miércoles, 31 de agosto de 2011

Esplendor y ocaso en O Fontán

«Fue un desastre que hubiera muerto tan joven mi abuelo». Quien habla es María Hernández Fojo, nieta de Adolfo Fojo Silva, un caldense que compró el Pazo Baión de Vilanova, y fue propiedad de su familia hasta la década de los 70 del siglo XX.

Fue un cambio de titularidad abrupto y desgarrador, consecuencia de la mala cabeza de uno de sus tres hijos, Narciso, que se dedicó a vivir la vida sin atender los compromisos que suponía mantenerla, hasta que las deudas hicieron irreversible la solución, afirma su sobrina María.

El anterior dueño había sido el Conde de Priegue, al que República le expropió varias propiedades, atendiendo las peticiones del Gobierno de la recién constituida República de Portugal, por haber dado cobijo en el pazo al último rey luso, Manuel II.

«Estudió 10 años para hacerse sacerdote, y cuando estaba a punto de coger sus votos cambió de idea. No sé porqué. De eso no me he enterado, y decidió irse a América», expone María Hernández. «Allí tuvo cinco casas enormes, cerca de la Casa Rosada, y tierras, importaba telas, azafrán y especies de Oriente y comerciaba con Europa», explica.

«Fue tal su habilidad, que se hizo millonario. En 15 años hizo una fortuna enorme», agrega. Y la fatalidad se cruzó por primera vez en su camino cuando le descubrieron un cáncer a su esposa, de nacionalidad alemana. Tratando de evitar el destino fatal, viajó con ella a clínicas y hospitales de Alemania y a Suiza. «La enterró en el panteón que tenemos en Caldas», apunta María.

Se convirtió en un viudo joven y rico que no estaba dispuesto a regresar a Argentina, por lo que nombró a un administrador para que se encargase de sus negocios. «Tenía dónde elegir porque era guapo y estaban locas por él», dice su nieta. Y puso sus ojos en Bernardina Colmeiro Rey.

«Antes de la boda, le regaló 30 estuches de joyas. Y las he visto: cada caja con su collar de esmeraldas, rubíes, pendientes, pulseras. Era una colección impresionante», recuerda.

Lo tuvo tan claro en el amor como en los negocios, y en la década de los años 30 le compró al Conde de Priegue la Granja de Fontán, conocida hoy con el nombre de Pazo Baión, una acepción que entonces no se utilizaba habitualmente.

Esta finca, que tiene 30 hectáreas, llegó a contar con el doble de superficie, porque Fojo también se hizo con la propiedad los montes próximos.

«Buscó árboles por toda España. Allí mismo, en Fontán, había una cantera y tenía toda la piedra que quería. Con ella hizo los postes de la plantación de vino», indica su nieta. En este lugar fue extraída la usada en la construcción de la vivienda que tuvieron sus padres en Panxón, añade.

María Hernández cuenta que la pasión de su abuelo era la granja y su interés por mejorar los resultados de la explotación agrícola lo llevó a mantener frecuentes consultas con especialistas.

De este época data la construcción de la bodega y el establo, además de la reforma del pazo, dándole la forma actual, con sus almenadas torres de estilo victoriano.

La intensa actividad que se registraba entonces queda constancia en este testimonio de Manuel Vázquez, que fue capataz de la finca. «Trabajaban 109 personas, de las cuales 59 se dedicaban al campo y 50 eran obreros de la construcción, entre canteros y carpinteros, que por aquellas fechas andaban construyendo el chalé que hay enmedio».

Pero los resultados distaban de ser los mejores. «La finca era muy deficitaria, pues el maíz que se cosechaba, que era mucho, se gastaba con los criados y el ganado y lo único que se vendía era el vino, que era de difícil venta porque resultaba bastante flojo de grado y había mucha competencia», expone en unas declaraciones recogidas por el historiador Xosé Lois Vila Fariña en su libro sobre la historia de Baión.

Con Bernardina Colmeiro distribuía su vida entre Baión y Málaga, donde tenían una casa que utilizaban para pasar los meses más duros del invierno, en la que Fojo también puso en práctica su afición por la botánica.

