domingo, 9 de octubre de 2011

Isidro Peleteiro, el hombre del siglo XX en Cerdedo

«Un día choquei contra Ramonín o da botica. Foi onde a farola, batemos os dous coa cabeza e caimos como sacos». Isidro Peleteiro Cerdeira se ríe a carcajadas mientras recuerda la escena. Y continúa: «Eu tardei máis de, xa non digo un cuarto de hora porque un cuarto de hora é a metade de media hora, pero máis de cinco minutos estiven como sen sentido».

«Cando nos levantamos, abrazámos uno oa outro», agrega. Sucedió en lo que se conocía como el mercado de Cerdedo y hoy se llama plaza de Fernando García Leiro. Su hermana Dorotea y su sobrina Carola lo llevaron al médico. «Para que lle dera unhas puntadas», explica Carola.

«Foi sangrando», añade. A renglón seguido, deja en el aire una hipótesis que expresa bajando el tono de voz: «Eu non sei se lle sería bó aquelo que pasou».

El último siglo de la historia de Cerdedo es posible recorrerlo siguiendo los pasos de Isidro, un hombre que pintaba, partía leña, podaba árboles y viñas, pescaba, conducía los terneros a la carnicería desde las aldeas próximas, tocaba la campana y, sobre todo, jugaba al fútbol.

En cuanto algún chaval se presentaba con una pelota, aparecía él, y cuando el número de jugadores era suficiente para formar dos conjuntos y disputar un partido, era de los primeros elegidos.

«Daquela xogaba máis de porteiro, aínda que eu sabía pasar o balón mellor que outros», subraya. Isidro jugó al balompié con varias generaciones de chavales, pequeños y mayores, padres e hijos.

Era tan habitual su presencia como llamativa su forma de vestir, porque en una Galicia en la que se estilaba el pantalón de tergal o pana y las camisas de fibra, la imagen de Isidro rompía con aquellos aburridos cánones.

Cuando aún no había cautivado a los telespectadores Willian Thourlby fumando un Malboro con sus pantalones vaqueros y su camisa de franela de cuadros, Isidro ya había convertido estas dos prendas en su uniforme.

Acertó de pleno su hermana Dorotea, fallecida hace varios años, cuando le compró ambas piezas de ropa por primera vez. Solo en contadas ocasiones fue visto con otro atuendo. Y entre los chavales de Cerdedo era uno más, además del mayor, y también al que consideraban afortunado porque no tenía que ir a la escuela.

«O Pontevedra era como o Madrid», asegura cuando habla de un tiempo en el que los chavales querían llevar el número siete a la espalda, como el de Fuertes.

Entonces no se usaban expresiones como discapacidad psíquica, pero todos sabían que Isidro no era como los demás, y quienes llegaron a saberlo, olvidaron que todo había comenzado cuando estaba haciendo el servicio militar.

En los años del hambre y del desarrollismo, se buscó la vida trabajando como jornalero. «Era un manitas. Era unha marabilla con el», comenta Carola.

Unas veces cobraba y otras, quienes lo contrataban se aprovecharon de él. En no pocas ocasiones dejaba la cena sobre la mesa para jugar al fútbol.

También se cruzó con unos desaprensivos que lo retaron a levantar un saco de maíz que pesaba unos cien kilos, a pesar de que eran conscientes de sus limitaciones. Lo consiguió, a costa de sufrir una hernia de por vida.

Siempre de buen humor, cuando llegaba el mes de marzo preparaba la caña y los aparejos. El río Lérez y sus afluentes aún no habían sido esquilmados por los furtivos y envenenado por la contaminación.

Sigiloso y paciente, situaba el saltamontes en el remanso donde sabía que iba a picar la trucha, doblando y soltando la punta de la caña de bambú con el arco necesario en cada caso. Era habitual verlo regresar con el cesto lleno.

«Cando eran os bos tempos e sabía pescar, ía ó saltón e pillaba unhas 30 ou 40», precisa. A su lado, aficionados de Vigo, con cañas de último modelo, dejaban juegos de boyas en las ramas.

Algún chavalote supo ver el negocio. Subía a los árboles para recuperarlos y vendérselos a quienes los habían perdido, que no tenían otra opción que pagar cuando se quedaban sin repuestos porque entonces no estaban a la venta en Cerdedo y la tienda más próxima, en Pontevedra, se encontraba a más de 45 minutos de viaje.

Las truchas estaban muy cotizadas y una parte de sus capturas tenía compradores habitualmente. Era una contribución a la economía del núcleo familiar, formado por su hermana y su sobrina.

Otras veces se le veía llegar conduciendo terneros, con destino a la carnicería de Lavandeira, desde lugares próximos a Cerdedo.

De su constitución física habla el método que usó en más de una ocasión cuando el vacuno se resistía a andar: lo echaba sobre los hombros y caminaba así durante horas.

Otra razón que explica su habitual presencia en el mercado era la proximidad de la iglesia, porque fue el campanero y el encargado de dar cuerda a reloj.

Los chavales, que seguían aburridos la misa de domingo, se cruzaban miradas de complicidad y sonrisas disimuladas cuando las cuerdas metálicas que sujetan las pesas del reloj comenzaban a ascender y chirriar durante las celebraciones religiosas, con el malestar del cura que oficiaba.

«Este ano, no Ecce-Homo (la fiesta mayor de Cerdedo) xúroche que pensei que era Isidro quen as tocaba. Pero, como puido subir tantas escaleiras?», se preguntó entonces Carola, quien asegura que llegó a pensar que su tío se había vuelto a encaramar hasta el campanario. No era él. «A xente aplaudeu o repique», subraya admirada.

