domingo, 2 de diciembre de 2012

El guardián del Olimpo Celta


¿Por qué dejaron un jarrón en aquel lugar?
¿Quién pudo haberlo hecho?
En el año 1950, Juan Rodríguez explotaba una mina en el monte de O Pindo. Un día le llamaron la atención unas piedras que parecían haberse desprendido de una roca. Se preguntó cuál había podido ser  el motivo.
Recorrió la zona tratando de encontrar algún indicio que le permitiese confirmar que el origen no había sido inducido por los humanos. No lo encontró.
Pero no se dio por vencido. Se metió entre las piedras que posiblemente se hubiesen desgajado de la gran roca. Encontró una pared semicircular construida con guijarros. Aquel hallazgo le llamó la atención. Su curiosidad parecía haber encontrado recompensa.
Con una expectación que iba progresivamente en aumento, sacó las piedras. El hueco abierto le permitió ver que resguardaban un jarrón de barro.
Tenía un asa ancha de la que tiró. Y rompió la vasija. Recogió los fragmentos y los llevó a su casa para restaurarla.
Pasados varios años, conoció a un catedrático de la Universidade de Santiago. Le enseñó la jarra, y este se hizo cargo de ella para examinarla con detenimiento.
El cielo está gris y parece anunciar agua. Atrás quedó la cascada de Ézaro y la subida hasta O Fieiro, donde comienza la incursión por el monte de O Pindo, al que el Padre Sarmiento llamó el Olimpo de los Celtas, y comparte el topónimo con la cadena montañosa situada en Macedonia (Grecia), la cuna de la mitología helena.
José Rodríguez Ramos, hijo de Juan, a quien todos conocen con el nombre de Pepe do Fieiro, cuenta que la Reina Lupa que levantó un castillo en O Pedrullo y otro cerca de Duio (Fisterra).



Cuando murió, transportaron su cuerpo desde Santiago hasta Duio, y en un libro hallado en Arcos (Mazaricos) está escrito que, más tarde, lo llevaron a una montaña donde está enterrado.
“Supónse que era aquí, con sete millóns á cabeceira e sete millóns nos pés”. ¿De qué? “Supónse que eran lingotes de ouro. Era o que supuñan os nosos vellos”. Habla mientras camina por el Campo da Moa, una superficie delimitada por una pared rocosa sobre la que la naturaleza trazó unos relieves que recuerdan la obra de Antoni Gaudí en el Park Güell de Barcelona.

O Cadista
 “Estes campos estiveron rodeados dunhas murallas. Quen as desfixeron foron os que viñeron en busca dos tesouros”. Los restos pueden observarse con claridad. Pepe do Fieiro afirma que no tiene noticias de que la búsqueda hubiese deparado resultados positivos, aunque en la memoria colectiva quedó grabado un suceso. El protagonizado por un vecino conocido como O Cadista. Tuvo lugar durante los primeros años del siglo XX.
“Viñeron por aquí dous homes, que dicían que eran de Noia, e foron pola parroquia de Arcos preguntando quen coñecía estas montañas para facerlles de guía”. Le indicaron que esa función podría realizarla un hombre que pastoreaba un rebaño de ovejas, que los llevó hasta el destino que buscaban, O Forno da Moa.
Tal como le pidieron, los condujo hasta una pared de la montaña en la que se encuentra un hueco de unos dos metros de profundidad y la misma altura. Allí le indicaron que cavase en varios lugares. A continuación, regresaron. Cuando llegaron a la casa del pastor, le entregaron una moneda de cinco pesos, posiblemente de plata.
“Por que me dan tantos cartos?”, les preguntó. “Usted se los ganó”, le respondieron. “Volveremos y queremos que venga con nosotros de nuevo”, agregaron. El pastor dedujo que si le habían dado tanto dinero es porque en aquel lugar podría haber mucho más.
Volvió al Forno da Moa al día siguiente y cavó donde le habían indicado. De vuelta a su casa, le comunicó a su mujer que vendería las cabras, las ovejas y otras propiedades para pagar un viaje.
“De que imos vivir”?, le preguntó su esposa. “Teño que marchar”, insistió. Su destino fue Cádiz, donde permaneció por espacio de cuatro o cinco meses. Desde entonces le llamaron O Cadista.
Cuando retornó a casa encontró a sus hijos, “tres ou catro rapaciños pequenos que estaban á volta da lareira quentándose”, relata Pepe do Fieiro. Les preguntó por su madre y le dijeron que había ido a pedir limosna. “Dende hoxe non volverá a pedir”, les anunció.
Encargó que reconstruyesen su humilde casa, y cuando algún vecino vendía una finca, animales u otras propiedades, las compraba.  “Como é posible que en tan pouco tempo se fixera rico?”, se preguntaban sus vecinos.
La fortuna se encontraba en O Forno da Moa, es la conclusión a la que llegaron. En este lugar “atopou uns plumíns de ouro, dicíase entón. Eu imaxino que serían lingotes de ouro”, concluye, y en Cádiz los convirtió en dinero.
Hoy, las personas de más edad señalan cuál era su casa, en el lugar de Cornes, que cambió de propietario y de nombre.
Moa de Abaixo, Moa de Arriba, Moa do Freixo, A Laxe da Moa... El tono parduzco se torna en un verde intenso en una zona donde nace el agua. Se llama O Campo da Moa. Era el lugar al que acudían con los enfermos cuando la medicina les cerraba las puertas del futuro.

