domingo, 30 de enero de 2011

Ítaca

De La Habana a Portobello, de Jamaica a Trinidad, anda y anda el barco barco de Nicolás Guillén surcando el mar de las Antillas con una negra en la popa y un español al timón. Otro barco, barquito de papel, avanza ligero por el canal convertido en río hacia el mar Mediterráneo. Lo aventa la imaginacion de Juanito, El noi del Poble Sec, hijo de Angels y Josep, de profesión cantautor, que cruzó el Atlántico para esparcir las palabras de Machado y Miguel Hernández por Chile y Argentina. Eran cien y solo quedan treinta y tres de aquella tripulación de hombres rudos y masculinos como el viento que no sabían nadar y zozobraron el la ensenada, como queriendo esperar. Aquellos marinos, aquellos borrachos vascos de Patxi Andión. Era una noche calurosa y sin sueño, como tantas en el barrio madrileño de Lavapiés, cuando alguien nos contó que el barco de Novalis estaba echando raíces en el mar, cansado de ir de puerto en puerto sin encontrar acomodo. En una taberna de Corrubedo, un viejo marinero que se habia quedado sin ginebra y sin compañeros dibujó la minuciosa cartografía de la tragedia. Señaló, punto por punto y muerto a muerto, uno a uno, todos los naufragios acaecidos en un mar que llega hasta su puerta y ahora le parece tan lejano. Cae la tarde y regresa a puerto el 'Nauja', el velero danés con el que no pudo Hitler, el que transportaba penicilina desde Dinamarca a Groenlandia. Desde otra Ítaca retorna lentamente, a través de los años, con la bodega repleta de experiencias, aventuras y conocimientos. Como aconsejaba Kavafis.



Diario de Pontevedra (14-10-2005)

Belfast: muros y rencores

Un acuerdo firmado en abril de 1998 certificó el final de un conflicto violento que protagonizaban católicos y protestantes en Irlanda. Desde 1969, año en el que comenzó su actividad criminal el autodenominado Ejército Republicano Irlandés (IRA), se sucedieron los atentados. Una de las cicatrices del enfrentamiento es un muro, rematado con alambre de espino, de unos 15 metros de altura, que corre paralelo a Bombay Street.

Desde que las autoridades inglesas e irlandesas rubricaron el documento que debería abrir la puerta a la concordia entre dos comunidades, son más de cuarenta las barreras que se extienden por la ciudad formando una red. Se conocen, eufemísticamente, con el nombre de líneas de paz. Y el proceso sigue en macha.

En 1969, unos matones protestantes arrasaban Bombay Street, contando con la connivencia de la Policía. De los incendios que destruyeron las viviendas nació el fuego del IRA. Una lápida lo recuerda, y detrás se encuentra un muro metálico de unos quince metros de altura que separa a los irlandeses atendiendo a su credo religioso, como si de un zoológico se tratase.

No lo vigilan los policías, está controlado desde una comisaría por medio de un circuito interno de televisión y, al caer la noche, se cierra automáticamente. No sería necesario, porque los muros que de verdad separan son los que levantan los rencores generados a lo largo de varias décadas salpicadas de explosiones, secuestros, torturas y muerte. Y siguen prendidos en la sociedad doce años después de que, teóricamente, hubiese comenzado la reconciliación.

La población de Belfast ve con agrado los muros porque se siente protegida y, aunque no los hubiese, católicos y protestantes seguirían dando rodeos para evitar internarse en los barrios que consideran hostiles. Antes, los unionistas católicos se sentían las víctimas. Ahora son los protestantes.

Barrios católicos, como Bombay Street, están limpios y aseados, cuentan con servicios y ganan en actividad y dinamismo. Sus gentes miran al futuro con optimismo. Shankill, un famoso distrito protestante, es la otra cara. Abundan los solares vacíos donde se amontona la basura, y cuando cae la noche la iluminación es mínima, aunque tampoco suscita críticas porque la droga y la delincuencia disuaden de salir a la calle.

Mientras los católicos mejoran, los protestantes se consideran traicionados por quienes antes consideraban sus aliados: los ingleses.

