domingo, 30 de enero de 2011

Belfast: muros y rencores

Un acuerdo firmado en abril de 1998 certificó el final de un conflicto violento que protagonizaban católicos y protestantes en Irlanda. Desde 1969, año en el que comenzó su actividad criminal el autodenominado Ejército Republicano Irlandés (IRA), se sucedieron los atentados. Una de las cicatrices del enfrentamiento es un muro, rematado con alambre de espino, de unos 15 metros de altura, que corre paralelo a Bombay Street.

Desde que las autoridades inglesas e irlandesas rubricaron el documento que debería abrir la puerta a la concordia entre dos comunidades, son más de cuarenta las barreras que se extienden por la ciudad formando una red. Se conocen, eufemísticamente, con el nombre de líneas de paz. Y el proceso sigue en macha.

En 1969, unos matones protestantes arrasaban Bombay Street, contando con la connivencia de la Policía. De los incendios que destruyeron las viviendas nació el fuego del IRA. Una lápida lo recuerda, y detrás se encuentra un muro metálico de unos quince metros de altura que separa a los irlandeses atendiendo a su credo religioso, como si de un zoológico se tratase.

No lo vigilan los policías, está controlado desde una comisaría por medio de un circuito interno de televisión y, al caer la noche, se cierra automáticamente. No sería necesario, porque los muros que de verdad separan son los que levantan los rencores generados a lo largo de varias décadas salpicadas de explosiones, secuestros, torturas y muerte. Y siguen prendidos en la sociedad doce años después de que, teóricamente, hubiese comenzado la reconciliación.

La población de Belfast ve con agrado los muros porque se siente protegida y, aunque no los hubiese, católicos y protestantes seguirían dando rodeos para evitar internarse en los barrios que consideran hostiles. Antes, los unionistas católicos se sentían las víctimas. Ahora son los protestantes.

Barrios católicos, como Bombay Street, están limpios y aseados, cuentan con servicios y ganan en actividad y dinamismo. Sus gentes miran al futuro con optimismo. Shankill, un famoso distrito protestante, es la otra cara. Abundan los solares vacíos donde se amontona la basura, y cuando cae la noche la iluminación es mínima, aunque tampoco suscita críticas porque la droga y la delincuencia disuaden de salir a la calle.

Mientras los católicos mejoran, los protestantes se consideran traicionados por quienes antes consideraban sus aliados: los ingleses.

Otro recurso que siguen utilizando para marcar diferencias son los colores: el verde se identifica con la Irlanda republicana del sur y simboliza las aspiraciones de los católicos del Ulster por lograr la reunificación de una isla, dividida ente un sur independiente, próspero e integrado en la Unión Europea (UE) y un norte bajo el dominio del Reino Unido. El naranja, de los republicanos, recuerda a Guillermo de Orange y sus victorias contra el rey católico Jacobo, en el siglo XVIII. El mismo dios, y más de 4.000 muertos.

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