jueves, 26 de enero de 2012

Crónica de la generación perdida de Vilanova

«Ese gesto llegó un día que Melchor me dijo que lo acompañara. Me mandó subir a un vehículo. Yo no sabía cuál era el motivo del viaje, pero me subió rápidamente la adrenalina y tuve una fuerte sensación de miedo y felicidad. La curiosidad y el pensar que podíamos hacer algo ilegal me carcomían, aunque no sabía a donde íbamos ni qué íbamos hacer».
Manuel Fernández Padín tenía 40 años cuando escribió este párrafo en un libro que espera publicar, y 27 el día que atendió la petición del hijo de Manuel Charlín Gama, el patriarca del clan vilanovés de narcotraficantes.
No tardó en despejar la duda. Corría el año 1989, el Miño trazaba la división entre dos países, y Melchor estaba en situación de busca y captura en Portugal.
Su misión consistió en cruzar, caminando, el puente entre Tui y Valença y regresar conduciendo un BMW que le entregó en la localidad lusa Manolo.
El hermano de Melchor lo recuperó después de entrar en España, donde querían echarle el guante para que cumpliese las cuentas que tenía pendientes.
Lo hizo atravesando el río en una barca a la altura de A Cañiza, ayudado por unos compinches. «Tenía experiencia en andar fugado y solía visitar la casa de sus padres de noche», escribe Padín.
La jugada se repitió, aunque en esta ocasión con un Volkswagen Golf GTI. Acompañado por la esposa de Manolo, ambos embarcaron el vehículo en el transbordador de Salvaterra.
Manolo les salió al encuentro y Padín acompañó a la feliz pareja hasta Vilanova, donde finalizó un viaje de novios que los había llevado a Río de Janeiro.
Un joven que había permanecido al margen de la intensa actividad derivada del contrabando de tabaco y no se había manchado en el incipiente mundo del narcotráfico acababa de ganarse la confianza de los capos del negocio. No tardarían en llegar los desembarcos de hachís y cocaína.
«Mi primera profesión, a los 14 años, fue la de marinero. Fui educado por mi madre con una fuerte represión y falta de medios», recuerda en sus escritos.
En la década de los años 80, la tasa de paro en España superaba el 20%, el Gobierno centraba sus esfuerzos en la lucha contra ETA, el narcotráfico era un problema secundario ante el reguero de asesinatos que cometía la banda terrorista, y el Xardín Umbrío de Vilanova se había convertido en el ágora de la basca.
«Mis amigos tenían ganas de comerse el mundo, tenían unas ganas tremendas de ser auténticos, de ser ellos mismos, de encontrarse a gusto dentro de su piel. Éramos unos chavales que teníamos, prácticamente, lo puesto», expone Padín.
«Creo que estábamos obsesionados con alcanzar la felicidad», agrega. Con edades comprendidas entre 16 y 18 años, algunos se habían marchado de sus casas. «Éramos distintos y así nos veían en la calle. Aquella imaginación daba lugar a personajes simpáticos, atrevidos, singulares y únicos».
Eran tiempos en los que trabajaba de administrativo en una empresa de Cambados que se dedicaba a hacer carreteras y se transformaba durante los fines de semana pintándose los ojos. Marcó una tendencia que siguieron algunos de sus colegas, además de adaptar la ropa a su gusto, huyendo de los convencionalismos.
«Cuando algunos contrabandistas nos veían de noche paseando por el muelle o por las calles, se dirigían a nosotros preguntándonos si no era hora de dormir. Era una invitación para que despejáramos la zona y no viéramos nada», dice Padín. Fue aquella una situación habitual en Vilanova entonces.
Todos sabían que cuando las calles quedaban a oscuras comenzaba el trabajo.
Una noche vio desde la barca en la que pescaba con su padre como entraban en el muelle dos planeadoras. De un callejón salió un camión, y comenzó el trasvase.
«Llegó un Land-Rover de la Guardia Civil y los agentes se dispusieron a ayudar a los contrabandistas», narra sorprendido. Éstos les dejaron un recado antes de marchar: «No habéis visto nada».