Otro recurso que siguen utilizando para marcar diferencias son los colores: el verde se identifica con la Irlanda republicana del sur y simboliza las aspiraciones de los católicos del Ulster por lograr la reunificación de una isla, dividida ente un sur independiente, próspero e integrado en la Unión Europea (UE) y un norte bajo el dominio del Reino Unido. El naranja, de los republicanos, recuerda a Guillermo de Orange y sus victorias contra el rey católico Jacobo, en el siglo XVIII. El mismo dios, y más de 4.000 muertos.

sábado, 29 de enero de 2011

Estado Federal de A Illa de Arousa


«Muy de mañana salieron para al Isla de Arosa fuerzas de la Guardia Civil, carabineros y seguridad, con el objeto de someter a un minucioso registro a los pobladores de la isla, pues llegó al conocimiento de las autoridades que desde Catoira y Cesures fueron llevados allí abundantes explosivos en medio de la leña que, diariamente, transportan las embarcaciones desde las fábricas de los mencionados puertos. Estos explosivos, parece ser, eran traídos de Portugal en barcos pequeños».

Este párrafo figura en un ejemplar del periódico de Vilagarcía Galicia Nueva fechado en octubre de 1934. El día 8, los guardias comprobaron que las industrias habían cerrado, atendiendo el llamamiento a la huelga general convocada en apoyo a la Revolución de Asturias y para reivindicar condiciones de trabajo dignas en unos tiempos en los que la jornada se prolongaba de sol a sol.

A Illa era entonces una localidad caracterizada por su potente capacidad organizativa, nucleada en torno a la Agrupación Socialista, que había convocado una asamblea, celebrada el día 7 de octubre en el bar de Juanito de Luisa, conocido también con el nombre de O Nicho porque el edificio que ocupaba estaba situado sobre un antiguo cementerio.

Luis Bóveda, el secretario general socialista, insistió en que el paro debería ser pacífico. «Non é preciso nin pedradas nos cristais nin tirar os efectos das empresas», advirtió.

Entre vino y vino, el propietario del bar, corresponsal del periódico Pueblo Gallego y autor de letrillas de las comparsas, propuso la proclamación del Estado Federal de A Illa de Arousa, siguiendo el ejemplo del presidente de la Generalitat de Catalunya, Lluís Compayns.

Uno de los clientes cogió un trozo de papel de estraza encima del mostrador y escribió en él los nombres y los cargos del gobierno provisional.

La parranda finalizó poco después, y todos se dirigieron a sus casas sin imaginarse la cascada de sucesos que iba a desencadenar un episodio al que no le habían dado la menor importancia.

Aquella noche estalló un artefacto explosivo en las proximidades de O Cruceiro sin causar víctimas, recuerdan Xosé Lois Vila Fariña y Xoán Dopico Orjales en el libro ‘Historia de A Illa de Arousa’, que sirve de base para la documentación de este artículo.

A la mañana siguiente atracaba en el puerto de O Cantiño el guardacostas ‘Apal’, procedente de Marín.

Los guardias dispararon al aire para disolver una concentración y se desplegaron con la intención de impedir que se produjesen desmanes, mientras varios vecinos subían al campanario de la iglesia y tocaban arrebato hasta que los carabineros los detuvieron.

No se produjo ningún incidente en la iglesia, y es falso que hubieran asado sardinas en el altar, dicen las crónicas de la época.

La jornada habría transcurrido por los mismos cauces que en otras localidades donde tuvo eco la convocatoria de huelga, si el destino no hubiese querido que entre los vecinos que fueron registrados figurase Segundo Nine Fernández, porque en uno de los bolsillos de su chaqueta encontraron un papel con la relación de nombres y cargos del hipotético gobierno, encabezado por Santiago Otero Pouso, 'Pajares', como presidente.

El hallazgo precipitó la detención de trece vecinos, entre los que no figuraba el presidente del Estado Federal de A Illa de Arousa, que optó por permanecer escondido durante dos días para entregarse después, al considerar que no había cometido ningún delito.

El día 9 explotó otra bomba, esta vez en O Reguerio, y de nuevo sin causar heridos.

Regresaron los guardias en dos barcos, el ‘Tritón’ y el ‘Castelló’, llevándose a otros nueve isleños arrestados. «Fueron conducidos a Pontevedra en un camión de las fuerzas de asalto por haberlo dispuesto así el auditor de guerra que entiende en la causa», decía el Galicia Nueva.

El juez instructor, el teniente de la Guardia Civil Aurelio Belay, solicitó un informe al alcalde de Vilanova, Aurelio Mouriño, «para conocer los elementos que por su ascendiente moral y doctrinas pudiesen haber influido en el hecho de autos, así como las demás circunstancias que, a su juicio, puedan contribuir para la averiguación de los autores materiales y espirituales de los desórdenes ocurridos».

