sábado, 12 de febrero de 2011

No hay dinosaurios en la isla de Cortegada


Jose María Ramos Chaves y Rosa López Cardalda cerraron la puerta de su vivienda cuando el mes de agosto del año 1907 estaba casi vencido. Como una veintena de vecinos, durante los días anteriores habían trasladado sus enseres en una lancha a la localidad de Carril (Vilagarcía).

Él era uno de los tres guardas de Cortegada y, como el resto de los habitantes de la isla, vivía de la tierra. José María y Rosa fueron los últimos en abandonarla.

Su nuevo propietario era el rey Alfonso XIII, al que se la regalaron un grupo de acaudalados jerifaltes de la provincia de Pontevedra, esperando que construyese en este lugar un palacio para pasar sus vacaciones de verano, y hacer valer sus influencias aprovechando la cercanía del poder.

La firma del acta de donación se celebró el día 18 de agosto, a las 18.30 horas.

El notario José Barreiro Meiro dio validez a la rúbrica, estampada por Benigno Quiroga Ballesteros en nombre del rey.

Mientras se celebraba este acontecimiento, «apartados del lugar, se encontraban agrupados los últimos habitantes de Cortegada, en cuyos rostros se reflejaba la melancólica sensación que les producía el abandono de sus lugares de tantos años», puede leerse en una crónica.

Entre discursos, aplausos y felicitaciones, «los isleños, llorando muchos de ellos y abrazándose, se agrupaban frente a la ermita», indica la crónica del acto del traspaso de la propiedad.

El monarca, que puso como condición para aceptar el regalo convertirse en el dueño de todo el territorio, aceptó la dádiva cuando los promotores de la iniciativa lograron vencer la resistencia de los propietarios, pero durante el tiempo transcurrido, Alfonso XIII ya había puesto sus ojos en Miravent (Santander) donde ordenó levantar el palacio para sus estancias estivales.

El presente llegó tarde y el palacio no llegó a construirse. La operación fracasó. El bullicio que provocaban los pobladores dio paso a un silencio que se prolonga desde hace más de un siglo.

Ausentes los seres humanos, la naturaleza recobró todo el protagonismo en este enclave situado en la desembocadura del río Ulla.

Veiga do Medio, Lanzada de Abaixo, Agro Pequeno, Bruñedo, Agriño da Eira, Espiñeira, Tomada de Arriba, Sartaxéns, Falliño, Rabelo Pequeno, Bao da Torre y Rosiña do Outeiro son algunos nombres que habían dado a las 1.204 fincas, con una extensión de 256.148 metros cuadrados, en que se encontraba dividida la isla cuando tuvieron que desalojarla.

Las raíces de los arbustos se incrustaron en los muros, que fueron cediendo ayudados por la acción del viento y la lluvia y la carencia de una mano que los reconstruyese.

Cabras y caballos aún permanecieron durante varias décadas, y su presencia hizo posible frenar el crecimiento de la maleza. Pero sus propietarios decidieron que no resultaba rentable, y se los llevaron a tierra firme

Lentamente comenzaron a borrarse las delimitaciones de las pequeñas propiedades, que habían permanecido durante siglos como cicatrices sobre la tierra, en las que cultivaban maíz, trigo, guisantes o patatas.

La vida estaba debajo de los piés y el aprovechamiento era máximo, de ahí que el terreno inculto ocupase poco más de una hectárea, mientras los pinares se esparcían en 124.461 metros cuadrados situados en la fachada más exterior de la isla y expuesta a las inclemencias.

Sin la protección de la tierra cercana, las condiciones meteorológicas son más adversa, y la inclinación que puede observarse en estos árboles podría ser consecuencia de un tornado, apunta Ramón Encisa, un naturalista y micólogo de Vilagarcía que estudia a fondo esta isla. «Probablemente se produjeron más, y son otro síntoma del cambio climático», agrega.

Además de distintos ecosistemas, también se registran diferentes climas en esta pequeña isla, y basta un recorrido de treinta minutos de duración para darse cuenta de que en unos lugares sobra la chaqueta y en otros su abrigo resulta casi insuficiente.

Testigos mudos del paso de los siglos son los pinos mansos que pueden verse desde Carril.

Las casas, levantadas piedra sobre piedra, sin más amparo que el equilibrio que lograba la mano experta del cantero, comenzaron a ceder por sus tejados.

Hundidos éstos, se vinieron abajo las paredes interiores y fragmentos de las fachadas, mientras en el suelo germinaban las semillas transportadas por el viento.