Y fueron naciendo sus tres hijos, de cuya educación en los primeros años se encargaban dos institutrices alemanas, decisión que María Hernández considera un tributo a su primera esposa.

Adolfo, el primogénito estudió Medicina en Santiago y quería ser cirujano, pero la metralla le destrozó una mano durante la Guerra Civil. Estudió, entonces, Ciencias Económicas y Psiquiatría. «Hablaba siete idiomas: francés, inglés, italiano, español, portugués, ruso y español», además de alemán, como sus hermanos María Teresa, madre de María Hernández, y Narciso, el menor de los tres.

Pero Adolfo Fojo no tuvo tiempo de inculcarles su cariño por la Granja de Fontán porque falleció de una pulmonía cuando no había cumplido 60 años. Fue el principio del fin. Su hijo mayor se estableció en Madrid, donde trabajó como jefe de traductores del Alto Estado Mayor del Ejército.

María Teresa se fue a la capital con la madre de ambos. Se casó con Fabio Hernández, un abogado de Valladolid que fijó su residencia en Buenos Aires para hacerse cargo de la administración de los negocios y propiedades de la familia. Es allí donde nace María.

Narciso «solo quería andar de juerga», dice su sobrina. Vivía entonces con una bailarina que estaba embarazada cuando se la presentó a su madre, con el consiguiente disgusto familiar.

Aconsejada por Fabio, Bernardina toma la decisión de encargarle la gestión de la Granja de Fontán. «Fue la peor solución», reconoce.

Primero le hizo la vida imposible al capataz, hasta que decidió marcharse, y después, con la autorización de su madre, vendió parcelas de tierra, barriles, postes y otras propiedades para atender sus necesidades.

En aquel ocaso, divertirse y tener hijos fueron sus dos actividades. Sus doce vástagos no supieron de los tiempos de abundancia, y María Hernández asegura que no pocas veces comieron en casa de los vecinos, cuando no se vieron en la necesidad de matar el hambre alimentándose con lagartos.

No pagaba la contribución, las deudas y los avisos de embargo se acumulaban, la actividad agrícola cesó por completo, la maleza invadió las fincas, y en la década de los setenta la familia puso fin al sueño de Adolfo Fojo Silva, que acabó convirtiéndose en una pesadilla.

La vendieron a un firma que trató de recuperar la actividad vitivinícola pero no tuvo éxito, y acabó en las manos de Laureano Oubiña. «Tiró unos artesonados preciosos que había traído mi abuelo de Italia», lamenta María Hernández Fojo.

«Fue una desgracia que la comprara ese sinvergüenza, pero estoy contenta porque ahora la tiene una gente de bien, que la está cuidando, y seguro que mi abuelo descansa en la tumba tranquilo y contento, porque vuelve a ser lo que él quería», concluye.


Diario de Pontevedra (21-09-2011)

domingo, 28 de agosto de 2011

Nobleza de antaño en Vilagarcía

Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, el Conde-Duque de Olivares, cabalga a lomos de un caballo. A través de una puerta abierta contempla la partida de billar que juega el rey Alfonso XIII contra el Duque de Medina de las Torres en un salón contiguo.

Lo hace con la mirada impasible, desde un cuadro que preside el vestíbulo y deja ver el fondo blanco de la pared a través de los jirones provocados por una rasgadura que sigue dos direcciones. Para imaginar esta escena bastaría con situarse en la estancia de acceso a un palacio situado en la avenida Valle-Inclán de Vilagarcía.

Sería necesario borrar de la retina la imagen actual para ubicarlo, y recordar que hasta la década de los años 30 del siglo pasado el mar llegaba hasta su fachada, circunstancia que explica porqué la entrada estaba en la cabecera de la parcela y no a escasos metros del puerto, como sucede hoy.

Es de estilo ecléctico, muy austero, y traza renacentista. Está registrado catastralmente en el año 1856, y su construcción fue promovida por los Duques de Medina de las Torres, un título que le fue concedido al Conde-Duque de Olivares en el año 1625 y explica el vínculo genealógico del hombre más poderoso durante el reinado de Felipe IV con sus propietarios.