La sanación  
Tendían sus cuerpos en la hierba, trazaban su silueta en el suelo, retiraban al paciente, levantaban los terrones sobre los que había estado posado y los ponían al sol sobre las piedras para que secase. “Ó ir secando, o enfermo recuperábase”, cuenta Pepe do Fieiro. Esta práctica pudo haberse realizado “no tempo dos mouros”, apunta.
Mucho más cercana en el tiempo, tanto que él fue testigo de varias sesiones, está fechada una ceremonia muy similar, realizada con las vacas.  Cuando los cascos de las patas estaban muy carcomidos y los animales cojeaban, los vecinos de Ézaro decían “hai que facerlle o remedio do formighiño”.
Las llevaban a un campo, marcaban el perfil del casco dañado sobre el suelo, arrancaban nueve terrones y los ponían a secar cerca de la lareira. A medida que se quemaban, las vacas se curaban. 
Entre subidas y bajadas, saltando sobre piedras al borde de precipicios, transcurre la marcha con el sol en el centro el cielo.
O Pindo es el territorio natural de Pepe do Fieiro, cuya niñez transcurrió mientras cuidaba el ganado, alternando un día de clase con otro en el monte con su hermano para que los dos pudiesen estudiar.
Una hora de caminata basta para alcanzar la cumbre. Superados los 700 metros, sobre una roca agujereada por la acción erosiva de la lluvia, la playa de Carnota se extiende a la izquierda.
Más hacia el Sur se adivina Muros,  y San Francisco despuntando en el extremo de un brazo que se interna en el océano. Bajo los pies queda el puerto de O Pindo.
Cée está a la derecha, y tras una lámina de color azul cobalto es posible captar la imagen de Fisterra.
Después de descender por una pared rocosa, Pepe do Fieiro echa mano de un dicho popular, ‘en Arcos non hai ningun dereito’, y desvela el sobrecogedor acontecimiento que dio lugar a su origen.
Cuando llegaba el momento de pagar la contribución, los encargados de cobrarla se desplazaban desde Mazaricos con los recibos de mayor valor, que correspondían a propiedades como fincas, prados o casas.
No sucedía lo mismo con los que gravaban la matanza del cerdo o el uso del carro de las vacas. Lo conocían como el recibo del consumo, y no abonaban su importe porque no se los entregaban.
Meses después, se encontraban con la sorpresa de que les obligaban a realizar el desembolso con un recargo, provocando el comprensible enfado del vecindario. Viendo que se repetía la misma historia, un año sí y otro también, se reunieron en asamblea y acordaron que no pagarían nada si no les entregaban los dos recibos. La decisión era firme e irrevocable en todas las parroquias.

Arcos
Llegado el momento, todos se resignaron en el municipio de Mazaricos, a pesar de que no les entregaron los recibos del consumo. Todos menos los vecinos de Arcos. Días después, el recaudador fue, puerta por puerta y acompañado por la pareja de la Guardia Civil, haciéndoles saber el lugar al que debían dirigirse para pagar.
Atendieron el llamamiento de la autoridad, rodearon la casa en la que habían sido citados y le dijeron a su dueño, “Manuel, bota a estes homes fóra. Queremos pagarlle, pero aquí fóra”.
Cansados de esperar, tiraron piedras a las ventanas y el tejado y le advirtieron de que su vivienda quedaría destrozada si no cumplía la orden que le habían dado.
El recaudador mandó salir a la Guardia Civil, que se negó al comprobar que le llovían piedras. Lo hizo el recaudador, con una pistola en la mano. “Aínda ben non puxo un pé na rúa, unha pedra doulle na cabeza e o home acabou na terra”, cuenta Pepe do Fieiro. “E aínda non se levantou hoxe”, puntualiza.
El Siglo XX estaba en sus albores, el juicio se celebro en Muros, todos los vecinos de Arcos declararon haber tirado una piedra, fue imposible determinar de qué mano había salido la que acabó con la vida del recaudador, y nadie fue condenado por su muerte.
“Que castigo houbo?”, se pregunta. No cobrar el recibo durante varios años a los vecinos de Arcos hasta compensarlos por los recargos pagados indebidamente, expone.
Un giro en el tiempo y en el espacio sitúa la escena de su nuevo relato en Ézaro.
El día 12 de septiembre de 1951 fue inaugurado el puente situado frente a la cascada. “Non sei, dende que o mundo era mundo, aí sempre houbo unha barca”, dice.
Era el medio de transporte para cruzar la ría. El que pretendía usar la gente que venía de una feria en Cée. Se acercaba la noche, y la necesidad de regresar sus casas provocó la tragedia.
Aquella embarcación tenía capacidad para siete u ocho personas, los pasajeros que subieron eran muchos más, y se fue al fondo. Murieron ahogadas 18 personas. Por cada víctima fue instalada una cruz de hierro. Acabaron convertidas en chatarra. “Dezaoito cruces contei eu”, subraya.
Próxima al lugar donde Pepe do Fieiro contó las 18 cruces baja el agua lamiendo la ladera de la montaña. Es la imagen más conocida de Ézaro. Era una cascada que desembocaba en el mar, la única de Galicia. Una estampa que destrozaron las autoridades.
Franco comenzó una labor que  fue culminada por Manuel Fraga como presidente de la Xunta, con la construcción del embalse de Santa Uxía.
“Agora non é cascada nin é nada”, concluye a modo de inicio. No hace muchos años, el agua se derramaba a raudales, provocando un sonido atronador al golpear el suelo rocoso y correr hacia el mar. A continuación, la espuma se elevaba en el cielo.

