domingo, 13 de febrero de 2011

Morir en Irak

Said se arrepiente de no haber hecho caso de los consejos de su padre. Le había pedido que fuese pastor, pero prefirió convertirse en un maestro. Con el encerado encima sale a los caminos tratando de encontrar alumnos, en compañía de otros enseñantes iraníes que se encuentran en su misma situación.

El grupo se dispersa, y después de largas horas en solitario encuentra un grupo. Son unas veinte personas, son hombres mayores, excepto una mujer y su hijo. Ofrece sus servicios y los rechazan. Así comienza ‘Pizarra’, una película dirigida por Makhmalbat Samira.

Son nómadas y se extraviaron cuando intentaban llegar a Irak, le explican a Said. Todo lo que consigue es un trato: recibirá cuarenta nueces si consigue llevarlos hasta la frontera.

Uno de los miembros más viejos de la expedición es incapaz de orinar, por más que sus compañeros tratan de ayudarle. Le cuesta caminar, y la pizarra sirve de improvisada camilla Said cobra cinco nueces por el servicio. El viejo es el padre de la mujer, que se llama Halaled, y su único objetivo para morir tranquilo es que se case.

Said está casado, pero la familia de su mujer se la llevó cuando vivían en Teherán. Desde entonces se hizo cargo de los tres hijos, y el más pequeño mamó la leche de muchas mujeres, por lo que se parece a todas y está enfermo, explica.

Ahora están muy lejos y pide la mano de Halaleh. La pizarra sirve de biombo para la ceremonia nupcial, que se celebra mientras la novia intenta que su hijo, Chuan, haga pis, y dos amigos de su padre luchan tratando de conquistarla también.

Caminan entre escarpados, riscos y pedregales. Durante las paradas trata de enseñar a escribir a su esposa: ‘Te quiero’, escribe en a pizarra. Ella no le hace ningún caso. Él la suspende.

Le pone un cero, otro a su suegro y el tercero, para él. El encerado sirve para poner a secar la ropa que acaba de lavar en un río estancado de agua turbia.

Cuando entran en la niebla, Said anuncia que llegaron a la frontera, pero no le creen. Insiste, y le responden que trata de engañarlos, que están perdidos. Parece incapaz de convencer a la comitiva de viejos nómadas.

Entonces suenan disparos. Se esconden, y cuando finaliza el tiroteo avanzan unos metros, pedregales, riscos y escarpados por delante de nuevo.

La niebla deja ver una alambrada de espinos en el suelo. Ya no tienen la menor duda de que están en la frontera. Se arrodillan y rezan alborozados.

Said renuncia a cruzarla y se divorcia de Halaleh. Se lleva las cuarenta nueces, mientras que a Halaleh le corresponde la pizarra.”Voy de estación en estación, en la que suben y bajan pasajeros, pero él es el único que seguirá siempre conmigo”, dice señalando a su hijo. Es la única frase que dirigió a su marido. Echa a andar con el encerado sobre las espaldas y puede leerse: ‘Te quiero’.

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