Es prácticamente cuadrado, tiene cuatro plantas, de 23 por 22,60 metros de lado, y está situado en una parcela de 37.000 metros cuadrados de superficie. Cuenta con una chimenea y cocinas en todas las plantas.

La distribución interior está definida por una escalera central, de 170 centímetros de ancho y peldaños de poca altura, fabricada en madera de pinotea, que utilizaban exclusivamente los aristócratas y sus invitados, y otra destinada al servicio.

Su iluminación cenital procede de un gran lucernario, al igual que la de la escalera del servicio. Alrededor de ambas están ubicados los salones y las habitaciones. La distribución es similar en las cuatro plantas. Son 144 las ventanas que dan luz a las estancias.

El edificio está amparado por unas robustas paredes de sillería de 80 centímetros de espesor y dos muros maestros, situados a una distancia de 7,5 metros, sobre los que están encajadas unas vigas de madera en las que el paso del tiempo apenas dejó huella.

La estructura salvaguarda un interior en el que el piso de madera se encuentra en un estado de conservación impecable. «Lo sorprendente es que, a pesar del abandono, la calidad constructiva, tanto a nivel de cantería como de carpintería, es impresionante”, comenta el arquitecto José Luis Paulos Campos, que se encarga de la gestión de esta propiedad.

Desde hace una década solo accedieron a su interior unos chavales, furtivamente, y hasta entonces había sido usada como residencia de verano por los dueños. El casero la abandonó en el año 2003.

Franqueada la puerta principal, llama la atención un pórtico con cuatro paños y una vidriera de grandes dimensiones y divisiones de plomo, que da paso a la escalera, en cuyo inicio se encuentra una lámpara de araña, fabricada en hierro forjado.

El cuadro del Conde-Duque de Olivares, de 3,50 metros de alto, se encuentra a un lado, junto de un mostrador semicircular. A los pies del retrato llama la atención una tabla de wind-surf.

Desde el fondo de un salón, y cubierta de polvo, se refleja en un espejo rectangular la mesa de billar. Fue construida hace más de 160 años y sus dimensiones no se corresponden con las reglamentarias.

A su alrededor deambularon el abuelo del rey Juan Carlos I, que en sus frecuentes visitas Vilagarcía acudía habitualmente al palacio de los Duques de Medina de las Torres.

La tabla de wind-surf pone el contrapunto de modernidad y habla de los cambios sociales: un divertimento elegante y de salón, como el billar, dejó paso a una actividad dinámica, en la que predomina el aspecto físico, y acorde con el entorno.

El tercer hallazgo que permitiría realizar un recorrido por la evolución en el apartado deportivo de la familia es una mesa de tenis de mesa que se encuentra en la primera planta.

Uno de los elementos más característicos del palacio, y que capta la atención de quienes otean por encima del muro que rodea la finca cuando pasan por delante, es la galería. El óxido tiñó el hierro forjado y los cristales están rotos.

Las fotografías de la época permiten observar que bajo la balaustrada situada en su parte inferior se encontraba un muro que quedó enterrado por los rellenos de la explanada portuaria.

Contaba con un embarcadero. Hasta allí llegaba la playa de Vilaboa. “Hay testimonios de que pescaban desde la galería cuando subía la marea”, apunta Paulos.

Y del billar a la galería, el rey de España conversaba con el Duque mientras ambos tomaban el té y veían caer el sol en las estribaciones de la sierra de O Barbanza. El monarca es muy probable que hubiera viajado por mar a bordo del ‘Urania’, un vapor usado para realizar mediciones, al que regresaba para pasar la noche, precisa Paulos.

Fue entonces cuando los nobles, aristócratas y potentados de la provincia de Pontevedra trazaron un plan para regalarle un terreno a Alfonso XIII en las proximidades, con la finalidad de que construyese un palacio de verano y así tenerlo cerca y aprovecharse de su proximidad.

