domingo, 15 de abril de 2012

Julia María Cleofás Lucrecia

«Todos recordamos con emoción el grandioso festival a beneficio del Patronato de la Trata de Blancas, organizado magníficamente por la inolvidable marquesa de Riestra con el concurso, siempre necesario, de Torcuato Ulloa (...). Cantaron Julita Becerra y María Meave, y cerró el programa el coro ‘Aires da Terra’, de Perfecto Feijoo», narraba Landín Tobío el 11 de septiembre de 1908.

Había transcurrido un año desde que el nombre de Julia Becerra, sin el diminutivo tan al uso entre las clases altas de la ciudad del Lérez, fue impreso en los carteles anunciadores de la ópera ‘Lucía de Lammerdoor, de Gaetano Donizetti, representada en la Scala de Milán. Vivía en París, pero su padre tenía otros planes y de poco valió su rabieta. Tuvo que regresar.

Nacida en el año 1889 en el Pazo de Salcedo, hija de Manuel Becerra Armesto, alcalde de la ciudad en los años 1905-06, y de Josefa Malvar de la Maza, Julia María Cleofás Lucrecia creció en la capital de Francia cuidada por una tía. Allí aprendió sombrerería, piano y bel canto, hasta que se vio obligada a cambiar un ambiente moderno, cosmopolita y de ideas avanzadas por otro pueblerino y misógino.

Fue un paso fugaz porque en el año 1910 se casó con Vicente Sagarriga Martínez Pisón, Conde de Creixell, Barón de Poboadilla y caballero de la Orden de Alcántara, al que conoció en el Hipódromo de Madrid cuando acababa de finalizar sus estudios de Derecho en la Universidad de Deusto. El Pazo de Barrantes fue el regalo de bodas de sus padres.

La influencia parisina seguía impresa en aquella joven bella y poco convencional cuya amistad con Ramón Cabanillas fue el origen de que el poeta cambadés hubiera sido el secretario de su marido cuando éste fue gobernador civil de Segovia. También que el bardo le hubiese dedicado un largo poema en el año 1925 o que mantuviesen correspondencia escrita que ella destruyó.

Entonces era madre de dos hijas, Julia y Cristina. La placidez de su vida, entre Barrantes y Madrid, no apagó las inquietudes políticas y sociales de la Condesa de Creixell, que mantuvo una relación epistolar con Francesc Cambó y cedió su pazo para que Castelao, Otero Pedrayo, Casares Quiroga y Portela Valladares, entre otros, firmasen un pacto de apoyo a la República y rechazo al centralismo en 1930.

«No me sorprende lo que ocurre en Galicia porque en el resto de España ocurre lo propio. Estamos asistiendo a la imposición de todos los malos sentimientos y de todas las bajas pasiones de la raza», le decía en un escrito desde el Hotel Crillón de París. «No gozan de alguna libertad más que los tontos y los gandules», mantenía en otra carta que tuvo el mismo punto de partida.

La Condesa de Creixell dejó oír su voz protestando contra la quema de iglesias y conventos en el Congreso de los Diputados, del que fue desalojada. «No tenía ninguna noticia del cirio que armó usted en el Congreso», le comenta Cambó desde Londres.

«Creo que la burguesía española ha padecido poco y no ha purgado aún, ni con mucho, los pecados cometidos», le confesaba, en el año 1932, el fundador de la Lliga Regionalista, que fue ministro de Hacienda y Fomento con el rey Alfonso XIII y acabó apoyando el golpe de estado de Franco, registrado cuando se encontraba en Suiza y era diputado de la República, desde donde se marchó a Argentina.

Una pulmonía fue la causa de la muerte de su esposo, Vicente Sagarriga, en 1931. Tenía 48 años. Su pérdida la empujó a emplearse más a fondo en la política y se presentó a las elecciones de 1936 por el Partido Republicano Conservador. De nada valió el respaldo de Portela Valladares y Vicente Riestra porque no salió elegida.

Esta decisión provocó el enfado de su familia, que tampoco había visto con buenos ojos la cesión del Pazo de Barrantes para la firma del pacto. También fue el origen del enfado de Alfonso XIII, que la había recibido en el Palacio de Oriente, y al que ella visitó en Roma poco antes de la muerte del monarca, en el año 1941.

En el inicio de la Guerra Civil estaba en Madrid, donde se alistó al Socorro Blanco, una organización clandestina que se dedicaba a facilitar la huida de aquellos cuya vida estaba en peligro. La suya también lo estuvo.

Más tarde trabajó como enfermera, y esta actividad la llevó a conocer a Frank Eric Arbenz, un funcionario de Cruz Roja Internacional, nacido en Laussane, protestante y calvinista, con el que contrajo matrimonio.

Se casaron por la vía civil en una boda celebrada en Suiza en el año 1942. Una insuficiencia cardíaca acabó con su esposo en 1965.

Esta relación con un protestante, que se convirtió después al catolicismo, no contó con el beneplácito de su familia, en una época en la que no estaba bien visto socialmente que una viuda se casase por segunda vez, y menos siendo madre, aunque perteneciese a una clase social alta.

Julia María Becerra había dejado de ser la Condesa de Creixell a raíz de su segundo matrimonio. El tiempo de los viajes acompañando a Frank Eric Arbenz, que la llevó de nuevo a París el año que entró el Ejército de Adolf Hitler, había finalizado.

Su muerte destapó el carácter de una mujer que cuando era una niña viajaba al Pazo de Barrantes en un coche de caballos, donde los empleados de sus padres cultivaban espárragos y fresas y ella se sentía feliz.

Cuidaba las parras, cavaba la huerta, ordeñaba las vacas y su chófer siempre estaba al servicio de los vecinos que necesitaban desplazarse con urgencia al Hospital a Pontevedra, cuenta Xosé Lois Vila Fariña en el libro titulado ‘El valor de una mujer: Julia Becerra Malvar’, en el que está documentado este reportaje.

Donó los solares donde están construidos el centro médico, la plaza de abastos, la Casa Consistorial, el colegio que lleva su nombre, el campo de fútbol y la capilla de San Isidro, además de haber realizado varias permutas y ventas a bajos precios que permitieron al Concello de Ribadumia incrementar su patrimonio.

Viuda dos veces, la vida aún le tenía reservado otro golpe. El más terrible. El día 21 de abril del año 1967, un camión arrolló un vehículo en Briviesca (Burgos) en el que viajaban sus hijas, Julia y Cristina, que fallecieron a causa de la colisión, al igual que sus nietos Jaime e Isidro.

Siete años después fallecía Julia María Cleofás Lucrecia Becerra Malvar. La primera mujer de Barrantes que llevó pantalones y fumó en público, a quien una enfermedad le provocó la ceguera y le impidió derramar lágrimas por sus hijas y nietos.

Diario de Pontevedra (15-04-12)

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