jueves, 26 de enero de 2012

Crónica de la generación perdida de Vilanova

«Ese gesto llegó un día que Melchor me dijo que lo acompañara. Me mandó subir a un vehículo. Yo no sabía cuál era el motivo del viaje, pero me subió rápidamente la adrenalina y tuve una fuerte sensación de miedo y felicidad. La curiosidad y el pensar que podíamos hacer algo ilegal me carcomían, aunque no sabía a donde íbamos ni qué íbamos hacer».
Manuel Fernández Padín tenía 40 años cuando escribió este párrafo en un libro que espera publicar, y 27 el día que atendió la petición del hijo de Manuel Charlín Gama, el patriarca del clan vilanovés de narcotraficantes.
No tardó en despejar la duda. Corría el año 1989, el Miño trazaba la división entre dos países, y Melchor estaba en situación de busca y captura en Portugal.
Su misión consistió en cruzar, caminando, el puente entre Tui y Valença y regresar conduciendo un BMW que le entregó en la localidad lusa Manolo.
El hermano de Melchor lo recuperó después de entrar en España, donde querían echarle el guante para que cumpliese las cuentas que tenía pendientes.
Lo hizo atravesando el río en una barca a la altura de A Cañiza, ayudado por unos compinches. «Tenía experiencia en andar fugado y solía visitar la casa de sus padres de noche», escribe Padín.
La jugada se repitió, aunque en esta ocasión con un Volkswagen Golf GTI. Acompañado por la esposa de Manolo, ambos embarcaron el vehículo en el transbordador de Salvaterra.
Manolo les salió al encuentro y Padín acompañó a la feliz pareja hasta Vilanova, donde finalizó un viaje de novios que los había llevado a Río de Janeiro.
Un joven que había permanecido al margen de la intensa actividad derivada del contrabando de tabaco y no se había manchado en el incipiente mundo del narcotráfico acababa de ganarse la confianza de los capos del negocio. No tardarían en llegar los desembarcos de hachís y cocaína.
«Mi primera profesión, a los 14 años, fue la de marinero. Fui educado por mi madre con una fuerte represión y falta de medios», recuerda en sus escritos.
En la década de los años 80, la tasa de paro en España superaba el 20%, el Gobierno centraba sus esfuerzos en la lucha contra ETA, el narcotráfico era un problema secundario ante el reguero de asesinatos que cometía la banda terrorista, y el Xardín Umbrío de Vilanova se había convertido en el ágora de la basca.
«Mis amigos tenían ganas de comerse el mundo, tenían unas ganas tremendas de ser auténticos, de ser ellos mismos, de encontrarse a gusto dentro de su piel. Éramos unos chavales que teníamos, prácticamente, lo puesto», expone Padín.
«Creo que estábamos obsesionados con alcanzar la felicidad», agrega. Con edades comprendidas entre 16 y 18 años, algunos se habían marchado de sus casas. «Éramos distintos y así nos veían en la calle. Aquella imaginación daba lugar a personajes simpáticos, atrevidos, singulares y únicos».
Eran tiempos en los que trabajaba de administrativo en una empresa de Cambados que se dedicaba a hacer carreteras y se transformaba durante los fines de semana pintándose los ojos. Marcó una tendencia que siguieron algunos de sus colegas, además de adaptar la ropa a su gusto, huyendo de los convencionalismos.
«Cuando algunos contrabandistas nos veían de noche paseando por el muelle o por las calles, se dirigían a nosotros preguntándonos si no era hora de dormir. Era una invitación para que despejáramos la zona y no viéramos nada», dice Padín. Fue aquella una situación habitual en Vilanova entonces.
Todos sabían que cuando las calles quedaban a oscuras comenzaba el trabajo.
Una noche vio desde la barca en la que pescaba con su padre como entraban en el muelle dos planeadoras. De un callejón salió un camión, y comenzó el trasvase.
«Llegó un Land-Rover de la Guardia Civil y los agentes se dispusieron a ayudar a los contrabandistas», narra sorprendido. Éstos les dejaron un recado antes de marchar: «No habéis visto nada».
«Daba la impresión de estar metido en una guerra en la que estaba en juego el dominio de la calle», recuerda. Con 21 años, «yo era el único de mi edad que no había tocado una caja. Nunca me lo ofrecieron, yo andaba a mi vida y ellos seguramente no confiaban en mí. Además, les sobraban chavales».
Era, también, de los que mostraban unas inquietudes que se plasmaron en iniciativas como pintar de colores el entorno de la Praza de Abastos, participar en la edición de una revista de la que era el principal responsable su amigo Adolfo, promover la creación de una asociación cultural y organizar un festival de rock y una exposición de pintura.
Fue aquella una muestra abierta a los vecinos para que mostrasen su creatividad y enseñasen los trabajos que guardaban en sus casas. Se celebró en la Casa de Cultura.
Padín, que espray en mano había plasmado en las paredes de Vilanova su rechazo al contrabando, aprovechó un cartel, que se encontraba en ese local, en el que podía verse a Valle-Inclán y a Camba con la ría entre ambos, para pegar barcos elaborados con cajetillas de Winston sobre el mar.
«El detalle tuvo cierta trascendencia, y uno de los que se dirigieron a mí con ánimo de censura fue mi amigo Manolo Charlín». No atendió su petición de que los quitase «y se marchó refunfuñando. Algo normal en él», comenta.
Deportista como era, corredor y aficionado a la natación en medio de un grupo en el que la droga empezaba a causar estragos, fue el artífice de la formación de un equipo de fútbol al que pusieron por nombre Dejadnos vivir.
La foto en la que figuran Gelucho, Paqui Pacheco, Jesús María, Rafael, Manolo Panadeiro, Manolo Macuta, Manuel Padín, José Lorenzo, Adolfo y Paulino Baretta se convirtió, pasado el tiempo, en una radiografía de Vilanova en un tiempo convulso. De aquellos diez chavales, siete murieron.