La respuesta del regidor municipal fue inmediata y contundente. Mouriño advertía de que el maestro nacional Antonio Morales se dedicaba a «sembrar ideas disolventes». Según el alcalde, también lo hacía el albañil José Búa, aunque su especialidad eran las «ideas comunistas».

A Ramón Otero, Manuel Outeiral, Demetrio Ramos, Manuel Fariña, Segundo Nine, Manuel Iglesias, Avelino y Benito Fuentes, Andrés Mougán, Faustino Viñas, Emilio Dacosta, Manuel Rivas y Luis Castro, también les imputa la responsabilidad de ser «propagandistas» del comunismo.

«Todos los anteriormente relacionados han coadyudado con sus propagandas o doctrinas al actual estado de cosas en la Isla de Arosa y los supone esta Alcaldía cómplices de los sucesos allí desarrollados el día 8», resalta el alcalde.

Mouriño culmina su actuación con la aprobación de una moción por el Pleno del Concello de Vilanova en al que reconoce la labor de los carabineros «que desde el primer momento tomaron a su cargo la conservación del orden público, con tal actividad y acierto que pudo ser sofocado en su origen el movimiento revolucionario de la parroquia de la Isla de Arousa».

Era el 13 de octubre. El mismo día, los detenidos eran puestos en libertad. De los autores de la colocación de los artefactos explosivos no se supo nada.

Los capitanes de Artillería Manuel Casal y Roberto Posada se encargaron de la defensa y la causa fue sobreseída por un tribunal militar en el consejo de guerra celebrado el 3 de marzo de 1935 en la Escuela Naval Militar de Marín

Así finalizaba la leyenda nacida de una coña de taberna que enriquece el catálogo de acontecimientos mitológicos de A Illa.

Diario de Pontevedra (18-10-2009)

El último tiro de Tucho Ferreiro


Lo habían detenido en octubre por haber intentado secuestrar a Rafael Bugallo Martínez, ‘O Mulo’, en compañía de un compinche. Anunció en la cárcel que cuando recuperase la libertad ajustaría cuentas con más de un vecino, y once días después de salir a la calle cumplió su amenaza.

El 3 de enero de 2003, Antonio Chantada García, ‘Tucho Ferreiro’, disparaba a bocajarro a Danielito Carballo y a Juan José Agra. El primero fallecía en un hospital de Pamplona y el segundo lo hacía enel acto.

Se cargaría a O Mulo, de haberlo encontrado, pero no estaba donde esperaba verlo, y puso fin a la sangría suicidándose.

Conocido como el crimen del Pub Museo de Vilagarcía, este episodio supuso la apertura de un nuevo tiempo en el mundo del narcotráfico: una generación de jóvenes sin escrúpulos, imprevisibles, armados, consumidores de drogas y con mucha prisa por hacerse ricos, cogía el relevo de otra que había dado el salto del contrabando de tabaco.

Los tiempos en que los capos trataban de aparecer como hombres buenos habían pasado.

Con 26 años, cocainómano, un carácter violento y perfiles paranoicos, Tucho Ferreiro se sentía traicionado. Dos eran los motivos: el dinero que le adeudaban y el desengaño amoroso, porque su compañera se había liado con Danielito Carballo mientras él permanecía entre barrotes.

En la recta final de las fiestas navideñas, cena en la Churrasquería A Plaza, de Vilagarcía, un establecimiento situado cerca de la parcela donde, años después se ubicarían las dependencias policiales y judiciales.

A continuación, se desplaza en un vehículo hasta la Avenida de A Mariña para aparcar en las proximidades del Pub O Museo, un local de reciente apertura en un edificio noble y de moda.

Danielito Carballo llega con 33 años y un historial en el que figura su detención en la Operación Nécora, derivada de sus relaciones con el narcotraficante cambadés Sito Miñanco, acompañado de Rosalindo Aido, de 40, y dos chicas.

Las manecillas del reloj marcaban las 21.30 horas. Momentos después se unía a grupo otra pareja. Se acomodan en torno a una mesa situada frente a la puerta.

Como una fiera agazapada, Tucho Ferreiro los observa. Coge la escopeta del calibre 38 de fabricación brasileña en el coche, la oculta debajo de la cazadora y se dirige al pub.

Entra con el arma en la mano, localiza de inmediato a su víctima, le pone la boca de los cañones a menos de un metro de la cabeza y dispara. Salta la sangre y se hace el silencio por unos segundos, antesala de los gritos y el desconcierto. Había transcurrido un cuarto de hora de animada charla cuando sonó el primer fogonazo.