El resultado de 104 años de abandono queda patente a la vista de árboles cuyas ramas despuntan sobre las ruinas de la veintena de viviendas, de planta baja la mayor parte, mientras sus troncos crecen encajados entre los muros que delimitaban las habitaciones

No quedan ningún rastro que permita ubicar el emplazamiento de las parras, que cubrían 3.360 metros cuadrados de superficie, ni de las cuadras y los alpendres.

La ermita, cuya primera referencia bibliográfica está fechada en el año 1334, corrió la misma suerte. Familias de jabalíes llegaron a utilizarla como morada. La última romería se celebró en el año 1935 y quedan las cuatro paredes.

Idéntico fue el destino que corrió el albergue de peregrinos, situado al lado y cubierto casi totalmente por la maleza.

La red de senderos que serpenteaban por una superficie de 49 hectáreas se difuminó por el crecimiento de la vegetación para desaparecer casi totalmente.

Permanece grabada sobre la piedra la huella que dejó el refuerzo metálico que forraba las ruedas de madera de los carros tirados por las vacas, y permite imaginar su paso camino del mar, para cruzar. durante la marea baja, en dirección a Carril.

Y los laureles, que brotaron espontáneamente, crecieron mientras el viento los obligada a inclinarse para resistir su empuje sin romperse.

Este bosque ocupa hoy una superficie de tres hectáreas salpicadas de ramas retorcidas que se elevan y entrelazan, construyendo un techo verde por el que se filtra la luz. El suelo está recubierto por hiedras y helechos.

No existe en este paraje la más mínima huella del paso de los seres humanos. Ni una lata ni una bolsa de plástico en un entorno que permite evocar cómo pudo haber sido la tierra hace miles de años, donde podría catalogarse de sorprendente no encontrarse con un dinosaurio.

Después de que hubiesen marchado los seres humanos también abandonaron la isla los cuervos. Punta Corveiro es un topónimo esclarecedor quw conduce a un lugar, situado en la parte más septentrional de Cortegada, donde abundaban las fincas dedicadas al cultivo del maíz, que servía de alimento a estas aves.

Otra consecuencia estriba en que las aves que utilizan esta isla en su tránsito desde los países escandinavos hasta el norte de África pueden descansar sin ser molestadas.

«Esta isla posee todas las características ecológicas ideales para las laurisilvas, como son la humedad y las especies acompañantes. Cuenta con un microclima que favorecó la implantación de este bosque, que se fortaleció y extendió por las circunstancias históricas», figura en un trabajo elaborado por una comisión ciudadana creada en la década de los ochenta del siglo XX para promover su devolución al patrimonio público.

En la quietud encontraron el mejor entorno las setas. Las nieblas contribuyen a que la humedad se mantenga estable durante casi todo el año y modula las temperaturas.Las misteriosas hijas de la lluvia están a sus anchas.

La consecuencia es que más de medio millar de especies crecen asociadas a los árboles o en un terreno que se alimenta de la descomposición de ramas y hojas, formando una gruesa y mullida capa sobre la que se entierran los pies al caminar.

Ramón Encisa es el secretario de la agrupación micológica A Cantarela, de Vilagarcía. Junto al presidente de este colectivo, Carlos Puga, comenzó a elaborar un estudio sobre las setas en el año 2002 que está deparando grandes sorpresas.

La mayor tal vez haya sido el hallazgo de la Hygrocybe calyptraeformis, con su forma de flor abierta y un color rosa pálido, porque se trata de una especie que crece habitualmente en puntos situados a 800 metros de altitud, y el punto más alto de Cortegada sólo sobresale 22 metros del agua.

También llama la atención la presencia de la Hygrocybe nitiosa, la Crepidotus crocophyllus, la Clavulina fumosa o el Boleptosis subsquuamosa, porque figuran en el libro rojo, donde aficionados a la micología de varios países europeos catalogaron aquellas especies que se encuentran en peligro de extinción.

«En Cortegada son muy abundantes durante la temporada y pueden encontrarse en distintos hábitats, pero el cambio climático podría acabar con ellas porque para eso basta con que se produzca una mínima oscilación de uno o dos grados de la temperatura media habitual, ya que son muy delicadas», explica Ramón Encisa.

En un libro titulado ‘El mundo sin nosotros’, el periodista científico Alan Weisman desarrolla un experimento mental en el que plantea una hipótesis: si los seres humanos dejasen de poblar la tierra, muchos seres vivos evolucionarían hacia sus orígenes primitivo».

Cortegada podría ser un laboratorio para estudiar la validez de esa teoría .

Diario de Pontevedra (6-2-2011)

Foto: Ramón Encisa

1 comentario:

  1. Boas tardes,

    Hsi moitos topónimos Punta Corveiro en Galicia, en lugares costeiros, en moitos casos relacionados cos corvos mariños (cormoranes) non cos corvos " da terra". Un saúdo

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