«Hacíamos una terapia de grupo e intentábamos crear una atmósfera de unión y amistad, ya que teníamos unas inquietudes comunes. Creábamos nuestro propio mundo, sin influencias de nadie», rememora Padín. Blanca Bóveda era la chica por la que suspiraban casi todos.
Pero la heroína acabó con la mística de pasarse el canuto a modo de comunión. Aquel grupo de chavales que lo compartían todo comenzó a disolverse y llegaron las prisas, la angustia y los malos rollos. «Empezamos a pasar de esperarnos, e incluso de pasar lista para ver si faltaba alguno antes de marcharnos de marcha».
Inconscientemente, quisieron vivir rápido, morir jóvenes y dejar unos cadáveres bonitos. La mayor parte logró los dos primeros objetivos, pero el Sida y la mala vida les impidió alcanzar el tercero.
La sufrió Nito Sopita, un amigo que lo amenazó de muerte cuando salió de la cárcel tras cumplir una pena por contrabando porque le llegó el rumor de que se había acostado con su mujer. «Acabó con su vida cortándose el cuello y prendiendo fuego a su habitación». Era el tercer intento de suicidio que protagonizaba.
El Sida también mató a Adolfo, con quien compartió tardes de playa en Portonovo y la tarea de editar una revista. «Yo lo cogí un día tirado en una acera en el centro del pueblo. Me dio rabia ver que su madre pasaba a su lado y no le hacía ni caso. Lo daba por imposible y la entiendo».
Padín explica como lo llevó hasta el Concello y habló con el alcalde para pedirle ayuda. Adolfo acabó en un centro de desintoxicación, donde superó su adicción. Se hizo socio de Érguete, participó en programas de televisión y se convirtió en un personaje popular.
Algunos vecinos dejaron de comprar pasteles en la cafetería de su madre por miedo a infectarse. Él servía a los clientes con la camisa remangada para dejar a la vista sus venas. Se lo llevó por delante el virus cuatro años después.
Palos y navajas. Menudearon los palos y los coches desvalijados. Brillaron las navajas para conseguir una papelina de caballo. Su coche fue el escenario de más de una disputa con armas blancas de por medio, y cuenta que una cazadora robada por un colega a un policía de paisano en una discoteca de Vilagarcía acabó en su vehículo y tuvo que dar explicaciones en la Comisaría.
Se vio en el mismo apuro cuando fue acusado de abusar de una mujer. El autor había sido su exmarido, del mismo nombre que él, al que le había prestado su coche una noche. En la serie de disgustos también figura el que le dio Paco, un amigo al que le dejó las llaves de la casa de tres pisos que tenía alquilada en Cambados.
El plan era celebrar en ella su cumpleaños, y cuando regresó se encontró con varias menores de edad corriendo histéricas, un chaval comiéndose anfetaminas en el baño y a su amigo en el tejado, diciendo que quería tirarse. Lo evitó agarrándolo de la cazadora.
«Era un buen chaval, pero su afición por las drogas era tremenda: alcohol, pastillas, LSD, coca, hachís y, sobre todo, heroína», asegura Manuel Padín.
Este vilanovés, nacido en el año 1959, sostiene que no se sentía atraído por las drogas, y que su convicción se acentuó después de fumar algún canuto y meterse caballo esporádicamente. Pero la curiosidad se impuso a la firmeza cuando le hablaron de «unos cartoncitos que un individuo del pueblo había traído de Holanda».
Lejos de convertirse en sujetos pasivos, quienes los consumían mostraban una actitud activa. Comió el primero con un amiguete, Moncho Chalpi, y pronto comprobó que empezaba a dejar de ser él mismo. Un día rompió un vaso contra la pared del Pub Galería, de Vilagarcía, porque el pinchadiscos no atendió su petición de que pusiese a los Rolling Stones.
En otra ocasión se desnudó en la Discoteca Charlot, de Portonovo.
Aquella noche se había jalado tres tripis en el Bar Pilis, de Vilagarcía. «Fueron mi tumba, mi destrucción como persona, y las consecuencias las tengo que pagar ya de por vida», comprendió.
Comenzaron entonces las visitas a un psiquiatra de Santiago, que continúan hoy, y el Tranxilium 50 se convirtió en su compañero inseparable.
Aquel episodio también fue el inicio de su peregrinar, que lo llevó hasta Barcelona, donde fracasó en todos sus intentos de encontrar trabajo. Viajó hacia Valencia con la misma intención e igual resultado. Pasó hambre y durmió en casas abandonadas.
En compañía de otros jóvenes, en Picassent, una noche arrancó un busto de Francisco Franco, le cagó encima y lo dejó ante la puerta de la iglesia.
De vuelta a casa vendió su coche para comprar un billete de avión y largarse a Australia. El idioma fue un obstáculo más en Sidney. Trató de encontrar compañía, y cuando lo llamaron de una agencia para ponerlo en contacto con una chica filipina, ya había tomado la determinación de regresar.
Lo intentó en Tenerife y Lanzarote, donde durmió en la calle, no logró hacerse con un puesto de trabajo en el sector de la construcción, y tuvo que acudir a las parroquias para comer.
Las descargas. Derrotado, retornó de nuevo a Vilanova, decidió meterse en el contrabando y acabó convirtiéndose en un narcotraficante al mando de Melchor Charlín. Participó en una descarga de siete toneladas de hachís, en Baiona, y de 600 kilos de cocaína en Muxía.
Fue el encargado de hacer llegar la droga a los compradores y llegó alijarla en la casa de sus padres. «Era su chico de confianza», reconoce. Denunció lo que estaba sucediendo en la TVG y descubrieron su identidad de inmediato, a pesar de que su rostro apareció tapado y su voz estaba distorsionada.
Lo detuvieron cuando estaba en un barbería de Vilanova y cantó al tercer día, cuando estaba apunto de cumplirse el plazo, después de comprobar que Melchor no estaba dispuesto a pagarle un abogado. Se convirtió entonces en el arrepentido en el juicio derivado del Caso Nécora.
Después supo que el soplo que propició su arresto lo había dado Adolfo, el colega al que levantó del suelo cuando ni su madre quería hacerse cargo de él.