Tal propósito fracasó, tanto en esta ubicación como, más tarde, cuando lo intentaron en la isla de Cortegada, con el resultado de que desde entonces está deshabitada y la Xunta de Galicia tuvo que hacer frente al desembolso de 1,8 millones de euros para expropiarla a una inmobiliaria a la que se la había vendido su hijo, Juan de Borbón por algo más de 300.000 euros, y que volviese al patrimonio público.

Cabe suponer que el rey acompañaría a los duques en alguno de los oficios religiosos que se celebraban en la capilla. Tiene 6,25 metros y se desarrolla entre la segunda y la tercera planta. «Lo más impresionante es el techo, que está encasetonado en madera. Es algo impresionante», subraya Paulos.

El retablo ofrece un estado de conservación óptimo y éste es un elemento catalogado y con una protección integral, por o que, si algún día este palacio fuese objeto de una reforma, tendrían que mantenerse en su estado actual.

En el pasillo de la tercera planta está abierta una gran ventana corredera, con un banco que permitía a los aristócratas asistir a la misa acceder al templo.

«Las imágenes y los elementos más valiosos fueron llevados por los propietarios a un pazo que tienen en Sanxenxo, Fue una buena idea porque evitaron que pudiesen ser destrozados», explica José Luis Paulos.

La parcela en la que está situado el palacio tenía su entrada principal por la fachada más alejada del mar, y para llegar a él era preciso recorrer un paseo flanqueado por plátanos de unos 400 metros de longitud que traza un arco.

Los guardias ocupaban una edificación de unos 200 metros cuadrados, superficie similar a la de las cocheras.

Como era habitual entre la alta sociedad, los Duques de Medina de las Torres, eran aficionados a traer especies arbóreas y vegetales de otros países, de ahí que en el jardín destaque una secuoya, robles americanos y magnolios de gran porte.

Podemos imaginar a la comitiva de aristócratas y potentados de la provincia pasear, vestidos con ropa sport los caballeros y vestidos sueltos de telas livianas y pamelas las señoras, por los dos bosques de bambú, de colores verde y negro, que crecen en un terreno cubierto por la maleza presidido en otro tiempo por un gran invernadero que servía de merendero.

Los documentos permiten verificar los trazados geométricos de los jardines, y que el paso del tiempo acabó con los mirtos. Y mientras charlan, despreocupadamente, el agua, que nace en varios yacimientos, corre alegre por los canales, siguiendo un itinerario dotado de esclusas y puentes.


Diario de Pontevedra (28-08-2011)

lunes, 15 de agosto de 2011

Reivindicación de la Montaña Mágica


Los dioses se citan en las alturas. El mar está allá abajo, a unos cuarenta kilómetros se extienden como las patas de un pulpo las rías de Vigo, Pontevedra y Arousa. En la lejanía se divisan las islas de Tambo y Cíes. A más de mil metros sobre el nivel del mar se encuentra el Outeiro do Coto. En este punto echó la vista atrás el Padre Sarmiento antes de iniciar su viaje a Madrid, avanzado ya el año 1745. La Asociación Ecoloxista e Cultural de Terra de Montes Verbo Xido asciende un año más para rememorar aquella fecha. Acuden a la cita más de medio centenar de expedicionarios. Llegan desde Lantaño, Val Miñor, Vigo, Carballedo, Santiago, Cangas, Moraña, Pontevedra, Cerdedo, Vilagarcía, Forcarei...

Calros Solla es el “guardián de la montaña”. Conoce palmo a palmo este universo mítico cuyas claves desentraña ante la audiencia. “O Seixo é unha montaña máxica. Unha montaña que, no canto de afastar, une. A mitoloxía do Seixo non entende de fronteiras, e o monte está cheo delas: alí van os lindes de Cerdedo, Forcarei, A Lama, Cotobade e Beariz. Están todos alá enriba, e, non obstante, o patrimonio inmaterial, a cultura, non se supedita a elas. Vese de certo como a mitoloxía da montaña é común a unhas aldeas e a outras. Alén diso, é unha montaña máxica porque unha densidade tan elevada de seres míticos en tan pouco terreo responde a que o medio natural permite facer voar a imaxinación, e a dos nosos antepasados era moita”, argumenta.