La cascada  
Hoy es solo un hilo. “Cae unha pouquiña e dáselle importancia”, insiste a modo de lamento. “Ven polas tuberías”, añade, cuya visión contrasta en un paisaje que no por eso deja de resultar fascinante.
El camino de regreso comenzó hace ya algún tiempo, y ahora comenta Pepe do Fieiro anécdotas de su etapa de estudiante en un colegio religioso de Santiago y de sus años de profesor, preparando a los alumnos que se matriculaban en Bachillerato.
En la década de los setenta se percató de que el francés que había aprendido no bastaba para seguir realizando su labor docente. Se imponía el inglés y decidió aprenderlo.
Con más de 40 años, se fue con su mujer a Inglaterra, dejando a su hija, de nueve meses, a cargo de los abuelos.
En Londres trabajó en un hospital, completando sus ingresos con las clases de español que impartió a hijos de emigrantes, hasta que una huelga que duró seis meses, en plena etapa del gobierno de Margaret Thatcher, derivó en un despido colectivo y regresó a Ézaro.
Había emigrado con la intención de retornar a los cuatro años y pasaron 17. La montaña lo estaba esperando con su poderoso magnetismo. En la noche del 24 de julio de 2010 resolvió otro enigma.
“Os nosos vellos”, dice de nuevo a modo de inicio, le trasmitieron que desde el monte de O Pindo se podía ver la ropa a clareo en las fachadas de las casas de Santiago. Por más que lo intentó, fue incapaz de distinguir las torres de la Catedral, a pesar de haberlo intentado con la ayuda de unos prismáticos. “Os nosos vellos supoño que non os terían”, plantea.
Hasta que su hija le dio la idea y una tarde subieron los dos hasta O Pindo. El espectáculo pirotécnico que anuncia la fiesta de Santiago Apóstolo le sirvió de referencia para encontrarlo, y bajó satisfecho al haber comprobado que los antepasados no se equivocaban, y si no había visto hasta entonces la capital era porque había mirado en una dirección equivocada. 
De nuevo en O Fieiro, las dos preguntas siguen sin respuesta.

Las preguntas
¿Por qué dejaron un jarrón en aquel lugar?
¿Quién pudo haberlo hecho?
En estas tierras habitó una población foránea, a la que en Galicia se identificaba con el término genérico de moros, y cuando los Reyes Católicos le plantearon la disyuntiva de convertirse al catolicismo o abandonarlas, la mayor parte prefirieron marchar lejos, aún sabiendo que estaban obligados a dejar las riquezas que habían acumulado, explica.
Sucedió en el Siglo XV. “Supónse que algo terían e deixaríano agochado por algunha parte. Nada se sabe de que se atopase algún tesouro de entón”, expone. “Que facía esa xerra aí?, Quen a colocou ahí?”, se interroga reeditando las dudas que asaltaron a su padre hace 62 años.
“Pode ser que haxa unha escavación, unha cova, que protexeron rachando a rocha e a taponaron cunha parede curva,  onde se atopa un tesouro”. Es posible que escondieran en ese lugar sus propiedades con la esperanza de que si el destino les permitía regresar, a ellos o a sus descendientes, y encontraban la jarra, sabrían que sus riquezas estaban a salvo.
Los estudios a los que fue sometida determinaron que la jarra fue fabricada en el Siglo XV, y desde entonces permaneció resguardada entre las piedras de O Pindo. Hoy se encuentra catalogada en el almacén del Museo do Pobo Galego en Santiago.
En los montes gallegos se repiten las leyendas relacionadas con los tesoros ocultos. El jarrón podría ser un indicio. “Podería ser como unha marca”, plantea.
Desde el portal de su casa se contempla el majestuoso paisaje de la bahía de Ézaro. Atrás quedaron cuatro horas de caminata y un descomunal despliegue de sabiduría. Pepe do Fieiro se despide. Todo vitalidad. Con sus pletóricos 78 años. 

Diario de Pontevedra (02-12-12)

sábado, 17 de noviembre de 2012

Cinco crónicas de un naufragio



Los familiares de los tripulantes del ‘Cabo Razo’ que vivían en las proximidades de Vilagarcía se desplazaron hasta el Puerto arousano para decirles adiós. El barco hizo escala para cargar tablones, procedentes de Pontecesures, conservas y leche condensada.
     En sus bodegas también llevaba sosa y lingotes de hierro de Gijón y Bilbao. Además de la tripulación, formada por 39 marineros, viajaban cinco pasajeras, tres francesas y dos vascas, alumnas del Colegio-Escuela Bérliz, de Bilbao.
    Era el 4 de agosto del año 1958. Un día soleado dio paso a una noche plácida. El ancla fue levantada a las 22.30 horas y la embarcación partió con destino a Málaga.
    Poco después de zarpar, enfiló por un rumbo equivocado, y en lugar de dirigirse por el canal de navegación para salir de la ría de Arousa, lo hizo hacia la península de O Chazo, en Boiro, donde chocó con el bajo de A Barxa.