Diario de Pontevedra (15-01-2012)

"Dentro de dos o tres horas moriré"

«Mis queridos padres: Ha llegado mi última hora. Ya veis, ni en este momento me falta valor para afrontar la situación a la que la desdicha nos ha conducido a todos. Dentro de dos o tres horas moriré», escribe un joven maestro de Padrenda (Meaño) desde la cárcel de Pontevedra, el día 13 de mayo del año 1938.
«Recibido su escrito de fecha de hoy, en el que solicita permiso para la ejecución de la sentencia recaída sobre el reo Segundo Abal Padín, así como el lugar, día y hora para su cumplimiento, le comunico otorgado», responde el gobernador militar al capitán instructor de la causa, Marcial Cadilla Fernández, en un escrito enviado el día anterior.
«Quiero, pues, pediros perdón, una vez más, por este gran disgusto que os doy. Ánimo y valor, padres míos, como lo tiene vuestro hijo. No desesperéis, no os aflijáis demasiado, os queda más familia, otros hijos (hermanos míos queridos) que sabrán consolaros», pide en su última carta.
«Dicho acto tendrá lugar a las cinco y media horas de mañana, día 13, en el kilómetro uno de la avenida del Uruguay, y le significo que con esta fecha doy orden al jefe de las Fuerzas de Seguridad de esta plaza para que a las 2.30 horas del indicado día se encuentre en la Prisión Provincial una sección de las fuerzas de dicho cuerpo», puntualiza el representante del nuevo orden.
«Doy mi vida tranquilo, sin remordimientos de conciencia de ninguna clase: no he matado, no he robado… nadie mejor que vosotros conoce mi corazón. No os desesperéis, repito, padres queridiños». A continuación figuran varias palabras censuradas en la misiva que les envió a modo de despedida.
«La sección estará compuesta por un brigada o sargento y doce hombres, que será la encargada de conducir, custodiar y ejecutar a los reos. Por este Gobierno Militar se da la orden de que a las dos horas de mañana se encuentre en ese Juzgado un coche para el servicio del mismo», concluye el oficio del representante de Francisco Franco en la capital.
«Mamasiña: Un abrazo muy fuerte. Muero sin besarte, sin haberte abrazado, pero lo hago espiritualmente y tan fuertemente que quisiera condensar en él todo el cariño que te profeso. Hermaniños: Quered mucho a papá y a mamá. No olvidéis a Otilia. Os abraza y besa a todos de corazón, Segundo».
Tenía 26 años cuando un pelotón abrió fuego contra él. Era un maestro de ideología socialista que había impartido clases en la escuela de Castroagudín (Vilagarcía) durante el curso 1935-36. Pertenecía al sindicato FETE-UGT, y a finales de 1934 figuraba como afiliado a la Casa del Maestro de Pontevedra.
Lo juzgaron en un consejo de guerra ordinario (causa 1.394/37) celebrado el día 9 de febrero de 1938 en el salón de plenos de la Deputación Provincial, a las 12.00 horas, sin ninguna garantía legal.

