miércoles, 4 de abril de 2012

Ideal Cinema Bayón

Desde hace casi medio siglo, el proyector quedó olvidado en el cuarto. La humedad hizo su trabajo y hoy está cubierto de óxido. Pudo haberse convertido en chatarra, pero sus dueños no aceptaron la oferta que recibieron para venderlo y ahí está, en una edificación de planta baja situada al lado de la carretera Pontevedra-Vilagarcía, en el municipio de Vilanova: es uno de los vestigios del Ideal Cinema Bayón.

El otro es el salón. La pintura de color verde del escenario se resiste a desaparecer, las columnas situada a ambos lados se mantienen firmes y el lugar que ocupaban las butacas es ahora un almacén de sacos de harina y materiales y utensilios utilizados en la panadería que se encuentra en la habitación adyacente.

Al igual que el avispado Totó aprendió el oficio observando a Alfredo, en la película Cinema Paradiso, Enrique Barreiro Places aprovechaba sus escasos momentos de ocio para subir a la habitación donde trabajaba el operador de cámara, el vilagarciano Ángel Landeira. Tenía 6 años cuando su padre abrió el Ideal Cinema Bayón, el 7 de junio de 1947.

Eran tiempos en los que iba de la panadería al cine sin pasar por la cama, además de usar la bicicleta para distribuir el pan por los lugares de los alrededores, también la utilizaba para acercarse a la estación del tren de Rubiáns (Vilagarcía), donde recogía las bobinas de las películas, que pesaban unos 40 kilos.

El carbón recogido en las vías del tren era el alimento que utilizaba para provocar la corriente continua que originaba el arco voltaico con el que se iluminaba la pantalla.

Con 17años tuvo su oportunidad, cuando su padre prescindió del proyeccionista al comprobar que la afluencia de espectadores había bajado notablemente.

Enrique Barreiro también se encargaba de diseñar los carteles anunciadores de las películas y le bastaba con hacer uno porque, además del cine y la panadería, su familia también disponía de un bar en el mismo emplazamiento, por lo que el paso del vecindario era constante.

Las rivalidades entre el mocerío de Baión y Rubiáns convertían el patio de butacas en un auténtico campo de batalla. «Mi padre, que pesaba 115 kilos, los cogía así (explica Barreiro realizando el gesto con el que expulsan habitualmente a Hoomer Simpson del bar de Moe’s) y los echaba a la calle». En los intermedios bebían unas chiquitas con cacahuetes.

Al cura de la parroquia le parecía insuficiente el control de la censura, por lo que le recomendaba que visionase las películas antes de proyectarlas para hacerle los cortes que considerase oportuno.

‘El fantasma de la ópera’ fue la primera proyección. «Gustaban mucho las de humor y las nacionales », recuerda Carmen Barreiro, hermana de Enrique, que a sus 81 años vive en la casa anexa al cine, aunque ella se reconoce de lágrima fácil y prefería las melodramáticas.

Carmen echa el pelo hacia atrás, ladea la cabeza, levanta la mirada y compone una pose similar a la de un retrato que le hicieron en su juventud. «Entonces me parecía a Bette Davis», asegura.

«Mira que bonitiña está y cómo creció, decía mi madre hablando de alguna niña de las que salían en las películas, cuando después de unos años pasábamos algunas que ya se habían proyectado, y lo que sucedía era que estaban más gastadas y rayadas», recuerda. «Quienes nos hacíamos más mayores éramos nosotros», añade.

«La televisión, los coches y el vídeo se llevaron a los espectadores », explica Enrique Barreiro, de 78 años. La historia finalizó principios de la década de los 60. «Murió poco a poco», agrega. «Ya sabe usted, la crisis, la televisión y los vídeos convirtieron el cine en un sueño», exponía el propietario del Cinema Paradise a Totó cuando el edificio que ocupaba en Giancaldo (Sicilia) se convirtió en una montaña de escombros en la película dirigida por Giuseppe Tornatore.

Diario de Pontevedra (17-1-2012)

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