sábado, 5 de mayo de 2012

"Somos de la carretera"

"Se morreras", le espetó Dorinda Viétitez Cardesín en un arrebato de furia. «Será o que Deus queira», le respondió Francisco Cerdeira Gil, su marido. Corría el año 1957. Este intercambio de frases se produjo durante la mañana del día 10 de abril, cuando los vecinos de Cerdedo se afanaban en la labor de plantar las patatas.
A mediodía, Cerdeira se desplazó hasta la oficina de Correos para enviar unas cartas solicitando los pagos derivados de diversas actuaciones musicales. Era el responsable de la Sociedad General de Autores de España (SGAE). De regreso a su vivienda, situada en el barrio de San Pedro, se sintió mal.
Dorinda no estaba en casa. Lo encontró sobre la cama moribundo. Sus lamentos fueron escuchados por Olimpio, que vivía de alquiler en una casa propiedad de Pepita de Raposo, situada casi enfrente, y se disponía a cenar tras una dura jornada en el campo.
Fue él quien avisó a Carmen Cortizo y a otros vecinos, que trataron de averiguar qué sucedía. Tuvieron que colocar una escalera en la fachada y romper un cristal para entrar porque había cerrado la puerta. Subieron a la habitación, ubicada en el primer piso.
Entonces contemplaron la escena: Dorinda lloraba sobre el cuerpo de Cerdeira. Llamaron a Avelino, el médico, pero la inyección que le puso no impidió el fatal desenlace. «Ergueuse un pouco, pero caeu cara atrás. Foiche así a morte de Cerdeira», resumió Carmen Cortizo, que falleció días después de recordarlo, con 87 años, y fue enterrada el pasado 24 de abril.
Tuvieron que sujetarla, porque se oponía a que amortajasen a su esposo, y fue tal su empeño que los encargados de esta misión se vieron en la necesidad de llamar a la Guardia Civil. Tenía 73 años.
Francisco Cerdeira había sido un prestigioso director de una banda y una academia. Unos testimonios indican que se conocieron en la feria de Soutelo de Montes y otros indican que fue en la de Cachafeiro, del municipio de Forcarei ambas localidades.
Todos coinciden al señalar que fue José María, conocido por el sobrenombre de O Misiegho, un tratante de cerdos ciego, quien presentó a Cerdeira a una joven huérfana llamada Dorinda, nacida en la parroquia de Dúas Igrexas (Forcarei), cuya única pariente cercana era una hermana que vivía con su familia.
«Cego chalán de arguta apalpadela, taxaba os bócoros poupándolles a faceira e cofeándolles o lombo coa súa man experta. Ninguén melloraba a oferta do noso gandeiro», expone Calros Solla en su libro ‘Almanaque de encantos. Mitoloxía da Terra de Cerdedo’, al referirse a la persona que hizo posible el encuentro.
Viudo de Filomena García Leiro, la hermana de un cura llamado Fernando al que Cerdedo dedica la plaza que un día fue el escenario del mercado, Cerdeira quiso iniciar una nueva vida al lado de una hermosa joven de piel blanca y pelo rizado de color negro.
La boda se celebró a mediados del siglo pasado. El novio se aproximaba a los 70 años de existencia y su esposa acababa de pasar la barrera de los treinta. Cerdeira vivía como representante de la SGAE y trabajaba la tierra.
De fiesta en fiesta, anotaba en una libreta las canciones que se interpretaban. «Sempre enredaba cos músicos, e cando chegaba ao recadro onde tiña que indicar o autor, dicía con seriedade, ‘e agora, que raio lle poño aquí’», cuenta Manuel Campos en su libro titulado ‘As bandas de música de Cerdedo’.
Cuidadoso con su aspecto, la natural exuberancia que caracterizaba a Dorinda le daba réplica. La pasión que vivieron durante los primeros tiempos, a pesar de la notable diferencia de edad, fue decayendo y dio paso a las disputas.
No había sido educada para ser una ama de la casa, como se estilaba entonces, por lo que además de no coser ni bordar, el trabajo en el campo tampoco era lo suyo, de ahí que confundiese el anís con el perejil al condimentar una comida o que cada vaca fuese para un lado cuando araba la finca.
La afición por la bebida empezó a manifestarse y Cerdeira trató de poner el dinero a buen recaudo, aunque no siempre con éxito. Dejó de arreglarse, las disputas entre ambos se hicieron públicas y la parca puso fin al clima de hostilidades. Con 34 años, Dorinda volvía a quedar sola.
No tenía oficio, no sabía trabajar la tierra y la bebida la transformó en una mujer irascible y que se enfrentaba a menudo con los vecinos. Los promotores de una concentración parcelaria la dejaron sin una parte de la finca que heredó de su marido.
Fue perdiendo el sentido y multiplicando sus excentricidades. A finales de la década de los sesenta llegaron obreros de Andalucía, Portugal y Extremadura para construir la nueva carretera, y esta obra trajo a Cerdedo a un joven luso que se enamoró de ella y pasaba horas esperando verla en la ventana. Le dio calabazas.
Tuvo más éxito Manuel Cerqueira Afonso, un carpintero portugués. Necesitaba un inquilino, el roce hizo el cariño y acabaron casándose. En uno de sus arrebatos lo tiró por la ventana, para acudir de inmediato a consolarlo.
Dorinda se exhibía entonces en lo alto de una escalera. La usó para levantar una parte del tejado de su casa y los vecinos tuvieron que finalizar la tarea después de que hubiese acabado el verano sin que se molestase en hacerlo.
Desde el púlpito en el que había convertido la escalera, una tarde de verano levantó la falda delante de los obreros que extendían el asfalto y pronunció una frase que permanece grabada
en la memoria colectiva: «Somos de la carretera», proclamó a los cuatro vientos.
Fue popular la figura de su famélica oveja enterrada en una montaña de lana que dejó a medio trasquilar. Barría el pueblo en los días previos a la fiesta y se postraba llorando en mitad del pasillo de la iglesia durante las misas.
A Afonso se lo llevaron a Portugal cuando falleció. Su paso no dejó huellas. Cerdeira seguía en el corazón de Dorinda. Estuvo al cuidado de una familia de Quireza (Cerdedo) hasta su muerte, acaecida el día 24 de noviembre de 1994, cuando tenía a los 72 años.
«Cerdeira sé que estás ahí, contéstame». En los días posteriores al óbito, llamaba a su amado, le suplicaba que respondiese a sus desgarrados requerimientos y
aguardaba una respuesta en el cementerio de Cerdedo. Pegaba la oreja a la piedra y aguzaba el oído con la esperanza de recibir algún mensaje.
La muerte los reunió de nuevo 37 años después. Una lápida de piedra en la que no figura ninguna inscripción cubre la tierra que sepultó a la pareja.

Diario de Pontevedra (28-4-2012)

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