domingo, 2 de diciembre de 2012

El guardián del Olimpo Celta


¿Por qué dejaron un jarrón en aquel lugar?
¿Quién pudo haberlo hecho?
En el año 1950, Juan Rodríguez explotaba una mina en el monte de O Pindo. Un día le llamaron la atención unas piedras que parecían haberse desprendido de una roca. Se preguntó cuál había podido ser  el motivo.
Recorrió la zona tratando de encontrar algún indicio que le permitiese confirmar que el origen no había sido inducido por los humanos. No lo encontró.
Pero no se dio por vencido. Se metió entre las piedras que posiblemente se hubiesen desgajado de la gran roca. Encontró una pared semicircular construida con guijarros. Aquel hallazgo le llamó la atención. Su curiosidad parecía haber encontrado recompensa.
Con una expectación que iba progresivamente en aumento, sacó las piedras. El hueco abierto le permitió ver que resguardaban un jarrón de barro.
Tenía un asa ancha de la que tiró. Y rompió la vasija. Recogió los fragmentos y los llevó a su casa para restaurarla.
Pasados varios años, conoció a un catedrático de la Universidade de Santiago. Le enseñó la jarra, y este se hizo cargo de ella para examinarla con detenimiento.
El cielo está gris y parece anunciar agua. Atrás quedó la cascada de Ézaro y la subida hasta O Fieiro, donde comienza la incursión por el monte de O Pindo, al que el Padre Sarmiento llamó el Olimpo de los Celtas, y comparte el topónimo con la cadena montañosa situada en Macedonia (Grecia), la cuna de la mitología helena.
José Rodríguez Ramos, hijo de Juan, a quien todos conocen con el nombre de Pepe do Fieiro, cuenta que la Reina Lupa que levantó un castillo en O Pedrullo y otro cerca de Duio (Fisterra).



Cuando murió, transportaron su cuerpo desde Santiago hasta Duio, y en un libro hallado en Arcos (Mazaricos) está escrito que, más tarde, lo llevaron a una montaña donde está enterrado.
“Supónse que era aquí, con sete millóns á cabeceira e sete millóns nos pés”. ¿De qué? “Supónse que eran lingotes de ouro. Era o que supuñan os nosos vellos”. Habla mientras camina por el Campo da Moa, una superficie delimitada por una pared rocosa sobre la que la naturaleza trazó unos relieves que recuerdan la obra de Antoni Gaudí en el Park Güell de Barcelona.

O Cadista
 “Estes campos estiveron rodeados dunhas murallas. Quen as desfixeron foron os que viñeron en busca dos tesouros”. Los restos pueden observarse con claridad. Pepe do Fieiro afirma que no tiene noticias de que la búsqueda hubiese deparado resultados positivos, aunque en la memoria colectiva quedó grabado un suceso. El protagonizado por un vecino conocido como O Cadista. Tuvo lugar durante los primeros años del siglo XX.
“Viñeron por aquí dous homes, que dicían que eran de Noia, e foron pola parroquia de Arcos preguntando quen coñecía estas montañas para facerlles de guía”. Le indicaron que esa función podría realizarla un hombre que pastoreaba un rebaño de ovejas, que los llevó hasta el destino que buscaban, O Forno da Moa.
Tal como le pidieron, los condujo hasta una pared de la montaña en la que se encuentra un hueco de unos dos metros de profundidad y la misma altura. Allí le indicaron que cavase en varios lugares. A continuación, regresaron. Cuando llegaron a la casa del pastor, le entregaron una moneda de cinco pesos, posiblemente de plata.
“Por que me dan tantos cartos?”, les preguntó. “Usted se los ganó”, le respondieron. “Volveremos y queremos que venga con nosotros de nuevo”, agregaron. El pastor dedujo que si le habían dado tanto dinero es porque en aquel lugar podría haber mucho más.
Volvió al Forno da Moa al día siguiente y cavó donde le habían indicado. De vuelta a su casa, le comunicó a su mujer que vendería las cabras, las ovejas y otras propiedades para pagar un viaje.
“De que imos vivir”?, le preguntó su esposa. “Teño que marchar”, insistió. Su destino fue Cádiz, donde permaneció por espacio de cuatro o cinco meses. Desde entonces le llamaron O Cadista.
Cuando retornó a casa encontró a sus hijos, “tres ou catro rapaciños pequenos que estaban á volta da lareira quentándose”, relata Pepe do Fieiro. Les preguntó por su madre y le dijeron que había ido a pedir limosna. “Dende hoxe non volverá a pedir”, les anunció.
Encargó que reconstruyesen su humilde casa, y cuando algún vecino vendía una finca, animales u otras propiedades, las compraba.  “Como é posible que en tan pouco tempo se fixera rico?”, se preguntaban sus vecinos.
La fortuna se encontraba en O Forno da Moa, es la conclusión a la que llegaron. En este lugar “atopou uns plumíns de ouro, dicíase entón. Eu imaxino que serían lingotes de ouro”, concluye, y en Cádiz los convirtió en dinero.
Hoy, las personas de más edad señalan cuál era su casa, en el lugar de Cornes, que cambió de propietario y de nombre.
Moa de Abaixo, Moa de Arriba, Moa do Freixo, A Laxe da Moa... El tono parduzco se torna en un verde intenso en una zona donde nace el agua. Se llama O Campo da Moa. Era el lugar al que acudían con los enfermos cuando la medicina les cerraba las puertas del futuro.

