viernes, 22 de abril de 2011

El huevo de la serpiente

Campos de fútbol: Se parecen a los campos de concentración, las masas se amontonan y vociferan. Hasta hace unos años estaban rodeados de vallas metálicas rematadas con alambre de espino. Simbología nazi y racista. A Víctor Jara, como a cientos de chilenos, lo asesinaron en el de Santiago, y el Olímpico de Kabul se utiliza para ejecuciones públicas (se pueden contemplar, previo pago de la entrada). Juntas directivas: Financian a los grupos ultras, les ceden espacios para que guarden su armamento, les pagan viajes y entradas, son corresponsables de la violencia que ejercen. Grupos ultras: Son la quintacolumna de las directivas y la máxima expresión de la figura del hincha; son la avanzadilla de las aficiones y realizan las tareas sucias, como los grupos que utilizan los gobiernos para ejecutar acciones violentas que no son desveladas hasta que ya prescribieron los delitos y se convierten en simples episodios históricos. Futbolistas: Se abrazan a los ultras, se hacen fotos con ellos, asisten a sus actos y siguen repitiendo la cantinela esa de que les prestan un gran apoyo cuando se enfrentan a los rivales, como si no fuese suficiente con las montañas de dinero que cobran por hacer lo que les gusta. Los medios de comunicación: Humillados, les pasaremos por encima, los aplastaremos... Son algunas de las expresiones de una terminología macarra al uso. El sistema: Niega el futuro y potencia el fútbol como una válvula de escape, evitando que el descontento se canalice a través de organizaciones que reivindiquen un cambio de rumbo. El huevo de la serpiente se incuba en este nido, pero la responsabilidad es la contrapartida de la libertad. El primer responsable de la muerte de Manuel Blanco Ríos es el autor de la patada. No el único.

(Manuel Blanco Rios murió a las puertas del estadio del Compostela, víctima de una agresión, cuando el equipo de Santiago se enfrentó al Deportivo de A Coruña.)

Diario de Pontevedra (10-10-2003)

Napoleón en A Illa de Arousa








Al borde de los 5.000 habitantes, el mar es la primera fuente de riqueza de A Illa de Arousa y la ocupación que genera es el argumento que explica porqué su índice de desempleo es tres veces inferior al que se registra en España.

Para entender la conformación social y económica del concello de más reciente creación de Galicia, cuya constitución data del año 1997, conviene viajar a la ciudad francesa de Nantes y a Canet de Mar, en Barcelona, además de hacerle un hueco en esta historia a Napoleón.

En el siglo XIX abundaba a sardina en las costas bretonas, cuyas fábricas de salazón abastecían los mercados, pero era un alimento perecedero, y el emperador Bonaparte necesitaba sustento para cientos de miles de soldados ocupados en el intento de conquistar Europa.

Convocó Napoleón un concurso de ideas, con una cuantiosa recompensa destinada a quien inventase un envase que conservase los alimentos en buenas condiciones durante un margen amplio de tiempo. El ganador fue un pastelero de Nantes, llamado Nicolás Dappert, con un cierre hermético de sardinas precocinadas.

Corría el año 1804, había nacido el ‘sistema Nantes’, y no tardó en tener noticia de este acontecimiento Juan Goday Gual. Este hombre forma parte de una generación de fomentadores catalanes que adquirieron terrenos en parcelas próximas al litoral gallego, propiedades, algunas de ellas, de nobles venidos a menos.

La empresa Conservas y Salazones Goday fue inaugurada en 1879, y su inquieto fundador contrató a Antonio Luis Zulueta y Zulueta, un francés de San Juan de Luz, que se encargó de dotar a la empresa del novedoso sistema.

Dos años después, el rey Alfonso XII visita la factoría, que se convierte en proveedora de la Casa Real y consigue los más importantes galardones en las exposiciones de pesca de Londres (año 1883), Amberes (1885), Cádiz (1887), Barcelona (1888), París (1889 y 1900) y Chicago en el año 1892.

Cuando cede la dirección a su hijo, Manuel Goday Goday, en el año 1892, está construido el edificio, aunque siguen siendo usadas las antiguas instalaciones de salazón, y la plantilla de trabajadores supera el centenar en una actividad con notables oscilaciones por su dependencia de las capturas.

Falleció Manuel Goday en 1937, y con el acceso a la dirección de dos de sus seis hijos, Manuel y José Antonio, la empresa entra en una época de crecimiento y vacilaciones. Con la idea de competir con las fábricas asentadas en Vigo, compran nuevas máquinas, son inflexibles con los trabajadores y ceden una parte de su poder a Banco Simeón, que entra a formar parte de una sociedad limitada.

La pequeña caldera de vapor, comprada en unos talleres de Marín, resulta insuficiente, y adquieren otra en una empresa de Logroño. Sucedió en el año 1941, pesa 47 toneladas y son necesarias tres semanas para trasladarla desde el muelle hasta la factoría, situada a 200 metros.

“La obsesiva, y casi patológica, manía de este empresario le hacía creer que sus empleados le estaban robando”, expone Juan Fernández Casal, refiriéndose a Manuel, en un libro titulado ‘Anecdotario de la conserva’, donde recoge trazos de la historia de la empresa en la que trabajó como jefe de fábrica entre los años 1950 y 1958 y se documenta este reportaje.

“Para el pueblo, eran los amos (…) disfrutaban de una gran influencia en los medios sociales, políticos y las altas esferas de la jerarquía eclesiástica”, subraya Fernández.

La “natural inclinación hacia la devoción religiosa” de las tres hermanas Goday, Jesusa, Carmen y Herminia, las llevó a tratar de usurpar iniciativas y funciones del párroco, que “tuvo que poner en su punto los límites de tal cooperación”, agrega.

También sufren tropiezos “las tres señoritas” en su faceta agrícola y ganadera, porque el pastor alemán que guardaba su afinca encontró día abierta la puerta del corral donde criaban doce gansos, de los que no dejó ninguno vivo, el negocio de venta de leche no resultó, y los empelados de la conservera se las arreglaban para evitar el férreo control que realizaban sobre la plantación y robarles sandias.

“Aquellas mujeres, con sus vestidos claros y vaporosos, pamelas de ala ancha y la característica sombrilla son, a mi juicio, la manera más fiel de reflejar esos recuerdos, ya casi diluidos, de aquellos tiempos” expone Fernández. “Entonces, el modelo de belleza femenina era mostrar una blancura deslumbrante, que era la manera de expresar que no estaban sometidas al trabajo al aire libre y pertenecían a una clase superior”, añade.

Son tiempos en los que la escasez de capturas y los métodos de fabricación anticuados provocan una crisis que desemboca en un enfrentamiento entre los dos hermanos, que se sustancia con la retirada de la gerencia de Manuel. José Antonio se hace cargo de toda la responsabilidad, pero fue incapaz de enderezar el rumbo, y la empresa cerró sus puertas en el año 1958.

Setenta y nueve años de actividad de los Goday también propiciaron la electrificación de A Illa de Arousa, que promovió esta familia catalana con la finalidad de garantizar un suministro estable de energía. No fue fácil la empresa, que comenzó con la solicitud del permiso en el año 1934, ante el desinterés de Fenosa y de la sociedad SGGE por una iniciativa que consideraban costosa y escasamente rentable.

El primer cable submarino para llevar la energía fue instalado en 1946, pero surgieron obstáculos: los contrabandistas necesitaban oscuridad, al igual que los furtivos. Esto explica que un trozo de 40 centímetros de cable hubiera sido pinchado en 37 ocasiones.

Con la experiencia acumulada, los Goday consiguen una subvención de 25 millones de pesetas para poner en macha una nueva instalación. Tienen que salvar la oposición del alcalde de Vilanova, Concello a que pertenecía entonces A Illa de Arousa, y las fuerzas vivas, en las que figuran representantes de conserveras cuyos encargados y responsables comenzaron su andadura en la fábrica propiedad de los catalanes.

Tampoco los vecinos afectados estaban por la labor y hubo amenazas de muerte. Fue necesaria una paciente labor de persuasión para vencer su resistencia. La tarea finalizó en el año 1980.

La construcción de un colegio también figura en su haber, al igual que la adquisición de un camión, que los vecinos bautizaron con el nombre de ‘A Cachonda’.

Juan Fernández Casal no entiende el motivo: “No era elegante ni bonita ni bien proporcionada ni modelo nuevo para asociar la palabra con los atributos que se le asignan a una mujer cuando reúne ciertos atractivos” argumenta.

El Muelle de Pau, situado frente a la Casa Consistorial, era conocido como el Muelle de Goday, una familia que construyó dos barcos de tres palos que surcaban el Océano Atlántico para exportar la producción a países sudamericanos y dos galeones de dos palos en los que transportaban la sardina, la caballa y el bonito desde Vigo además de surtirse de la materia prima procedente de la Ría de Arousa.

Hoy la factoría es un museo, y también se convirtieron en historia las otra ocho que llegaron a estar en activo, nacidas aprovechando la sinergia provocada por Juan Goday Gual a raíz de una invención desarrollada en Nantes, en cuyo origen figura Napoleón, que acabó sus días preso en la isla de Santa Elena.

La última fábrica de conservas echó el candado en 2002, 181 años después de la muerte de un emperador que dejó su huella en A Illa de Arousa sin haber llegado a pisarla.

sábado, 16 de abril de 2011

Cuando el ‘Xurelo’ puso proa hacia el Atlántico


Las grúas sobresalen en los extremos de dos cargueros holandeses de color verde situados en medio del mar. Unos operarios enganchan en los extremos de sus plumas la carga, entre tres y cuatro barriles de 200 litro de capacidad cada uno. Las cuatro grúas la elevan, giran y la dejan caer. Entre doce y dieciséis en cada maniobra.

Y así, durante varios años.

Que el océano Atlántico estaba siendo utilizado como un cementerio por varias empresas europeas que depositaban en él sus residuos radioactivos era un secreto a voces a principios de la década de los ochenta del siglo pasado.

La organización ecologista Greenpeace había denunciado que la Fosa Atlántica, un espacio de 2.500 kilómetros cuadrados y 4.700 metros de profundidad, situado a 300 millas náuticas, 700 kilómetros del litoral gallego, era el vertedero de ocho países.

En una sociedad que daba sus primeros pasos por una todavía tambaleante democracia, en la que a conciencia ecológica era muy incipiente, un grupo de gallegos decidió que aquello tenía que acabarse, y nada mejor que respaldar su denuncia con pruebas documentales.

Tenía que entrar por los ojos.

Fue así como Esquerda Galega (EG) se puso en contacto con la organización ecologista Greenpeace para organizar una expedición conjunta a la búsqueda de los barcos que estaban convirtiendo el mar en un inmenso basurero. Era el año 1981.

«Propuxémosllo a varios concellos da costa e non tivemos éxito, así que buscamos a maneira de facelo e atopamos receptividade na Confraría de Ribeira. Alí ofreceuse para ir Ángel Vila, patrón e propietario do ‘Xurelo’, un palangreiro de madeira», recuerda Manuel Anxo Méndez, uno de los participantes en la expedición y teniente de alcalde de EG entonces en Moaña.

La estrategia ya estaba decidida: el ‘Xurelo’ partiría del puerto de Ribeira (A Coruña) y el ‘Sirius’, de Greenpeace, zarparía desde el de Plymouth (Inglaterra), para encontrarse ambos en la Fosa Atlántica.

Con Ángel Vila y tres de sus marineros al frente, la tripulación estaba formada por doce jóvenes entre los que también figuraban los tenientes de alcalde de EG en A Coruña y Vigo, Gonzalo Vázquez y Francisco García; Enrique Álvarez, de la Sociedade Galega de Historia Natural; Roxelio Pérez, del colectivo ecologista Natureza, y varios periodistas. Entre ellos, se encontraban Manuel Rivas y el fotógrafo coruñés Xosé Castro.

«Á tardiña do día 15 de setembro, case clandestinamente, zarpamos », indica Méndez. «Tiñan moitas ganas de saír e marchamos pola nosa conta», apunta Ángel Vila.

Castro, que se había acercado a Ribeira con la intención de tomar unas fotografías de la salida, también subió al barco, «con lo puesto», puntualiza.

Era tal el entusiasmo, que no se echaron a atrás a pesar de que momentos antes recibieron la noticia de que el ‘Sirius’ había sufrido una avería y no podría apoyar al ‘Xurelo’.

«La única esperanza sois vosotros», decía el mensaje que les transmitió Remí Parmentier, de Greenpeace.

En este punto conviene recapitular. El ‘Xurelo’ era un barco con 20 metros de eslora y 69 toneladas de registro bruto, utilizado para la pesca de la merluza, que faenó en el banco de Marruecos y en la costa gallega.

«Para andar por aquí, a 40 ou 50 millas defendíase ben», apunta Vila. «¿Como vas ir?” preguntábanme no porto”, recuerda con una sonrisa.

Era lógica la extrañeza de sus compañeros de profesión cuando supieron la que se estaba preparando.

Se iban a unas 700 millas del litoral, alrededor de 300 kilómetros con doce tripulantes que no habían subido nunca a un barco. Les esperaban varios días de navegación en alta mar.

«Que movida, dicían cando o barco daba bandazos», comenta Angel Vila.

El ambiente era de fiesta y las vomitonas se sucedieron. «Fun o primeiro en marearme», desvela Méndez. Sólo se libraron dos: Francisco García y una periodista de El Progreso de Lugo.

La primera cena, preparada por Ciprián, el cocinero, sardinas con cachelos, se fue por la borda.

Tras el cambio de planes, este episodio estuvo a punto de frustrarse cuando el ayudante de Marina de Ribeira envió un mensaje al ‘Xurelo’ conminándolo a regresar. Entonces, ya se encontraba a 250 millas de Fisterra.

«A situación era moi tensa porque o patrón podería ser sancionado gravemente», expone Méndez. «Os militares aínda tiñan moito peso», agrega Vila.

Pero la repercusión mediática que había alcanzado el episodio hizo que las autoridades se retractasen, advirtiéndole de que, a la vuelta, estudiaría las posibles sanciones. «Xa que estamos aquí, imos», resuelve el ribeirense.

«Hoxe, calquera mariñeiro vai, como suele decirse, cos ollos pechados», dice Ángel Vila. Pero hace 29 años los barcos no contaban con los equipos de orientación actuales.

El ‘Xurelo’ disponía de un radar con alcance para 24 millas que estaba averiado y sólo cubría hasta 12, y unas cartas marinas con las coordenadas de la Fosa Atántica.

«O que máis valía era a experiencia do patrón», concluye Manuel Anxo Méndez. Vila puso rumbo al norte y enfiló hacia la punta de Monte Louro (Muros) y Fisterra, para trazar una diagonal desde este punto e internarse en el océano con la convicción de que la Fosa estaría enfrente.

El viento estaba en calma y el barco mantuvo el rumbo marcado, sin desviarse apenas del itinerario que, según las estimaciones de Vila, los llevaría al destino.

Era de noche y habían transcurrido casi dos días de navegación cuando despertaron al patrón para advertirle de que habían divisado dos luces en el radar: eran los dos cargueros holandeses en cuya búsqueda había salido.

Se pegaron a ellos, para seguirlos al amanecer cuando reanudaron el viaje hacia la Fosa Atlántica. Entonces descubrieron que estaban escoltados por una fragata de la Marina holandesa, una circunstancia nada extraña porque la acción, prevista inicialmente entre el ‘Xurelo’ y el ‘Sirius’, no era ningún secreto.

«Puxémonos entre eles facéndolle fotos e gravando en vídeos aquelas descargas de milleiros de barriles. A nosa satisfacción era inmensa porque desde terra nos comentaban a enorme repercusión que tiña a protesta», narra Manuel Ánxo Méndez.

Xosé Castro sacó sus cámaras, una Nikon F2 y una Mamiya, equipadas con objetivos 100-300 milímetros, y comenzó a disparar. Lo hizo durante una hora y tuvo tiempo de consumir ocho carretes en unas condiciones que distaban mucho de ser las ideales.

Enfrente tenía los cargueros ‘Louise Smiths’ y ‘Kristen Smiths’, con 6.800 toneladas de residuos.

«La fragata se nos puso a un lado y al otro teníamos a uno de los barcos. El nuestro, que era como un cascarón, parecía que iba a dar la vuelta», relata.

«No era muy recomendable estar allí», subraya el fotógrafo. «Nos marchamos echando chispas », añade después de precisar que podría haberse llegado a situar a unos 15 metros.

Aquellas fotografías que hizo un profesional, que hoy que tiene 69 años, está jubilado y vive en A Coruña, fueron la prueba evidente de que las denuncias que habían realizado los ecologistas no estaban asentadas en una fantasía ni el eran fruto de una mente calenturienta.

«Una bóla de neve que facía medrar a conciencia ecoloxista en Galicia e no resto de España. Eran as primeiras imaxes que se poderían ver en Europa», recalca Manuel Anxo Méndez.

Después, sembraron el mar de flores rojas a modo de ofrenda en un cementerio nuclear, mostrando las pancartas, gritaron y cantaron el himno gallego.

El barómetro indicaba que la presión comenzaba a bajar y podía acercarse una tormenta. Había llegado el momento de regresar. “O que tiñamos que facer xa o fixemos”, dice Ángel Vila.

Pusieron proa hacia Galicia, siguiendo el itinerario del viaje de ida, y cuando el litoral de Ribeira se divisaba en el horizonte, la tripulación se agolpaba en la cubierta.

Estaban entusiasmados porque su aventura había trascendido a los principales medios de comunicación del mundo. Algo iba a cambiar ya.

Varias decenas de simpatizantes esperaban la llegada del ‘Xurelo’. Pero se anticipó la Guarda Civil del mar, que los aguardaba a la entrada de la ría para identificarlos. «Escondí los carretes en los calzoncillos», desvela Castro.

Dos años después, en 1983, la Organización Marítima Internacional prohibía los enterramientos en el mar.


142.000 toneladas de residuos permanecen sumergidas

La acción del ‘Xurelo’ fue determinante para que varios países dejasen de usar la Fosa Atlántica como un vertedero, pero permanecen sumergidas 142.000 toneladas de residuos.

En un artículo titulado «Xurelo, o barco que cambiou os mares do mundo», el profesor y presidente de la asociación cultural Altofalante, de Ribeira, Luis Teira, subraya que su radiactividad supera el millón de curios, y el accidente de la central nuclear de Chérnobil liberó a la atmósfera cerca de 130.000.

«Los vertidos radioactivos no suponen ni supondrán peligro para esta zona ni para el litoral, ya que las corrientes alejan la posible contaminación procedente de esa área».

Esta sentencia fue emitida por el profesor alemán Werner Feldt, director de investigación del buque oceanográfico ‘Walter Herwing’, en 1985, sin precisar a qué lugar las pudo llevar.

Siguiendo las explicaciones del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN), el anterior presidente de la Xunta, Emilio Pérez Touriño, respondió que «los valores de radiación en el Atlántico son semejantes al resto de los mares».

Sin embargo, el CSN sólo realiza las mediciones en el litoral, sin revisar la intensidad en el punto donde se encuentran los bidones.

«A Fosa Atlántica debería ser obxecto de estudo por parte dos países que depositaron alí milleiros de toneladas de residuos radioactivos. O perigo de que aquela contaminación chegue a través da cadea alimentaria aos humanos é moi posible porque os bidóns están sometidos a unas presións fortísimas», advierte Manuel Anxo Méndez.

“La historia de Ángel Vila merecería ser llevada al cine”

«Si en vez de ser de Ribeira hubiera nacido en Gloucester o Devon, probablemente su historia hubiera sido llevada al cine y le pondríamos la cara de George Clooney o de Rusell Crowe», aventura Luis Teira, que se encargó de reunir a parte de los protagonistas con motivo del vigesimoquinto aniversario para rememorar el episodio.

«Pero Ángel Vila, patrón del ‘Xurelo’, sigue siendo casi un desconocido, excepto entre los pioneros del movimiento ecologista en España», añade.

Con 69 años y más de una década jubilado, Vila se toma la vida con calma y resta importancia se escribía con dos palabras separadas entre sí.

Mientras Manuel Anxo Méndez recuerda que entonces siempre hablaba de la necesidad de dejar un mundo mejor a los hijos y los nietos, Vila exponía la semana pasada su admiración «por aqueles chavales», que se atrevieron a subir al barco y jugarse el tipo.

También recuerda con satisfacción como el juez que le impuso la multa mínima de 1.000 pesetas (seis euros) para cada tripulante que había viajado sin estar enrolado, le dijo que estaba agradecido por lo que habían hecho y le aplicó la sanción mínima.

El ‘Xurelo’ fue desguazado en el año 2002. «Como nós, un día tamén teremos que pasar ó outro lado», comenta Vila.

Meses antes de que se hubiesen internado en el océano Atlántico para denunciar los vertidos, el teniente coronel Antonio Tejero había fracasado en su intento de golpe de Estado.

«Eran tempos difíciles», reconoce mientras apura un descafeinado en una cafetería situada en la calle General Franco de Ribeira.

Fotos: Xosé Castro, F.S.

Diario de Pontevedra (28-02-2010)

miércoles, 13 de abril de 2011

Palabras envenenadas

Las palabras pueden envenenar. La manipulación de los pensamientos comienza por la del vocabulario que se usa para transmitir las ideas. "Pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo del tiempo se produce el efecto tóxico". Esta frase es del filólogo judío Víctor Klemperer, que estudió minuciosamente la utilización de la lengua por Aldof Hitler y sus secuaces para adormecer las conciencias como paso previo a la acción bélica. Los aventajados alumnos del Fhurer llaman rescate al chantaje. Primero hunden las economías de los países más débiles, y cuando andan a la deriva les lanzan un flotador para que no se hundan, que le van a cobrar a precio de extraperlo. Irlanda, Grecia y Portugal. En realidad, lo que salvan son los intereses de los grandes bancos europeos, que temían por el futuro de sus fructíferas inversiones, a costa de asfixiar a millones de ciudadanos. De esta tarea sucia se encargan los gobiernos, aplicando planes de ajuste salvajes. Son mercenarios, cómplices y marionetas de quienes les dejan un pedacito de la tarta, y traicionan el contrato establecido con sus votantes en las elecciones. Antes Hitler y ahora los mercados. Son pozos sin fondo, fieras insaciables. Ceder conduce al precipicio. Islandia puso el contrapunto en la urnas, negándose por dos veces a entregar 4.000 millones de euros a un banco con tentáculos en Holanda y el Reino Unido. "La peor de las opciones", sentenció el primer ministro de un gobierno que se autodefine de centroizquierda y no tiene la dignidad necesaria para presentar la dimisión. Falso: la mejor.

domingo, 10 de abril de 2011

Un arrozal en As Torres de Catoira


«No se puede consentir, señoría, que un pueblo soliviantado actúe de la forma que lo han hecho estos vecinos de Oeste por defender unas marismas que son improductivas y unos muros viejos e irrelevantes».

Con estas palabras cerró su intervención el abogado de tres emprendedores que se encontraron con el rechazo frontal de los vecinos de una parroquia de Catoira a sus planes, en la vista oral de un juicio celebrado en el año 1945.

Durante la soleada mañana del día 12, domingo, las garzas paseaban tratando de capturar alguna trucha por los serpenteantes canales que traza el agua, horadando la tierra cuando sube la marea y el río Ulla invade el humedal.

Cerca del lugar elegido para buscar la pitanza, unha niña se desliza río arriba en un kayak de color rojo, siguiendo un itinerario paralelo a los restos de la muralla que sirvió de fortificación levantada como protección ante las embestidas de las tribus del Norte.

El asunto que se dilucidaba en aquella sesión judicial eran las presuntas responsabilidades en las que habían podido incurrir un grupo de catoirenses que se pusieron al frente de toda una muchedumbre que un día decidió impedir que la junquera donde se encuentran las Torres de Oeste se convirtiese en un arrozal.

La desafortunada proclama del letrado de los industriales que pretendían convertir la desembocadura del río Ulla es una especie de Delta del Ebro o en un paisaje similar a los que pueden verse en Indochina hizo saltar de sus casillas a Isidoro Millán, que defendía a los vecinos.

«Muros irrelevantes... sabiendo que formaron parte de la estructura del castillo donde falleció don Cresconio, en 1068, castillo que él había levantado a costa de tantos desvelos y tantos afanes para defensa de la religión y de la patria cuando era obispo de Iria, al suceder a Bernardo III», le recordó a su colega en un encendido e ilustrativo discurso.

«Muros irrelevantes, los que mandó construir el primer arzobispo de Compostela, don Diego Gelmírez, en 1108», añadió antes de hacerse una pregunta demoledora para su rival: «¿Se pueden llamar ‘muros irrelevantes’ a unas torres cargadas de historia?»

«No se puede consentir, señoría, que un pueblo soliviantado actúe de la forma que lo han hecho estos vecinos de Oeste por defender unas marismas que son improductivas y unos muros viejos e irrelevantes».

Con estas palabras cerró su intervención el abogado de tres emprendedores que se encontraron con el rechazo frontal de los vecinos de una parroquia de Catoira a sus planes, en la vista oral de un juicio celebrado en el año 1945.

Durante la soleada mañana del día 12, domingo, las garzas paseaban tratando de capturar alguna trucha por los serpenteantes canales que traza el agua, horadando la tierra cuando sube la marea y el río Ulla invade el humedal.

Cerca del lugar elegido para buscar la pitanza, unha niña se desliza río arriba en un kayak de color rojo, siguiendo un itinerario paralelo a los restos de la muralla que sirvió de fortificación levantada como protección ante las embestidas de las tribus del Norte.

El asunto que se dilucidaba en aquella sesión judicial eran las presuntas responsabilidades en las que habían podido incurrir un grupo de catoirenses que se pusieron al frente de toda una muchedumbre que un día decidió impedir que la junquera donde se encuentran las Torres de Oeste se convirtiese en un arrozal.

La desafortunada proclama del letrado de los industriales que pretendían convertir la desembocadura del río Ulla es una especie de Delta del Ebro o en un paisaje similar a los que pueden verse en Indochina hizo saltar de sus casillas a Isidoro Millán, que defendía a los vecinos.

«Muros irrelevantes... sabiendo que formaron parte de la estructura del castillo donde falleció don Cresconio, en 1068, castillo que él había levantado a costa de tantos desvelos y tantos afanes para defensa de la religión y de la patria cuando era obispo de Iria, al suceder a Bernardo III», le recordó a su colega en un encendido e ilustrativo discurso.

«Muros irrelevantes, los que mandó construir el primer arzobispo de Compostela, don Diego Gelmírez, en 1108», añadió antes de hacerse una pregunta demoledora para su rival: «¿Se pueden llamar ‘muros irrelevantes’ a unas torres cargadas de historia?

En un episodio que formará parte de un libro de próxima publicación, su autor, Pepe Castaño, asegura que los encargados de la sala y algunos asistentes al juicio vieron como el abogado de los industriales se acercó a ellos para decirles al oído: «¡Estamos perdidos!, ¡No hay nada que hacer!».

Superados los 90 años, Agustín Dios, conocido como Agustín das Pedras, que como tantos catoirenses trabajó en el restaurante de Ricardo Dios en Fuencarral (Madrid), vive en el lugar cuyo nombre sirve para identificarlo, en su parroquia natal, Santa Baia de Catoira.

Constantino de Pasqualiño, que anda cerca de las nueve décadas de existencia y fue empleado de la factoría de cerámica Cedonosa, sigue cuidando las fincas durante los fines de semana, cuando su hijo lo trae desde A Pobra, donde vive, hasta Catoira.

Un cantero llamado Manuel de Benito; Antonio de Freijó, que se dedicaba a la labranza, como Francisco de Marcelo y Dolores Pérez (a de Hipólito), hermana de uno de los promotores, que se ocupaba de su casa, fallecieron.

Los cuatro, junto con Constantino de Pascualiño y Agustín das Pedras, formaron la avanzadilla que impidió la conversión del humedal en un arrozal, fueron procesados por ello y salieron absueltos.

La idea partió de un grupo de tres personas: Alejando Pérez y Faustino Isorna, de Catoira, y un vilagarciano apellidado Gallego. En los albores del siglo pasado, Pérez viajó a Buenos Aires para cumplir un recado de su madre: hacer que su padre, que vivía con una mujer, regresase a casa.

Además de realizar la misión que le había sido encomendada, durante su corta estancia se cruzó con la diosa fortuna y logró una importante suma de dinero en un sorteo de lotería.

Después de emplearlo en diversos negocios cuyo denominador común fue el fracaso, y de haber tratado de poner en marcha diversa iniciativas empresariales con el mismo resultado, se asoció con Isorna y Gallego.

Faltaban 15 años para que un grupo de intelectuales pusiesen en marcha el embrión de la Romaría Vikinga y tanto el humedal como las torres no habían adquirido el rango de señales de identidad del concello de Catoira.

La protección del medio ambiente era una expresión que no se utilizaba, pero se practicaba. Así, los vecinos se abastecían de juncos que acababan en las cuadras de las vacas, donde se convertían en estiércol que después alimentaba sus fincas, o servían para la elaboración de cestos.

Conseguidos los permisos, el trío de emprendedores comenzó a levantar un muro que hiciese las funciones de dique de contención paralelo al río para regular la entrada del agua.

Comenzaron a llegar gabarras con piedras que los canteros asentaban una sobre otra mientras crecía el descontento vecinal. Pero de nada habían servido los escritos enviados a los organismos competentes con el aval de técnicos.

Así que, cuando el muro ya había alcanzado una altura considerable, el cura, Avelino Fernández,se reunió con el vecindario y lo animó a que se concentrase en las Torres de Oeste con los aparejos necesarios para derribarlo.

Para esquivar cualquier responsabilidad, encargó a un chaval que diese la señal de ataque tocando la campana de la iglesia de una manera previamente convenida.

Dicho y hecho. Su sonido levantó una mañana al vecindario, que siguió la consigna. Se encaminaron mujeres y hombres, niños y viejos, con canteros expertos al frente para dirigir la operación. Cuando llegaron ya estaba esperándolos la Guardia Civil, que levantó acta de lo ocurrido.

Una colecta permitió recaudar fondos para pagar las fianzas y los gastos del proceso judicial, cuyo resultado fue favorable, pero la resolución judicial no había logrado apaciguar la inquietud.

Un día, el fuego consumió por completo la caseta de obras del trío de emprendedores. Nadie supo cómo había comenzado el incendio. Tampoco se lo preguntaron con insistencia, y todos durmieron tranquilos desde entonces.


Foto: Archivo de Pepe Castaño

Diario de Pontevedra (9-01-2011)