viernes, 20 de enero de 2012

La utopía del ‘Santa Libertad’

Durante el año 1961 daba la impresión de que el mundo estaba a punto de estrenar un nuevo orden: John Kennedy accede a la Casa Blanca, Fidel Castro inicia su tercer año de dictadura en Cuba, y otro déspota, Marcos Pérez Jiménez, acaba de ser desalojado del poder en Venezuela. En una estable y democrática Europa Occidental, las dictaduras de Franco y Salazar marcan el contrapunto: España y Portugal son las excepciones.

En este contexto, el Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) ultima la organización de su acción más audaz para tratar de atraer la atención del mundo. Un militar nacido en Pobra do Caramiñal en 1904, que fijó su residencia en la calle Edelmiro Trillo de Vilagarcía al haber sido desterrado, de la localidad coruñesa José Fernández Vázquez, iba a jugar un papel decisivo.

«Fui designado para planificar y dirigir una operación de captura de un buque español de pasajeros», indica en la primera página del libro que escribió, titulado ‘Yo robé el Santa María’. El ‘Satrústegui’ y el ‘Virginia de Churruca’ eran los candidatos, pero una serie de avatares culminaron con el asalto de un navío de bandera portuguesa, el ‘Santa Libertad’, cuyo nombre cambiaron por el de ‘Santa Libertad’.

Así comenzaba un acto que iba a provocar un fortísimo eco mediático en el mundo pero fue silenciado por los medios de comunicación tanto en España como en Portugal.

La noche del 22 de enero de 1961, un grupo de 24 hombres asaltan el ‘Santa María’, con 650 pasajeros (46 estadounidenses) y 350 tripulantes. La operación recibe el nombre de ‘Dulcinea’.

El diseño de la parte civil corresponde a José Velo, de Celanova (Ourense), mientras que José Fernández, conocido entonces como ‘Noé’, y desde aquel acontecimiento con el nombre de capitán Sotomayor, es el responsable de la jefatura militar, con el capitán portugués Henrique Galvao como jefe político y el general de la misma nacionalidad Humberto Delgado en la cúspide de la organización lusa, aunque sin llegar a actuar directamente.

Es Velo quien aconseja suministrar a los asaltantes unas pastillas ‘Bonamine’ para evitar el mareo. «Mis vacilaciones eran tremendas. Faltaban escasamente 60 minutos y todo me parecía perdido», llegaría a reconocer el capitán Sotomayor.

«Todo está a punto. La tensión nerviosa sube como el vapor en una caldera bien alimentada. La una de la madrugada: hora cero. Voy a dar la orden», agrega. Ya no había vuelta atrás: en una acción en tierra siempre cabría la posibilidad de la retirada, en un buque navegando en alta mar no.

El asalto se produce en Curaçao, frente a las costas de Venezuela. Advertidos de la novedad, los pasajeros no parecen inquietarse por el cambio de planes, asegura Sotomayor.

La primera intención del comando era mantener el silencio para evitar la localización, pero en la toma del puente se produce una refriega y acuerdan hacer una escala para desembarcar a los tres heridos de la tripulación en la isla de Santa Lucía.

Es entonces cuando reaparece el ‘Santa María’, reconvertido ya en el ‘Santa Libertad’. Habían transcurrido dos días. La Marina de Estados Unidos inicia el marcaje.

La del 24 fue una jornada tranquila. «Los pasajeros pasaban el tiempo escuchando la radio y divirtiéndose en los salones y bares», recuerda. «Debemos dar tiempo a que la voz de la democracia se levante. Luego, hay que burlar la persecución todo el tiempo que podamos; mantenerlos en jaque, enervar a nuestros perseguidores y así agudizar la crisis», expone.

Inglaterra, que en un principio se había sumado a la persecución, desiste.

Kennedy autoriza a la flota apostada en Puerto Rico para que bloquee la salida al Caribe, pero el ‘Santa Libertad’ burla el cerco, por mar y aire, y se interna en el Atlántico.

«Aviones cuatrimotores parten de Jacksonville en Florida, y utilizando los aeropuertos de Val de Cans y Recife, en Brasil, escudriñan en océano entre cabo San Roque y la costa de Guinea. Las instalaciones de radar barren las aguas del Atlántico. Este despliegue de fuerza y técnica nos está dando una importancia como nunca creímos merecer», narra Sotomayor.

Portugal y España también ponen en marcha sus flotas. Hasta 16 países se ven involucrados, por uno u otro motivo, en el conflicto. Segundo cambio de la estrategia inicial: la falta de respuesta del gobierno de Guinea, adonde habían previsto dirigirse, les obliga a poner rumbo hacia Brasil.

El impacto publicitario se multiplica cuando un avión de EE UU localiza de nuevo al Santa Libertad’. Son las 18 horas del 26 de enero y atrás quedaban 2.140 millas. El almirante Dennison, jefe de la Escuadra del Atlántico, establece el primer contacto con el DRIL y acuerdan celebrar una reunión en el barco.