El bosque sagrado

El punto de partida de este recorrido iniciático no puede ser otro que la aldea de Carballás, un lugar en el que se asentaba un bosque sagrado, “foi, seguramente, o lucus ou a lubre do pobo arenco”. Camino arriba se encuentra Chan de Mamas, un cementerio neolítico construído hace más de cinco milenios y violentado por los aerogeneradores de un parque eólico. Dice el pueblo que en la Mámoa Ghrande está enterrado o Tecelán de Carballás: “O Prisciliano da Terra de Montes, un profeta, un druída, un vello vedoiro, un Nostradamus. Aquel que irrompía nas cociñas aldeás, aquel a quen os veciños escoitaban con atención. O que lía o destino”. Cuando los hombres puedan volar y los carros anden sin necesidad de que tiren de ellos los caballos y el Seixo esté cubierto de carreteras, el fin del mundo será próximo, profetizó. “Debemos entender que a fin do mundo chegou: a fin do mundo para moitas aldeas, a fin da economía tradicional, da explotación agrogandeira. Cando menos, naquela zona”, concluye el autor.

Siguiendo en dirección contraria a Presqueiras llegamos al Almadraque de Pirocha. Alí mesmo, preto do antigo foxo da lobada, Pirocha, lamia belísima, refolguexante na súa alba nudez, finxe doce soneca á raxeira outoniza. Ay de aquel caminante que desee el fruto prohibido, porque acabará siendo devorado por la misteriosa y solitaria dama: Moito lle sabe a Pirocha / namorar pola calada, / moura de roibos cabelos / nun leito de pedra, deitada. / Pirocha, sono finxido, / bela dama adurmiñada, / coitado amador agarda / para amolentar a almofada, dicen unos versos recogidos por Solla.

Culto al sol

Una suave subida hacia el sur conduce a uno de los puntos más altos del monte. A más de 900 metros sobre el nivel del mar se encuentra la Cruz do Seixo. Es un ejemplo de ara solis, de lugar donde los antepasados rendían culto al sol, cristianizado más adelante. Se encuentra rodeado de rocas en un punto donde se conjugan los cuatro elementos representados en la cruz: el agua (al fondo se observan las rías), la tierra, el cielo (que podría tocarse con la punta de los dedos) y el fuego del sol.

Na mañanciña do 24 do mes de Santiago, as xentes da contorna soben en andas até a peneda o santo Antonio. Xa no sitio, pousan a imaxe ao pé da cruz e celebran misa. A liturxia cristiá conclúe coa beizón das terras que nos fornecen [...] Ao santo dos animais extraviados prégaselle pola anada farta, polo bo dispor das témporas, polo enxoito, polo mollado..., detalla en su libro Almanaque de encantos. Y cuando su intercesión no resultaba efectiva para los intereses de los fieles, la imagen del santo era transportada cabeza abajo hasta la peneda.

Trazando una digonal, tras la Cruz do Seixo se sitúa el Coto dos Chirimelos. Se trata de una serie de conjuntos pétreos entre los que sobresale la Porta do Alén. “Din os vellos que cómpre atravesar a lumieira da porta, e se alguén quere escoitar razón do máis alá debe premiar os defuntos cunha codia de pan, un copo de viño ou unha candea. Teñen que introducirse alí, entre as laxas, e agardar a resposta, que seica vén no bruar do vento. Unha vez que se deposita a oferta cómpre saír por onde se entrou. Atravesar de novo o limiar da porta”. Y todo lo que hubiera escuchado al otro lado del umbral deberá mantenerse en secreto, porque a aquellos que lo desvelen, la voz les sonará ronca hasta el fin de sus días, advierte.

