domingo, 30 de enero de 2011

Ítaca

De La Habana a Portobello, de Jamaica a Trinidad, anda y anda el barco barco de Nicolás Guillén surcando el mar de las Antillas con una negra en la popa y un español al timón. Otro barco, barquito de papel, avanza ligero por el canal convertido en río hacia el mar Mediterráneo. Lo aventa la imaginacion de Juanito, El noi del Poble Sec, hijo de Angels y Josep, de profesión cantautor, que cruzó el Atlántico para esparcir las palabras de Machado y Miguel Hernández por Chile y Argentina. Eran cien y solo quedan treinta y tres de aquella tripulación de hombres rudos y masculinos como el viento que no sabían nadar y zozobraron el la ensenada, como queriendo esperar. Aquellos marinos, aquellos borrachos vascos de Patxi Andión. Era una noche calurosa y sin sueño, como tantas en el barrio madrileño de Lavapiés, cuando alguien nos contó que el barco de Novalis estaba echando raíces en el mar, cansado de ir de puerto en puerto sin encontrar acomodo. En una taberna de Corrubedo, un viejo marinero que se habia quedado sin ginebra y sin compañeros dibujó la minuciosa cartografía de la tragedia. Señaló, punto por punto y muerto a muerto, uno a uno, todos los naufragios acaecidos en un mar que llega hasta su puerta y ahora le parece tan lejano. Cae la tarde y regresa a puerto el 'Nauja', el velero danés con el que no pudo Hitler, el que transportaba penicilina desde Dinamarca a Groenlandia. Desde otra Ítaca retorna lentamente, a través de los años, con la bodega repleta de experiencias, aventuras y conocimientos. Como aconsejaba Kavafis.



Diario de Pontevedra (14-10-2005)

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