Salazar pide a Kennedy que aprese el trasatlántico; los asaltantes advierten a las autoridades estadounisdenses de que lo hundirán antes de que tal cosa suceda y el presidente de EE UU responde al dictador portugués que no lo abordarán.

Subraya el capitán Sotomayor que tampoco atendió el Papa Juan XXIII los ruegos de los católicos lusos que intercedieron fervorosamente ante el representante de san Pedro en a Tierra para que restituyesen el nombre de ‘Santa María’ al barco, además de solicitarle, infructuosamente, la excomunión de los miembros del DRIL.

Finalmente sube al ‘Santa Libertad’ una delegación norteamericana encabezada por el contralmirante Allen E. Smith, que es recibido a bordo mientras suenan los himnos de Portugal y el de Riego.

La entrevista, celebrada en aguas internacionales frente a las costas de Brasil, se convierte en la portada de numerosos medios: desde el Washington Post hasta la revista París-Macht.

En su barco, Smith afirma ante los periodistas que no ha estado negociando con piratas, sino con un grupo de personas que defienden unos ideales políticos.

“Habíamos cruzado el Rubicón. Ahora ya no éramos piratas para los señores oficiales de la poderosa Marina de Guerra de los Estados Unidos”, subraya Sotomayor.

El ‘Santa Libertad’ se había convertido en una utopía flotante donde fueron suprimidas las clases, pero el episodio no generó el más mínimo efecto en las consolidadas dictaduras de la Península Ibérica, y los nervios provocaron más de un altercado.

El paquebote, de 21.000 toneladas, 186 metros de eslora y valorado en 16 millones de dólares, está cercado por mar y aire y las provisiones de sus cámaras frigoríficas y despensas se agotan.

Es entonces cuando el triunvirato, formado por Velo, Sotomayor y Galvao, decide pedir asilo político al Janio Quadros, que había sido elegido presidente mientras estaban fondeados. Quadros le ofrece todas las garantías.

La noche anterior al desembarco organizan una cena para los pasajeros que finalizó firmándoles autógrafos en las tarjetas de menú, recuerda.

El 3 de febrero se produce el desembarco en el puerto de Recife. Cuando quedan en el buque los 24 hombres del DRIL, exclama: “Por fin solos”.

Se arría la bandera portuguesa y se iza la brasileña. Antes de abandonar el ‘Santa Libertad’, los luchadores friegan los platos de la última cena. “Qué impresión de soledad produce un navío si vida”, exclama el capitán Sotomayor.


“No queda más salida que encerrarlo en un manicomio o matarlo”

Además de haber constituido un anticipo que ponía de relieve la utilización de los medios de comunicación para realizar una denuncia y un caso inédito en la legislación internacional, el asalto al ‘Santa María’ también constituyó un hito al tratarse de la primera oportunidad en la que gallegos y portugueses colaboraban.

Sin embargo, el éxito no enmascaró las diferencias marcadas por las nacionalidades, y durante la travesía fueron numerosos los incidentes.

«A ese hombre tendremos que tirarlo al mar, y si no lo hacemos nos creará muchas dificultades», dice Velo al capitán Sotomayor refiriéndose a Galvao poco después de iniciada la aventura.

«Seguía apostrofándome de pretencioso y soberbio. Ni siquiera en su vanidad soberbia pensaba que haría con el barco: él, capitán de caballería», escribe al arousano.

Frente al antiimperialismo que preconiza, denuncia que Galvao considera las colonias como ‘patrimonio histórico’ de Portugal.

«La sed de gloria les seca la garganta», afirma al enterarse de que el general Delgado nombra a Galvao general jefe de los Ejércitos de Mar, Tierra y Aire, después de haberse autoproclamado presidente de la República.

Finalizado el periplo, Galvao le respondió a Sotomayor que si tuviese que decidir entre el DRIL y el general Delgado, optaría por el segundo. Surgen los celos: “Galvao, agasajado cual héroe legendario, monopolizaba todas las simpatías y adhesiones. Para él, sus compañeros no existían”, expone el teniente de navío de A Pobra do Caramiñal.

Hasta tal punto llegan las disputas, que Sotomayor le llama «mierda» y «basura», a lo que Galvao responde tildándolo de loco «y, como tal, no queda más que encerrarle en un manicomio o matarle».

A renglón seguido hizo el ademán de coger la pistola, antes de dirigirse a Velo: «Le enviaré una carta, que haré circular entre portugueses y españoles, desafiándole a batirse conmigo», anuncia.

«Galvao estaba acabado y el DRIL se romperá en mil pedazos», vaticina Sotomayor.


De Auschwitz a Laos

«Es la aventura más aventura de todas las aventuras posibles», concluye Xosé Sesto en el prólogo de un libro en cuya edición jugó un papel decisivo Celso Emilio Ferreiro, con quien trabó amistad Sotomayor en Venezuela.