Rosalindo Aido se gira y trata de huir aprovechando la confusión. Tucho Ferreiro levanta de nuevo la escopeta, pero el disparo no es tan preciso: le da en un hombro.

Cumplida la primera parte del plan, huye del lugar, sube al coche y pone rumbo a Cambados. Al llegar al lugar de Corvillón, se desvía por un vial estrecho para dirigirse a la Pizzería Paumar, que ocupa el bajo de una vivienda unifamiliar situada en un núcleo de carácter rural escasamente iluminado.

Aparca enfrente, agarra de nuevo la escopeta, que se encuentra en el asiento del acompañante, y entra.

Sin mediar palabra, dispara sobre su propietario, Juan José Agra, de 41 años, que había cumplido condena en Suiza por narcotráfico. Una hija de tres años observa aterrorizada la escena. Las manecillas del reloj marcanlas 22 horas.

Se pone de nuevo al volante, enfila por una carretera estrecha y de curvas pronunciadas y desemboca en Cambados. El recorrido acaba en la Rúa Albariño.

Todo estaba saliendo según el plan que había tramado y llega el momento de ejecutar la tercera parte.

El destino es el Pub Noel, donde espera encontrarse con otro viejo conocido: Rafael Bugallo, ‘O Mulo’. Entra, echa una ojeada, y comprueba que no está la persona a la que tenía reservada una bala.

El individuo al que había llevado a las inmediaciones del cementerio de Caldas de Reis, con la intención de liquidarlo, había escapado entonces a través del monte después de morderle en una mano y volvía a esquivar el encuentro fatal.

Fuera de sí, abandonaba el establecimiento ante la mirada atónita de los clientes, que apenas habían tenido tiempo para sobreponerse de la sorpresa cuando escucharon una detonación.

Era el último tiro de Tucho Ferreiro, que se suicidaba el interior de un Opel Kadett situado cerca de la oficina de Correos de Cambados, poniendo fin a su macabro recorrido.

Mientras protagonizaba su alocado recorrido nocturno, a Rosalindo Aído lo trasladaban a la Casa do Mar de Vilagarcía. Danielito Carballo era atendido en el Hospital Provincial antes de ser trasladado al Xeral de Vigo. Los médicos diagnosticaban un estado de coma profundo.

Después de varios días se presentaba en Vigo un equipo de la Clínica Universitaria de Pamplona, cuya intervención había solicitado su familia.

Su informe no varía del redactado por los profesionales del Xeral. A pesar de las evidencias, la familia consigue que lo lleven a Pamplona, donde muere el 10 de marzo.

El 11 estrena el anexo del cementerio de Caleiro (Vilanova). Entre los asistentes al funeral se encuentra O Mulo, que se encarama a los titulares de los medios de comunicación quince años después, al ser detenido como presunto organizador de una operación para desembarcar 3.500 kilos de cocaína.

Durante la madrugada del día 15 de agosto del año 2009, una planeadora era pasto de las llamas en A Lanzada. Durante las jornadas siguientes, el mar sorprendía a los bañistas esparciendo paquetes de droga por las playas entre Cabo Silleiro y O Grove.

Diario de Pontevedra (7-12-2008)

domingo, 16 de enero de 2011

La hora feliz

La niebla ya queda abajo y cubre el valle en el que está enclavado Quiroga como si de un sombrero de algodón se tratase. Subiendo hacia la montaña sale el sol cansado al encuentro del viajero. El invierno mete los codos. Quedan dos etapas y a Lorenzo le cuesta dar las últimas pedaladas para cruzar la linea de meta de 2002. Arriba, Folgoso abre sus ventanas y se despereza después de otra noche tan fria como casi todas. Hoy huele a pan fresco y los pájaros pasan sueltos y ágiles. Sentada al sol, María de Garay se acuerda de sus seis nietos repartidos por el litoral atlántico y dice que le gusta más vivir en Camariñas que en A Coruña. Paco, el guardabosques, pone el sello de identidad de los cuentos infantiles en los letreros de las casas, las esquinas, los regatos y las encrucijadas, con dos argumentos: la madera y sus manos. En Seoane, Antonio contempla la vida desde sus 80 años apoyado en el quicio de la puerta y se emociona recordando los tiempos vividos en Vilagarcía, cuando los gerifaltes le ordenaron que cumpliese con una España que hoy le sigue resultando lejana y cuyo idioma casi no sabe hablar. Entre el equilibrio de lo vivido y la nostalgia del pasado más reciente estallan mil colores en la sierra. Luz de fuegos dorados, escarlatas, amarillos y anaranjados que prenden en las genistas, los robles, los avellanos, los alisos, los álamos y los sauces. Se percibe la cercanía de los corzos, los ciervos, los urogallos, los lobos, los zorros, los tejones o las comadrejas. Las nutrias saltan felices en los regatos y las truchas ganan músculo y color en lucha permanente contra la corriente, saltarina como un millón de cascabeles. Y las cien fuentes que despertaban a Uxío Novoneyra siguen dejando su canción de cristal hacia atrás, haciendonos retroceder a la patria común de la infancia. Es O Courel, un planeta que detuvo su reloj en la hora feliz del mediodía, como aguardando la llegada de los niños.