«Daba la impresión de estar metido en una guerra en la que estaba en juego el dominio de la calle», recuerda. Con 21 años, «yo era el único de mi edad que no había tocado una caja. Nunca me lo ofrecieron, yo andaba a mi vida y ellos seguramente no confiaban en mí. Además, les sobraban chavales».
Era, también, de los que mostraban unas inquietudes que se plasmaron en iniciativas como pintar de colores el entorno de la Praza de Abastos, participar en la edición de una revista de la que era el principal responsable su amigo Adolfo, promover la creación de una asociación cultural y organizar un festival de rock y una exposición de pintura.
Fue aquella una muestra abierta a los vecinos para que mostrasen su creatividad y enseñasen los trabajos que guardaban en sus casas. Se celebró en la Casa de Cultura.
Padín, que espray en mano había plasmado en las paredes de Vilanova su rechazo al contrabando, aprovechó un cartel, que se encontraba en ese local, en el que podía verse a Valle-Inclán y a Camba con la ría entre ambos, para pegar barcos elaborados con cajetillas de Winston sobre el mar.
«El detalle tuvo cierta trascendencia, y uno de los que se dirigieron a mí con ánimo de censura fue mi amigo Manolo Charlín». No atendió su petición de que los quitase «y se marchó refunfuñando. Algo normal en él», comenta.
Deportista como era, corredor y aficionado a la natación en medio de un grupo en el que la droga empezaba a causar estragos, fue el artífice de la formación de un equipo de fútbol al que pusieron por nombre Dejadnos vivir.
La foto en la que figuran Gelucho, Paqui Pacheco, Jesús María, Rafael, Manolo Panadeiro, Manolo Macuta, Manuel Padín, José Lorenzo, Adolfo y Paulino Baretta se convirtió, pasado el tiempo, en una radiografía de Vilanova en un tiempo convulso. De aquellos diez chavales, siete murieron.
«Hacíamos una terapia de grupo e intentábamos crear una atmósfera de unión y amistad, ya que teníamos unas inquietudes comunes. Creábamos nuestro propio mundo, sin influencias de nadie», rememora Padín. Blanca Bóveda era la chica por la que suspiraban casi todos.
Pero la heroína acabó con la mística de pasarse el canuto a modo de comunión. Aquel grupo de chavales que lo compartían todo comenzó a disolverse y llegaron las prisas, la angustia y los malos rollos. «Empezamos a pasar de esperarnos, e incluso de pasar lista para ver si faltaba alguno antes de marcharnos de marcha».
Inconscientemente, quisieron vivir rápido, morir jóvenes y dejar unos cadáveres bonitos. La mayor parte logró los dos primeros objetivos, pero el Sida y la mala vida les impidió alcanzar el tercero.
La sufrió Nito Sopita, un amigo que lo amenazó de muerte cuando salió de la cárcel tras cumplir una pena por contrabando porque le llegó el rumor de que se había acostado con su mujer. «Acabó con su vida cortándose el cuello y prendiendo fuego a su habitación». Era el tercer intento de suicidio que protagonizaba.
El Sida también mató a Adolfo, con quien compartió tardes de playa en Portonovo y la tarea de editar una revista. «Yo lo cogí un día tirado en una acera en el centro del pueblo. Me dio rabia ver que su madre pasaba a su lado y no le hacía ni caso. Lo daba por imposible y la entiendo».
Padín explica como lo llevó hasta el Concello y habló con el alcalde para pedirle ayuda. Adolfo acabó en un centro de desintoxicación, donde superó su adicción. Se hizo socio de Érguete, participó en programas de televisión y se convirtió en un personaje popular.
Algunos vecinos dejaron de comprar pasteles en la cafetería de su madre por miedo a infectarse. Él servía a los clientes con la camisa remangada para dejar a la vista sus venas. Se lo llevó por delante el virus cuatro años después.
Palos y navajas. Menudearon los palos y los coches desvalijados. Brillaron las navajas para conseguir una papelina de caballo. Su coche fue el escenario de más de una disputa con armas blancas de por medio, y cuenta que una cazadora robada por un colega a un policía de paisano en una discoteca de Vilagarcía acabó en su vehículo y tuvo que dar explicaciones en la Comisaría.
