sábado, 26 de noviembre de 2011

‘El Zorro’ se llevó el secreto de ‘Delilah’

Un marinero perdió las dos piernas y otro se quedó con el pulgar como único dedo entero de su mano derecha. Sucedió en un accidente acaecido en un barco que se dedicaba a la pesca del bacalao en el banco de Terranova, un año de la década de los setenta del siglo XX.

Los dos heridos fueron trasladados a un hospital de Canadá y, desde allí, a otro en Irlanda. Un de ellos se llamaba Manuel Rodríguez Juncal.

Vivía en A Ramallosa (Nigrán). Las comunicaciones por teléfono eran una carrera de obstáculos, por lo que no dio aviso a su familia del regreso al hogar. Y cuando llegó a casa, se encontró a su esposa con otro hombre.

Apenas rebasados los 30 años y analfabeto, se fue maltrecho físicamente, destrozado emocionalmente, y cargando con los cinco hijos de ambos. Durante algún tiempo, lavó los platos en una casa de comidas situada cerca del Hospital de Montecelo, en Pontevedra.

A cambio, tuvo comida y cama. Pero, sobre todo, dispuso de un lugar en el que podía ocuparse de sus hijos durante los fines de semana, cuando cerraba sus puertas la Ciudad Infantil Príncipe Felipe, situada a pocos metros, donde se encontraban internados. No pasó mucho tiempo hasta que regresaron con su madre.

Rotos todos los vínculos familiares, con los bolsillos vacíos, sin nada que perder y con un carácter y un lenguaje endurecidos por la sucesión de infortunios, Manuel Rodríguez Juncal viajó hasta O Grove tratando de abrirse camino y de encontrar el afecto que le negaba la vida.

La expresión partir de cero fue creada para casos como el suyo. Tuvo que levantar una chabola en la playa de A Lanzada utilizando tablones que encontraba en las obras para resguardarse durante las noches, después de trabajar al jornal en lo que salía y podía hacer. También se sacó una pesetas pescando chocos y realizando labores de vigilancia en la cantera de La Atlántida durante la época del contrabando de tabaco.

Hubo un tiempo en que se refugió en la bebida, fue capaz de superar la adición sin necesidad de someterse a un tratamiento, y ni siquiera en esa época se le recuerda un mal gesto hacia sus vecinos. «¿Qué daño le hice a Dios para que me diese esta vida?», se preguntaba en el Bar Barrantes.

Este establecimiento de la calle Catorse era su segundo hogar. La pequeña paga que recibía por las secuelas del accidente laboral y los menguados ingresos le permitieron alquilar un piso en la segunda planta de un edificio situado en la calle Holanda.

También se dejaba ver por Casa Martínez o el Bar Venezuela. Fue en un bar donde se encontró con los componentes de Os Nenos Cantores da Coral Puerto Piojo. El Sábado de Carnaval de 1994, el año del estreno de la comparsa. «O home xuntouse con nós e caeunos ben», recuerda Cholo Caminero, uno de sus líderes del grupo.

Cuando llegaron el domingo por la mañana a una casa abandonada de O Con, en la que ensayaban, allí estaba Manuel Rodríguez Juncal. Aquel día encontró otra familia.

La formaban una veintena de chavales que no se cortaban ni un pelo en sus críticas a las autoridades locales cuando componían las letras de la coplas, no gastaban un euro en vestuario, apenas ensayaban y no participaron nunca en los concursos.

Siempre fueron por libre, y Manuel Rodríguez Juncal se prestaba para hacer de muerto en un entierro o a recorrer las calles bajo un palio. «Dou con boa xente», apunta Cholo, refiriéndose también a Nardo Benavides.

No tardó en corresponder a la amistad de todos ellos. Lo hizo con una aportación que acabaría convirtiéndose en todo un acontecimiento de los Carnavales en O Grove: la interpretación de ‘Delilah’, una canción popularizada por Tom Jones.