El teniente-coronel de Artillería Francisco Lorente Armesto presidió un Tribunal compuesto por tres capitanes como vocales, otro militar del mismo grado realizó la función de vocal suplente, un capitán honorífico redactó la ponencia, un teniente honorífico ejerció de fiscal, y la defensa correspondió a un teniente de Artillería.
«No habiendo desvirtuado en el plenario las acusaciones, no he de esforzarme en llevar a la conciencia de los señores del consejo la existencia de tales hechos», expuso el fiscal antes de sumar el agravante de perversidad a la acusación inicial de rebelión militar.
«El acusado manifestó que en la aldea no existía organización política alguna y que en las fechas en las que pudo ocurrir el delito estaba en al aldea y no vino a Vilagarcía hasta 20 días después (indica el acta en referencia a la fecha de los hechos en los que, presuntamente, habría participado)».
«En la actualidad, los buenos españoles, guiados por su amor a la patria, derraman su sangre en los frentes para conseguir el engrandecimiento de la misma y eliminar para siempre a esos desgraciados que pretenden convertirla en una colonia rusa», sostuvo el representante del Gobierno.
«El presidente interroga a Abal, quien dice que está aterrado con las acusaciones que le hacen, atribuyendo que las que le imputa don Toribio Beregua son, seguramente, debidas a enemistades, puesto que él dice que tuvo relaciones con una parienta del mismo, y desde aquella fecha han dejado de hablarse», puede leerse en la sentencia condenatoria.
«Como personas de reconocida solvencia moral, que conceptúo enteradas de la actuación de Segundo Abal Padín en los sucesos revolucionarios», califica el Concello de Vilagarcía a Toribio Beregua y al guardia de seguridad local Amador Castro, cuyas declaraciones sirvieron de base para la acusación, en un escrito enviado el día 21 de diciembre del año 1937 al comandante-juez militar Leopoldo Valls.
«Preguntado por el señor presidente al digno representante de la ley si tenía que rectificar (el escrito redactado por la acusación) manifestó que no», indica la autoridad máxima del Tribunal refiriéndose al militar que realizó, formalmente, el papel de abogado defensor de Segundo Abal.
«A carta, escrita con trazos decididos e coidada caligrafía, está dirixida aos seus pais e, de maneira destacada a súa ‘mamasiña’ que levará sempre, cravado no peito, o coitelo da dor da morte inxusta do seu fillo», expone Xosé Álvarez en su blog osanosdomedo, donde hizo públicas las últimas palabras que escribió antes de ser asesinado a sangre fría bajo una apariencia formal de legalidad.
«No quiero dejar para el último instante, aunque sé que luego no me faltaría valor para hacerlo, el dirigirme a vosotros para pediros, en primer lugar, perdón por tantos disgustos que os he dado», exponía en otra carta, fechada el día 5 de marzo, que recuperaron Antón Caeiro y Margarita Teijeiro, los promotores de O Faiado da Memoria.
«Quiero que sepáis que muero agradecido, con la convicción de que nadie haría por mí lo que vosotros habéis hecho. Os recuerdo, en estos instantes, de todo corazón», escribía entonces, adelantándose a los acontecimientos que estaban por llegar.
Sin embargo, conservaba la cuota de esperanza que alimentaba su familia de evitar su trágico final. «No quiero quitaros la creencia, la fe que tenéis de que aún pueda salvarme. Podéis acertar, yo lo deseo por vosotros, que bien merecéis un rato de alegría después de tanto sufrimiento», decía entonces.
La figura de su madre estaba más presente que nunca: «Ánimo, mamasiña, a veces, pensando en que tus vaticinios suelen cumplirse, llego a creer lo mismo que tú». Pero los vencedores, implacables, no tuvieron compasión.
Acribillaron a balazos a un maestro nacional que había llegado cargado de ilusiones a una pequeña aldea vilagarciana para ejercer su labor. Joven, y de buena planta, enseguida se ganó a los alumnos y a sus familias.
No pegaba, y cuando ordenaba a alguno de los escolares que se pusiese de rodillas, después explicaba a sus padres el motivo de la medida disciplinaria. Cantaban el himno gallego y nunca marcó distancias con los vecinos, que no por eso dejaron de llamarle don Segundo.
Impartía las clases en una casa que está situada muy cerca de la monumental fuente de Castroagudín, y estaba de huésped durante la semana en una vivienda ubicada al lado. Las dos pertenecían a los mismos dueños. Entre ambas construcciones se encontraba el patio de juegos.
Segundo Abal entendió que su responsabilidad iba más allá de instruir a los chavales. Asumió que también debería implicarse con la de la población adulta, y el día 1 de marzo del año 1936 envió una carta al presidente de las Misiones Pedagógicas.
Solicitaba el envío de libros de «temas agrícolas, aspecto social y de complemento a la instrucción primaria». Hacía saber que disponía de un «armario, cedido por los vecinos» para guardarlos, y que la estación de tren más cercana es la de Vilagarcía.
También argumentaba la demanda: «Que la esfera de acción de la escuela llegue, con toda intensidad hasta, más allá del recinto de la misma, poniendo en manos de la población adulta el libro que ha de completar su formación».
«Había moitos rapaces na escola. Daquela non era como hoxe. Había poucas casas, pero cada matrimonio tiña sete ou oito fillos», recuerda Eusebio Loureiro Rubianes, que contaba 12 años cuando recibió clases de Segundo Abal.
Su hermana María lo recuerda «coma outro máis. Falaba e ríase con nós». También que le enseñó aritmética, geografía o historia. «Aínda hoxe, recordo toda a táboa de multiplicar», asegura, aunque reconoce que no sabría indicar donde nacen y desembocan los ríos o el nombre de todas las capitales de España .
Erundina Ríos Cespón ya era una adolescente cuando llegó el maestro a Castroagudín y se convirtió en el huésped de la casa en la que vivía con su familia. «Aprendín pouco», reconoce, porque el trabajo diario apenas le dejó tiempo para ir a la escuela, y habla de una tarde en la que fueron de excursión al monte con él.
Aquella experiencia duró poco tiempo. «Empezou a guerra, marchou e xa non apareceu máis. Despois no había escola e, según rumores, o mataran. Nós non sabaimos nada, falábase de que o mataran», expone Eusebio, de 88 años. «Falábase de que o mataran, pero outra cousa non se sabía. Non se podía falar», agrega María, que cumplió 89.
Era moi bo», coinciden ambos en una conversación mantenida en la Casa da Cultura de Castroagudín (Vilagarcía), celebrada después de visitar las dependencias que un día albergaron la escuela. «Era moi boa persoa e mestre, por certo, pero..., pero..., pero...». En su casa de Godos (Caldas), Erundina, de 94 años, se seca las lágrimas de los ojos.