Diario de Pontevedra (23-12-2001)

Baarle: un reclamo turístico

Si la hora de cierre de los restaurantes encuentra al cliente en un establecimiento de Baarle, dispone de dos opciones: abandonarlo o coger la mesa y la silla y desplazarse unos metros, o centímetros. Con tan simple maniobra habrá cambiado de país, porque este restaurante, como otras construcciones del pueblo, está asentado sobre la línea que un día diseñaron con la intención de fijar donde empieza Holanda y el punto donde lo hace Bélgica. La necesidad del trasiego se explica por la diferencia entre la legislación que regula los horarios comerciales en uno y otro.

En este pueblo de 8.000 habitantes todos los organismos públicos están duplicados, y a la hora de establecer a qué hacienda deben abonar los impuestos, la puerta de entrada de la vivienda es la clave, porque es el criterio que siguen las administraciones. No importa si las habitaciones, el baño, la sala o la cocina están naciones distintas. Claro que a quien no le convenza la fiscalidad, sólo tiene que pedir un permiso de obra y cambiar su ubicación, trasladándola al otro lado.

Las autoridades económicas de belgas y holandeses se encuentran con otro problema: el de la competencia para realizar inspecciones. Los belgas no podían entrar porque la puerta estaba en territorio holandés, y los holandeses no podían acceder a la caja fuerte porque, aunque cruzar el umbral era legal, ésta se encontraba en el país vecino. Transcurrieron veinte años hasta que llegaron al acuerdo de hacerlo conjuntamente.

Acusados sus responsables de blanqueo de capitales, el banco fue declarado en bancarrota poco después.

Todo esto sucede en los dos Baarle (el holandés Baarle-Hertog y el belga Baarle-Nassu), dos municipios que son la consecuencia de un prolongado proceso histórico iniciado en el medievo, salpicado de disputas, acuerdos, rectificaciones y nuevos acuerdos que desembocaron en la fragmentación del territorio que ocupan en 5.725 parcelas. Hay 22 enclaves belgas sobre territorio holandés, uno holandés en Bélgica y siete holandeses dentro, a su vez, de los núcleos belgas en Holanda.

Podría parecer un galimatías, pero sus vecinos tienen muy claro quiénes son y a que comunidad pertenecen, aunque todavía queda por despejar una duda y cerrar un contencioso, que data de 1995: el derivado del litigio en torno a la competencia sobre un terreno de 2.000 metros cuadrados (superficie equivalente a la cuarta parte de un campo de fútbol).

Una mujer bielorrusa de 26 años aparece muerta en un edificio a caballo entre los bordes. Antes de identificarlo fue preciso determinar en cuál se encontraba. El geógrafo requerido para que despejase la duda no se mojó: está en los Países Bajos, dijo.

Las policías hicieron el registro con suma cautela, porque coger huellas o pruebas al otro lado las invalidaría debido a que las fuerzas de seguridad no pueden traspasar la línea. Los belgas acabaron cediendo el caso a los holandeses. Por entonces el principal sospechoso -su marido, de nacionalidad holandesa- ya se había fugado con la hija de ambos.

Un vecino que se hace llamar Borderhunter (El cazador de la frontera) montó una emisora de radio pirata que emitía todas las noches sin contar con licencia. La emisora se encontraba en Bélgica y la antena, en Holanda. Las noticias corrían rápido y siempre recibía el chivatazo que le permitía cambiar el equipo de ubicación para burlar a la Policía. Durante dos décadas emitió música e informativos.

Como había sucedido con el banco, su aventura finalizó cuando las dos policías se pusieron de acuerdo se acabó la aventura, pero comenzó un curioso periplo por los juzgados. Los holandeses le confiscaron el equipo y los belgas lo multaron con 1.100 euros.

