miércoles, 4 de abril de 2012

"Algún latigazo cae donde no debe"

Cuando una muchedumbre canta, esa canción se convierte en un himno. Algo parecido acontece cuando un pueblo se implica en un objetivo colectivo: antes o después, ese esfuerzo trasciende de los límites geográficos del entorno donde se desarrolla y acaba transformándose en un sello de diferenciación e identidad.

Eso es lo que consiguieron los mil vecinos escasos de la parroquia de Paradela (Meis) con el programa de actos que organizan para celebrar la Semana Santa. La semilla había sido plantada hace unos 200 años y desde la década de los 40 del siglo pasado un vecino representa a Cristo. El brote más poderoso tuvo lugar hace sólo una década.

«Tenemos que reconocer que en el bum se produjo cuando los medios de comunicación la dieron a conocer», afirma Enrique Barros Lucio, responsable de la asociación cultural A Croa, que está integrada en la Cofraría de Santa María.

Lo que no dice es que el suyo es un papel estelar en este fenómeno, porque no representa a Jesucristo, trata de interiorizarlo en toda su extensión para que los demás hagan lo mismo, tanto sus compañeros como los espectadores.

Había hecho el papel de algún apóstol hasta que Fernando Oubiña decidió dejarlo para dedicarse solo a la organización de los actos. «Hasta entonces participaba con algún papelillo de apóstol, y me lancé», expone. «Al principio estaba muy nervioso y no sabía por dónde ir, pero me ayudaron mucho los compañeros», agrega.

Superada la inquietud del estreno, el nivel de compromiso no se reduce. «Tienes que meterte en el papel, y para mi es durísimo porque no se limita a leer un texto; el texto lo aprendes, al fin y al cabo, pero lo que intento es meterme en el papel y hacer que la gente se involucre », expone Enrique Barros. «Para mí es duro», insiste.

Los peores momentos llegan con la flagelación del Jueves Santo y el Viernes Santo, camino del monte de A Croa, día en el que escenifican la subida al Calvario a través de un recorrido de unos 300 metros de longitud que realiza llevando sobre sus espaldas una cruz que pesa 30 kilos.

Flanqueado por miles de espectadores que lo miran asombrados y respetuosos, este delineante de 31 años, que trabaja en un estudio de Vilalonga (Sanxenxo), cae al suelo una y otra vez mientras restallan en el aire los latigazos antes de morderle la piel en su Via Crucis, estación a estación.

Como el suyo, el papel del soldado romano que lo azota se mantiene año tras años por una razón obvia, la responsabilidad. «Siempre me dice que me va a dar despacio porque la gente sabe que es una representación y tampoco nos vamos a pasar, pero tampoco sirve si queda muy artificial».

«En las procesiones siempre le tengo que decir que dé más», expone. Claro que la experiencia de seis años usando la fusta no garantiza que en algunas ocasiones no se equivoque. «Algún latigazo cae donde no debe», dice dando por entendido que es una factura que debe pagar. Una vez en lo alto del monte, lo suspenden atado de una cruz, donde permanece durante unos 30 minutos.

Hasta el año pasado, la sujetaban mediante un arnés a una base situada en el monte, y a partir de esta edición usarán otro método: la que lleva sobre sus espaldas quedará a un lado y será atado a otra situada en el suelo, unida a una base por medio de unas bisagras que permiten levantarla.

Después sabe que pasará varios días dolorido, pero lo da por bueno. «Lo que más me ha llamado la atención al bajar del monte es encontrar a gente de León, Asturias, Zamora, Lugo o Madrid que te dice que nunca han visto nada igual y están impresionados», comenta Enrique Barros.

¿Dónde están los límites? «Vamos hasta donde creemos que se puede llegar, hasta donde la gente lo ve bien: algunos dicen que es demasiado real, que no es necesario que lo vivamos tanto, y otros cree que está bien así», responde.

La subida el monte de A Croa es el momento cumbre de un programa que comienza el Día de Ramos, con el protagonismo de los niños. «La mayoría son hijos o nietos de vecinos que actúan o actuaron, y algunos no tienen más de dos años», son la cantera. «Creamos una cadena de varias generaciones», dice.

Así es fácil entender que prácticamente en todos los domicilios del lugar de Paradela haya al menos un personaje de la Semana Santa, cuando no son varios, o la familia casi al completo, completando un elenco de más de un centenar de personajes que escenifican los últimos días de la vida de Jescuristo.

«No es una obra de teatro », puntualiza, pero el guión es bastante extenso, lo que obliga a realizar sesiones de preparación que comienzan a mediados del mes de enero. Unos cuarenta vecinos se encargan de instalar los escenarios, la iluminación y la megafonía, organizar los aparcamientos y tratar de mantener el orden, especialmente en la subida al monte, porque es el momento que aprovechan los participantes en el concurso de fotografía que organizan para tratar de conseguir las mejores imágenes.

Esta manifestación artística es un complemento de los actos religiosos que se celebran en la iglesia de santa María y se convirtió en un poderoso reclamo. La Semana Santa de Paradela figura en la agenda de miles de personas, que acuden a este lugar de Meis, «aunque no pisen la iglesia en todo el año», apunta Enrique Barros.

El día de mayor afluencia coincide con la festividad del Viernes Santo, y durante las tres jornadas el número de espectadores podría oscilar en torno a 4.500, calcula Barros, en un concello que tiene menos de 5.000 habitantes.

Para explicar este fenómeno, Barros llama la atención sobre el párroco, José Barreiro Gondar. «Llegó aquí hace 32 años y desde

que vino siempre ayudó, nunca dio un paso hacia atrás aunque había curas en los alrededores que no veían esto con buenos ojos al considerarlo demasiado profano», concluye.

Diario de Pontevedra (21-3-2010)

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