domingo, 2 de enero de 2011

Una de indios y vaqueros

En el período comprendido entre 1860 y 1890, el hombre blanco destruyó la cultura del indio norteamericano. La atracción por una tierra inmensa y rica en recursos fue el origen del éxodo de miles de cazadores, misioneros, soldados, buscadores de oro, vaqueros, presidiarios, colonos... Con el ejército de Estados Unidos abriéndole los caminos, se asentaron en unos territorios habitados ancestralmente por los pieles rojas, a los que arrinconaron en reservas (¿campos de concentración?), corrompieron y convirtieron en siervos, para acabar exterminándolos.

Lo que denominaban, eufemísticamente, ‘fronteras indias permanentes’ eran los límites que imponían bajo la amenaza de las armas, y transgredían a su antojo, para desplazarlos a parajes cada vez más inhóspitos y exterminarlos paulatinamente. Sucedió en California. En 1848 descubrían el oro, y en unos meses eran millares los buscadores de fortuna que atravesaban su territorio a lo largo de las rutas de Oregón y Santa Fe.

Las caravanas de carromatos se sucedían. Para justificar la violación de los límites establecidos anteriormente a su antojo, el Gobierno de Washington aprobó el denominado ‘Destino manifiesto’, que no era otra cosa que un salvoconducto para todo aquel que deseara adueñarse de unas tierras que ya tenían dueño.

Dos años después, ninguno de los mudocs, mojaves, piutes, shastas, yumas ni el centenar de pequeñas tribus asentadas a lo largo de la costa del Pacífico fueron consultadas, y California se convertía en el trigesimoquinto estado de la Unión. Kansas, Nebraska y Minesota, habitados por siux, dakotas, navajos, kiowas o comanches, correrían la misma suerte en 1958.

“Los ricos y hermosos valles de Wyoming están destinados a servir de alojamiento y manutención a la raza anglosajona. La riqueza, que desde los tiempos más remotos ha permanecido oculta debajo de la nieve que cubre las cimas más altas, no ha sido puesta allí por la Providencia sino para compensar a los espíritus bravos, cuyo destino es formar la vanguardia de la civilización. Los indios deben hacerse a un lado; de lo contrario, serán arrollados por la inexorable y siempre creciente marea de la emigración”, podía leerse en una proclama de la asociación Big Horn.

“Los indios californianos eran dóciles y apacibles como el cima en el que vivían (…) La organización tribal era poco menos que inexistente (…); cada poblado poseía sus cabecillas, pero no había grandes jefes entre aquellos fervientes pacifistas. Tras el descubrimiento del oro, en 1848, hombres blancos de todas las nacionalidades llegaron (…), tomaron cuanto les apeteció de aquellos sumisos indios, que se vieron más rebajados y corrompidos aún de lo que lo lograran los españoles”, describe Dee Brown (‘Enterrad mi corazón e Wounded Knee’).

Se sucedieron las matanzas y las carnicerías. “Nadie recuerda a los chilulas, chimarikos, urebures, nipewais, alonas o centenares de tribus cuyos huesos han sido topados por millones de kilómetros de carreteras, aparcamientos y edificios”, lamenta Brown.

Aún no había triunfado la Revolución Bolchevique y Rusia todavía no se había convertido en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pero William Vickers, un visionario editor político de Denver, llegó a calificar de “real y, prácticamente, comunistas” a los utes que vivían en las Montañas Rocosas. “El Gobierno debería sentirse avergonzado de alojar y animar a este tipo de gente, todos perezosos y derrochadores”, arengaba desde las páginas del periódico ‘Greeley Tribune’ de Colorado. Salpicando de infundios sus crónicas, instaba a que “barrieran el demonio rojo”.

Su proposición final era la misma que fue puesta en práctica con todas las tribus de costa a costa: “Mi opinión es que, a menos de que sean alejados por el Gobierno, deben ser necesariamente exterminados”. Las matanzas, el veneno del güisqui, los interminables desplazamientos hacia tierras cada vez más pobres y remotas las diezmaron. Así se forjó la leyenda del Salvaje Oeste que, convenientemente falsificado, sirvió de argumento a miles de películas.

Alce Negro, de los sioux ogalala, escribió el epitafio que recoge Dee Brown: “No supe entonces cuánto se había perdido. Cuando miro hacia atrás desde las alturas de mi senectud, vienen a mí todavía imágenes de las mujeres y niños asesinados, amontonados y dispersos por la quebrada. La escena horripilante se me ofrece tan vívida como si la estuviera reviviendo. Y me doy cuenta ahora, de que algo más murió también en aquel barro sangriento, fue enterrado luego por la tormenta. Allí dio fin el sueño de un pueblo. Era un hermoso sueño… Se ha roto el collar de la nación y las cuentas se han perdido por los suelos. No queda ya simiente alguna y el árbol sagrado se ha muerto”.

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