domingo, 20 de marzo de 2011

Un viaje de Plymouth a Sierra Leona que acabó en Camariñas

Entre los 23.000 cementerios salpicados por 150 países de los cinco continentes, en los que fueron enterrados 1.700.000 ciudadanos de nacionalidad británica, figura uno situado en Rubiáns (Vilagarcía), cuya construcción está fechada en el año 1912.

La razón de su existencia estriba en las visitas de su Armada a la Ría de Arousa durante los dos siglos pasados, la primera tuvo lugar en 1870 y la última en 1936, para realizar maniobras con periodicidad anual en las que participaron una media superior a 10.000 soldados. Vilagarcía contaba entonces con un número similar de habitantes.

El día 7 de octubre del año 2010, el agregado de Defensa de la Embajada en Madrid, el capitán de navío Frederick Price, entregó una placa a Ramón Rebolo Lamas en la Casa Consistorial, en un acto al que también asistieron la alcaldesa, Dolores García Giménez, y el cónsul en Vigo, Manuel García de la Concha.

Con este detalle, los representantes del Reino Unido expresaron su agradecimiento a Rebolo por haberse encargado de la limpieza del British Naval Cementery durante medio siglo de forma gratuita, con motivo de su jubilación. Antes había sido su padre el responsable de una tarea que quedó en manos del Concello.

Sirvan estos datos para poner de relieve su vinculación con Arousa y percatarse de la importancia que otorga la Armada Británica al recuerdo de sus compatriotas. A lo que podría añadirse que abarrotaron las casas de citas, acabaron con las existencias de cerveza y disputaron partidos de fútbol, en pantalón corto, ante la sorprendida población vilagarciana.

La relación establecida también explica que durante una de sus visitas, la celebrada en el año 1896, instalase una placa en la base de la cruz que se encuentra en el monte Lobeira, situado en el concello de Vilanova, a 289 metros sobre el nivel del mar, para recordar a los 173 muertos en el naufragio del ‘Serpent’, acaecido el día 9 de noviembre de 1890.

“In memory of one kundred and seventy three officers and men who lost their lives at the wreck of har Britania Mayesty’s ship ‘Serpent’ on the 10 november 1890 al Punta del Buey, Camariñas. This tablet was erected by the British Sdmirantly”, puede leerse en la placa, sujeta con cuatro clavos a una roca.

Esta tragedia dio lugar a cantares de ciego que la popularizaron, distorsionando notablemente lo sucedido, y elevándola a la categoría de leyenda.

Así, en el imaginario colectivo circuló una hipótesis para explicarla: la acción de los raqueiros. También se llegó a citar la atracción magnética de las montañas de Camariñas, en cuyas rocas quedó ensartado el navío. Una disputa entre dos curas adereza la historia, que comienza el 8 de noviembre, las 13.30 horas, cuando zarpa de Plymouth.

Partió en un día de temporal hacia Sierra Leona con escala en Madeira, y poco después de hacerlo permaneció al pairo durante varias horas. Entonces era imposible establecer la posición con exactitud sin usar el sextante, instrumento que resultaba inútil en condiciones como las que se registraban.

Transcurridos dos días, recalar en la costa de Galicia habría permitido al ‘Serpent’ afrontar el trayecto hacia la isla portuguesa con más seguridad. El buque debería encontrarse a la altura de Cabo Vilano.

Estamos en la madrugada del lunes, día 10, y los oficiales no se ponen de acuerdo sobre la posición donde se encuentra ni del rumbo a seguir. Al frente figura el comandante Harry Leith Ross, con 25 años de experiencia. Completan el cuadro de mandos los tenientes Guy Alnwic John Greville, Torquil John Pollard Ross MacLeod y Peter N. Richards.

No era desconocida para Richards la costa galaica porque había participado en la vista a la Arousa Bay de la Royal Navy en el año 1882, comandada por el Duque de Edimburgo.

Aquel acontecimiento estuvo a punto de deparar una noticia luctuosa porque el Duque de Edimburgo acabó con las cachas en el río Umia cuando trataba de pescar truchas a la altura de Baión (Vilanova), y un molinero de As Aceñas se encargó de secare sus nobles ropajes después de echarle una mano para sacarlo del apuro en el que se había metido.

La crónica de este episodio es del historiador José Caamaño Burnacell, figura en el libro titulado ‘Cambados y el Valle del Salnés’, y fue recogida por otro historiador, Xosé Lois Vila Fariña, en un amplio y documentado trabajo sobre la historia de la parroquia de Baión.