El siguiente paso que lo convirtió en un personaje fue ataviarse con un disfraz de El Zorro. Fue el sobrenombre con el que lo conocieron varias generaciones de vecinos que hicieron suya ‘Delilah’ hasta convertir este tema, interpretado a todo pulmón, por centenares de voces y en tres idiomas (sucedáneo de inglés, castellano y gallego) en el himno de las fiestas.

En los bares llamaban los cacahuetes a sus cuatro dedos amputados cuando ponía la mano sobre el mostrador, en plena farra.

Nardo y Cholo le ayudaron a arreglar los trámites para cobrar la pensión que le correspondía al cumplir los 65 años, y fue entonces cuando El Zorro supo que un juez había disuelto su matrimonio. El tabaco estaba obturando sus venas.

Sufrió en primer infarto en el mar, y salió del apuro porque le ayudaron unos marineros, y el segundo se produjo mientras caminaba marcando el itinerario a una banda de música en las Festas do Carmen, indica Rosa Rivas detrás de la barra del Bar Barrantes.

El tercero le paralizó medio cuerpo. Se encongraba en su piso. Nardo y Cholo le habían buscado una habitación en Casa Martínez y los propietarios del Bar Barrantes solicitaran una plaza en el geriátrico de Ribadumia para cuando no se valiese por sí mismo.

Durante los primeros días en el Hospital de Montecelo, El Zorro apretaba la mano de Luis Rodiño, marido de Rosa Rivas, para comunicarle que lo entendía. Después dejó de hacerlo. Ya no conocía a nadie y lloraba. «Sabía que se iba», dice Rosa Rivas.

Los amigos pagaron las coronas y pusieron su foto, disfrazado de El Zorro, sobre la lápida. El Concello se hizo cargo del entierro. Fue una tarde de perros la del día 7 de noviembre. Tenía 66 años. Lo acompañaron unas cien personas.

Nadie le preguntó porqué cantaba ‘Delilah’ ni si sabía que esa canción cuenta la historia de un hombre que cuando llega a casa, en una noche estrellada, ve a su amada en brazos de otro. «Vi la luz de la noche cuando pasé por su habitación/vi las sombras de amor que oscilaban en su persiana/era mi mujer».

domingo, 13 de noviembre de 2011

Arousa, narcotráfico: 20 asesinatos en 20 años.

Luis Sotelo, Eugenio Simón, José Manuel Vilas, Danielito Carballo, Juan José Agra, Antonio Chantada, Manuel Baúlo, Manuel Portas, Francisco Javier Sanmiguel, Ángeles Barreiro, Dolores Gómez, Fernando Caldas, Víctor Manuel González, Santiago Mondragón, Ramón Outeda, Modesto Santiago, Ricardo Feijóo, José Ángel Feijóo, Javier González y Roberto Iglesias.

Todos muertos. Todos a tiros. Veinte asesinatos en 20 años. Es otra factura del narcotráfico en Arousa. Es el macabro registro que dejan los ajustes de cuentas. Podrían haber sido 21, porque al cambadés Adolfo Chantada Argibay quisieron darle un aviso pero a los pistoleros se les fue la mano y una bala estuvo a punto de acabar con su vida el día 24 de octubre.

El desencadenante es siempre el mismo, el impago de alijos de droga, cocaína habitualmente. Toneladas o kilos. Quienes quieren engañar a sus proveedores se justifican jurándoles que fue interceptado el cargamento por las fuerzas del orden, pero necesitan la prueba que supone la publicación de la operación en la prensa, y muchas veces no aparece por ningún lado.

Entonces comienzan las indagaciones en el mercado. Cuando comprueban que se produjo el engaño comienzan las advertencias. Primero son llamadas amenazantes y después llegan las palizas, que, por razones obvias, ninguna víctima denuncia. También evitan los hospitales y acuden a clínicas privadas para que el suceso no trascienda. Si tampoco así logra cobrar, el proveedor contrata a unos sicarios que se encargan de recordar la deuda al moroso. A tiros.

