domingo, 16 de enero de 2011

La hora feliz

La niebla ya queda abajo y cubre el valle en el que está enclavado Quiroga como si de un sombrero de algodón se tratase. Subiendo hacia la montaña sale el sol cansado al encuentro del viajero. El invierno mete los codos. Quedan dos etapas y a Lorenzo le cuesta dar las últimas pedaladas para cruzar la linea de meta de 2002. Arriba, Folgoso abre sus ventanas y se despereza después de otra noche tan fria como casi todas. Hoy huele a pan fresco y los pájaros pasan sueltos y ágiles. Sentada al sol, María de Garay se acuerda de sus seis nietos repartidos por el litoral atlántico y dice que le gusta más vivir en Camariñas que en A Coruña. Paco, el guardabosques, pone el sello de identidad de los cuentos infantiles en los letreros de las casas, las esquinas, los regatos y las encrucijadas, con dos argumentos: la madera y sus manos. En Seoane, Antonio contempla la vida desde sus 80 años apoyado en el quicio de la puerta y se emociona recordando los tiempos vividos en Vilagarcía, cuando los gerifaltes le ordenaron que cumpliese con una España que hoy le sigue resultando lejana y cuyo idioma casi no sabe hablar. Entre el equilibrio de lo vivido y la nostalgia del pasado más reciente estallan mil colores en la sierra. Luz de fuegos dorados, escarlatas, amarillos y anaranjados que prenden en las genistas, los robles, los avellanos, los alisos, los álamos y los sauces. Se percibe la cercanía de los corzos, los ciervos, los urogallos, los lobos, los zorros, los tejones o las comadrejas. Las nutrias saltan felices en los regatos y las truchas ganan músculo y color en lucha permanente contra la corriente, saltarina como un millón de cascabeles. Y las cien fuentes que despertaban a Uxío Novoneyra siguen dejando su canción de cristal hacia atrás, haciendonos retroceder a la patria común de la infancia. Es O Courel, un planeta que detuvo su reloj en la hora feliz del mediodía, como aguardando la llegada de los niños.

Diario de Pontevedra (23-12-2001)

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