de los serbios.

La victoria conjunta acrecentó la leyenda de que se trataba de un viaducto eterno, pero, lejos de alejar la sombra de nuevos enfrentamientos, a aquel conflicto siguió otro. Ahora los contendientes eran croatas y musulmanes

Como los alimentos envasados, la eternidad tenía fecha de caducidad, y resultó que fueron los ejércitos de las comunidades que habitan Mostar quienes lo echaron abajo, a pesar de su nula importancia estratégica. Su destrucción perseguía minar a moral de la población civil, aunque también dio lugar a otro misterio: las aguas se habían teñido de rojo. “El puente sangra”, comentaron asombrados.

Finalizada la contienda, un equipo de buceadores húngaros recuperó una parte de las piedras, y fue entonces cuando encontraron una explicación a la coloración roja que habían adquirido las aguas: el sellado del Puente Viejo había sido realizado con mortero rosa, bauxita y alúmina de color marrón rojizo que se disolvió en el líquido.

La UNESCO, con el apoyo de la Asociación Regional Industrial de Nürenberg y otras instituciones, lo reconstruyó. En 2004 fue inaugurado, reabriendo un tiempo de reconciliación entre dos comunidades marcadas por los resquemores y la desconfianza.

Antes de la guerra, el 34% de los habitantes eran croatas y el 35%, musulmán. Actualmente, dos tercios de un censo de 110.000 son croatas. El Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas, en un informe fechado en 1993, precisaba que la guerra que borró del mapa a Yugoslavia, dando origen siete nuevas fronteras, provocó el desplazamiento de más de dos millones de personas y la petición de asilo político de más de 600.000 en catorce países europeos.

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