Llegados este punto se descubren los motivos, pero ni el baleado ni sus familiares reconocen los motivos y apelan a argumentos que se repiten: no vieron a nadie, no reconocieron a nadie, no oyeron nada. Saben que la cuenta sigue pendiente y cómo acabará todo si no llegan a un arreglo para saldar las deudas.

Las autoridades municipales insisten en que se trata de casos aislados que afean la imagen de los concellos donde se producen, mientras que el Gobierno apela a un dato estadístico: el índice de criminalidad está por debajo de la media en España.

El mundillo del crimen es variopinto. Entre sus ejemplares figuran sicarios colombianos, como los que asesinaron a Manuel Baúlo y dejaron postrada a su esposa, Dolores Carballo, en una silla de ruedas; multinacionales como la formada por franceses, vascos, catalanes y gallegos que acabaron con los primos Ricardo y José Ángel Feijoo, e individuos que se agrupan puntualmente para realizar el trabajo.

Tienen cientos de miles de armas a su disposición porque el mercado negro está surtido y con menos de 1.000 euros se puede comprar una pistola procedente de cualquier país que atravesó un conflicto armado, habitualmente, que no dejó huellas en ningún registro.

Tampoco es complicado encontrar a alguien dispuesto a apretar el gatillo en los bajos fondos, que casi siempre acaba cayendo en las redes de las fuerzas del orden porque no sabe hacer otra cosa, las tarifas bajaron notablemente, y cuando son detenidos por un motivo acaban desvelando otros asuntos que tenían pendientes.

La dinámica de los últimos años indica que también está afectando la crisis, y las deudas que eran pequeñas son hoy motivo de reyertas, de ahí que la posibilidad de que se añada un nuevo capítulo a esta serie esté abierta permanentemente.

Cal viva para dos muertos en una fosa séptica de Meis

Luis Sotelo, de Vigo, y Eugenio Manuel Simón, de Cangas, compran dos kilos de cocaína. Pagan 42.000 euros y contratan a Manuel Antonio Silvestro, de Meis, para su transporte. Pasan los días y no llega la droga. Silvestro les dice que tuvo que tirarla al encontrarse con un control policial. Recibe una paliza y la advertencia de que irán a por él. Silvestro contrata a cuatro individuos. El día 13 de diciembre del año 1992 llegan los acreedores a Meis, donde son tiroteados. Metieron los cadáveres en una fosa séptica, y más tarde los enterraron. Solo fueron encontrados los restos de Sotelo.

Cita mortal en Benavente

Al secretario de la Cámara de Comercio de Vilagarcía, José Manuel Vilas Martínez, le dispararon a menos de dos metros de distancia. El proyectil le entró por un ojo. Murió en un hospital de León el día 17 de marzo del año 1992. Este suceso tuvo lugar a las 16.45 horas en el parque de La Mota, junto al Parador de Turismo de Benavente. Su primo, y vicepresidente de la entidad cameral, Luis Jueguen Vilas, huyó despavorido. Lo dejaron marchar los sicarios que apretaron el gatillo para que le recordase al entonces presidente de la Cámara, Pablo Vioque, que tenía una deuda pendiente con un cartel colombiano que le había suministrado varias toneladas de cocaína.

Manuel Baúlo Trigo

Carmen Carballo Jueguen abre la puerta del garaje de su vivienda, en la calle Hospital de Cambados, para que salga el perro. Un individuo la encañona con una pistola y accede a su interior. Manuel Baúlo Trigo, esposo de Josefa, trata de usar el teléfono situado en la cocina. Un disparo corta de cuajo cualquier posibilidad de que pueda establecer una comunicación pidiendo ayuda. Lo trasladan en una ambulancia al Hospital Provincial de Pontevedra, pero no pueden impedir que muera. El disparo dirigido a Josefa le atraviesa la cara a la altura de la mandíbula y se aloja en el hemitórax izquierdo, afectándose a la médula. Desde entonces se encuentra en una silla de ruedas. Sucedió una mañana del día 12 de septiembre del año 1994.