Se vio en el mismo apuro cuando fue acusado de abusar de una mujer. El autor había sido su exmarido, del mismo nombre que él, al que le había prestado su coche una noche. En la serie de disgustos también figura el que le dio Paco, un amigo al que le dejó las llaves de la casa de tres pisos que tenía alquilada en Cambados.
El plan era celebrar en ella su cumpleaños, y cuando regresó se encontró con varias menores de edad corriendo histéricas, un chaval comiéndose anfetaminas en el baño y a su amigo en el tejado, diciendo que quería tirarse. Lo evitó agarrándolo de la cazadora.
«Era un buen chaval, pero su afición por las drogas era tremenda: alcohol, pastillas, LSD, coca, hachís y, sobre todo, heroína», asegura Manuel Padín.
Este vilanovés, nacido en el año 1959, sostiene que no se sentía atraído por las drogas, y que su convicción se acentuó después de fumar algún canuto y meterse caballo esporádicamente. Pero la curiosidad se impuso a la firmeza cuando le hablaron de «unos cartoncitos que un individuo del pueblo había traído de Holanda».
Lejos de convertirse en sujetos pasivos, quienes los consumían mostraban una actitud activa. Comió el primero con un amiguete, Moncho Chalpi, y pronto comprobó que empezaba a dejar de ser él mismo. Un día rompió un vaso contra la pared del Pub Galería, de Vilagarcía, porque el pinchadiscos no atendió su petición de que pusiese a los Rolling Stones.
En otra ocasión se desnudó en la Discoteca Charlot, de Portonovo.
Aquella noche se había jalado tres tripis en el Bar Pilis, de Vilagarcía. «Fueron mi tumba, mi destrucción como persona, y las consecuencias las tengo que pagar ya de por vida», comprendió.
Comenzaron entonces las visitas a un psiquiatra de Santiago, que continúan hoy, y el Tranxilium 50 se convirtió en su compañero inseparable.
Aquel episodio también fue el inicio de su peregrinar, que lo llevó hasta Barcelona, donde fracasó en todos sus intentos de encontrar trabajo. Viajó hacia Valencia con la misma intención e igual resultado. Pasó hambre y durmió en casas abandonadas.
En compañía de otros jóvenes, en Picassent, una noche arrancó un busto de Francisco Franco, le cagó encima y lo dejó ante la puerta de la iglesia.
De vuelta a casa vendió su coche para comprar un billete de avión y largarse a Australia. El idioma fue un obstáculo más en Sidney. Trató de encontrar compañía, y cuando lo llamaron de una agencia para ponerlo en contacto con una chica filipina, ya había tomado la determinación de regresar.
Lo intentó en Tenerife y Lanzarote, donde durmió en la calle, no logró hacerse con un puesto de trabajo en el sector de la construcción, y tuvo que acudir a las parroquias para comer.
Las descargas. Derrotado, retornó de nuevo a Vilanova, decidió meterse en el contrabando y acabó convirtiéndose en un narcotraficante al mando de Melchor Charlín. Participó en una descarga de siete toneladas de hachís, en Baiona, y de 600 kilos de cocaína en Muxía.
Fue el encargado de hacer llegar la droga a los compradores y llegó alijarla en la casa de sus padres. «Era su chico de confianza», reconoce. Denunció lo que estaba sucediendo en la TVG y descubrieron su identidad de inmediato, a pesar de que su rostro apareció tapado y su voz estaba distorsionada.
Lo detuvieron cuando estaba en un barbería de Vilanova y cantó al tercer día, cuando estaba apunto de cumplirse el plazo, después de comprobar que Melchor no estaba dispuesto a pagarle un abogado. Se convirtió entonces en el arrepentido en el juicio derivado del Caso Nécora.
Después supo que el soplo que propició su arresto lo había dado Adolfo, el colega al que levantó del suelo cuando ni su madre quería hacerse cargo de él.

Diario de Pontevedra (15-01-2012)

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