domingo, 28 de agosto de 2011

Nobleza de antaño en Vilagarcía

Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, el Conde-Duque de Olivares, cabalga a lomos de un caballo. A través de una puerta abierta contempla la partida de billar que juega el rey Alfonso XIII contra el Duque de Medina de las Torres en un salón contiguo.

Lo hace con la mirada impasible, desde un cuadro que preside el vestíbulo y deja ver el fondo blanco de la pared a través de los jirones provocados por una rasgadura que sigue dos direcciones. Para imaginar esta escena bastaría con situarse en la estancia de acceso a un palacio situado en la avenida Valle-Inclán de Vilagarcía.

Sería necesario borrar de la retina la imagen actual para ubicarlo, y recordar que hasta la década de los años 30 del siglo pasado el mar llegaba hasta su fachada, circunstancia que explica porqué la entrada estaba en la cabecera de la parcela y no a escasos metros del puerto, como sucede hoy.

Es de estilo ecléctico, muy austero, y traza renacentista. Está registrado catastralmente en el año 1856, y su construcción fue promovida por los Duques de Medina de las Torres, un título que le fue concedido al Conde-Duque de Olivares en el año 1625 y explica el vínculo genealógico del hombre más poderoso durante el reinado de Felipe IV con sus propietarios.

Es prácticamente cuadrado, tiene cuatro plantas, de 23 por 22,60 metros de lado, y está situado en una parcela de 37.000 metros cuadrados de superficie. Cuenta con una chimenea y cocinas en todas las plantas.

La distribución interior está definida por una escalera central, de 170 centímetros de ancho y peldaños de poca altura, fabricada en madera de pinotea, que utilizaban exclusivamente los aristócratas y sus invitados, y otra destinada al servicio.

Su iluminación cenital procede de un gran lucernario, al igual que la de la escalera del servicio. Alrededor de ambas están ubicados los salones y las habitaciones. La distribución es similar en las cuatro plantas. Son 144 las ventanas que dan luz a las estancias.

El edificio está amparado por unas robustas paredes de sillería de 80 centímetros de espesor y dos muros maestros, situados a una distancia de 7,5 metros, sobre los que están encajadas unas vigas de madera en las que el paso del tiempo apenas dejó huella.

La estructura salvaguarda un interior en el que el piso de madera se encuentra en un estado de conservación impecable. «Lo sorprendente es que, a pesar del abandono, la calidad constructiva, tanto a nivel de cantería como de carpintería, es impresionante”, comenta el arquitecto José Luis Paulos Campos, que se encarga de la gestión de esta propiedad.

Desde hace una década solo accedieron a su interior unos chavales, furtivamente, y hasta entonces había sido usada como residencia de verano por los dueños. El casero la abandonó en el año 2003.

Franqueada la puerta principal, llama la atención un pórtico con cuatro paños y una vidriera de grandes dimensiones y divisiones de plomo, que da paso a la escalera, en cuyo inicio se encuentra una lámpara de araña, fabricada en hierro forjado.

El cuadro del Conde-Duque de Olivares, de 3,50 metros de alto, se encuentra a un lado, junto de un mostrador semicircular. A los pies del retrato llama la atención una tabla de wind-surf.

Desde el fondo de un salón, y cubierta de polvo, se refleja en un espejo rectangular la mesa de billar. Fue construida hace más de 160 años y sus dimensiones no se corresponden con las reglamentarias.

A su alrededor deambularon el abuelo del rey Juan Carlos I, que en sus frecuentes visitas Vilagarcía acudía habitualmente al palacio de los Duques de Medina de las Torres.

La tabla de wind-surf pone el contrapunto de modernidad y habla de los cambios sociales: un divertimento elegante y de salón, como el billar, dejó paso a una actividad dinámica, en la que predomina el aspecto físico, y acorde con el entorno.

El tercer hallazgo que permitiría realizar un recorrido por la evolución en el apartado deportivo de la familia es una mesa de tenis de mesa que se encuentra en la primera planta.

Uno de los elementos más característicos del palacio, y que capta la atención de quienes otean por encima del muro que rodea la finca cuando pasan por delante, es la galería. El óxido tiñó el hierro forjado y los cristales están rotos.

Las fotografías de la época permiten observar que bajo la balaustrada situada en su parte inferior se encontraba un muro que quedó enterrado por los rellenos de la explanada portuaria.

Contaba con un embarcadero. Hasta allí llegaba la playa de Vilaboa. “Hay testimonios de que pescaban desde la galería cuando subía la marea”, apunta Paulos.

Y del billar a la galería, el rey de España conversaba con el Duque mientras ambos tomaban el té y veían caer el sol en las estribaciones de la sierra de O Barbanza. El monarca es muy probable que hubiera viajado por mar a bordo del ‘Urania’, un vapor usado para realizar mediciones, al que regresaba para pasar la noche, precisa Paulos.

Fue entonces cuando los nobles, aristócratas y potentados de la provincia de Pontevedra trazaron un plan para regalarle un terreno a Alfonso XIII en las proximidades, con la finalidad de que construyese un palacio de verano y así tenerlo cerca y aprovecharse de su proximidad.

Tal propósito fracasó, tanto en esta ubicación como, más tarde, cuando lo intentaron en la isla de Cortegada, con el resultado de que desde entonces está deshabitada y la Xunta de Galicia tuvo que hacer frente al desembolso de 1,8 millones de euros para expropiarla a una inmobiliaria a la que se la había vendido su hijo, Juan de Borbón por algo más de 300.000 euros, y que volviese al patrimonio público.

Cabe suponer que el rey acompañaría a los duques en alguno de los oficios religiosos que se celebraban en la capilla. Tiene 6,25 metros y se desarrolla entre la segunda y la tercera planta. «Lo más impresionante es el techo, que está encasetonado en madera. Es algo impresionante», subraya Paulos.

El retablo ofrece un estado de conservación óptimo y éste es un elemento catalogado y con una protección integral, por o que, si algún día este palacio fuese objeto de una reforma, tendrían que mantenerse en su estado actual.

En el pasillo de la tercera planta está abierta una gran ventana corredera, con un banco que permitía a los aristócratas asistir a la misa acceder al templo.

«Las imágenes y los elementos más valiosos fueron llevados por los propietarios a un pazo que tienen en Sanxenxo, Fue una buena idea porque evitaron que pudiesen ser destrozados», explica José Luis Paulos.

La parcela en la que está situado el palacio tenía su entrada principal por la fachada más alejada del mar, y para llegar a él era preciso recorrer un paseo flanqueado por plátanos de unos 400 metros de longitud que traza un arco.

Los guardias ocupaban una edificación de unos 200 metros cuadrados, superficie similar a la de las cocheras.

Como era habitual entre la alta sociedad, los Duques de Medina de las Torres, eran aficionados a traer especies arbóreas y vegetales de otros países, de ahí que en el jardín destaque una secuoya, robles americanos y magnolios de gran porte.

Podemos imaginar a la comitiva de aristócratas y potentados de la provincia pasear, vestidos con ropa sport los caballeros y vestidos sueltos de telas livianas y pamelas las señoras, por los dos bosques de bambú, de colores verde y negro, que crecen en un terreno cubierto por la maleza presidido en otro tiempo por un gran invernadero que servía de merendero.

Los documentos permiten verificar los trazados geométricos de los jardines, y que el paso del tiempo acabó con los mirtos. Y mientras charlan, despreocupadamente, el agua, que nace en varios yacimientos, corre alegre por los canales, siguiendo un itinerario dotado de esclusas y puentes.


Diario de Pontevedra (28-08-2011)

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