El crimen del Pub Museo

Con un historial en el que figura su detención en el marco de la Operación Nécora, Danielito Carballo llega a las 21.30 horas del día 3 de enero del año 1993 al Pub Museo de Vilagarcía. Ocupa una mesa en compañía de Rosalindo Aido y de dos mujeres. Momentos después llega otra pareja. Los seis se acomodan muy cerca de la puerta principal. Antonio Chantada, alias Tucho Ferreiro, un cambadés con antecedentes penales, cocainómano, violento y con perfiles paranoicos, aparca su vehículo frente al pub.

Coge una escopeta del calibre 38 y fabricación brasileña, entra en el local, le pone la boca de los cañones a menos de un metro de la cabeza y dispara sobre Danielito, que queda malherido. Levanta el arma de nuevo, lo hace sobre Rosalindo y abandona el Pub Museo para enfilar hacia Corvillón (Cambados). En la Pizzería Paumar mata a su propietario, Juan José Agra, de un disparo. Una hija, de tres años, observa la escena. Después busca a Rafael Bugallo, alias O Mulo, en el Pub Noël, de Cambados. No lo encuentra y regresa al coche, donde se suicida. Días después Danielito muere en un hospital de Pamplona.

Dos vilagarcianos tiroteados en Silleda

Víctor Manuel González Silva recibió cinco balazos, mientras que a Santiago Mondragón Paz le metieron dos. Ambos murieron en una pista de Augacae, en la parroquia de Dornelas, del municipio de Silleda. Eran vilagarcianos y fueron abatidos a tiros el día 26 de mayo del año 2005. El móvil del crimen fue un ajuste de cuentas relacionado con el tráfico de drogas y la compraventa de vehículos de importación. Los arousanos realizaban la función de proveedores.

Triple asesinato en Ribadumia

Francisco Javier Rey Buezas, de Cambados, saca una pistola calibre nueve milímetros Parabellum y sin darle la menor opción de que pueda defenderse, dispara a escasos centímetros de la sien de Francisco Javier Sanmiguel, que muere en el acto. El asesino se dirige a Jesús Bello y le exige que le muestre la documentación, porque cree que se trata de un policía. Éste escapa aprovechando la excusa de acercarse a los faros del coche para buscarla. José Fabeiro Torres se salva porque se le encasquilla el arma. Superado este contratiempo, se dirige al coche, donde se encuentran Ángeles Barreiro y Dolores Gómez. Coloca el cañón cerca del cráneo y dispara. Las dos muertas. Este triple asesinato se produjo durante la madrugada del día 28 de marzo del año 1997 en Cabanelas (Ribadumia).

El doble aseinato del molino de Serantellos

Amordazaron y maniataron a Ricardo Feijoo Vázquez y a José Ángel Feijoo Abal y les dispararon tres tiros en la cabeza. Antes habían sido torturados por sus verdugos. Después rociaron sus cuerpos con gasolina y les prendieron fuego en el interior de un molino situado en el lugar de Serantellos (Cambados). Eran las 17.00 horas del día 3 de diciembre del año 2005 cuando un vecino de la parroquia cambadesa de Castrelo olió a quemado mientras caminaba por sus fincas. Se acercó al viejo molino abandonado.

Allí se encontró con un vehículo que había dejado de arder, propiedad de Ricardo Feijoo, y los cuerpos prácticamente carbonizados de las víctimas Ricardo Feijoo había permanecido secuestrado en su vivienda de Barrantes (Ribadumia) durante varias horas, delante de su esposa y un hijo el día anterior, entre las 22.00 y las 22.30 horas. Sus captores querían cobrar una deuda. Llegada la madrugada no lograron su objetivo, por lo que se dirigieron al molino. Días antes había recibido una paliza y le quemaran una planeadora y un vehículo todoterreno que guardaba en un galpón situado junto al río Ulla en Catoira.

