sábado, 3 de marzo de 2012

Cándido, sepulturero vocacional

No es posible comenzar este reportaje tratando de describir el chirriante sonido provocado por los goznes de la puerta metálica al girar en un atardecer oscuro y lluvioso sobre el cementerio de Vilagarcía, porque los encargados de su mantenimiento cuidan hasta el último detalle y la visita se celebra a primera hora de la mañana de un día nublado.

Entre ellos figura Cándido Alonso Pandelo. Con 63 años cumplidos, enterró a familias y generaciones enteras de vecinos. «Estamos curados de espanto», afirma con gesto serio después de darle una calada a un cigarro negro en la caseta donde guardan el material de trabajo.

El cementerio municipal fue construido entre los años 1903 y 1904, bajo el proyecto de Manuel Pereiro, maestro de obras, y SiroBorrajo, arquitecto. Esta iniciativa se planteó en 1890, cuando el crecimiento de la villa empezabaa cambiar su fisonomía.

El antiguo se encontraba a poco más de cien metros de la Casa Consistorial, en el lugar que ocupan actualmente los jardines del Doutor Fleming y el colegio anexo a A Lomba, en una zona que entonces se conocía como de los arrabales.

La idea fructificó en 1903, la capilla y la casa del guarda fueron una realidad tres años después, y en 1914 fue ampliado. Los restos de los protestantes fueron trasladados a un ala de la parcela. Entonces, tomó su forma rectangular actual, sufriendo diversas ampliaciones más adelante.

Se puede decir que Cándido Alonso pasa más tiempo entre los muertos que rodeado de vivos, porque está a punto de cumplir 30 años de trabajo en un cementerio que tiene 107 de historia, lo que quiere decir que

durante casi un tercio de su historia, su presencia es una constante entre lápidas y panteones.

«O primeiro día entrou unha rapaciña, tiven que poñerlle a tapa e caeume enriba da caixa», recuerda de su estreno. «Era novato, claro», argumenta. «Pero, sin problema ningún», añade para redondear la frase.

Fue un trago duro porque la niña a la que enterró había fallecido víctima de un accidente de tráfico registrado en la carretera Pontevedra-Vilagarcía, en la recta de Rubiáns, prácticamente enfrente del cementerio.

«Sempre tes medo a fallar porque a xente está mirándote, pero iso a min xa non me importa. Eu ando ó meu, e listo», recalca Alonso. «Cuando es gente joven ves escenas de tensión y resulta mucho más dramático», reconoce Juan Expósito, su compañero de trabajo desde hace tres años.

La mayor parte de la jornada se dedican al cuidado de los jardines, salpicada con los trabajos derivados de los enterramientos que, como es obvio, no pueden programarse: pueden pasar semanas sin apenas actividad y otras en las que se producen hasta tres diarios.

Y cuando llega ese momento, abren el panteón que será utilizado como última morada del siguiente inquilino, del que retiran los restos, para guardarlos en una bolsa que permanece en el nicho, al igual que su documentación. «Os primeiros días daba impresión», expone Cándido Alonso, pero también esta obligación acabó convirtiéndose en otra rutina con el paso del tiempo. Aunque a veces se llevan alguna sorpresa, al

encontrarse con cadáveres momificados cuyo esqueleto permanece entero y soldado.

«Están completamente tesos e sen carne», dice Alonso. «Puedes encontrar uno casa equis años», añade Juan Expósito.

La ceremonia fúnebre se prolonga por espacio de media hora habitualmente. Cuando finaliza, entran en acción. Cándido Alonso subraya que en los primeros años la tarea resultaba difícil porque las lápidas eran mucho más gruesas y llegaban a pesar cien kilos. Hoy se limitan a colocar la tapa provisionalmente y aguardan a que se marchen los asistentes para rematar el trabajo, pero en alguna ocasión la espera se prolongó más de lo que quisieran porque, cuando los familiares ya se fueron, todavía había curiosos que se resistían a abandonar el lugar.

Más que enterradores son sepultureros, porque abrir una fosa en la tierra es algo excepcional y complicado, indica Cándido Alonso, debido a que en el cementerio nace agua, circunstancia que dificulta el trabajo y obliga a utilizar una bomba para achicarla. Si es posible el acceso, una pequeña excavadora hace el agujero.

El uso de la maquinaria reduce la penosidad y el peligro, porque más de un enterrador, que no es el caso de ambos, se vio en apuros cuando se encontraba en su interior y la tierra que había extraído se le vino encima.

A la hora de cerrar las puertas, hacen sonar un timbre que, unos porque no lo oyen y otros porque confunden su sonido con el del taller mecánico que se encuentra situado pared con pared, no es la primera vez que alguno queda encerrado, y lo solucionó gritando para que los dependientes de la gasolinera situada enfrente diesen aviso al Concello, o llamando a la Policía por teléfono.

¿Miedo? «Entramos de noche y, en invierno, cuando salimos también es de noche», dice Juan Expósito. «No se dejan ver tipos raros por el cementerio», asegura.

Si acaso, dos mujeres vestidas completamente de negro, y pintadas, que se dedicaron a rezar indiscriminadamente en una ocasión, o el hallazgo de una docena de puros en un florero, que la lluvia había apagado.

Juan Expósito es un recién llegado a la profesión, pero procede del sector porque durante los nueve años anteriores trabajó en una funeraria y sabe del mal trago que supone levantar el cadáver de una persona arrollada por un tren. «Los primeros días no era capaz de comer», reconoce.

Cuando supo que el Concello convocaba unas oposiciones para sepulturero, no se lo pensó dos veces antes de prepararlas y cambiar de función, aunque la profesión siga relacionándose con la muerte. «A veces te preguntan en el bar a cuántos enterraste hoy, pero los amigos y conocidos ya saben de qué trabajo y tampoco hacen muchos chistes», asegura.

¿A cuántos pudo haber enterrado Cándido Alonso en casi 30 años? Se encoge de hombros. En el 2000 fueron 103, 107 e 2005, y 114 el año pasado. Partiendo de que la población de Vilagarcía se mantiene estable desde entonces, de una media de cien anuales, y descontando el mes de vacaciones, la cifra redonda podría ser 2.000.

Diario de Pontevedra (16-01-2011)

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