‘o tonero’. «Estabamos a traballar ó boliche meus tíos Manuel e Lucho, Benigno, un rapaz chamado Francisco, ó que lle levaba dous anos, e Manuel, o fillo de Lucho. Cando metíamos o aparello sentimos un ruido». José Outeiral, ‘O Tonero’, tenía 18 años y creyó que había caído un avión.
«Díxenlle ó señor Benigno, ‘non sei, aí sentín un ruido’. El respostoume, ‘ti sempre estás escoitando cousas raras’. Seguimos traballando, e dalí a sete ou oito minutos díxenlle, ‘sinto berrar’. ‘Eu non’, repetiu, ‘eu eu si’, insistín».
‘O Tonero’ recuerda lo sucedido en Cabo de Cruz , su pueblo, mientras otea el cercano escenario de aquel suceso.
«Paramos, escoitamos, e sentíase pedir axuda. Arriamos en banda. Era un racú a remos. Eu estaba entrenandome para as regatas e dáballe bastante ben. Nunca remei tanto na miña vida. Din todo canto tiña», asegura.
Siguiendo el sonido se dirigieron al lugar del que procedían las voces. Sacaron del agua a once náufragos que viajaban en el ‘Cabo Razo’. No había cabida para más en una embarcación de 5,5 metros de eslora. «Encontramos a un que ía co salvavidas e estaba morto. Deixámolo. Se non había sitio para os vivos, como íamos meter a un morto», argumenta.
Se dirigieron a la playa de Ribeira Grande y los llevaron a la Panadería Saborido, de Cabo de Cruz, donde buscaron ropa para los supervivientes. También para una francesa, «era de miña nai, que tería hoxe 113 anos. Como sería?, Pero ela vestiuna contenta», señala.
Después cruzó la ría de Arousa con su padre. Era día abierto cuando avisaron en la Comandancia de Marina de Vilagarcía, de la que salió una embarcación de salvamento que fondeó cerca del lugar donde se veían los palos del ‘Cabo Razo’. «Cree que os náufragos van vir nadando ó barco? Vaian vostedes a buscalos», le dijo su padre a los soldados.
El impacto de la estructura del barco contra la roca había sido súbito, provocando su hundimiento en apenas cinco minutos, sin que la tripulación pudiese organizar una evacuación ordenada y echar al agua los botes salvavidas.

IÑAKI ITURRI. Con un millar de habitantes, Ea es un pequeño pueblo de Bilbao que vive del mar. Suena la música de la fiesta mientras Iñaki Iturri hace memoria. «Echamos tableros al agua y, cuando estaba nadando, me encontré a una francesa, que fue agarrada a mi jersey durante más de una hora. Cerca de una piedra le pregunté si podía aguantar, porque estaba agotado».
Sintió que unos brazos lo amarraban. «No podía más, y cuando estaba tumbado en la roca alguien comentó que al subir la marea quedaría bajo el agua. Dije que podíamos subir a los brazos de una cruz que me pareció ver, cuando resultó que era una baliza», expone midiendo mucho sus palabras.
Un barco los llevó hasta Cabo de Cruz. En Vilagarcía. «Me tocó de identificar los cadáveres, también los de las francesas, que tenían las caras llenas de moscas. Su madre quiso echarse encima de ellas. Tuvimos que agarrarla. Aquello fue terrible», describe en un tono reservado.
Con 260 toneladas de mercancía y una eslora de 96,86 metros, el ‘Cabo Razo’ quedó hundido de costado, escorado hacia babor, a unos 18 metros de profundidad y a unos 200 de la baliza de A Barxa, que está situada a medio kilómetro de la orilla. 

Manuel sierra. «Íbamos tres compañeros durmiendo en el camarote de proa cuando, de repente, entró agua por la puerta y la ventana. Salimos nadando y el barco se hundió rápidamente sin dar tiempo a echar un SOS», rememora Manuel Sierra en una aldea de Cantabria.
Era el encargado de la limpieza quien habla. «Aunque nadaba bien, me agarré a un bidón, pero lo abandoné porque se giraba y me sumergía. Al cabo de varias horas hice una pequeña balsa con tablones que estaban flotando. Se unieron otros compañeros. Sobre las cinco de la mañana vino una barcaza, en la que había más náufragos, que nos llevó hasta el ‘Cíes’, en el que regresamos a Vilagarcía».
¿Qué le pasó entonces por la cabeza? «Bueno, en ese momento piensas en todo, estás nadando y de das cuenta de que no puedes hacer nada más. El asunto era aguantar lo que pudiese. Escuché gritos, a lo mejor a unos 200 metros. Y luego ya se hizo el silencio en la oscuridad», añade pensativo.
En las inmediaciones del lugar donde se produjo el naufragio no se encontraba ningún barco, solo el ‘San Antonio’, el pequeño racú a remos de Cabo de Cruz.
Al percatarse de lo que había sucedido, sus tripulantes tiraron al mar la pesca y los aparejos para tratar de llegar lo más rápido posible al lugar donde escucharon gritos, Tardaron una hora en hacerlo.

JOSÉ RAMÓN ABUÍN. «Estaba comiendo cuando empezó el noticiario de Radio Nacional de España. A bombo y platillo anunciaron que se había producido un naufragio de un buque de carga y pasajeros en la ría de Arousa.
     José Ramón Abuín vivió esta situación cuando tenía 14 años. Se produjo en Barcelona. Su padre, Ramón, nacido en Carril (Vilagarcía) era el primer maquinista del ‘Cabo Razo’.
«Dijeron que hubiera muertos. Mi madre empezó a llorar y mi prima, que era pequeña, pataleaba en el suelo. A continuación empezaron a dar la lista con los nombres de los muertos. Fue el peor momento, porque, aunque corta, nos pareció extremadamente larga. Era un calvario porque estaba esperando que el siguiente fuese mi padre. No fue así y dijeron que hubiera supervivientes», explica.
Comenzaron entonces las gestiones para confirmarlo. Lo intentaron por medio de una conferencia telefónica. Y así fue, sobre las siete de la tarde nos dijo que había hablado con él y se encontraba bien». Atrás quedaban las cuatro horas y media más angustiosas de su vida.
Los cinco marineros del racú lograron rescatar de las rocas a los diez tripulantes que se habían encaramado a ellas y a una pasajera francesa. El barco a motor que los trasladó hasta Vilagarcía recogió del agua tres cadáveres que se encontraban flotando. Llegaron a las 7.30 horas.
A las 9.30 horas, desde el guardacostas ‘Cíes’, de la Comandancia de Marina, comunicaron que traían a 20 supervivientes, que  encontraron en el mar, cerca de Ribeira, cuando trataban de mantenerse a flote ayudándose en los tablones, y a dos cadáveres.
Al mediodía del 5 de agosto fueron hallados tres cadáveres más y al atardecer, cerca de la Praia do Castro, próxima a Ribeira, apareció otro. Transcurridas 24 horas del naufragio, el balance era de 31 supervivientes, nueve muertos y cuatro desaparecidos. La búsqueda se prolongó por el litoral.

