miércoles, 31 de agosto de 2011

Esplendor y ocaso en O Fontán

«Fue un desastre que hubiera muerto tan joven mi abuelo». Quien habla es María Hernández Fojo, nieta de Adolfo Fojo Silva, un caldense que compró el Pazo Baión de Vilanova, y fue propiedad de su familia hasta la década de los 70 del siglo XX.

Fue un cambio de titularidad abrupto y desgarrador, consecuencia de la mala cabeza de uno de sus tres hijos, Narciso, que se dedicó a vivir la vida sin atender los compromisos que suponía mantenerla, hasta que las deudas hicieron irreversible la solución, afirma su sobrina María.

El anterior dueño había sido el Conde de Priegue, al que República le expropió varias propiedades, atendiendo las peticiones del Gobierno de la recién constituida República de Portugal, por haber dado cobijo en el pazo al último rey luso, Manuel II.

«Estudió 10 años para hacerse sacerdote, y cuando estaba a punto de coger sus votos cambió de idea. No sé porqué. De eso no me he enterado, y decidió irse a América», expone María Hernández. «Allí tuvo cinco casas enormes, cerca de la Casa Rosada, y tierras, importaba telas, azafrán y especies de Oriente y comerciaba con Europa», explica.

«Fue tal su habilidad, que se hizo millonario. En 15 años hizo una fortuna enorme», agrega. Y la fatalidad se cruzó por primera vez en su camino cuando le descubrieron un cáncer a su esposa, de nacionalidad alemana. Tratando de evitar el destino fatal, viajó con ella a clínicas y hospitales de Alemania y a Suiza. «La enterró en el panteón que tenemos en Caldas», apunta María.

Se convirtió en un viudo joven y rico que no estaba dispuesto a regresar a Argentina, por lo que nombró a un administrador para que se encargase de sus negocios. «Tenía dónde elegir porque era guapo y estaban locas por él», dice su nieta. Y puso sus ojos en Bernardina Colmeiro Rey.

«Antes de la boda, le regaló 30 estuches de joyas. Y las he visto: cada caja con su collar de esmeraldas, rubíes, pendientes, pulseras. Era una colección impresionante», recuerda.

Lo tuvo tan claro en el amor como en los negocios, y en la década de los años 30 le compró al Conde de Priegue la Granja de Fontán, conocida hoy con el nombre de Pazo Baión, una acepción que entonces no se utilizaba habitualmente.

Esta finca, que tiene 30 hectáreas, llegó a contar con el doble de superficie, porque Fojo también se hizo con la propiedad los montes próximos.

«Buscó árboles por toda España. Allí mismo, en Fontán, había una cantera y tenía toda la piedra que quería. Con ella hizo los postes de la plantación de vino», indica su nieta. En este lugar fue extraída la usada en la construcción de la vivienda que tuvieron sus padres en Panxón, añade.

María Hernández cuenta que la pasión de su abuelo era la granja y su interés por mejorar los resultados de la explotación agrícola lo llevó a mantener frecuentes consultas con especialistas.

De este época data la construcción de la bodega y el establo, además de la reforma del pazo, dándole la forma actual, con sus almenadas torres de estilo victoriano.

La intensa actividad que se registraba entonces queda constancia en este testimonio de Manuel Vázquez, que fue capataz de la finca. «Trabajaban 109 personas, de las cuales 59 se dedicaban al campo y 50 eran obreros de la construcción, entre canteros y carpinteros, que por aquellas fechas andaban construyendo el chalé que hay enmedio».

Pero los resultados distaban de ser los mejores. «La finca era muy deficitaria, pues el maíz que se cosechaba, que era mucho, se gastaba con los criados y el ganado y lo único que se vendía era el vino, que era de difícil venta porque resultaba bastante flojo de grado y había mucha competencia», expone en unas declaraciones recogidas por el historiador Xosé Lois Vila Fariña en su libro sobre la historia de Baión.

Con Bernardina Colmeiro distribuía su vida entre Baión y Málaga, donde tenían una casa que utilizaban para pasar los meses más duros del invierno, en la que Fojo también puso en práctica su afición por la botánica.

Y fueron naciendo sus tres hijos, de cuya educación en los primeros años se encargaban dos institutrices alemanas, decisión que María Hernández considera un tributo a su primera esposa.

Adolfo, el primogénito estudió Medicina en Santiago y quería ser cirujano, pero la metralla le destrozó una mano durante la Guerra Civil. Estudió, entonces, Ciencias Económicas y Psiquiatría. «Hablaba siete idiomas: francés, inglés, italiano, español, portugués, ruso y español», además de alemán, como sus hermanos María Teresa, madre de María Hernández, y Narciso, el menor de los tres.

Pero Adolfo Fojo no tuvo tiempo de inculcarles su cariño por la Granja de Fontán porque falleció de una pulmonía cuando no había cumplido 60 años. Fue el principio del fin. Su hijo mayor se estableció en Madrid, donde trabajó como jefe de traductores del Alto Estado Mayor del Ejército.

María Teresa se fue a la capital con la madre de ambos. Se casó con Fabio Hernández, un abogado de Valladolid que fijó su residencia en Buenos Aires para hacerse cargo de la administración de los negocios y propiedades de la familia. Es allí donde nace María.

Narciso «solo quería andar de juerga», dice su sobrina. Vivía entonces con una bailarina que estaba embarazada cuando se la presentó a su madre, con el consiguiente disgusto familiar.

Aconsejada por Fabio, Bernardina toma la decisión de encargarle la gestión de la Granja de Fontán. «Fue la peor solución», reconoce.

Primero le hizo la vida imposible al capataz, hasta que decidió marcharse, y después, con la autorización de su madre, vendió parcelas de tierra, barriles, postes y otras propiedades para atender sus necesidades.

En aquel ocaso, divertirse y tener hijos fueron sus dos actividades. Sus doce vástagos no supieron de los tiempos de abundancia, y María Hernández asegura que no pocas veces comieron en casa de los vecinos, cuando no se vieron en la necesidad de matar el hambre alimentándose con lagartos.

No pagaba la contribución, las deudas y los avisos de embargo se acumulaban, la actividad agrícola cesó por completo, la maleza invadió las fincas, y en la década de los setenta la familia puso fin al sueño de Adolfo Fojo Silva, que acabó convirtiéndose en una pesadilla.

La vendieron a un firma que trató de recuperar la actividad vitivinícola pero no tuvo éxito, y acabó en las manos de Laureano Oubiña. «Tiró unos artesonados preciosos que había traído mi abuelo de Italia», lamenta María Hernández Fojo.

«Fue una desgracia que la comprara ese sinvergüenza, pero estoy contenta porque ahora la tiene una gente de bien, que la está cuidando, y seguro que mi abuelo descansa en la tumba tranquilo y contento, porque vuelve a ser lo que él quería», concluye.


Diario de Pontevedra (21-09-2011)

1 comentario: