viernes, 17 de junio de 2011

Charpo cae y el temor permanece

«Durante la noche no fui capaz de dormir, y empezaba a hacerlo al amanecer cuando abrí los ojos y vi el camión que se me echaba encima. Esa imagen no se me olvidará jamás», comenta Laura Álvarez.

La escena se produjo frente a la entrada de Charpo, en Vilanova, durante el convulso inicio de la década de los noventa, cuando un grupo de trabajadoras se rebeló contra los Charlines.

«Pegaron a las embarazadas, usaron una manguera de agua a presión, palos con puntas e intentaron rociarnos con sosa cáustica», comenta María Campos.

«Pasó hace 21 años, entonces no teníamos idea de nada, todo lo que sabíamos era trabajar, queríamos hacer algo pero no sabíamos qué», agrega Laura.

Ambas rondaban la veintena cuando entraron en la empresa, y el primer concepto que trataron de grabarles a fuego los Charlines fue que hay una hora de inicio de la jornada, ninguna fija de salida, y nadie podía hacerlo de día, tanto en verano como en invierno.

Muchas veces, se prolongaban durante 24 horas, con un mínimo descanso que aprovechaban para dormir en cualquier rincón o comer un bocadillo, y a quienes rechazaban la orden de presentarse los sábados les descontaban el sueldo de la semana, relatan.

De poco valía que se estropeara una máquina y que este percance paralizase la producción. «De aquí no sae ninguén», ordenaba Josefa Charlín, la hija de los patriarcas, que arengaba a los trabajadores para que agrediesen a quienes reivindicaban sus derechos. «¡Vamos a por elas!», gritaba.

Entre el cocedero y la factoría conservera, la plantilla superaba de largo el centenar de componentes, que parecían resignados a su suerte cuando un grupo, formado por trabajadoras jóvenes y sin complejos dijeron basta.

«Fuimos a la UGT, nos dijeron que teníamos que afiliarnos y nos recomendaron que no nos metiésemos con esa gente, y en CC OO nos respondieron que el abogado no pasaría hasta tres o cuatro días después», dice María.

A las que sufrían un accidente le entregaban una de las tres tarjetas de afiliación de la Seguridad Social que pagaba la empresa, sin importar a nombre de quién estuviese, porque además de la indiferencia sindical, también contaban con la complicidad de la mutua donde recibían la asistencia sanitaria

«Nadie nos quería ayudar cuando pronunciábamos la palabra Charpo y decidimos encerrarnos en el Concello de Vilanova», apunta Laura. Contaron con el apoyo del entonces alcalde socialista Manuel Dios, y un conflicto hasta entonces silenciado se encaramó a las portadas de periódicos y noticiarios.

El fin de semana en la Casa Consistorial transcurrió salpicado por los sobresaltos provocados por los secuaces de los Charlines, que rompieron varios cristales a pedradas, al tiempo que las conminaban a salir.

Entre quienes descubrieron que un centenar largo de trabajadores de Vilanova vivían sometidos a un régimen de terror se encontraban dos mujeres de la Organización de Traballadores do Salnés (OTTS).

Se dirigían a la playa y cambiaron el rumbo del vehículo para acudir al Concello de Vilanova al enterarse del encierro a través de la radio, convertiéndose en aliadas de las operarias.

Fue entonces cuando quedó de relieve la brecha entre los sindicatos más representativos, UGT, INTG y CC OO, y la OTTS, a la que llegaron a calificar de «quincalla del sindicalismo».

La bola de nieve había comenzado a rodar cuesta abajo y su tamaño crecía a medida que avanzaba metros. Fue el inicio una serie de despidos, a la que siguió siempre la orden de readmisión desde instancias judiciales.

Cuando las cartas ya estaban boca arriba, decidieron desplazarse hasta Vilagarcía y encerrarse en la sede del Partido Popular. A estas alturas, las medidas ya no eran improvisadas.

La decena larga que se había rebelado contra la opresión se había convertido en más de 60, que se turnaron durante un mes en el piso del partido cuyo presidente, Manuel Fraga, gobernaba Galicia. «Era pequeño, dormíamos en las sillas y hacíamos escapadas a nuestras casas», dice Laura.

Galicia comenzaba a responder a su llamada de ayuda, que se materializó en un festival para recaudar fondos. Las amenazas de los Charlines impidieron usar las lonjas o los pabellones de Vilanova y A Illa, por lo que se celebró al aire libre ea A Illa una noche de invierno. «La más fría que recuerdo, pero tuvimos todo el calor del público», apunta Laura.

Entre otros, estuvieron Antón Reixa y Méndez Ferrín. Tereixa Navaza aprovechó el espacio informativo de TVE Galicia dedicado a las predicciones meteorológicas para desear que ese día luciese un sol muy grande en A Illa.

Y después alquilaron una roulotte que aparcaron frente al edificio del Parlamento, en la calle de O Hórreo de Santiago. Allí, dos trabajadoras permanecieron en huelga de hambre durante 120 horas.

El presidente en funciones de la Xunta, Dositeo Rodríguez, recibió a una delegación, ante la que se comprometió a instar a la dirección de Charpo a que aceptase la mediación del Gobierno gallego, y también los escuchó el conselleiro de Traballo, Manuel Pérez, al que abordaron en Soutomaior.

Estamos en la recta final del año 1990 y los Charlines ya eran unos personajes tan conocidos como odiados en España a raíz de la operación Nécora, dirigida por el juez Baltasar Garzón.

Era tal su desfachatez que una de las hijas del patriarca llegó a acusar a las trabajadoras díscolas de haber provocado la operación, y su ingenuidad alcanzaba el punto de que algunas se lo creyeron en un primer momento.

En este escenario dejó su tarjeta de visita el Exército Guerrilleiro do Povo Galego Ceive, colocando varias bombas en propiedades de narcotraficantes situadas en Vilagarcía y Vilanova

Perdida la batalla de la opinión pública, comenzaba un largo proceso judicial que acabaría con todos los componentes del clan entre rejas, en paralelo con las incautaciones y embargos de las propiedades que amasaron por medio del narcotráfico a gran escala.

La actividad productiva continuó en un clima de terror y matonismo hasta que Charpo fue intervenida y puesta bajo la dirección de un administrador judicial.

Y entonces se produjo la paradoja: lo que no habían conseguido los Charlines, cerrar la empresa, lo hizo el Gobierno. No le importó que la maquinaria hubiera sido renovada poco antes. «Era viable, pero la abandonaron», lamenta Laura.

Hoy solo quedan ruinas y podredumbre. Una empresa valló las instalaciones, y cuando desmonte la cubierta llegará el momento de tirar las paredes y retirar el letrero con el acrónimo formado por los apellidos Charlín y Pomares.

El el solar será levantado el teatro Valle-Inclán, el creador del esperpento. «La dejaron arruinar y ahora no importa que la derriben. Lo que nos duele es que hoy podíamos estar trabajando ahí», lamentan Laura y María. Los exoperarios todavía tienen pendiente el cobro de casi 1,5 millones de euros.

El miedo que provocan los Charlines no desaparecerá cuando caigan las paredes y es la razón por la que los nombres usados en este reportaje non se correspondan con los de las personas que accedieron a contar sus experiencias.


Foto: José Luis Abalo

Diario de Pontevedra (5-6-2011)

Vioque, aprendiz de capo con toga

Si hubieran cristalizado las gestiones realizadas en la década de los ochenta, narcotraficantes y contrabandistas gallegos hubieran constituido una organización similar a la Cosa Nostra.

Se trataba de articular un órgano encargado de precisar las áreas de actividad de cada grupo y solventar los problemas que pudieran producirse entre sus miembros. La idea había partido de un personaje con gran ascendencia en el gremio: Pablo Vioque Izquierdo.

Una España en crisis económica que salía de la dictadura era sometida a un profundo cambio y el poder tenía otras prioridades, como combatir el terrorismo. Los negocios iban viento en popa.

Sin embargo, los recelos, la represión y las declaraciones de dos arrepentidos, Ricardo Portabales y Manuel Vázquez Padín, hicieron fracasar el proyecto.

Nacido en 1953 en Cáceres, se presentó en Vilagarcía en 1975 con el título de abogado debajo del brazo después de haber sido profesor agregado en la Universidad de Murcia, adonde se había desplazado para estudiar la carrera.

El joven y brillante letrado jugó en el equipo de balonmano de Carril y fue secretario de la Federación de Empresarios de la Comarca de Arousa. Los contrabandistas necesitaban que alguien les asesorase para poner a buen recaudo el dinero. Ese profesional era Vioque, al que empezaban a conocer como Don Pablo.

Se le atribuye un intento de soborno a una traductora para que cambiase una declaración de varios contrabandistas griegos y a una intervención ante el juez Rodriguez Hermida que permitió al mafioso Antonio Bardellino y a Oubiña abandonar la prisión.

También medió en la compra del Pazo Baión por Laureano Oubiña, quitándose así un lastre de encima al haberlo adquirido, formando parte de una sociedad, para poner en marcha un negocio que había resultado ruinoso.

Suyo es el protagonismo en la compra y venta de parcelas de marisqueo en Carril, que acabaron en manos individuos relacionados con el narcotráfico, y no permaneció al margen de la política.

Había conseguido la plaza de secretario de al Cámara de Comercio de Vilagarcía, marcaba la agenda a los presidentes y se hizo con el control de Alianza Popular de Vilagarcía. Pablo Vioque Izquierdo fue el artífice de la entrada masiva de contrabandistas en el partido. Cuando en Alianza Popular se percataron del riesgo, le cerraron el camino.

El siguiente paso fue subirse a lomos de Coalición Galega. En el ámbito municipal, auspiciaba en una candidatura con la que lograba vengarse de su antiguo partido (ahora, PP) y desbancar de la Alcaldía José Luis Rivera en 1991.

Pero es imposible engañar a todos siempre. Luis Falcón -conocido entonces con el apelativo de Falconetti y propietario hoy de una inmobiliaria-, entraba en prisión en 1988 por su relación con un alijo de una tonelada de hachís incautada en Hondarribia. Después de seis años entre barrotes, este hombre, que se sentía estafado, fue el primero que lo vinculó con el narcotráfico.

Y su estrella comenzó a perder brillo el 17 de marzo de 1992, cuando el tesorero de la Cámara de Comercio, José Manuel Vilas, caía abatido por dos balazos en Benavente (Zamora). A su lado se encontraba el vicepresidente, Luis Jueguen, que salió ileso.

Las primeras investigaciones ponían de relieve que los autores del crimen habían sido unos sicarios colombianos, y el sentido común decía que el origen del asesinato no estaba relacionado con los negocios legales de ambos. Todos los indicios a apuntaban el la misma dirección: el narcotráfico. Tuvo que correr el tiempo para que los acontecimientos recompusiesen el puzzle.

Estamos en 1995. Con el ambiente más enrarecido que nunca, el presidente de la Cámara, José Vilas, le pide que deje la secretaría. Vioque fuerza su cese. En julio, la Xunta interviene esta institución, que inició una nueva etapa.

El letrado tenía una cuenta pendiente, y se encargaron de pasar le la factura Manuel Vázquez Vázquez y Juan Carlos Sotelo Martínez ‘Os Piturros’, que habían participado en una operación para introducir 1.900 kilos de cocaína, en el barco ‘Dobell’ en compañía de Pablo Vioque.

Un naufragio, frente a Cedeira (A Coruña), había provocado la pérdida de una parte. Quedaban 500 kilos. Había devuelto 300 a sus propietarios, un grupo de colombianos, y se quedó con 200. De ellos, en 1991 incautaban 15 en Valencia y 30 en Madrid. Su avaricia resultó fatal y explica el crimen que había tenido lugar frente a la entrada del Parador de Turismo de Benavente.

Parecía haber logrado esquivar la responsabilidad judicial, hasta que Os Piturros lograron que el juez Baltasar Garzón escuchase su denuncia, tras haberlo intentado sin éxito ante su colega Gómez de Liaño.

Le impusieron 18 años de prisión, mientras que el Tribunal Supremo anulaba otra condena, de 15 años, relacionada con un alijo transportado desde Argentina 1.800 kilos de cocaína en la Operación Más Madera.

Entre rejas escribió el penúltimo capítulo de su historia delictiva. Vioque tramaba el asesinato del fiscal Antidroga, Javier Zaragoza, y en su lista también figuraban sus dos abogados y Os Piturros. Pero el aprendiz de capo con toga encargaba el trabajo a un soplón de la Guardia Civil, y le cayeron otros siete años y medio años de presidio.

Aunque tendría que haber permanecido a la sombra hasta 2020, eludió la cárcel al sufrir un cáncer. El informe forense del Juzgado de Vigilancia Penitenciaria precisaba, en junio de 2007, que “le queda poco tiempo de vida tras sufrir una matástasis hepática”. Desde entonces, vive en Cáceres.

Diario de Pontevedra (23-11-2008)

sábado, 11 de junio de 2011

Cuando don Ero cruzó Portalén

Cuenta la historia que don Ero, señor feudal de A Armenteira (Meis), fue un noble cortesano y mayordomo del Rey Alfonso VII. Él y su esposa vivían amargados por no poder engendrar descendencia. Inspirado por la Virgen, decidió abandonar los asuntos mundanos y entregar su vida en favor de la regla cisterciense. Corría el año 1167.

Don Ero transformó su castillo, situado en el monte Castrove, en un monasterio bajo la advocación de Santa María. Poco después, su amistad con el Rey facilitó su nombramiento como abad y recibió numerosos regalos; entre ellos, un terreno en el monte de O Seixo, donde convergen los concellos de Beariz (Ourense) y Forcarei, Cerdedo, Cotobade y A Lama, de la provincia de Pontevedra.

El noble transmitió al Rey el interés del monasterio por beneficiarse de las tierras situadas en O Seixo. El rey aceptó la petición, pero haciendo gala de su retranca, le otorgó en dádiva la superficie que abarcase la piel de un buey.

Don Ero cortó la piel en cuatro tiras de 5.572 metros, formando un cuadrado de unos 30 kilómetros cuadrados de superficie. Es la llamada Legua do Frade, situada en A Barcia (A Lama).

Al rey de Galicia no le quedó más remedio que reconocer su agudeza y aceptar la solicitud, subraya Calros Solla en su libro ‘Monte do Seixo. O santuario perdido dos celtas’, en el que está documentado este artículo.

Sabía muy bien el religioso qué buscaba en aquellas cumbres, porque en A Legua do Frade se encuentran la mámoa Grande, donde está sepultado un visionario conocido con el nombre de O Tecelán de Carballás (Cerdedo), la mámoa de Xestido, situada cerca de una laguna del mismo nombre que inundó la mítica ciudad de Trentinán durante el dominio de los romanos; la Fonte do Urce, una piedra cubierta con grabados cruciformes, un milladoiro o la nevera de Cimadevila.

En el Archivo Histórico Provincial de Pontevedra se conserva una copia de copia de la carta de la donación hecha por el Rey Fernando II, heredero de Alfonso VII, donde se certifica todo lo expuesto, subraya Solla.

No acaba aquí la historia. Don Ero alcanza la categoría de santo cuando le pidió a la Virgen una prueba de la existencia del Paraíso, al tiempo que quedaba atrapado por las notas del canto de un ruiseñor. Entró en trance, y así pasaron 300 años.

La comunidad cisterciense escuchó, gozosa, sus explicaciones. Poco después de haber revelado su peripecia, falleció el santo.

La cristianizada leyenda del viaje al Paraíso se repite en las naciones celtas: los príncipes irlandeses Bran mac Febal y Maelduin, los abades San Brandán y San Amaro o el monje gallego Trezenzonio también fueron protagonistas de periplos denominados immrama en la lengua gaélica.

En este punto del relato conviene desvelar que entre las estaciones míticas situadas en el territorio anexionado a los dominios del monasterio de A Armenteira figuraba Portalén, un monumental conjunto pétreo que está considerado como un lugar de tránsito a otra dimensión de la vida.

Quizá no fuese casualidad que la talla de San Ero lo represente con un pedazo de pan en su mano izquierda y un pájaro sobre su hombro, ya que esta especie forma parte de la fauna de ultratumba, y se tiene por costumbre acudir a Portalén en el Samaín para cruzar el umbral, hablar con los difuntos y obtener respuestas que llegan a través del viento, dejando como ofrenda un pedazo de pan y unas velas encendidas.

Portalén es la frontera entre dos mundos, pero todo aquello que vieran y escucharan los viajeros en la otra dimensión es un secreto que debe quedar guardado eternamente, porque a aquel que incumpliese la promesa la voz se le volverá ronca o sufrirá males peores. Cabe recordar que San Ero falleció poco después de haber narrado su viaje de tres siglos de duración.

Diario de Pontevedra (28-12-2009)

La historia a la hora de la sobremesa

Pudo morir abrasado, que le hubiesen aplastado el cráneo o recibir cuatro tiros. Pero el destino quiso que Ricardo Dios viviese 99 años, en los que compartió charlas y sobremesas con Alexander Fleming, Severo Ochoa, José Banús o William Barron Hilton.

Nacido en Catoira en el año 1906, en una familia de siete hermanos y unos padres que vivían del campo, su infancia fue corta. No le gustaba ir a la escuela. Para evitarlo, un día apiló leña, se metió enmedio y le prendió fuego. Cuando se percató de lo que había hecho, sus gritos alertaron al vecindario, y salió indemne.

«Vostede non me vai tirar nada, pero sáquese de aí que lle pode escapar das máns, e entón si que me mata», le respondió a Francisco de Guillermo, un vecino enojado porque le había sacado el carro en la noche de San Juan para dejarlo frente a la iglesia. Esta escena se desarrolló con Ricardo Dios en el interior del pozo de su casa.

Debilucho y pillo, lo tenía tan claro cuando era un chaval que llevaba las vacas a pastar como a los 30 años, el día que decidió desertar de la zona roja para pasar a la dominada por las tropas del general Franco en Brunete (Madrid).

No sintonizaba con los republicanos, pero la guerra lo sorprendió en una zona que dominaban, y sus comentarios negativos habían llegado a oídos de sus superiores.

El mando de su compañía pronunció su nombre y le ordenó que lo acompañase. El resto del guión ya lo sabía: un tiro por la espalda. La mediación de otro mando evitó el trágico desenlace a última hora, y como sabía que estaba marcado y acabaría siendo asesinado, cruzó la alambrada durante la noche.

Después de ser investigado, las autoridades del bando nacional lo dejaron en libertad y regresó a Catoira, pero por poco tiempo porque en Madrid había dejado a sus esposa, Pilar de la Morena, a sus dos hijos y un restaurante alquilado que, con el paso del tiempo, acabaría convirtiéndose en el punto de encuentro de los personajes más famosos de la época.

Como le sucedió a tantos jóvenes, el futuro de Ricardo Dios empezó a perfilarse a los 19 años, cuando el servicio militar lo llevó a Ferrol, y desde allí a Santander. Fue en esta ciudad donde supo hacerse valer, y ganar su primer sueldo, de 20 pesetas, que le pagaba un superior con el que trabajaba de ayudante.

De regreso a Ferrol, fue el asistente de otro alto cargo y se echó una novia que acabó zoscándole un golpe con el hierro de la cocina. Las relaciones entabladas durante su vida militar le sirvieron para encontrar trabajo en la casa de un tío del Padre Llanos, el promotor del Pozo del Tío Raimundo, en Madrid, en 1930.

Dos años después, lo llaman desde el restaurante El Mesón, situado en la carretera de Colmenar. Aceptó la propuesta y las cosas se torcieron pronto, pero tuvo tiempo para ganarse la confianza de sus propietarios, que se lo cedieron en régimen de concesión por 40.000 pesetas.

Fue una etapa muy dura, en la que se abastecía de leña que transportaba desde el monte del Pardo en bicicleta o a lomos de un burro. Cuando estaba tratando de levantar el negoció, estalló la Guerra Civil y los milicianos invadieron el establecimiento.

Su vida dio otro giro y acabó en una colectividad de labradores de Viñuelas, donde hacía la comida de los soldados y trabajaba la tierra ayudado por dos bueyes, llamados Carbonero y Sevillano, antes de ser llamado al frente en Brunete, donde escapó, primero de la muerte y después de las tropas que apoyaban la República.

Tras en reencuentro con su familia, aguardó a que finalizase la guerra para regresar a Madrid, encontrándose con la sorpresa de que El Mesón había sido confiscado, pasando a propiedad de una orden religiosa.

Ricardo Dios estaba tan convencido del éxito del restaurante que no dudó en pagar 5.300.000 pesetas a las monjas después de una negociación en la que ambas partes habían acordado un precio menor, que las religiosas subieron a última hora. Jubilado ya, en su casa de Catoira comentó que habría desembolsado el doble si se lo hubiesen reclamado.

Y entonces comenzó la historia de un restaurante en el que trabajaron más de un centenar de vecinos de Catoira. No era un establecimiento al uso. Ricardo Dios también compró varias hectáreas de terreno en las inmediaciones del establecimiento, donde crío vacas, cerdos o aves, además de cultivar legumbres variadas y fabricar jabón.

Sus vecinos se encargaban de todo, desde la construcción de las mesa hasta servirlas como camareros, o las obras de reparación y mantenimiento, pasando por la matanza de los animales y la elaboración de la comida.

Se puso de moda, y una tarde se presentó Carmen Franco, acompañada por la hija del general Varela, con la intención de merendar, pero no contaban con la cartilla de racionamiento.

Agustín, el hermano de Ricardo, le negó el pan que solicitaban, pero tuvo el tacto necesario como para ofrecerles unas gallegas de fabricación propia. Ellas se fueron tan felices y El Mesón recibió una felicitación de la autoridades por no haber hecho excepciones.

A partir de la década de los 50 llegaron los mejores momentos del negocio. Cochinillo, cordero, perdices, merluza al pincho, callos o paella eran algunos de los platos más solicitados.

‘Vajilla tosca, mantel limpio y buen yantar’, era el lema del restaurante, en el que Ricardo Dios compartió mesa y mantel con el descubridor de la penicilina, Alexander Fleming, Premio Nobel de Medicina, al igual que otro cliente, Severo Ochoa.

También tuvo tiempo para departir con José Banús Madsdedeu, el promotor de urbanizaciones y complejos residenciales en la Costa del Sol, conocido entonces como ‘El constructor del Régimen’, o el actor mexicano Fortino Mario Moreno Reyes ‘Cantinflas’, que causaba furor.

El presidente de la cadena de hoteles Hilton, William Barron Hilton, se dejó ver por allí, y además de saciar el apetito con una paella, su comida campera contó con la presencia de burros y carros cargados de paja, que trajeron desde Alcobendas para que el excéntrico padre de Paris se hiciese una foto de recuerdo.

El rey Hassán II de Marruecos dio una propina de 70.000 pesetas a una prostituta que le contrató un intermediario de Vigo.

Carmen Sevilla, Augusto Algueró, el rey Juan Carlos; su padre, Juan de Borbón, o el expresidente de Italia, Sandro Pertini figuran en la amplia relación de comensales de El Mesón, que también sirvió de plató para el rodaje de películas como ‘Cuernos de mujer’, ‘Historias de la radio’ o Anillos de oro’, que reportaba a su propietario 200.000 pesetas por medio día de alquiler.

No quedó constancia del menú elegido por Moisés Kapenda Tsombe, pero lo que está acreditado es que la comida que ingirió en su restaurante fue la última que disfrutó en libertad, porque el avión en el que regresaba desde Madrid el líder de la revuelta secesionista en el estado de Kampala (Congo) fue secuestrado y desviado a Argelia, donde lo encarcelaron y murió entre barrotes de un ataque al corazón en el año 1969.

Y después de una prolongada trayectoria empresarial, y de haber dado varias vueltas al mundo, Ricardo Dios, que no dejó de hablar en gallego ni de visitar a sus vecinos todos los años, regresó definitivamente a casa, donde falleció en el año 2005, haciendo bueno un dicho: «Podes sacar a un catoirés de Catoira, pero non a Catoira dun catoirés».

Foto: Archivo Pepe Castaño

Diario de Pontevedra (12-06-2011)