Las olas tienen más de diez metros de altura; la visibilidad sigue siendo mínima, en torno a tres millas, y las corrientes arrastran hacia tierra al ‘Serpent’.

A las 17.46 horas era noche cerrada, y a las 21.00, el comandante Harry Leith Ross ordenó alejarse de la costa, cuya cercanía intuía. Algunos tripulantes creyeron ver tierra. Ross trató de situarse en la zona de alcance del faro de Cabo Vilano.

Eran las 22.30 horas y el viento soplaba a una velocidad de entre 25 y 30 nudos. El cabo Frederick Gould y los marineros Edwin Burton y Onesiphorous Luxon se encuentran tumbados en la cubierta, los dos primeros llevan puestos los chalecos salvavidas.

Un golpe, cuya intensidad fue mayor que los habituales, alertó a Burton. El barco paró de inmediato. El ‘Serpent’ se había ensartado en una roca de unos 600 metros situada en la parte exterior de Punta do Boi, frente a Camariñas.

Mientras los mandos trataban de hacer que se cumpliesen sus órdenes de evacuación, una ola lo tumbó completamente de costado y otra convirtió en añicos un de los botes de salvamento.

“Por entonces todos nos teníamos por perdidos, y la vista de tantos camaradas aguardando una muerte cierta era espantosa. Nos acordamos de nuestros seres queridos, rezamos por ellos y por nosotros. Trepamos por la arboladura cuando el capitán dio la orden, y allí permanecimos esperando nuestro destino”, dijo Burton en unas declaraciones recogidas por la prensa que figuran en el libro ‘Náufragos de Antaño’, escrito por Juan Campos Calvo Sotelo, en el que se documenta este reportaje.

Ross ordenó el ‘sálvese quien pueda’ treinta minutos después del accidente.

Burton llegó a la Praia do Trece dos horas más tarde, sin más contratiempo que el producido por un golpe en una rodilla, al igual que Luxon, que había sufrido una herida en un pie. Ambos ascendieron por la ladera hasta llegar a una casa de la aldea de Pescadoiras, cuyos habitantes los trasladaron a la vivienda del cura de la parroquia de de Xaviña.

El sacerdote dio la voz de alarma a las autoridades, que llegó a las 9.00 horas del día 11 al alcalde de Camariñas y al ayudante de Marina de A Coruña. Ambos encabezaron el operativo de rescate, acompañados por Burton.

De camino hacia la zona del naufragio se encontraron con Gould, pero el ‘Serpent’ había desaparecido, arrastrado hacia aguas más profundas por el mar. De regreso a Camariñas, el alcalde y el ayudante de Marina informaron telegráficamente del suceso al comandante, de A Coruña, el almirante, de Ferrol, y al Gobierno, en Madrid, así como a la Embajada Británica en la capital de España.

El jueves 13 apareció la noticia en la prensa británica y multitud de familiares se congregaron en Plymouth a la espera de unas noticias que resultaban confusas y contradictorias, hasta que a media tarde se confirmaba que sólo había tres supervivientes: Burton, Luxon y Gould.

El mar devolvió a tierra 142 cadáveres y el cura de Xaviña se encargó de advertir a sus feligreses de que podrían acabar en el infierno si no se arriesgaban a recoger los cuerpos en las rocas.

Era un hombre con escopeta, capaz de advertir a sus convecinos de que besar al hijo de un discapacitado físico, cuyo padre no pudo pagar su bautizo, era pecado mortal. Campos lo define como “ultramontano e intolerante”, y también “hospitalario y jovial”.

Este ministro de la Iglesia Católica tampoco se lo pensó dos veces antes de atender la petición de las autoridades británicas y consagrar una parcela de monte en el que fueron enterradas las víctimas, en contraposición a la oposición frontal que mantuvo su colega de Camariñas, a sabiendas de que la normativa eclesiástica de la época condenaba a quienes enterraban a los considerados herejes en suelo sagrado.

El problema formal quedo resuelto días después, al llegar a autorización para realizar la consagración, y el domingo 23 se celebró una ceremonia, oficiada por los ritos católico y anglicano.

Algunos investigadores atribuyeron el origen de esta catástrofe a los habitantes de las localidades costeras, conocidos en Galicia con el nombre de raqueiros, un término cuya procedencia podría ser la palabra inglesa wreckers.