Las circunstancias familiares provocaron un viraje en su vida y desde hace varios años transcurre entre la casa de su nieto Miguel, en Cerdedo, y Viascón (Cotobade), donde lo atiende Carola.

Ahora se deja ver menos. La mayor parte de los vecinos que supieron de su llegada desde Cáceres acompañado por dos militares que lo entregaron al entonces alcalde, Ramón Cortizo, ya fallecieron.

Isidro no llegó a finalizar el servicio porque un día le comunicaron la muerte de su madre, de 42 años. Su padre había abandonado la familia y estaba muy unido a ella. Aquel impacto lo traumatizó.

Durante varios meses durmió en el cementerio, al lado del panteón donde fue enterrada, y cuando consiguieron que depusiese su actitud, comenzó a escribir una historia de la que muy pocos conocen su cara oculta.

Cuando tiraba los zuecos contra la pared de la habitación, Dorotea y Carola sabían que había comenzado la cuenta atrás y tenían que escapar. También cuando sonreía. Y ambas procuraban que sus pasos sobre las escaleras de madera fuesen livianos porque cualquier ruido podía desencadenar una reacción violenta.

Muchas noches tuvieron que refugiarse en casas de algún vecino. «Todo lle facía mal. Dicía que nos ía a matar. Despois pasáballe, e cando estaba calmado eu levaballe o almorzo e dicíalle ‘eres moi malo, pola tua culpa corteime nun dedo do pé’. A miña nenez foi así».

Carola no puede precisar cuando años duró esta situación, pero pudo aproximarse a dos décadas: el Isidro afable en la calle sufría episodios violentos de los que eran víctimas quienes más le querían.

Y todo cambió en un año de la década de los sesenta en el mercado y jugando al fútbol. A raíz de aquel golpe en la cabeza contra Ramonín. Isidro nunca más volvió a mostrarse agresivo en casa.

Carola dedujo que aquel percance había puesto fin a un tiempo de angustia, y el neurólogo del Hospital do Salnés Manuel Seijo-Martínez confirma la certeza de su conclusión.

«Se trata de un caso claro de síndrome disejecutivo, que se produce cuando está dañado el lóbulo frontal, en la parte baja, que regula la conducta social de los seres humanos, que es la que experimentó un mayor desarrollo en el cerebro», explica.

El origen puede ser un trauma derivado de un acontecimiento negativo, como sucedió en el caso de Isidro, o a raíz de un accidente. «Una lesión en este punto puede provocar un cambio importante en el carácter, habitualmente negativo», añade Seijo-Martínez.

No fue su caso. «Pum, pum, pum». Miguel, uno de sus tatarasobrinos, le dispara una ráfaga con su ametralladora de plástico tratando de llamar su atención. «Pum, pum», le responde su tataratío Isidro mientras sigue desgranando sus recuerdos.

El niño se sorprende de que no le preste atención mientras habla con un extraño en el primer piso de su casa de Viascón. Finalizada la charla, come y sale al jardín a jugar al fútbol con el crío.

«Nacín no ano 3» dice. «Non, o 20 de febrerio do 13», le corrige Carola. Tiene 98 años y ya es el hombre del siglo XX de Cerdedo.


La farola ciega del mercado y el rondo en el cementerio

Los niños jugaban al fútbol en la plaza hasta entrada la noche, y tres causas tenían la suficiente dimensión para interrumpir los partidos: el primero de ellos tenía que ver con el desarrollo de una España a media luz.

Periódicamente se apagaba una o varias bombillas de la farola situada en el centro. Tenía tres, y cuando ni siquiera uno de esos tres ojos permanecía abierto, quedaban recursos.

La solución se encontraba en las extremidades inferiores de los mayores, que pateaban el poste de acero y conseguían que se encendiese alguna. Con uno o dos golpes bastaba.

Con el paso del tiempo eran necesarios cuatro o cinco, y acabó convirtiéndose en una farola ciega.

Otros árbitros implacables eran los padres, abuelos, o hermanos mayores, cuando ordenaban que había llegado la hora de volver a casa.

Alguno se resistía. Era hacer méritos para una bronca en casa. O algo más. Entonces, los mayores se sentaban a charlar ¿De chicas?, ¿Fumarían? Los pequeños se iban a casa preguntándoselo.

Y la tercera era el miedo al más allá.

La plaza está cerca del cementerio, ocupando un plano inferior, por lo que para acceder es necesario bajar una cuesta y abrir una puerta cuyas bisagras oxidadas emitían un sonido que producía inquietud.

En aquellos lances abundaban los puntapiés enérgicos, y la alarma sonaba cuando los mayores advertían de que quien enviase el balón a las profundidades del camposanto iría a buscarlo. Y solo.

Sucedió muchas veces. Con la luz del día no suponía ningún problema.

Pero entre la chavalada corría el rumor de que los difuntos abandonaban sus tumbas para hacer unos ronditos cuando el balón caía en sus dominios durante la noche y nadie se atrevía a ir a buscarlo.

Los vecinos más burlones pregonaban que los muertos jugaban mejor que los vivos. A los chavales no les afectaban tales comentarios, pero ninguno se atrevió a buscar el balón de noche al cementerio, por más que le hubiera gustado seguir jugando. Ni los pequeños ni los mayores.


Diario de Pontevedra (8-10-2011)


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