CHELO PAULOS. No le fueron bien las cosas al vilagarciano Amadeo Paulos como emigrante en Francia. Regresó a España y se embarcó en Bilbao en el ‘Cabo Razo’.
«Miña nai baixou ó mercado a Vilagarcía, e ao chegar a altura do cemiterio veu un grupo de xente falando. Chamoulle a atención que chegaran varios coches fúnebres, preguntou que pasara e responderolle, ‘non te enteraches de que un barco foi a pique’? Nese intre toleou pensando no pior». Quien lo cuenta es Chelo, hermana de Amadeo.
En el puerto trataron de tranquilizarla diciéndole que había varios supervivientes en Aguiño (Ribeira), pero pasó el tiempo y su hijo no era uno de ellos. Y como el mar tampoco se lo devolvió, quince días después del accidente se ofició una misa en su memoria en la iglesia de Cornazo.
«Foron os 15 días máis negros na nosa casa, foi un sin vivir, e na noite daquel día, un pescador atopou o seu corpo», narra Chelo. Tenía 25 años, hacía tres que se había casado y tenía un hijo de 18 meses. Vino a morir a casa.

LAS DECLARACIONES. «No me explico el accidente, el mar estaba en calma y la noche era clara cuando, de pronto, sentimos un gran golpe. Estaba trabajando en la cubierta, haciendo unas pequeñas reparaciones. Éramos seis, el contramaestre, cuadro bodegueros y yo», declaró el vilagarciano Eduardo del Río en las dependencias judiciales.
    «Estaba con el contramaestre en su camarote. Al oír el golpe subí a la cubierta y, al ver que el barco se inclinaba, bajé de nuevo a los camarotes y di la voz de alarma», afirmó José Cancela, de Moaña.
«Fui el primero en arrojarme al mar al ver que no era posible arriar los botes salvavidas. Nadé durante algo más de una hora», agregó.

la incógnita
«A ría ten una boa entrada e o capitán levaba moito tempo entrando por alí. Penso que confundeuse coas luces de Palmeira e Ribeira», argumenta el marinero Vicente Mallo en su vivienda de Tal (Muros). «Aquela noite non había ninguna néboa. Era unha noite estrelada», puntualiza.
«Se comentó que los empresarios querían deshacerse del barco», señala Manuel Sierra. «Houbo moitísimos comentarios de que o levaran para afundilo, pero nós non sabemos o que pasou nin porque colleu aquela dirección, porque non era normal», dice Chelo Paulos.
«No se conoce el motivo real del accidente, cosa que probablemente, jamás será conocida», publicaba El Pueblo Gallego el día 12 de agosto.
«Debe tenerse en cuenta el contexto. El accidente se produjo en plena dictadura y era un asunto sujeto a la jurisdicción militar, absolutamente opaca a los medios de comunicación», detalla Javier Bouzada en una publicación editada con motivo del 50 aniversario del naufragio. 

el epílogo
La pasajera francesa que se salvó, Anny Tissier, envió una carta de agradecimiento y contribuyó en la recuperación del litoral tras la catástrofe provocada por el ‘Prestige’.
La bilbaína María Teresa Juaristi nadó durante varias horas sujetando el cadáver de su hermana, Victoria, para evitar que se hundiese. Nunca quiso hablar de aquel episodio.
El naufragio del ‘Cabo Razo’ fue el tercero del que salió indemne José Cancela, de Moaña.
José Outeiral, ‘O Tonero’, se encontraba en el Puerto de Barcelona, donde estaba siendo reparado el barco de la Campsa en el que trabajaba. Allí se encontró con un vecino, apellidado Oliveira, que le propuso que se enrolase en su barco, en el que había una plaza libre y el salario era más alto.
«Levoume ao ponte de mando e o encargado das contratacións dixo que non. Era un dos do ‘Cabo Razo que salvaramos. Seguro que non me coñeceu, porque eu tampouco lle dixen nada», recuerda.
«E fíxome un favor moi grande porque dalí pouco tempo desapereceu, foise a pique o barco e aínda agora non se sabe nada deles». El barco al que se refiere ‘O Torero’ era en ‘Monte Palomares’, que se hundió después de salir de Norfolk (Virginia) con dirección a España en enero del año 1966

Cuarenta horas de grabaciones para un documental.
Las declaraciones que figuran en este reportaje fueron recogidas por Antón Caeiro y Margarita Teijeiro para un documental titulado 'Desde dentro del corazón', en el que además del naufragio del 'Cabo Razo' tambíen abordarán el progresivo alejamiento entre Vilagarcía y su ría, la época dorada del marisqueo, y la presencia de la Escuadra Inglesa, con "Os Nachos" de Carril, Verino y Manolo Diz como hilo conductor.
Antón y Margarita son los responsables de 'O Faiado da Memoria', un proyecto que persigue la recuperación de imágenes y acontecimientos históricos por medio de exposiciones, participación en la puesta en marcha de museos y elaboración de documentales.
Ambos subrayan que el trabajo realizado para documentarse sobre el naufragio del 'Cabo Razo' les permitió comprobar que la práctica totalidad de los protagonistas acabaron explayándose sobre lo acontecido en la Ría de Arousa después de superar las reticencias iniciales que les produjo el interés por conocer sus vivencias de la tragedia.   
 