Jacobo Zbarsky: «Dentro de tres horas moriré»
La presencia de la madre en la memoria de quienes fueron fusilados por defender la República y la democracia es una constante que puede verificarse a través de los testimonios que dejaron las víctimas y recogió Xosé Álvarez en su blog.
Es, también, el caso de Jacobo Zbarsky Kuper, la primera persona fusilada en Pontevedra, y dentista como su padre Abraham, nacido en Lotz (Polonia).
«Queridos míos: Querida madre, perdóname este último gran disgusto que te doy. Dentro de tres horas moriré. Tú bien sabes cuanto te quiero, sin embargo, no he querido ver a ninguno de vosotros por última vez, porque si así lo hiciera no tendría el valor de afrontar mi suertes», escribió en una conmovedora carta, el día 9 de agosto de 1936.
Los parecidos con la de Segundo Abal son evidentes: «Mis últimos pensamientos serán para vosotros, sobre todo para tí, madre mía. Estoy tranquilo, creo que esta tranquilidad me acompañará hasta el último momento. Piensa, madre mía, que pierdes un hijo por un ideal justo. Yo puedo sacrificar mi vida, te queda otro hijo y mucha familia que harán todo lo posible por consolarte. Os beso y abrazo a todos, sobre todo a tí, madre. Tu hijo, que siempre te ha querido y te querrá mientras viva».

Diario de Pontevedra (22-01-2012)

viernes, 20 de enero de 2012

La utopía del ‘Santa Libertad’

Durante el año 1961 daba la impresión de que el mundo estaba a punto de estrenar un nuevo orden: John Kennedy accede a la Casa Blanca, Fidel Castro inicia su tercer año de dictadura en Cuba, y otro déspota, Marcos Pérez Jiménez, acaba de ser desalojado del poder en Venezuela. En una estable y democrática Europa Occidental, las dictaduras de Franco y Salazar marcan el contrapunto: España y Portugal son las excepciones.