El arousano, alférez de navío formado en Marín, no tuvo respiro: con poco más de 20 años ya fue desterrado y confinado en África en 1928. En la Guerra Civil secuestra un destructor francés amarrado en Vilagarcía para huir, pero desiste para evitarle problemas a su tripulación, que se mantenía neutral en el conflicto, y en Oporto hunde un carguero alemán que transportaba armas para Franco.

En Francia pasó por el campamento de Saint Cirprien (Francia) antes de que lo detuviese la Gestapo y lo confinase en Auschwitz, de donde salió con menos de 40 kilos de peso con destino a Venezuela.

Más tarde trabajó en una misión en Laos durante la guerra. Cuentan que llevaba un llamativo anillo fabricado con el fuselaje de un avión estadounidense derribado por el ejército vietnamita.

“Mi padre fue un hombre valiente que llevaba la política en la sangre”

Cuando Rosa Fernández Pou se encontró con su padre, José Fernández Vázquez ya era más conocido por el sobrenombre de capitán Sotomayor que por el del Noé, su apodo en Pobra do Caramiñal, aunque a ella le seguía sonando el segundo sobrenombre. Ya habían transcurrido 44 años desde que naciera.

«Tenía dos años cuando se marchó a la guerra y no me queda ningún recuerdo de él, sólo por las fotografías y por lo que contaba mi madre y mi hermano Manolo», explica en su casa de Vilagarcía.

Desde la perspectiva que permite la edad, tiene 75 años, reconoce que durante los primeros tiempos lo pasó mal, tanto ella como sus cuatro hermanos y su madre.

Manuela no quiso seguirlo cuando su esposo le envió una carta desde Francia animándola a reunirse con él para gestionar después el reagrupamiento con los cinco hijos a través de Cruz Roja Internacional.

«Mi madre dijo que no dejaba quedar a sus hijos para ir a una aventura», explica Rosa. Corría el año 1940.

Y desde entonces pasaron 17 durante los que no supieron nada. Hasta que un día un hermano de José Fernández, que vivía en A Coruña, se presenta en su casa de Vilagarcía para hacerles un anuncio: “Manuela, vengo a darle una noticia: sigues teniendo marido”, le dijo.

Supieron entonces que se había establecido en Venezuela, después de haber dejado Francia, donde formó una segunda familia con una mujer de nacionalidad alemana con la que tuvo dos hijos, llevándose a uno de ellos, llamado Federico, para Suramérica.

Se exilió en Venezuela, donde estableció un tercer vínculo familiar y tuvo otro hijo. Total: ocho hijos de tres mujeres.

«Nosotras estábamos resentidas porque pasamos muchos apuros y fatigas, pero él siempre fue un luchador que nunca se lucró de nada y mi madre lo entendía a su manera», expone Rosa Fernández antes de subrayar que no cuestiona las decisiones de su padre a la hora de organizar su vida.

«Era un hombre muy temerario», agrega, y sincero: «Él dijo, palabras textuales, que durante los primeros tiempos se acordaba de nosotros, pero al poco tiempo había olvidado por completo su vida en Vilagarcía», expone.

Y en 1978 se produjo el encuentro. José Fernández había viajado hasta A Coruña para ver a su hermano, y fue allí donde supo que dos de sus cinco hijos gallegos, Manolo y Rosa, vivían en Londres, adonde se trasladó de inmediato.

Entonces ya era un hombre con unas pronunciadas entradas. Fue un encuentro breve en el que departió sobre todo con Manuel, el hijo con el que mejor se identificaba y al que había llevado a ver a La Pasionaria en un mitin celebrado en Balaídos (Vigo) antes de la Guerra Civil.

José Arteaga, el marido de Rosa, fue el encargado de trasladarlo a varios lugares de la capital de Inglaterra, de los que señala uno en concreto y de especial significado para su suegro: el cementerio en el que se encuentra la tumba de Carlos Marx.

Más tarde, Rosa no sabe precisar el año, estuvo en Vilagarcía una tarde en la que se produjo un fugaz reencuentro con su primera esposa, Manuela.

Hasta entonces, la única reseña que había tenido de su existencia fue la portada por un periódico, que en un breve artículo hablaba de un secuestro y un grupo de piratas en el que figuraba como uno de los líderes un tal José Fernández Vázquez, conocido como Noé en Pobra do Caramiñal y que se hacía llamar capitán Sotomayor.

Esa reseña y el cine. Como la actriz Chus Lampreave, que en la película titulada ‘Espérame en el cielo’ acudía al cine para ver en el NODO a su esposo en la ficción, cuyo parecido con Franco hizo que lo convirtiesen en su doble para protegerlo de un atentado, Rosa Fernández veía las secuencias del episodio del ‘Santa Libertad’ en el NODO desde un cine de Vilagarcía. Y callaba.


Diario de Pontevedra (19-07-2009)

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