Diario de Pontevedra (11-11-2012).
Fotos: O Faiado da Memoria

sábado, 27 de octubre de 2012

Wolframio de Arousa para Adolf Hitler


En los miles de publicaciones que abordan la II Guerra Mundial, Lousame no cuenta con un apunte a pie de página, y en los balances del Puerto de Vilagarcía tampoco aparecen anotaciones de las salidas de barcos cargados de volframio con destino a Alemania.
Es lógico. La España de Franco enarbolaba una neutralidad que no impidió al ejército de Adolf Hitler abastecerse en las minas situadas en un pequeño municipio de la provincia de A Coruña de un metal necesario para endurecer las aleaciones con las que construía su armamento.
Era transportado por medio de embarcaciones desde Taragoña (Rianxo) hasta Carril (Vilagarcía), donde se trasladaba la carga a los barcos utilizados para llevarlo hasta su destino final. De este modo, el III Reich cubrió en la ría de Arousa una demanda que dejó de atender China, su anterior proveedor, cuando comenzó el conflicto bélico.
Se convirtió en un metal de valor estratégico, su precio pasó de 13 pesetas el kilo a 300, y el impacto provocado por su explotación alcanzó unas dimensiones descomunales. El fenómeno fue similar a los generados por la búsqueda del oro en California o Alaska.
«Tolearon co ouro negro», puede escucharse entre quienes fueron testigos de la fiebre que provocó encontrarse ante un inesperado filón de riqueza inmediata enterrado en la montaña de un pueblo sumido en el atraso, cuyos habitantes estaban condenados a la miseria o la emigración.
Aunque las primeras referencias de la existencia del estaño datan de la Edad de Bronce, su extracción en las minas de San Finx de Lousame comenzó en 1897 de la mano del inglés residente en Santander Thomas Jakes Burbury. Al frente de esta actividad se mantuvieron compatriotas suyos a través de distintas compañías.
En el subsuelo también abunda un metal cuyo color negro contrasta con el blanco de las piedras de cuarzo del que está rodeado. Es el wolframio, que carecía de uso entonces. Las minas fueron nacionalizadas en 1940, Industrias Gallegas, de Barrie de la Maza, se convirtió en su propietario, y la maquinaria de la muerte multiplicó su valor.
La población se echó al monte. La explotación minera, que estaba en manos del Gobierno, necesitó incrementar su mano de obra, que nunca era lo bastante para dar respuesta a la súbita demanda.
Unos encontraron ocupación en Industrias Gallegas, que llegó a disponer de los más modernos medios de producción de Europa, mientras que otros buscaron el wolframio en la superficie, rastreando la llamada zona libre, o introduciéndose en las minas que habían quedado abandonadas, ante la impotencia, en unas ocasiones, y la complicidad, en otras, de los vigilantes, que siempre eran insuficientes ante la avalancha.
El sonido de las explosiones se hizo tan habitual como el olor que desprendía la pólvora. La mayor parte trabajó legalmente, pero no por eso dejaba de aprovecharse de la falta de control para robar el mineral escondiéndolo en los bolsillos o los dobladillos de los pantalones.
Otros acudieron a las vetas que habían abandonado los ingleses y seguían sin ser explotadas, y un tercer grupo, formado por mujeres mayoritariamente, realizaba la búsqueda en el suelo. Esta actividad se conocía
con el nombre de ‘á roubacha’.
Las hileras de millares de trabajadores dirigiéndose hasta San Finx, cuando todavía no había amanecido, se convirtieron en una estampa habitual. Era tal la demanda que todos los brazos no bastaron. Llegaron de municipios limítrofes. Pero la guerra pedía más, y también acudieron desde Portugal y Extremadura. En plena diáspora hacia Europa y América, la población de Lousame pasó de 4.900 habitantes a más de 6.500.
La Guardia Civil también participaba en el negocio, y el principio que inspiraba sus acciones era el siguiente: un buscador de wolframio no produce si está en la cárcel. En coherencia con este planteamiento, ninguno acababa en el Cuartel, aunque muchos sufrieron palizas por negarse a entregar a los agentes una parte del botín. Un guardia, conocido como O Marelo, causaba pánico por sus métodos brutales, y cuando los buscadores escuchaban su nombre huían despavoridos por el monte.
En una ocasión sonó un disparo y se produjo una excepción: murió una chica que tenía 18 años y estaba embarazada. O Marelo no fue su autor. Dicen que apretó el gatillo el cabo Ríos, otro aficionado a arreglar las cuentas pendientes a culatazos.
En este ambiente, un vecino de Lousame, tan pobre como casi todos, consiguió la concesión de una zona por parte de Industrias Gallegas, que no tenía capacidad para trabajarla. Llegó a contratar a 300 personas. Se convirtió en millonario de la noche a la mañana y lo perdió todo con la misma velocidad que lo había ganado.
Todos conocían por el apellido a aquel personaje, Vilariño. Era de los que acudían con asiduidad al Casino de Noia, una localidad notablemente más importante que Lousame, cuya primera línea telefónica había sido una prolongación de la que fue instalada anteriormente para dar servicio a las minas de San Finx.
Junto a una pista de baile de madera se encontraban las mesas con el tapete verde sobre las que se disputaban partidas que se prolongaban durante toda la noche y finalizaban con el día abierto. Las cartas fueron la perdición de no pocos nuevos ricos.
Prácticamente arruinado y consumido por el vicio, Vilariño llegó a jugarse a su esposa. Y la perdió. El ganador no quiso cobrar la deuda, pero su familia aún hoy se avergüenza de lo acontecido.
Manejar dinero era todo un acontecimiento en una sociedad rural en la que el trueque era el método más utilizado para acceder a los bienes más básicos.
Hombres jóvenes, desarraigo, dinero a raudales, alcohol, armas, esperanza de vida reducida por la penosidad del trabajo... y la prostitución.
También se multiplicó esta actividad, y como es habitual, nadie admitía que las putas fuesen de su pueblo. Todos apuntaban a las localidades vecinas como lugar de procedencia.
Estados Unidos y Francia lograron cortarle el suministro de petróleo a España ante la complicidad de Francisco Franco con Adolf Hitler, y Gran Bretaña, que se percató de la dependencia germana se sumó a la lucha por medio de otro recurso: la compra de wolframio a precios más altos que los que pagaban los alemanes.
El Casino Noia era el punto habitual de encuentro de espías de los dos países. Era el escenario de otra partida. Allí se cerraban las compras de grandes cantidades, mientras que esta tarea, piedra a piedra, la realizaba los intermediarios en las tabernas de Lousame a plena luz del día.
El mineral que adquirían los nazis se trasladaba desde Carril (Vilagarcía), donde hace varias décadas se encontraron varios prismáticos en el monte de San Roque que un día fueron usados para controlar la salida de los barcos.
El que conseguían comprar los ingleses acabó mucho más cerca del lugar donde fue extraído, porque carecía de utilidad para ellos, ya que solo para fabricar los filamentos de las bombillas. Lo embarcaban en Noia, y los barcos lo descargaban en la ría, cerca de Muros.
“De once anos comencei a ir á mina de Vilariño. Saía da casa ás seis da mañá, e cando chegaban os mineiros marchabamonos nós. Tamén traballei á roubacha na zona libre e na escombreira. Vendía a precio de estraperlo. Tiñámoslle moito medo ó Marelo. Pola tarde ía á escola”, recuerda Josefa Romero Martínez.
“Logo empezaron a vir os gardas, pero un deles, de Rois, era amigo dunha que viña conmigo e axudábanos, porque había guardias mañps e bos. Nos íamos cedo, e cando viña moita xenta mandábanos marchar para que non tivesemos problemas”, expone Digna Castro Cobas.
Eran los primeros tiempos, pero la voz se fue corriendo. En una Galicia sin apenas infraestructuras de comunicación, el hambre y el boca a boca hizo el resto. “Empezou a vir máis e máis xente, parecía a festa de Noia. De todos os lados: Serra de Outes, Vilagarcía, Boiro. De todas partes”, agrega.
Entonces, para deshacerse de la competencia, las mujeres lousamianas usaban un recurso infalible. “Para escorrentar á xente e quedarnos soas, só tiñamos que dicir ¡que ven O Marelo!, ¡que ven O Marelo! E marchaban todos”, recuerda Digna Castro.
Los dos testimonios fueron recogidos por Mayte Sobradelo, una estudiosa del tema, responsable del centro de interpretación situado en San Finx, cuya construcción promovió el Concello de Lousame, que permite evocar los acontecimientos registrados en una localidad que los alemanes usaron como una colonia para extraer una materia prima imprescindible en sus siniestros planes.
Fueron cuatro años de frenesí, entre 1941 y 1945. Con el final de la II Guerra Mundial dejó de interesar el wolframio. La guerra de Corea, entre 1951 y 1953, reactivó el interés por este mineral, pero repuntó con una intensidad notablemente inferior.  Fue el canto del cisne.
Como entonces, la guerra sigue siendo uno de los negocios más lucrativos del mundo, pero los materiales estratégicos necesarios para la fabricación del armamento se encuentran hoy a miles de kilómetros de Lousame, y la función de proveedor que se realizó desde esta localidad corresponde ahora a países situados muy lejos de sus montañas.
Quienes supieron aprovechar la oportunidad ahorraron dinero con el que construyeron nuevas viviendas, abrieron negocios o adquirieron propiedades como pisos, terrenos o embarcaciones, pero la mayor parte gastó de noche lo que ganó durante el día, y cuando finalizó el conflicto bélico se encontró de nuevos con los bolsillos vacíos

