miércoles, 3 de agosto de 2011

Un intrépido jardinero de Vilanova

«Todavía sueño con volver a África. Algo me tira de aquellos rincones, de aquella selva tropical. Quisiera que si Dios me conserva un poco de salud y vida, pisar aquellos parajes. Al fin, creo que donde uno sufre más es donde tiene más recuerdos y más añora».

Domingo Fontenla Nogueira, de Vilanova, fue un chaval apasionado por los libros, que escuchaba a los mayores y era tremendamente curioso, además de desaliñado e inconformista, que subía todos los días la cuesta del monte Lobeira en bicicleta para asistir a clases en un instituto de Vilagarcía durante la década de los cincuenta.

Cuidó conejos y plantó sandías, cacahuetes y azafrán en sus horas libres, causando el comprensible asombro entre sus vecinos. Su afición por la botánica y la naturaleza lo llevó a estudiar en la Escuela de Capacitación Forestal Agrícola de Lourizán (Pontevedra).

Ingresó en 1958, y dos años después era el encargado del invernadero y profesor en prácticas de la Escuela de Jardinería, cargo que desempeñó hasta que en 1962 sacó una plaza de técnico forestal convocada por el Gobierno, que le permitió desplazarse a una colonia española, Guinea Ecuatorial.

Cuenta su amigo Xosé Luis Vila Fariña, en un libro titulado ‘Domingo Fontenla Nogueira, El trotamundos español’, que su don de gentes le permitió trabar amistad con los nativos, ayudado por sus conocimientos del pamue, además de dominar el francés y defenderse en portugués e inglés.

El estudio de los bosques, el inventariado de los árboles, la medición de fincas, las prospecciones para plantar café, cacao, piña o palmeras de aceite, la lucha contra las plagas y la enseñanza a los habitantes de los territorios de Río Muni y Fernando Poo fueron sus ocupaciones.

Acompañado por dos ayudantes, recorrió la selva llevando consigo alimentos, una tienda de campaña y armas de fuego. La tala indiscriminada de árboles, que realizaban los colonizadores, fue el origen de numerosas disputas con los nativos.

«Una vez quemaron el bosque. Las llamas se divisaban a muchos kilómetros de distancia. Tuvimos que levantar la tienda y huir. Detrás de nosotros se escuchaba la atronadora estampida de los animales salvajes. Era increíble, pero en los momentos de peligro las fieras se olvidaron de nosotros. Corríamos junto a cebras, hienas, tigres y leones», narra Domingo Fontenla en su diario.

Las lluvias torrenciales inutilizaban por completo la tienda de campaña, las aguas transportaban serpientes, y cuando subían a los árboles para dormir tenían que deshacerse de las víboras y las arañas venenosas que trepaban por las ramas. «Nubes increíbles de mosquitos producían, con su picazón, llagas horribles en todo el cuerpo», indica.

«La antropofagia, antes que una necesidad era un rito. Las tribus elegían a determinados miembros para las ceremonias y luego de matarlos distribuían partes del cuerpo entre sus integrantes», expone antes de precisar que en una ocasión una anciana denunció en una oficina del Gobierno que habían matado a su hija y no le dieron la ración de carne que le correspondía.

Pero aquel intrépido arousano aún no había contemplado las peores escenas, las que se produjeron a partir del año 1968, cuando fue proclamada la independencia de Guinea Ecuatorial, tras un proceso que comenzó en 1963.

Francisco Macías ganó las elecciones, concentró todos los poderes en su persona y sus seguidores, los paumes, exterminaron a los bubbis.

Aplacada la sed de venganza, dirigieron su odio hacia quienes habían colaborado con los colonizadores. «Los niños que habían nacido de padres españoles fueron despedazados a golpe de machete», afirma. «Multitudes alcoholizadas quemaron casas y muebles, las cabezas eran utilizadas para jugar al fútbol», agrega en su libro de memorias.

La actividad productiva se paralizó y llegó la hora del retorno para Domingo Fontenla, que sufrió pesadillas durante varios meses y trajo de Guinea Ecuatorial un gorila que encontró al lado de su madre, muerta por unos cazadores, al que llamó ‘Macías’.

Llegó el 15 de septiembre de 1970 y su estancia fue corta porque en noviembre viajó a Alemania, Suecia y Dinamarca. Finalizadas las vacaciones, solicitó una plaza en Bolivia. Antes de embarcarse, tuvo que buscarle un nuevo destino a su gorila, que vendió a un zoológico de Lisboa por la astronómica cifra entonces de 250.000 pesetas (1.500 euros).

«Creo que mi próxima respuesta a tu contestación será desde un pequeño pueblo situado a 3.500 metros sobre el nivel del mar, poblado por indios, que se llama Cochabamba, en la selva boliviana, en plena cordillera de Los Andes», responde a su vecino Carlos Eirea Paz en el año 1972.

«Su pasión por el mundo vegetal le lleva a profundizar en el misterioso mundo de los cactus, esas asombrosas formaciones en la soledad de los desiertos, una vida que nace en la increíble aridez, en la extensa planicie cuyo horizonte semeja no tener fin», escribe Xosé Luis Vila.

Domingo Fontenla puso en marcha una escuela de jardinería, floricultura y técnicas forestales, impartió clases como profesor de la Misión Técnica Española, participó en expediciones con botánicos alemanes para seleccionar las especies que trasplantaron al parque de Miraflores y potenció el cultivo de arroz cerca del río Paraguay, donde plantó naranjos e introdujo la ganadería.

En su amplio expediente profesional también figuran la arborización de los cerros que rodean La Paz.«Estoy plantando forestalmente en las inmediaciones del lago Titicaca, en plena cornisa del altiplano boliviano, con pendientes de más de un 75%. Esto es lo más estratégico que he visto en mi vida, bajas y subes 3.000 metros en distancias reducidas. Me da la sensación, algunas veces, de estar más cerca del cielo», comenta a Xosé Luis Vila en una misiva.

Son años de intensa actividad, y también se encarga de la preparación del césped en un campo de fútbol con capacidad para 80.000 espectadores. «He recorrido Santa Cruz, Cochabamba, Beni, Sucre, Oruro y Cobija, y puedo decirte que en el Oriente el clima es completamente tropical, puros bosques vírgenes donde la civilización billa por su ausencia», relata en una carta enviada a su amigo de Vilanova.

Recibe homenajes, publica trabajos, es entrevistado en emisoras de radio y se convierte en un personaje popular. En enero de 1974 se casó con Beatriz Álvarez Ascui, a la que conoció en una de sus charlas, con la que tuvo dos hijos.

Un año después le fue detectado un cáncer y entra en contacto con el Movimiento Gnóstico Universal. «El hombre en sí es un gran laboratorio de alquimia. Los humanos llevan en sus glándulas sexuales el más excelso y poderoso laboratorio», escribe durante aquella época.

Este arousano, que recorrió Guinea Ecuatorial, Gabón, Congo, Nigeria, Kenia, Tanzania, Costa de Marfil y Alto Volta, antes de cruzar el Atlántico e internarse en Paraguay, Perú, Brasil, Argentina y Bolivia, no pudo cumplir el deseo que había desvelado a Xosé Luis Vila en una carta enviada desde La Paz: regresar a África. ‘El trotamundos español, como se autodefinía, falleció poco después de redactarla. «La vida es una resta de quebrados; terminada la operación, lo único que quedan son los valores», dejó escrito a modo de epitafio en 1982. Tenía 47 años.

Diario de Pontevedra (31-07-2011)


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