Ante tal contradicción (una policía confisca y la otra multa) Borderhunter recurrió la confiscación ante las autoridades belgas, y le respondieron que, efectivamente, deberían haberlo multado, por lo que le impusieron una multa de 500 euros.

Pagó a la administración de Bélgica. El radioaficionado recurrió después la multa ante la Justicia holandesa argumentando que ya la había abonado y no podía ser condenado dos veces por la misma falta. Las autoridades holandesas acabaron por darle la razón y se libró de pagar en los Países Bajos.

En contraposición a las situaciones dramáticas que acostumbran a producirse en las fronteras, en este pueblo, recorrido de punta a punta por marcadores que lo delimitan todo, la frontera es un aliciente turístico y los responsables de las dos cámaras municipales la utilizan como reclamo, divulgando la curiosa idiosincrasia que genera.

La tarde que estremeció Vilagarcía


Dos días al mes, Alicia Presas Valladares visita el cementerio de Vilagarcía. Accede por la calle San Roque a la avenida de As Carolinas y, siguiendo un trayecto casi recto, llega al camposanto, situado a unos dos kilómetros, en la recta de Rubiáns.

A medio camino se encuentra una casa, en el margen izquierdo de la calzada. Enfrente, un palacete que dejó de ser vivienda para convertirse en sanatorio antes de cerrar sus puertas y, un poco más adelante, una finca cuya visión tapan las edificaciones.

En estos escenarios vivió Alicia Presas la tragedia de mayores dimensiones registrada durante los últimos tiempos. Una explosión, en la Pirotecnia Valladares, se llevó por delante ocho vidas: las de su madre, los dos hermanos, los abuelos maternos y dos tíos, además de un trabajador.

Sucedió el día 17 de junio de 1960. «Lo recuerdo perfectamente, como te estoy viendo en estos momentos», responde Alicia Presas, «eran las seis menos diez de la tarde», apunta.

Y era una jornada calurosa en la que se afanaban preparando dos de los combates navales que hoy, como entonces, reúnen a miles de espectadores: los de Bouzas (Vigo) y Vilagarcía.

Los talleres se encontraban en el extremo de una finca rectangular, de unos cien metros de largo por sesenta de ancho, propiedad de los Valladares, en la que trabajaban jornaleros de Cea.

Ella tendría que estar allí porque estaba de vacaciones, pero el día anterior se había aburrido y no quiso volver. Se encontraba con su tía, en la casa de As Carolinas, que preparaba la merienda para los jornaleros.

«Estaba con su hija, que tendría menos de dos años, el porche era muy grande, escuché un gran estruendo y me cayeron encima los cristales, clavándose en la cabeza y los brazos. Lo primero que hice fue proteger a la niña», narra Alicia Presas.

Su tía imaginó de inmediato qué había sucedido. «eQuedé quieta, como atontada, y empezó a llegar gente», afirma. Momentos después, la llevaron al palacete situado enfrente, de la familia Berengua, amiga de sus abuelos.

Cuando cruzó la avenida vio pasar lo que llamaban entonces un isocarro (un remolque tirado por una moto). «Vi unas piernas colgando y chamuscadas; ese recuerdo me quedó», apunta.

Y poco más, porque de inmediato la trasladaron a casa de un familiar que vive en Pontevedra.

Por eso no pudo ver a una muchedumbre dirigirse hacia As Carolinas después de que una tremenda explosión, a la que siguieron otras de menor intensidad, que dejaron como corolario una gran columna de humo elevándose en el cielo, similar al hongo producido por las bombas atómicas, que se veía desde cualquier punto del concello.

Por el norte, el sonido llegó hasta Catoira y Rianxo a través del cauce del río Ulla, y hacia el sur, en Vilanova, A Illa y Cambados supieron de inmediato que algo terrible acababa de suceder en aquella tarde bochornosa.

Dos mujeres que trabajaban en unas fincas próximas resultaron heridas. Una con lesiones en la columna y la otra con heridas de pronóstico leve.

Los cristales del Instituto Laboral (hoy, Castro Alobre), saltaron por los aires, al igual que los techos de varias aulas, y las estructuras de varios edificios de Vilagarcía temblaron.

De las seis casetas y almacenes en las que elaboraban y guardaban los artefactos, que al explotar trazaban dibujos de colores en el cielo desaparecieron, hoy sólo queda el cráter donde se encontraba una, y el fragmento del muro de otra, ambos cubiertos de maleza, en un prado donde las cabras pacen y las gallinas picotean.