En este contexto, el Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) ultima la organización de su acción más audaz para tratar de atraer la atención del mundo. Un militar nacido en Pobra do Caramiñal en 1904, que fijó su residencia en la calle Edelmiro Trillo de Vilagarcía al haber sido desterrado, de la localidad coruñesa José Fernández Vázquez, iba a jugar un papel decisivo.

«Fui designado para planificar y dirigir una operación de captura de un buque español de pasajeros», indica en la primera página del libro que escribió, titulado ‘Yo robé el Santa María’. El ‘Satrústegui’ y el ‘Virginia de Churruca’ eran los candidatos, pero una serie de avatares culminaron con el asalto de un navío de bandera portuguesa, el ‘Santa Libertad’, cuyo nombre cambiaron por el de ‘Santa Libertad’.

Así comenzaba un acto que iba a provocar un fortísimo eco mediático en el mundo pero fue silenciado por los medios de comunicación tanto en España como en Portugal.

La noche del 22 de enero de 1961, un grupo de 24 hombres asaltan el ‘Santa María’, con 650 pasajeros (46 estadounidenses) y 350 tripulantes. La operación recibe el nombre de ‘Dulcinea’.

El diseño de la parte civil corresponde a José Velo, de Celanova (Ourense), mientras que José Fernández, conocido entonces como ‘Noé’, y desde aquel acontecimiento con el nombre de capitán Sotomayor, es el responsable de la jefatura militar, con el capitán portugués Henrique Galvao como jefe político y el general de la misma nacionalidad Humberto Delgado en la cúspide de la organización lusa, aunque sin llegar a actuar directamente.

Es Velo quien aconseja suministrar a los asaltantes unas pastillas ‘Bonamine’ para evitar el mareo. «Mis vacilaciones eran tremendas. Faltaban escasamente 60 minutos y todo me parecía perdido», llegaría a reconocer el capitán Sotomayor.

«Todo está a punto. La tensión nerviosa sube como el vapor en una caldera bien alimentada. La una de la madrugada: hora cero. Voy a dar la orden», agrega. Ya no había vuelta atrás: en una acción en tierra siempre cabría la posibilidad de la retirada, en un buque navegando en alta mar no.

El asalto se produce en Curaçao, frente a las costas de Venezuela. Advertidos de la novedad, los pasajeros no parecen inquietarse por el cambio de planes, asegura Sotomayor.

La primera intención del comando era mantener el silencio para evitar la localización, pero en la toma del puente se produce una refriega y acuerdan hacer una escala para desembarcar a los tres heridos de la tripulación en la isla de Santa Lucía.

Es entonces cuando reaparece el ‘Santa María’, reconvertido ya en el ‘Santa Libertad’. Habían transcurrido dos días. La Marina de Estados Unidos inicia el marcaje.

La del 24 fue una jornada tranquila. «Los pasajeros pasaban el tiempo escuchando la radio y divirtiéndose en los salones y bares», recuerda. «Debemos dar tiempo a que la voz de la democracia se levante. Luego, hay que burlar la persecución todo el tiempo que podamos; mantenerlos en jaque, enervar a nuestros perseguidores y así agudizar la crisis», expone.

Inglaterra, que en un principio se había sumado a la persecución, desiste.

Kennedy autoriza a la flota apostada en Puerto Rico para que bloquee la salida al Caribe, pero el ‘Santa Libertad’ burla el cerco, por mar y aire, y se interna en el Atlántico.

«Aviones cuatrimotores parten de Jacksonville en Florida, y utilizando los aeropuertos de Val de Cans y Recife, en Brasil, escudriñan en océano entre cabo San Roque y la costa de Guinea. Las instalaciones de radar barren las aguas del Atlántico. Este despliegue de fuerza y técnica nos está dando una importancia como nunca creímos merecer», narra Sotomayor.

Portugal y España también ponen en marcha sus flotas. Hasta 16 países se ven involucrados, por uno u otro motivo, en el conflicto. Segundo cambio de la estrategia inicial: la falta de respuesta del gobierno de Guinea, adonde habían previsto dirigirse, les obliga a poner rumbo hacia Brasil.

El impacto publicitario se multiplica cuando un avión de EE UU localiza de nuevo al Santa Libertad’. Son las 18 horas del 26 de enero y atrás quedaban 2.140 millas. El almirante Dennison, jefe de la Escuadra del Atlántico, establece el primer contacto con el DRIL y acuerdan celebrar una reunión en el barco.

Salazar pide a Kennedy que aprese el trasatlántico; los asaltantes advierten a las autoridades estadounisdenses de que lo hundirán antes de que tal cosa suceda y el presidente de EE UU responde al dictador portugués que no lo abordarán.