Otro es el Marco do Vento, antiguo linde de territorios y lugar donde confluyen todos los vientos. Todos: O vento atravesado, o vento aberto, o vento calmo, o vento corrido, o vento de arriba, o vento de abaixo, o vento de fóra, o vento nacente, o vento soán, o vento dos cans, o vento da serra, o vento mareiro, o vento regañón, o vento enteiro, o vento rinchante, o vento punteiro, o vento rixo, o vento terreiro, o vento tolo... Perante o Marco do Seixo, todos os ventos pousan e fan a venia. Á altura do Marco, todos os ares desandan camiño, todos os ventos dan a volta.

En el Outeiro do Castro habita la gallina de los pollitos de oro. Quienes persigan la fortuna deberán imitar su cocorocó cuando sale con la prole en la mañana de San Xoán; si lo hace bien, el tesoro es suyo, y si no logra embaucarlos, se introducirá de nuevo en la tierra, atravesando el portal del Castro Pequeño, para permanecer escondidos hasta el año siguiente.

En este planeta mágico habita Rabisaco, un portador de buena suerte, a medio camino entre un ratón y una ardilla –“un lirio relouqueiro”, apunta Solla– que se deja ver cuando la luna llena ilumina con su luz de leche la montaña, y la moura de cabellos dorados, una mujer fatal que exigirá pasar por debajo de la Pedra do Talle a los caballeros que la pretendan.

El círculo mítico se cierra en el Outeiro do Coto para contemplar como se hunde el sol en el Mare Tenebrosum, como lo hacían los antepasados que tenían familiares al otro lado del océano, para escuchar las palabras que enviaban desde las tierras de ultramar. Pero el periplo no ha finalizado: Mariña nos está esperando.

El martirio de Mariña

“No alto do Seixo está a valgada de Xestido, onde fundaron os romanos a cidade de Trentinán, a Sodoma de Terra de Montes”, dice Solla. En este nido de pecado y depravación nació Mariña, una niña virtuosa a quien, cuando tenía quince años, pretendió el prefecto Olibrio. Ella se negó a satisfacer los deseos del romano y fue sometida a tormento, que finalizó con su decapitación. La cabeza dio tres golpes en el suelo y en cada lugar donde tocó la tierra surgieron lagunas que acabarían cubriendo por completo la ciudad de Trentinán y ahogando a sus habitantes. Gentes como Manuel de Ratel dicen que en ciertas noches, cuando baja la niebla, se escucha sonar el badajo de la campana de la ciudad muerta tocando a difunto.

Al sur de las lagunas, y pasado el tiempo, el pueblo levantó una capilla en honor a Mariña. El prefecto Olibrio fue castigado por los dioses a arrastrar su cuerpo eternamente. Los habitantes de la montaña aseguran que el lagarto da Santa Mariña, que ten por toqueira unha reganduxa da cachotaría da ermida, non é outro que o libidinoso prefecto romano, xa que o réptil eslumece por se acubillar na perrecha das freguesas.

El pastizal

Todo lo que durante siglos no había obrado la naturaleza lo ejecutó la mano del hombre en unos años, a mediados del siglo XX. “A incompetencia, o mal designio...”, apunta Solla. Todo aquel universo y parte del patrimonio sufrieron las consecuencias de la decisión de convertir el monte, primero en un pastizal, después en pinar. Para conseguirlo, cientos de camiones cargados de tierra y fertilizantes subieron monte arriba, pero la hierba no creció y tampoco los pinos. Cientos de manos construyeron el muro. El agua arrastró los minerales que habían esparcido por toneladas hasta el río, y desde entonces los pescadores dicen que ya nada es igual, la abundancia de truchas es un recuerdo cada día más lejano.

Quienes subieron el ganado al pastizal dejaron de hacerlo porque era tal la distancia que, cuando regresaban, los animales tenían hambre otra vez, y los que permanecían en lo alto de forma permanente, reventaban de tanto comer, al no estar nadie al cuidado y, posiblemente también por los efectos de los productos químicos. Para hacer la repoblación trajeron manos de Figueirido porque las autoridades desconfiaban de los nativos que entendían estas decisiones como perjudiciales para las prácticas tradicionales de pastoreo. El cura de Cerdedo respondió que no era asunto de la Iglesia, cuando los feligreses le pidieron que intercediese para cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Las tres lagunas de Xestido desaparecieron, como aconteció por aquel tiempo con la de Antela, en Xinzo de Limia. Paradojas del destino: mientras el poder invertía millones de pesetas en un fracaso, a escasos metros del lugar los vecinos de dos aldeas, Meilide y Abelaíndo, construían una carretera utilizando los aperos de labranza para evitar que los cortejos fúnebres tuviesen que dar un rodeo por el río camino de la iglesia parroquial.