Aprisionado entre los escombros, su abuelo, Eduardo Valladares pudo gritar y un policía local logró rescatarlo ayudado por un vecino. El hermano de éste, Ramón Emilio, fue hallado en medio de un amasijo de hierros todavía candentes. José Dasilva, un trabajador de Catoira que no pertenecía a la familia, quedó carbonizado.

Los cuerpos de su madre, Alicia, de 38 años; sus hermanos, Rogelio y María del Carmen, su abuela Jesusa y su tía Dolores salieron despedidos a una distancia de entre 15 y 20 metros. Algunos fueron trasladados a centros sanitarios de Pontevedra, pero todos fallecieron poco después del suceso.

«El cuadro de la tragedia puede decirse, sin hipérbole, que era francamente espeluznante, ya que algunas personas aparecían totalmente mutiladas», describía César Morales Ben en su crónica de El Pueblo Gallego fechada el día 18 de junio.

«Vilagarcía no recuerda nada parecido en su historia», subrayaba el día siguiente. El lunes 20 se celebró la ceremonia fúnebre, en la que el alcalde, Jacobo Rey Daviña, estuvo acompañado por sus homólogos de Cambados y Pontevedra; el gobernador civil, Antonio Puig, y el obispo de Santiago, Quiroga Palacios.

«La gente, en silencio, fue retirándose a sus labores, quedando en el ambiente una nota triste que tardará mucho tiempo en desaparecer de la memoria de quienes vivieron aquellos instantes de destrucción». vaticinaba entonces César Morales Ben.

Una semana después, le contaron a Alicia Presas todo lo sucedido. En aquel momento no era consciente de lo sucedido. «Veía salir humo de la zona donde estaban los talleres», afirma. Fue entonces cuando que aquellas piernas eran las de su hermano Rogelio, un chavalote de 18 años que jugaba al baloncesto.

En sus planes figuraba un viaje a Barcelona, con el grupo de baile de la Sección Femenina, y había acudido junto al abuelo. «La explosión se produjo cuando estaba entrando en el taller», señala.

Su padre, un militar que se encontraba en un hospital de Madrid, poco o nada quería saber de la familia. Alicia fue internada en un colegio de monjas y a los 16 años se casó con Carlos. «La vida empezó a sonreírme», comenta.

Fue su marido quien acompañó a sus cuatro hijos a ver el espectáculo pirotécnico de las fiestas de Vilagarcía. Tiene 63 años y volvió a hacerlo para vivir con sus cinco nietos la emoción que provoca ver el cielo plagado de amebas, peces o flores que se difuminan en un instante.

Diario de Pontevedra (3-10-2010)