Fotos: Concello de Lousame

Diario de Pontevedra (14-10-2012)

domingo, 7 de octubre de 2012

Con un dedo de la mano izquierda



Escuchó dos veces la frase ‘si no mueres hoy, no mueres nunca’ y, además de superar dos situaciones críticas, separadas entre sí por más de cuatro décadas, también fue capaz de vencer las limitaciones que le provocó el segundo de los episodios. 
 Xosé Lois Vila Fariña (Baión-Vilanova, 1954) sigue haciendo lo que le apasiona, plasmar sobre el papel la riqueza etnográfica de la tierra que lo rodea, para que la respeten, y las tradiciones, vivencias e historias de sus vecinos, para que no caigan en el olvido.

 «Eu nacín primeiro, iso foi o que me salvou», asegura, porque el día 21 de abril del año 1954 vino al mundo en el lugar de Serantes, en la parroquia vilanovesa de Baión. Era mediodía y la sorpresa de Manuel y Peregrina se produjo cuando comprobaron que eran padres de gemelos. Pero Manuel, su hermano, murió a los dos días.

Si vida nunca fue fácil, y el segundo revés fue la enfermedad pulmonar de su padre, un maestro que no había aprobado las oposiciones e impartía clases particulares, que lo obligó a permanecer durante largas temporadas en un hospital de Vigo y falleció ocho años después de su nacimiento.

Su madre lo enseñó a leer, tarea en la que también colaboró su padre cuando la enfermedad le daba alguna tregua, y a los cinco años trataba de descifrar qué decían los periódicos. A tan temprana edad, «naqueles tempos era un prodixio», afirma.

Las cosas volvieron a torcerse cuando le atacó el virus de la meningoencefalitis. Durante casi cuatro meses estuvo postrado en  una habitación de un hospital de Vigo. Fue entonces cuando le dijeron que si esa enfermedad no acababa con él, no moriría nunca.

