martes, 6 de septiembre de 2011

De la Quinta Avenida a la calle Catorse


El franquismo
no consiguió que le llamasen calle González Besada y tampoco logró la democracia que digan calle Castelao. Para referirse a la arteria principal de O Grove, sus vecinos dicen la calle Catorse. Este modismo se impuso a mitad del siglo XX, y se encargaron de ello los emigrantes que regresaban de Estados Unidos.

En este grupo figura José Caneda Aguín, Pepe O Chapelo, un hombre que fue marinero antes de meter sus pertenencias en una maleta, cruzar en un barco el Océano Atlántico y plantarse en Nueva York en plena época de la Gran Depresión dispuesto a comerse el mundo.

«Aprendió el inglés a su manera, un inglés macarrónico», comenta su hijo Pepe, O Chapelo de A Coruña. Y después de probar suerte en varios oficios, trabajó de cartero en la Quinta Avenida, «que es como la Catorse aquí», puntualiza. Cuando regresó, con 32 años, traía más ideas que dinero, aunque tampoco le habían ido mal las cosas.

Se casó con Saladina Bande González, una chica de 19 años nacida en una aldea de Castrelo de Miño (Ourense) llamada O Pousadoiro, que llegó a O Grove con su padre, un arriero que vendía vino de O Ribeiro. Y comenzó una nueva vida en O Corgo.

Para imaginarse este entorno es preciso eliminar la Casa Consistorial, porque el agua ocupaba la parcela sobre la que se asienta el edificio, situar una fragua donde está hoy una taberna, la Ayudantía de Marina en el bajo de un banco, el despacho de Renfe, una fábrica de gaseosas y otra de hielo en las inmediaciones.

«Nesta plazoleta se xuntaba a xente do pobo, que se sentaba nas banquetas de tallo que traía das casas», recuerda Francisco Domínguez, conocido como Paco Fino. ‘Os da nosa porta’ era una expresión común para referirse al vecindario más cercano.

Estamos a mediados de la década de los 60. Pepe O Chapelo llega de Nueva York con unos guantes de boxeo y se convierte en el promotor de Tonio O Viturno, un peso medio que salió victorioso de una pelea ante cuatro rivales a la vez, celebrada en el cine O Marino, cuenta Pepe O Chapelo de A Coruña que le contó su padre.

Probó con un servicio de alquiler de bicicletas, adelantándose a una iniciativa de reciente puesta en marcha en muchas ciudades españolas, y con la exportación de pescado, para lo que compró una camioneta que conducía relevándose con Sanmartín en los interminables viajes hasta Madrid.

Pero la actividad por la que lo siguen recordando hoy se desarrolló en el edificio donde está el bar Buenos Aires. En este local abrió una tienda de comestibles y taberna, mientras que un bajo ubicado en el solar del edificio que está al lado le servía de almacén de venta de material para la pesca.

Sus puertas estaban abiertas desde muy temprano y los marineros bebían un combinado, que bautizó con el nombre de Caraba, que contenía aguardiente y jerez, entre otros licores. Llamaban a este ritual tomar la mañana.

Allí se surtían de redes, flotadores, anzuelos, botas, ropa de agua, estopa, sustancias impermeabilizantes para las embarcaciones o amianto. Unos pagaban y otro quedaban a deber hasta final de mes, cuando cobraban el salario y rendías cuentas. Con o sin, dinero, fue una expresión que popularizó Pepe O Chapelo, que anotaba en una libreta las deudas pendientes.

También las de los bocadillos de los trabajadores de la fábrica de motores Lores, en la que Paco Fino, con sus 14 años, era un aprendiz, y, por lo tanto, el encargado de ir a buscarlos.

Necesitó algún tiempo para descubrir que cuando agregaba uvas pasas, cacahuetes o algún ingrediente fuera de lugar a las sardinas, la merluza, los mejipor: llones o la aguja, lo hacía en los de aquellos que acumulaban una deuda considerable.

No había llegado la Coca-Cola todavía, pero O Grove ya contaba con la fábrica de Colafor, de lo que se encargó Toñito, y cierto día se presentaron en el pueblo los soldados de la VI Flota Americana, que en su viaje a Vigo aprovecharon para visitar A Toxa.

Pepe O Chapelo puso en la puerta de su establecimiento un cartel con la leyenda ‘Welcome Navy USA’, a lo Berlanga, y departió en inglés con unos jóvenes y sorprendidos uniformados, cuyas estaturas superaban en dos cuartas a las de los nativos.

A punto de iniciarse la década de los 70, Pepe O Chapelo echó el cierre. Tenía 69 años, y cuando lo hizo figuraba una larga lista de deudores en la libreta que se encontraba habitualmente sobre el mostrador. Falleció a los 72, y tuvo tiempo para acudir a bodas a las que no era invitado.

Cuando lo hacía, los grovenses sabían el motivo: la familia de uno de los contrayentes había dejado cuentas pendientes en Casa Chapelo. Nadie le hizo el menor reproche en los banquetes.

«La experiencia es la suma de los desengaños», comenta, sin acritud, Pepe O Chapelo de A Coruña. «É triste que no lle adicaran unha rúa ou unha praza a un home que axudou a tanta xente», lamenta Paco Fino.

Diario de Pontevedra (04-09-2011)