Asesinos a sueldo en Cambados


John Jairo Salcedo viste traje de color beis, corbata marrón y camisa de un amarillo pálido. Su aspecto es impecable. Podría deducirse que se dirige a una boda, a un bautizo o a cualquier acto social, si sus manos no estuviesen esposadas. Lo conduce un guardia civil.
No lo veo, no existe. Durante varios
años, las noticias de las relaciones entre narcotraficantes arousanos y colombianos eran recibidas con escepticismo, y desde más de un foro las tachaban de sensacionalistas. Fue preciso verles las caras. Fue entonces cuando la sociedad abrió los ojos.
Y tal cosa sucede a finales de
septiembre de 1994. Cuatro colombianos son conducidos a las dependencias judiciales de Cambados. Por la calle Ourense pasan John Jairo Salcedo, Luis Aldemir Pulido, Abel de Jesús Vázquez y Hernando Gómez Ayala.
El día 12 del mismo mes, Manuel
Baúlo Trigo, el jefe del clan de Os Caneos, pasea por las cocina de la vivienda, en la calle Hospital, cuando su esposa, Carmen Carballo Jueguen, abre la puerta del garaje para que salga el perro y se encuentra con un desconocido armado con una pistola.
El intruso, acompañado por un
compinche, accede a la cocina. Baúlo tiene tiempo de llamar a voces a sus hijos. Con un disparo a bocajarro, John Jairo Salcedo corta de cuajo cualquier posibilidad de que pueda utilizar el teléfono.
Carmen Carballo observa la escena
mientras Abel de Jesús Vázquez le tapa la boca. Se resiste, y el sicario le pega un tiro: el proyectil le atraviesa la cara a la altura de la mandíbula y se aloja en el hemitórax izquierdo, afectándole la médula.
Una ambulancia los traslada al
Hospital Provincial de Pontevedra. Manuel Baúlo fallece y a Carmen Carballo la llevan al Hospital Xeral de Vigo. Desde entonces, se encuentra en una silla de ruedas. La respuesta de las fuerzas de seguridad es inmediata.
Tres días después son detenidos
los tres en Madrid. En una comisaría de Vigo se encuentra otro presunto implicado: Hernando Gómez Ayala.
Llega el momento de reconstruir
el argumento y determinar las causas que estarían en su origen.
El proceso se pone en marcha
cuando el cártel de Bogotá contrata a John Jairo, que tenía entonces 27 años; Luis Aldemir, de 23, y Abel de Jesús, con 28 años, para ajustarle las cuentas al jefe de Os Caneos. Los investigadores consideran a Gómez Ayala, un hombre vinculado al clan de Los Charlines, el organizador.
Desde Madrid se trasladan a Sabarís
(Baiona), para seguir los pasos del arousano. A continuación, Luis Aldemir viaja a Cambados y se hospeda en un hotel situado en Castrelo.
Cada mañana, este joven viaja en
bicicleta hasta Cambados para estudiar el mejor itinerario de huida cuando llegue el día señalado,pero su presencia no pasa desapercibida.
Carmen Carballo se fija en él. En
las diligencias judiciales, declara que lo había visto días antes del crimen. Le resulta extraño ver a quien creyó que se trataba de un turista en el mes de septiembre.
John Jairo y Abel de Jesús abandonan
su escondrijo, reciben las pistolas, viajan en un vehículo, ejecutan la acción y huyen. Luis Aldemir se aleja en la bicicleta.
Gómez Ayala había sido procesado
en la Operación Nécora, se encontraba en libertad provisional y tenía prohibida la salida de España cuando comete la imprudencia de hacer dos llamadas desde Portugal. Su teléfono está pinchado.
Los destinatarios son el propietario
de la vivienda de Sabarís (Baiona), un hombre procesado por asuntos relacionados con el narcotráfico, y el propietario del piso de Madrid donde están alojados los colombianos.
Un registro permite a los investigadores
hallar una foto en la que puede verse a John Jairo, Luis Aldemir y Abel de Jesús. Este documento pone de relieve que mienten cuando aseguran que no se conocen entre sí.
Los tres eran condenados a las
mismas penas: 19 años por el asesinato de Manuel Baúlo, 14 por haber intento acabar con la vida de Carmen Carballo y uno por tenencia ilícita de armas.
Los demás imputados son absueltos.
En esta lista figura Josefa Charlín, hija de Manuel Charlín, un hombre con el que el fallecido había mantenido a larga y fructífera relación. Las desavenencias surgidas entre ambos es una de la hipótesis que se barajan para interpretar lo ocurrido.
Los Charlines ocupan la cúspide
del negocio y tratan directamentecon los clanes colombianos que le suministraban la cocaína, mientras que Os Caneos se encargaban de la infraestuctura.
Cuando una patrullera se acercó
al ‘Halcón II’, en cuya bodega estaban alijadas tres toneladas de droga, sus tripulantes la arrojaron por la borda creyendo que podrían recuperarla, pero el contenedor donde se encontraba recibe un golpe y se esparce por el mar.
Los colombianos sospechan que
tratan de engañarlos, Baúlo reclama a Charlín el dinero por el trabajo y el vilanovés se niega a pagar. El cambadés se considera engañado y declara ante el juez Baltasar Garzón, con sus hijos Daniel y Anselmo. Le llega el recado de que se cierre la boca.
En 2006, la Audiencia Nacional
absuelve a los 25 miembros del clan, al entender que no había sido respetado el principio de contradicción en las declaraciones de Baúlo y dos de sus hijos porque las defensas no pudieron interrogarlos.
La segunda variante para explicar
lo acontecido es de corte sentimental. Daniel mantuvo relaciones con una hija de José Luis Charlín, Yolanda, salpicadas con una denuncia de ésta en la que lo acusaba de haberla agredido.
El 30 de octubre de 1996, la Audiencia
Provincial lo condenaba a dos años de prisión por agresión y tenencia ilícita de armas (le habían incautado una escopeta de cañones recortados y un revólver).
Ni este episodio, ni el procesamiento
de Josefa Charlín por el asesinato de su padre, puede frenar el descomunal impulso que provoca la atracción entre dos personas.
Actualmente, Daniel
vive con una hija de José Benito Charlín, hermano de Manuel y José Luis, que pasó del contrabando de tabaco al tráfico de hachís y fallecía al sufrir un paro cardíaco en mayo de 2005.

Diario de Pontevedra (21-12-2008)