sábado, 22 de octubre de 2011

El trompo y la armónica

La procesión tenía una longitud de varios kilómetros. El color blanco predominaba entre un gentío que se dirigía al santuario. Música, rezos, bailes y cánticos en honor a Oxalá, una deidad del candomblé. Los cultos animistas, de raíces africanas, se mezclaban con las advocaciones a Cristo en un ambiente de fervor rayano con el delirio.

El destino era una colina en la que está asentada la basílica del Senhor do Bonfim, situada en un barrio del mismo nombre de Salvador de Bahía, una ciudad que estaba a punto de experimentar una potente explosión demográfica y contaba entonces con cuatro millones de habitantes.

Era el día señalado para lavar el patio y las escaleras del templo con agua de cheiro, una mezcla de savia de lavanda con agua floral. Se celebraba la fiesta del Lavagem do Senhor do Bonfim. Calles y plazas eran improvisados escenarios de músicos y danzantes.

Corría la cachaça por las gargantas y por el aire lo hacía el olor procedente de los puestos donde las mujeres elaboraban los acarajés sobre el aceite hirviendo. Y en esto llegó José Manuel Casalderrey Áspera. Tal cosa aconteció el primer día de enero del año 1962.

No había tenido tiempo para deshacer su equipaje. Como casi todos los bahianos, este vilagarciano de 19 años también salió a la calle, para regresar de inmediato a la vivienda de su tío, situada en Baixo Bonfim, a unos 200 metros del escenario de la fiesta. Cogió la armónica y decidió participar en el jolgorio.

«Un hombre tocaba la guitarra, una samba. Me llamó la atención y le dije si me acompañaba. No recuerdo qué interpretamos, empezamos a sacar canciones y nos hicimos amigos», recuerda 51 años después.

En Brasil, la música es el idioma universal. «La armónica me trajo muchos amigos. La llevo en el bolsillo, toco donde nadie me conoce y hago nuevas relaciones», comenta. Así se integró en un grupo de cuerda, voz y percusión que tocaba serenatas por las calles y los bares a cambio de unas cervezas y formaba parte de la inmensa explosión de color y fantasía de unos Carnavales que los bahianos consideran más genuinos que los de Río de Janeiro.

Impulsada por un grupo de estudiantes de los barrios de Copacabana e Ipanema, en Río, «estaba naciendo la bossa nova, y grandes músicos como Vinicius de Moraes, Joao Jobim o Chico Buarque de Holanda», apunta.

Siete días antes, José Manuel Casalderrey había dirigido su mirada al edificio de la plaza Ravella de Vilagarcía en cuyo tercer piso vivía. Lo hizo desde el tren que lo llevaba a Vigo. «Fue muy duro, me pregunté cuándo volvería, y cuando el ‘Cabo San Vicente’ empezó a desatracar, lentamente, vi a mis padres llorando», recuerda.

Era el 23 de diciembre del año 1961. En la travesía oceánica tuvo tiempo para recapitular. Por sus recuerdos pasaron las imágenes de las sesiones dominicales, en el Cine Cervantes, del concurso organizado por la emisora de radio La Voz de Arousa para buscar nuevos talentos. «Buscaban cantantes, interpretes o a cualquiera que tuviera alguna cualidad artística. El público votaba y los mejor clasificados llegamos a la final».

«Rufino me presentó como el mago del guitarmonium, y me quedó eso», señala. Este novedoso término fue utilizado por el animador de las veladas para definir un recurso que había ideado para tocar la armónica y la guitarra a la vez. Ganó el primer premio, hicieron folletos con su imagen y tocó en la emisora de radio.

Corrían los primeros meses de 1960, y con 18 años descartó la posibilidad de matricularse en una universidad porque su pretensión era convertirse en un ingeniero y en España no había salidas laborales y tampoco sus padres disponían de los medios económicos suficientes para pagarle la carrera.

Fue entonces cuando José Manuel Casalderrey decidió probar suerte en Brasil.

Pero antes aún tuvo tiempo de hacer sus pinitos como intérprete en solitario y formando un grupo con Félix Paz, que le dio las primeras instrucciones en su aprendizaje de la guitarra, Enrique Porto y Rogelio Presas Valladares, y de vivir muy de cerca una terrible tragedia que sacudió Vilagarcía.

El 17 de junio, los cuatro se bañaron en el muelle de pasajeros. «Por la tarde, caminaba junto al Obelisco cuando escuché tres explosiones inmensas y vi un hongo de humo detrás del Cine Arosa que salía de As Carolinas». Supo, por la radio, que se había producido en la pirotecnia. «Félix y yo subimos a la moto, y cuando llegamos estaban quitando los cuerpos . Rogelio iba en el isocarro de tres ruedas. Parecía un tronco quemado. Aún estaba vivo», narra.

En los días de color azul también se hicieron presentes las tardes de juegos en la plaza de Ravella. En una de ellas conoció a Manolín.

Aquel recién llegado peleaba mejor que nadie y se ponía al frente de la pandilla cuando se enfrentaban a las de los barrios de Os Duráns o Marxión. «Tenía siete años, yo fui a su Primera Comunión y él vino a la mía», indica.

Una semana de navegación finalizó en Salvador de Bahía, donde lo estaba esperando su tío. Trabajó en una tienda de electrodomésticos y probó suerte con una fábrica de calzado, pero decidió que aquel no era su destino y se fue hacia el sur cuando no habían pasado dos años.

En Sao Paulo comenzó como ayudante en un bufete de abogados y acabó estudiando la carrera. Eran frecuentes sus viajes a Ubatuba para practicar la caza submarina. Cansado de las diez horas de desplazamiento que suponía todos los fines de semana, instaló su despacho en esta ciudad, esparcida en un litoral de 100 kilómetros de longitud.

Habían transcurrido 25 años desde su marcha cuando regresó por primera vez a Vilagarcía. «¿No te acuerdas de un amigo del jardín que se llamaba Manolín?», le preguntaron antes de explicarle que había saltado a la fama con el nombre artístico de Manolo Otero. No tenía ni idea.

A su vuelta le faltó tiempo para encender la televisión y encontrárselo. Era el protagonista de un programa. Llamó por teléfono y se produjo el reencuentro con una estrella fugaz de la música que había saltado a la fama con canciones tan seductoras como ‘Todo el tiempo del mundo’ y probó suerte en el cine con películas como ‘Juicio de faldas’, además de haber sido el galán de la compañía de teatro de José Tamayo.

Ya se había separado de su primera mujer, María José Cantudo, y en su biografía figuraba la participación en el Festival de Benidorm del año 1968.

Las langostas que capturaban José Manuel y su esposa, Ame, fueron el menú de la primera comida que compartieron en Brasil. Manolo Otero se convirtió en huésped asiduo de su vivienda hasta que compró una casa unos o 400 kilómetros de Ubatuba, donde falleció el día 1 de junio, víctima de un cáncer, con 68 años.

El jardín de Ravella es el lugar en el que conoció a Manolín y es también el escenario en el que se encontraba una tarde cuando pasó un chaval del que no recuerda su nombre. «Estaba jugando con un trompo de boj. Me llamó la atención su armónica y a él, mi trompo. Me preguntó cuánto quería por él, le respondí que se lo cambiaba por la armónica. Y al momento». Así empezó la historia.


Diario de Pontevedra (23-10-11)

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