A sangre fría en A Lanzada

El vilanovés Manuel Portas Romero murió a consecuencia de un disparo efectuado por José Antonio Miniño Pérez, en la playa de O Búho (A Lanzada). Este vilalongués, que tenía 22 años el día 21 de marzo de 1995, también lo hizo sobre Carmelo Baúlo Santos, que resultó herido. El origen de la refriega fue una fallida operación de compraventa de droga. Miniño había escondido el arma en el arenal donde acabaron los tres después de haber cenado en un churrasco de Noalla.

Hostal La Ría de Vilaboa

Roberto Iglesias Domínguez recibió dos tiros en el Hostal la Ría, de Vilaboa. Se los pegó José Manuel Rodríguez Lamas, alias El Pulpo, que después limpió el escenario del crimen asesinando a otras tres personas. Nació en Meaño, tenía 33 años cuando fue asesinado, el día 27 de enero del año 1997, vivía en Campolongo (Pontevedra) y estaba enganchado a la heroína.

La desaparición de Fernando Caldas Villar

La pista de Fernando Caldas Villar se perdió el día 16 de julio del año 2004. Anunció a su familia que iba a Santiago y nunca más volvieron a saber nada de un joven de 27 años aficionado a los coches que había trabajado en un videoclub de Rosa Charlín. Su familia sostiene que este suceso no está relacionado con el narcotráfico, mientras que la investigación apunta en una dirección opuesta. Su cuerpo no apareció. Hubo varios detenidos, alguno sigue en prisión. La acusación mantiene que lo asesinaron e hicieron desaparecer su cuerpo con cal viva. La causa sigue abierta.

Ramón Outeda Dopazo

Dos individuos llamaron a la puerta de una vivienda situada en la avenida de A Modia (Cambados). Encañonaron con un revólver y apartaron de su camino a una mujer que salió a recibirlos. Eran las 11.45 horas de un caluroso día 14 de junio del año 2005. Ramón Outeda Dopazo salió al encuentro de ambos. Mientras uno llevaba a su mujer a otra habitación, el otro lo mantuvo a raya. Apenas hubo tiempo para disputas verbales o físicas. A este hombre de 59 años, nacido en Sisán (Ribadumia), le entró una bala por el pecho y la otra quedó alojada en su cabeza, después de perforarle un ojo. Falleció al momento. Una mujer del lugar, que se acercó al escenario de la tragedia, creyó haber escuchado unas explosiones cuyo origen atribuyó a los fuegos de la fiesta que se celebraba aquellos días en la parroquia de Vilariño.

Traficante vilagarciano muerto en un coche en Ourense

Modesto Santiago Fonseca recibió dos tiros: el primer proyectil le entró por la espalda, mientras que el segundo quedó alojado en su cabeza. La sangre salpicaba sus ropas y el interior del coche en el que encontraron su cadáver durante la madrugada del día 3 de septiembre del año 2005. El vehículo estaba aparcado en la carretera del Seminario, en Ourense. Tenía 48 años y figuraba en la amplia relación de narcos de segunda fila. En su dilatada carrera movió importantes cantidades de cocaína. Los supuestos interesados en comprarle la droga eran cuatro individuos de Ourense y O Carballiño. Los registros realizados por las fuerzas de seguridad en ambas ciudades propiciaron el hallazgo de siete kilos de coca.

Muerte en Marruecos

Javier González fue la persona que, presuntamente, se encargó de allanarle el camino a los autores del secuestro y la muerte de los primos Ricardo y Ángel Feijoo. Este cambadés guió los pasos de los asesinos por las intrincadas carreteras de la comarca de O Salnés, entre Ribadumia y Cambados, el día 2 de diciembre del año 2005, y logró eludir el cerco policial. Lo hizo desplazándose a Marruecos, donde trabajó como transportista de hachís entre la dos orillas del Mar Mediterráneo. Fue en este lugar donde acabaron sus días, en otro ajuste acaecido tres años después.