lunes, 20 de diciembre de 2010

Otro gorrión

Amaneciste frio frente al pilón del agua caliente, allí donde acabábamos después de las noches de fiesta, donde nos bañabamos desnudos bajo la luna de verano antes de poner rumbo a nuestras limpias y acojedoras camas. Estabas tirado al lado de tus muletas, tu única compañía. Te dejaron solo, moriste día a día ante la mirada de quienes te envenenaron y supongo que más de uno asistió a tu entierro. Cuando provocabas la alegría de un gorrión disputaban tu atención y te invitaban a beber. Eras un niño inteligente, chispeante, atrevido, blanco y sin un ápice de malicia. Se peleaban por pagarte. Te metias los vasos de vino de dos tragos y las tazas, en un suspiro. Hacías reir con tus expresiones ingeniosas y agudas. Te saludó Manuel Fraga y también Enrique Tierno Galbán. Participabas en casi todas las iniciativas sociales y culturales y eras el primero en saludar e intimar con los forasteros. No supiste qué es la sonrisa de un juguete. Tampoco qué es un hogar con padres equidistantes y solícitos. El veneno del alcohol ya venía facturado en tu sangre cuando abriste los ojos a la vida. Cometiste el error de crecer, y aquellos que pagaban las rondas empezaron a encontrarte pesado: derramabas el vino sobre sus ropas, insultabas y empezaste a derrumbarte. Muchos amaneceres te encontraron tirado en la acera y te deslizaste por el tobogán de la más absoluta miseria sin que nadie te tendiese una mano para evitar la fatalidad. Tus compañías ya eran otras: gentes vulgares a las que solo te unía la falta de techo. Tus ojos se fueron cerrando y apenas distinguías más que sombras. Ibas del hospital, del que te echaban en cuanto podían, al montón de cartones donde dormías. Podría decir que me sorprendió tu temprana muerte, Santi. Y mentiría.

Diario de Pontevedra (31-10-2003)

No hay comentarios:

Publicar un comentario