Diario de Pontevedra
(8-1-2006).

miércoles, 3 de agosto de 2011

Un intrépido jardinero de Vilanova

«Todavía sueño con volver a África. Algo me tira de aquellos rincones, de aquella selva tropical. Quisiera que si Dios me conserva un poco de salud y vida, pisar aquellos parajes. Al fin, creo que donde uno sufre más es donde tiene más recuerdos y más añora».

Domingo Fontenla Nogueira, de Vilanova, fue un chaval apasionado por los libros, que escuchaba a los mayores y era tremendamente curioso, además de desaliñado e inconformista, que subía todos los días la cuesta del monte Lobeira en bicicleta para asistir a clases en un instituto de Vilagarcía durante la década de los cincuenta.

Cuidó conejos y plantó sandías, cacahuetes y azafrán en sus horas libres, causando el comprensible asombro entre sus vecinos. Su afición por la botánica y la naturaleza lo llevó a estudiar en la Escuela de Capacitación Forestal Agrícola de Lourizán (Pontevedra).

Ingresó en 1958, y dos años después era el encargado del invernadero y profesor en prácticas de la Escuela de Jardinería, cargo que desempeñó hasta que en 1962 sacó una plaza de técnico forestal convocada por el Gobierno, que le permitió desplazarse a una colonia española, Guinea Ecuatorial.

Cuenta su amigo Xosé Luis Vila Fariña, en un libro titulado ‘Domingo Fontenla Nogueira, El trotamundos español’, que su don de gentes le permitió trabar amistad con los nativos, ayudado por sus conocimientos del pamue, además de dominar el francés y defenderse en portugués e inglés.

El estudio de los bosques, el inventariado de los árboles, la medición de fincas, las prospecciones para plantar café, cacao, piña o palmeras de aceite, la lucha contra las plagas y la enseñanza a los habitantes de los territorios de Río Muni y Fernando Poo fueron sus ocupaciones.

Acompañado por dos ayudantes, recorrió la selva llevando consigo alimentos, una tienda de campaña y armas de fuego. La tala indiscriminada de árboles, que realizaban los colonizadores, fue el origen de numerosas disputas con los nativos.

«Una vez quemaron el bosque. Las llamas se divisaban a muchos kilómetros de distancia. Tuvimos que levantar la tienda y huir. Detrás de nosotros se escuchaba la atronadora estampida de los animales salvajes. Era increíble, pero en los momentos de peligro las fieras se olvidaron de nosotros. Corríamos junto a cebras, hienas, tigres y leones», narra Domingo Fontenla en su diario.

Las lluvias torrenciales inutilizaban por completo la tienda de campaña, las aguas transportaban serpientes, y cuando subían a los árboles para dormir tenían que deshacerse de las víboras y las arañas venenosas que trepaban por las ramas. «Nubes increíbles de mosquitos producían, con su picazón, llagas horribles en todo el cuerpo», indica.

«La antropofagia, antes que una necesidad era un rito. Las tribus elegían a determinados miembros para las ceremonias y luego de matarlos distribuían partes del cuerpo entre sus integrantes», expone antes de precisar que en una ocasión una anciana denunció en una oficina del Gobierno que habían matado a su hija y no le dieron la ración de carne que le correspondía.

Pero aquel intrépido arousano aún no había contemplado las peores escenas, las que se produjeron a partir del año 1968, cuando fue proclamada la independencia de Guinea Ecuatorial, tras un proceso que comenzó en 1963.

Francisco Macías ganó las elecciones, concentró todos los poderes en su persona y sus seguidores, los paumes, exterminaron a los bubbis.