Vila fue ingresado en el Hogar Padre Salvado, de Tui. «Aquilo era o inferno. Cortábannos o pelo ó cero todos os meses, había que falar en castelán e facíannos rezar máis que ós curas», recuerda.

Y allí tuvo que permanecer durante cinco años, en los que compartió con un grupo formado por cinco compañeros su afición por la historia y la mitología que había despertado la lectura de un diccionario en su casa de Baión. Sus escenas favoritas estaban en La Odisea y La Ilíada. Héctor y Aquiles eran sus héroes.

También protagonizó dos intentos de fuga. El primero fue en solitario. Una noche abandonó el colegio, se puso a caminar en dirección al Monte Aloia y acabó durmiendo cerca de una taberna. 
El día siguiente reanudó la marcha con la intención de llegar a Vigo, pero en Mos llamó la atención su presencia y acabó en el Cuartel de la Guardia Civil.

«¿Te has escapado?», le preguntó un cabo después de comprobar su procedencia. Vila respondió con una afirmación. «No me extraña», le dijo el guardia, que sabía cómo se las gastaban en el Hogar Padre Salvado.

Le cayó una bronca después de haber estado un día en la enfermería, y su segunda fuga frustrada hubiera sido masiva si la intentasen los 35 alumnos que ocupaban su dormitorio, pero solo respondieron tres: él, un chaval de Dena (Meaño) y otro de Pontevedra.

Eligieron el trazado del ferrocarril para encaminarse hacia Pontevedra, y es posible que hubiesen llegado a otra capital, Ourense, de no haber sido interceptados por los guardias de la frontera cuando caminaban en dirección a la ciudad de As Burgas.

No llegó hasta su casa, pero alcanzó el objetivo que buscaba porque lo expulsaron. Sucedió en  1967, tenía doce años y comenzaba una nueva etapa en su vida. Regresó a la escuela de Baión, y asegura que aprendió más en un año que en cinco en Tui.

Sacó el certificado de Estudios Primarios. Le atraía la mecánica, pero tuvo que convertirse en aprendiz de sastre. Lo dejó a los tres años y tampoco le convencieron la electricidad ni la electrónica, actividades a las que se dedicó durante un corto espacio de tiempo.

Sus problemas de visión no lo desanimaron, y por este motivo quedó exento de hacer el servicio militar. Enseñó a leer y escribir y dio clases de recuperación en la casa de su madre.

Era entonces Vila un joven cargado de ilusiones que reflejó en la creación de una revista de periodicidad mensual, titulada ‘O noso pobo’. El primer número salió a la calle en enero de 1982 y su sueño finalizó en junio de 1985. Fue un proyecto que califica de «épico», y tuvo una segunda etapa entre 1993 y 2000.

La diabetis que le detectaron tampoco lo desanimó. Como los panaderos o las lecheras, Vila recorrió, andando, todos los meses los lugares de la extensa parroquia de Baión para vender los 350 ejemplares de su revista puerta a puerta, primero a 125 pesetas y más adelante, cuando compró la fotocopiadora, a 250.

Empezó, entonces, su etapa de colaborador en varios diarios, en los que dejó escritas más de un centenar de crónicas, al tiempo que publicaba libros sobre Vilariño (Cambados) o Ribadumia y hacía  trabajos de investigación sobre Cristóbal Colón y su posible origen gallego, reflejados en cuatro ejemplares de una revista.

Publicó sobre el Monte Lobeira, Pontearnelas, el vino de Barrantes, la Cámara de Comercio, Baión, una síntesis histórica de Galicia, Domingo Fontán,  Vilanova, y se estableció durante una temporada en Poio para dedicarse durante varios años a investigar las raíces gallegas de Cristóbal Colón, sobre el que elaboró una obra de teatro y varias revistas.

El trabajo de dilvulgación le permitía ir tirando, y no lo abandonó después del 11 de septiembre de 2005. Aquel día se dirigía a casa de su madre cuando cayó al suelo. Creyó que había resbalado pero no pudo levantarse. Acudió un vecino en su ayuda. Es todo lo que recuerda.
  
Hasta noviembre estuvo internado en el Hospital Montecelo, de Pontevedra. Allí supo que había sufrido una hemiplejia que le paralizó la mitad de su cuerpo y una descompensación visual que hizo necesario tapar el cristal derecho de sus gafas.

Con 51 años acabó en una residencia de ancianos de Vilagarcía, donde permaneció hasta mayo de 2006. Tuvo que aprender a escribir de nuevo. «Tiña ideas, a cabeza funcionábame, pero non podía escribir».

Le regalaron un ordenador, y mientras le habilitaban una casa adaptada a sus necesidades, se levantó de nuevo contra la adversidad como sabe hacerlo, escribiendo. Y llegó entonces la etapa más prolífica.

Xosé Lois Vila Fariña elabora la historia de A Illa junto con Juan Dopico, y la de Vilanova, publica una monumental encicolopedia de Baión, un trabajo sobre aforsimos, una obra de teatro, nuevas aportaciones relacionadas con Cristóbal Colón, aborda el origen del vino albariño y las biografías de su amigo Domingo Fontenla y Julia Becerra Malvar.

A raíz de aquel episodio escuchó por segunda vez la frase, ‘si no mueres hoy, no mueres nunca’. Vila se rebela. Vila no se resigna. Desde entonces, firmó 21 publicaciones. 

Ahora trabaja en la historia de la parroquia de Tremoedo (Vilanova). Medio ciego, y tecleando sobre el ordenador con el único dedo de la mano izquierda que atiende las órdenes de su cerebro, el índice.

Diario de Pontevedra (07-10-2012)