Subraya el capitán Sotomayor que tampoco atendió el Papa Juan XXIII los ruegos de los católicos lusos que intercedieron fervorosamente ante el representante de san Pedro en a Tierra para que restituyesen el nombre de ‘Santa María’ al barco, además de solicitarle, infructuosamente, la excomunión de los miembros del DRIL.

Finalmente sube al ‘Santa Libertad’ una delegación norteamericana encabezada por el contralmirante Allen E. Smith, que es recibido a bordo mientras suenan los himnos de Portugal y el de Riego.

La entrevista, celebrada en aguas internacionales frente a las costas de Brasil, se convierte en la portada de numerosos medios: desde el Washington Post hasta la revista París-Macht.

En su barco, Smith afirma ante los periodistas que no ha estado negociando con piratas, sino con un grupo de personas que defienden unos ideales políticos.

“Habíamos cruzado el Rubicón. Ahora ya no éramos piratas para los señores oficiales de la poderosa Marina de Guerra de los Estados Unidos”, subraya Sotomayor.

El ‘Santa Libertad’ se había convertido en una utopía flotante donde fueron suprimidas las clases, pero el episodio no generó el más mínimo efecto en las consolidadas dictaduras de la Península Ibérica, y los nervios provocaron más de un altercado.

El paquebote, de 21.000 toneladas, 186 metros de eslora y valorado en 16 millones de dólares, está cercado por mar y aire y las provisiones de sus cámaras frigoríficas y despensas se agotan.

Es entonces cuando el triunvirato, formado por Velo, Sotomayor y Galvao, decide pedir asilo político al Janio Quadros, que había sido elegido presidente mientras estaban fondeados. Quadros le ofrece todas las garantías.

La noche anterior al desembarco organizan una cena para los pasajeros que finalizó firmándoles autógrafos en las tarjetas de menú, recuerda.

El 3 de febrero se produce el desembarco en el puerto de Recife. Cuando quedan en el buque los 24 hombres del DRIL, exclama: “Por fin solos”.

Se arría la bandera portuguesa y se iza la brasileña. Antes de abandonar el ‘Santa Libertad’, los luchadores friegan los platos de la última cena. “Qué impresión de soledad produce un navío si vida”, exclama el capitán Sotomayor.


“No queda más salida que encerrarlo en un manicomio o matarlo”

Además de haber constituido un anticipo que ponía de relieve la utilización de los medios de comunicación para realizar una denuncia y un caso inédito en la legislación internacional, el asalto al ‘Santa María’ también constituyó un hito al tratarse de la primera oportunidad en la que gallegos y portugueses colaboraban.

Sin embargo, el éxito no enmascaró las diferencias marcadas por las nacionalidades, y durante la travesía fueron numerosos los incidentes.

«A ese hombre tendremos que tirarlo al mar, y si no lo hacemos nos creará muchas dificultades», dice Velo al capitán Sotomayor refiriéndose a Galvao poco después de iniciada la aventura.

«Seguía apostrofándome de pretencioso y soberbio. Ni siquiera en su vanidad soberbia pensaba que haría con el barco: él, capitán de caballería», escribe al arousano.

Frente al antiimperialismo que preconiza, denuncia que Galvao considera las colonias como ‘patrimonio histórico’ de Portugal.

«La sed de gloria les seca la garganta», afirma al enterarse de que el general Delgado nombra a Galvao general jefe de los Ejércitos de Mar, Tierra y Aire, después de haberse autoproclamado presidente de la República.

Finalizado el periplo, Galvao le respondió a Sotomayor que si tuviese que decidir entre el DRIL y el general Delgado, optaría por el segundo. Surgen los celos: “Galvao, agasajado cual héroe legendario, monopolizaba todas las simpatías y adhesiones. Para él, sus compañeros no existían”, expone el teniente de navío de A Pobra do Caramiñal.

Hasta tal punto llegan las disputas, que Sotomayor le llama «mierda» y «basura», a lo que Galvao responde tildándolo de loco «y, como tal, no queda más que encerrarle en un manicomio o matarle».

A renglón seguido hizo el ademán de coger la pistola, antes de dirigirse a Velo: «Le enviaré una carta, que haré circular entre portugueses y españoles, desafiándole a batirse conmigo», anuncia.

«Galvao estaba acabado y el DRIL se romperá en mil pedazos», vaticina Sotomayor.


De Auschwitz a Laos

«Es la aventura más aventura de todas las aventuras posibles», concluye Xosé Sesto en el prólogo de un libro en cuya edición jugó un papel decisivo Celso Emilio Ferreiro, con quien trabó amistad Sotomayor en Venezuela.