La sanación  
Tendían sus cuerpos en la hierba, trazaban su silueta en el suelo, retiraban al paciente, levantaban los terrones sobre los que había estado posado y los ponían al sol sobre las piedras para que secase. “Ó ir secando, o enfermo recuperábase”, cuenta Pepe do Fieiro. Esta práctica pudo haberse realizado “no tempo dos mouros”, apunta.
Mucho más cercana en el tiempo, tanto que él fue testigo de varias sesiones, está fechada una ceremonia muy similar, realizada con las vacas.  Cuando los cascos de las patas estaban muy carcomidos y los animales cojeaban, los vecinos de Ézaro decían “hai que facerlle o remedio do formighiño”.
Las llevaban a un campo, marcaban el perfil del casco dañado sobre el suelo, arrancaban nueve terrones y los ponían a secar cerca de la lareira. A medida que se quemaban, las vacas se curaban. 
Entre subidas y bajadas, saltando sobre piedras al borde de precipicios, transcurre la marcha con el sol en el centro el cielo.
O Pindo es el territorio natural de Pepe do Fieiro, cuya niñez transcurrió mientras cuidaba el ganado, alternando un día de clase con otro en el monte con su hermano para que los dos pudiesen estudiar.
Una hora de caminata basta para alcanzar la cumbre. Superados los 700 metros, sobre una roca agujereada por la acción erosiva de la lluvia, la playa de Carnota se extiende a la izquierda.
Más hacia el Sur se adivina Muros,  y San Francisco despuntando en el extremo de un brazo que se interna en el océano. Bajo los pies queda el puerto de O Pindo.
Cée está a la derecha, y tras una lámina de color azul cobalto es posible captar la imagen de Fisterra.
Después de descender por una pared rocosa, Pepe do Fieiro echa mano de un dicho popular, ‘en Arcos non hai ningun dereito’, y desvela el sobrecogedor acontecimiento que dio lugar a su origen.
Cuando llegaba el momento de pagar la contribución, los encargados de cobrarla se desplazaban desde Mazaricos con los recibos de mayor valor, que correspondían a propiedades como fincas, prados o casas.
No sucedía lo mismo con los que gravaban la matanza del cerdo o el uso del carro de las vacas. Lo conocían como el recibo del consumo, y no abonaban su importe porque no se los entregaban.
Meses después, se encontraban con la sorpresa de que les obligaban a realizar el desembolso con un recargo, provocando el comprensible enfado del vecindario. Viendo que se repetía la misma historia, un año sí y otro también, se reunieron en asamblea y acordaron que no pagarían nada si no les entregaban los dos recibos. La decisión era firme e irrevocable en todas las parroquias.

Arcos
Llegado el momento, todos se resignaron en el municipio de Mazaricos, a pesar de que no les entregaron los recibos del consumo. Todos menos los vecinos de Arcos. Días después, el recaudador fue, puerta por puerta y acompañado por la pareja de la Guardia Civil, haciéndoles saber el lugar al que debían dirigirse para pagar.
Atendieron el llamamiento de la autoridad, rodearon la casa en la que habían sido citados y le dijeron a su dueño, “Manuel, bota a estes homes fóra. Queremos pagarlle, pero aquí fóra”.
Cansados de esperar, tiraron piedras a las ventanas y el tejado y le advirtieron de que su vivienda quedaría destrozada si no cumplía la orden que le habían dado.
El recaudador mandó salir a la Guardia Civil, que se negó al comprobar que le llovían piedras. Lo hizo el recaudador, con una pistola en la mano. “Aínda ben non puxo un pé na rúa, unha pedra doulle na cabeza e o home acabou na terra”, cuenta Pepe do Fieiro. “E aínda non se levantou hoxe”, puntualiza.
El Siglo XX estaba en sus albores, el juicio se celebro en Muros, todos los vecinos de Arcos declararon haber tirado una piedra, fue imposible determinar de qué mano había salido la que acabó con la vida del recaudador, y nadie fue condenado por su muerte.
“Que castigo houbo?”, se pregunta. No cobrar el recibo durante varios años a los vecinos de Arcos hasta compensarlos por los recargos pagados indebidamente, expone.
Un giro en el tiempo y en el espacio sitúa la escena de su nuevo relato en Ézaro.
El día 12 de septiembre de 1951 fue inaugurado el puente situado frente a la cascada. “Non sei, dende que o mundo era mundo, aí sempre houbo unha barca”, dice.
Era el medio de transporte para cruzar la ría. El que pretendía usar la gente que venía de una feria en Cée. Se acercaba la noche, y la necesidad de regresar sus casas provocó la tragedia.
Aquella embarcación tenía capacidad para siete u ocho personas, los pasajeros que subieron eran muchos más, y se fue al fondo. Murieron ahogadas 18 personas. Por cada víctima fue instalada una cruz de hierro. Acabaron convertidas en chatarra. “Dezaoito cruces contei eu”, subraya.
Próxima al lugar donde Pepe do Fieiro contó las 18 cruces baja el agua lamiendo la ladera de la montaña. Es la imagen más conocida de Ézaro. Era una cascada que desembocaba en el mar, la única de Galicia. Una estampa que destrozaron las autoridades.
Franco comenzó una labor que  fue culminada por Manuel Fraga como presidente de la Xunta, con la construcción del embalse de Santa Uxía.
“Agora non é cascada nin é nada”, concluye a modo de inicio. No hace muchos años, el agua se derramaba a raudales, provocando un sonido atronador al golpear el suelo rocoso y correr hacia el mar. A continuación, la espuma se elevaba en el cielo.