Aplacada la sed de venganza, dirigieron su odio hacia quienes habían colaborado con los colonizadores. «Los niños que habían nacido de padres españoles fueron despedazados a golpe de machete», afirma. «Multitudes alcoholizadas quemaron casas y muebles, las cabezas eran utilizadas para jugar al fútbol», agrega en su libro de memorias.

La actividad productiva se paralizó y llegó la hora del retorno para Domingo Fontenla, que sufrió pesadillas durante varios meses y trajo de Guinea Ecuatorial un gorila que encontró al lado de su madre, muerta por unos cazadores, al que llamó ‘Macías’.

Llegó el 15 de septiembre de 1970 y su estancia fue corta porque en noviembre viajó a Alemania, Suecia y Dinamarca. Finalizadas las vacaciones, solicitó una plaza en Bolivia. Antes de embarcarse, tuvo que buscarle un nuevo destino a su gorila, que vendió a un zoológico de Lisboa por la astronómica cifra entonces de 250.000 pesetas (1.500 euros).

«Creo que mi próxima respuesta a tu contestación será desde un pequeño pueblo situado a 3.500 metros sobre el nivel del mar, poblado por indios, que se llama Cochabamba, en la selva boliviana, en plena cordillera de Los Andes», responde a su vecino Carlos Eirea Paz en el año 1972.

«Su pasión por el mundo vegetal le lleva a profundizar en el misterioso mundo de los cactus, esas asombrosas formaciones en la soledad de los desiertos, una vida que nace en la increíble aridez, en la extensa planicie cuyo horizonte semeja no tener fin», escribe Xosé Luis Vila.

Domingo Fontenla puso en marcha una escuela de jardinería, floricultura y técnicas forestales, impartió clases como profesor de la Misión Técnica Española, participó en expediciones con botánicos alemanes para seleccionar las especies que trasplantaron al parque de Miraflores y potenció el cultivo de arroz cerca del río Paraguay, donde plantó naranjos e introdujo la ganadería.

En su amplio expediente profesional también figuran la arborización de los cerros que rodean La Paz.«Estoy plantando forestalmente en las inmediaciones del lago Titicaca, en plena cornisa del altiplano boliviano, con pendientes de más de un 75%. Esto es lo más estratégico que he visto en mi vida, bajas y subes 3.000 metros en distancias reducidas. Me da la sensación, algunas veces, de estar más cerca del cielo», comenta a Xosé Luis Vila en una misiva.

Son años de intensa actividad, y también se encarga de la preparación del césped en un campo de fútbol con capacidad para 80.000 espectadores. «He recorrido Santa Cruz, Cochabamba, Beni, Sucre, Oruro y Cobija, y puedo decirte que en el Oriente el clima es completamente tropical, puros bosques vírgenes donde la civilización billa por su ausencia», relata en una carta enviada a su amigo de Vilanova.

Recibe homenajes, publica trabajos, es entrevistado en emisoras de radio y se convierte en un personaje popular. En enero de 1974 se casó con Beatriz Álvarez Ascui, a la que conoció en una de sus charlas, con la que tuvo dos hijos.

Un año después le fue detectado un cáncer y entra en contacto con el Movimiento Gnóstico Universal. «El hombre en sí es un gran laboratorio de alquimia. Los humanos llevan en sus glándulas sexuales el más excelso y poderoso laboratorio», escribe durante aquella época.

Este arousano, que recorrió Guinea Ecuatorial, Gabón, Congo, Nigeria, Kenia, Tanzania, Costa de Marfil y Alto Volta, antes de cruzar el Atlántico e internarse en Paraguay, Perú, Brasil, Argentina y Bolivia, no pudo cumplir el deseo que había desvelado a Xosé Luis Vila en una carta enviada desde La Paz: regresar a África. ‘El trotamundos español, como se autodefinía, falleció poco después de redactarla. «La vida es una resta de quebrados; terminada la operación, lo único que quedan son los valores», dejó escrito a modo de epitafio en 1982. Tenía 47 años.

Diario de Pontevedra (31-07-2011)