El arousano, alférez de navío formado en Marín, no tuvo respiro: con poco más de 20 años ya fue desterrado y confinado en África en 1928. En la Guerra Civil secuestra un destructor francés amarrado en Vilagarcía para huir, pero desiste para evitarle problemas a su tripulación, que se mantenía neutral en el conflicto, y en Oporto hunde un carguero alemán que transportaba armas para Franco.

En Francia pasó por el campamento de Saint Cirprien (Francia) antes de que lo detuviese la Gestapo y lo confinase en Auschwitz, de donde salió con menos de 40 kilos de peso con destino a Venezuela.

Más tarde trabajó en una misión en Laos durante la guerra. Cuentan que llevaba un llamativo anillo fabricado con el fuselaje de un avión estadounidense derribado por el ejército vietnamita.

“Mi padre fue un hombre valiente que llevaba la política en la sangre”

Cuando Rosa Fernández Pou se encontró con su padre, José Fernández Vázquez ya era más conocido por el sobrenombre de capitán Sotomayor que por el del Noé, su apodo en Pobra do Caramiñal, aunque a ella le seguía sonando el segundo sobrenombre. Ya habían transcurrido 44 años desde que naciera.

«Tenía dos años cuando se marchó a la guerra y no me queda ningún recuerdo de él, sólo por las fotografías y por lo que contaba mi madre y mi hermano Manolo», explica en su casa de Vilagarcía.

Desde la perspectiva que permite la edad, tiene 75 años, reconoce que durante los primeros tiempos lo pasó mal, tanto ella como sus cuatro hermanos y su madre.

Manuela no quiso seguirlo cuando su esposo le envió una carta desde Francia animándola a reunirse con él para gestionar después el reagrupamiento con los cinco hijos a través de Cruz Roja Internacional.

«Mi madre dijo que no dejaba quedar a sus hijos para ir a una aventura», explica Rosa. Corría el año 1940.

Y desde entonces pasaron 17 durante los que no supieron nada. Hasta que un día un hermano de José Fernández, que vivía en A Coruña, se presenta en su casa de Vilagarcía para hacerles un anuncio: “Manuela, vengo a darle una noticia: sigues teniendo marido”, le dijo.

Supieron entonces que se había establecido en Venezuela, después de haber dejado Francia, donde formó una segunda familia con una mujer de nacionalidad alemana con la que tuvo dos hijos, llevándose a uno de ellos, llamado Federico, para Suramérica.

Se exilió en Venezuela, donde estableció un tercer vínculo familiar y tuvo otro hijo. Total: ocho hijos de tres mujeres.

«Nosotras estábamos resentidas porque pasamos muchos apuros y fatigas, pero él siempre fue un luchador que nunca se lucró de nada y mi madre lo entendía a su manera», expone Rosa Fernández antes de subrayar que no cuestiona las decisiones de su padre a la hora de organizar su vida.

«Era un hombre muy temerario», agrega, y sincero: «Él dijo, palabras textuales, que durante los primeros tiempos se acordaba de nosotros, pero al poco tiempo había olvidado por completo su vida en Vilagarcía», expone.

Y en 1978 se produjo el encuentro. José Fernández había viajado hasta A Coruña para ver a su hermano, y fue allí donde supo que dos de sus cinco hijos gallegos, Manolo y Rosa, vivían en Londres, adonde se trasladó de inmediato.

Entonces ya era un hombre con unas pronunciadas entradas. Fue un encuentro breve en el que departió sobre todo con Manuel, el hijo con el que mejor se identificaba y al que había llevado a ver a La Pasionaria en un mitin celebrado en Balaídos (Vigo) antes de la Guerra Civil.

José Arteaga, el marido de Rosa, fue el encargado de trasladarlo a varios lugares de la capital de Inglaterra, de los que señala uno en concreto y de especial significado para su suegro: el cementerio en el que se encuentra la tumba de Carlos Marx.

Más tarde, Rosa no sabe precisar el año, estuvo en Vilagarcía una tarde en la que se produjo un fugaz reencuentro con su primera esposa, Manuela.

Hasta entonces, la única reseña que había tenido de su existencia fue la portada por un periódico, que en un breve artículo hablaba de un secuestro y un grupo de piratas en el que figuraba como uno de los líderes un tal José Fernández Vázquez, conocido como Noé en Pobra do Caramiñal y que se hacía llamar capitán Sotomayor.

Esa reseña y el cine. Como la actriz Chus Lampreave, que en la película titulada ‘Espérame en el cielo’ acudía al cine para ver en el NODO a su esposo en la ficción, cuyo parecido con Franco hizo que lo convirtiesen en su doble para protegerlo de un atentado, Rosa Fernández veía las secuencias del episodio del ‘Santa Libertad’ en el NODO desde un cine de Vilagarcía. Y callaba.


Diario de Pontevedra (19-07-2009)