La cascada  
Hoy es solo un hilo. “Cae unha pouquiña e dáselle importancia”, insiste a modo de lamento. “Ven polas tuberías”, añade, cuya visión contrasta en un paisaje que no por eso deja de resultar fascinante.
El camino de regreso comenzó hace ya algún tiempo, y ahora comenta Pepe do Fieiro anécdotas de su etapa de estudiante en un colegio religioso de Santiago y de sus años de profesor, preparando a los alumnos que se matriculaban en Bachillerato.
En la década de los setenta se percató de que el francés que había aprendido no bastaba para seguir realizando su labor docente. Se imponía el inglés y decidió aprenderlo.
Con más de 40 años, se fue con su mujer a Inglaterra, dejando a su hija, de nueve meses, a cargo de los abuelos.
En Londres trabajó en un hospital, completando sus ingresos con las clases de español que impartió a hijos de emigrantes, hasta que una huelga que duró seis meses, en plena etapa del gobierno de Margaret Thatcher, derivó en un despido colectivo y regresó a Ézaro.
Había emigrado con la intención de retornar a los cuatro años y pasaron 17. La montaña lo estaba esperando con su poderoso magnetismo. En la noche del 24 de julio de 2010 resolvió otro enigma.
“Os nosos vellos”, dice de nuevo a modo de inicio, le trasmitieron que desde el monte de O Pindo se podía ver la ropa a clareo en las fachadas de las casas de Santiago. Por más que lo intentó, fue incapaz de distinguir las torres de la Catedral, a pesar de haberlo intentado con la ayuda de unos prismáticos. “Os nosos vellos supoño que non os terían”, plantea.
Hasta que su hija le dio la idea y una tarde subieron los dos hasta O Pindo. El espectáculo pirotécnico que anuncia la fiesta de Santiago Apóstolo le sirvió de referencia para encontrarlo, y bajó satisfecho al haber comprobado que los antepasados no se equivocaban, y si no había visto hasta entonces la capital era porque había mirado en una dirección equivocada. 
De nuevo en O Fieiro, las dos preguntas siguen sin respuesta.

Las preguntas
¿Por qué dejaron un jarrón en aquel lugar?
¿Quién pudo haberlo hecho?
En estas tierras habitó una población foránea, a la que en Galicia se identificaba con el término genérico de moros, y cuando los Reyes Católicos le plantearon la disyuntiva de convertirse al catolicismo o abandonarlas, la mayor parte prefirieron marchar lejos, aún sabiendo que estaban obligados a dejar las riquezas que habían acumulado, explica.
Sucedió en el Siglo XV. “Supónse que algo terían e deixaríano agochado por algunha parte. Nada se sabe de que se atopase algún tesouro de entón”, expone. “Que facía esa xerra aí?, Quen a colocou ahí?”, se interroga reeditando las dudas que asaltaron a su padre hace 62 años.
“Pode ser que haxa unha escavación, unha cova, que protexeron rachando a rocha e a taponaron cunha parede curva,  onde se atopa un tesouro”. Es posible que escondieran en ese lugar sus propiedades con la esperanza de que si el destino les permitía regresar, a ellos o a sus descendientes, y encontraban la jarra, sabrían que sus riquezas estaban a salvo.
Los estudios a los que fue sometida determinaron que la jarra fue fabricada en el Siglo XV, y desde entonces permaneció resguardada entre las piedras de O Pindo. Hoy se encuentra catalogada en el almacén del Museo do Pobo Galego en Santiago.
En los montes gallegos se repiten las leyendas relacionadas con los tesoros ocultos. El jarrón podría ser un indicio. “Podería ser como unha marca”, plantea.
Desde el portal de su casa se contempla el majestuoso paisaje de la bahía de Ézaro. Atrás quedaron cuatro horas de caminata y un descomunal despliegue de sabiduría. Pepe do Fieiro se despide. Todo vitalidad. Con sus pletóricos 78 años. 

Diario de Pontevedra (02-12-12)

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