Droit de bris, para los franceses, y right of wreck, para los ingleses, era el derecho que asistía a los señores de los enclaves del litoral de confiscar los bienes que arrojaba el mar, denominado picio de los navíos en España, donde fue prohibido por los Reyes Católicos pero pervivió durante varios siglos desde entonces.

Los habitantes de las zonas costeras ataban candiles o antorchas en los cuernos de las vacas o en los lomos de los caballos, que paseaban por la costa durante las noches de temporal, haciendo creer a los capitanes de los barcos que se trataba de la luz de otro navío que había encontrado el refugio que buscaban. Al acercarse la embarcación encallaba contra los bajos, y se producía la rapiña.

Algunas hipótesis apuntan que la operación comenzaba con un chivatazo a los señores desde el punto de partida del barco, indicándoles su rumbo y la fecha aproximada del paso por sus dominios. Eran los grandes beneficiados, dejando para los lugareños las migajas del botín.

Xosé María Fernández, que defiende la teoría de que participaron los raqueiros en su libro ‘Sálvora, a traxedia do Santa Isabel’, indica que el Faro de Cabo Vilano estaba, “casualmente”, apagado la noche del naufragio, confundiendo a su capitán, y el ‘Serpent’ transportaba “unha grande cantidade de diñeiro para as tropas inglesas”.

Otros estudiosos mantienen que en Galicia los raqueiros se limitaban a recoger los objetos que llegaban a las playas y también eran conocidos como crebeiros. Los ancianos recorrían habitualmente el litoral en las noches de temporal para hacerse con la carga que se desprendía de la carga de los barcos.

Entre los episodios pintorescos que deparó esta práctica figura el que se produjo en el año 1927, al perder su carga el ‘Nil’, un vapor francés cargado de leche condensada que algunos vecinos usaron para pintar las puertas de sus casas.

Sin embargo, otras investigaciones llegaron a la conclusión de que el accidente fue mucho más prosaico y hay que buscar el origen en una mala maniobra realizada por el comandante de una embarcación que pertenecía a una serie de buques que habían dado numerosos problemas a la Royal Navy y acabaron siendo destinados a misiones puramente propagandísticas en las colonias, a la vista de su escasa fiabilidad como navíos de guerra.

El ‘Serpent’ había participado en tres maniobras antes de que lo rebajase de categoría y tampoco es de extrañar que varios miembros de su tripulación hubiesen intentado evitar ser enrolados en el viaje.

Así, uno de sus fogoneros fue detenido por la Policía por montar bronca y optó por la cárcel antes de pagar los 10 chelines de multa que le impuso el juez, que ordenó llevarlo al barco al percatarse de su jugada.

Y no fue el único, porque otros cinco compañeros que sabían de la penosidad que suponía trabajar en la zona de máquinas también fracasaran en el mismo intento usando distintas estratagemas. Ninguno de ellos podía imaginarse que alimentar el motor del barco paleando carbón a una altas temperaturas no era lo peor que podía sucederles.

La teoría de que existen montañas con una capacidad de atracción capaz de desviar las agujas magnéticas de los instrumentos de navegación, llevando a los navíos a la deriva, quedó anclada en un rincón de la memoria.

Hoy sólo tendría acomodo en libros como ‘Fábulas y leyendas de la mar’, en el que Álvaro Qunqueiro habla de sirenas con y sin ombligo, islas voladoras que surgían “en horas de calma a la anochecida”; el Leviatán, “el enorme habitante del océano creado por Dios en el quinto día”, las cerdas marinas o los peces con barba.

En el mes de marzo de 1890 arribó a Camariñas el ‘Lapwing’ para trasladar el agradecimiento de la reina Victoria al pueblo y las autoridades en una carta que fue leída en la cubierta del barco.

Su gratitud también se materializó en un reloj de oro para el alcalde, unos binoculaes para el ayudante de Marina, un barómetro de mercurio para el pueblo y 30 libras para los que participaron en el rescate. El cura recibió una flamante escopeta.

Durante medio siglo, los británicos hicieron sonar las salvas de honor en memoria de sus compañeros muertos hasta que quienes los habían conocido dejaron de organizar esta ceremonia en una parcela de monte conocida hoy como el Cemiterio dos Ingleses, donde las obras realizadas en el año 1990 eliminaron la división del espacio que ocupan 63 marineros católicos y 79 anglicanos, con entradas separadas. Los 31 restantes siguen en el mar.

Diario de Pontevedra (21-1-2011)

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