domingo, 25 de marzo de 2012

El lobo estepario de Cerdedo

Ya no queda nadie en Cerdedo que pueda relatar la llegada de aquel hombre un día del mes de septiembre del año 1962. Vestido de blanco de la cabeza a los pies, su presencia posiblemente no hubiese pasado desapercibida al bajar del autobús, porque tuvo que cruzar por delante de un estanco y un bar antes de llegar a su destino.

Y si alguien lo hubiera saludado en ese trayecto, Aquilino Rodríguez de la Iglesia habría pasado de largo y en silencio.

Su destino era la Casa Troitiño, una tienda de ultramarinos que también era un bar y pensión. Ocupaba una amplia vivienda de dos pisos. Su propietario, Tino Troitiño, vendía vino por los lugares de la parroquia.

Filomena, su hermana, se sobresaltó. También Cándida, la madre de ambos. Al llegar al comedor, rectangular, de banco corrido, con la cocina en uno de sus extremos y el televisor en lo alto del otro, se encontró con el visitante. Les dijo que venía para quedarse, sin rodeos y con una expresión imperativa.

Pudo haber realizado el viaje desde Pontevedra en el autobús de color azul de la empresa La Unión, que finalizaba en Forcarei, o en el Auto Industrial, amarillo, cuyo destino final era Ourense y conocían en el pueblo con el nombre de El deportivo.

También cabe la posibilidad de que hubiera subido al Gómez de Castro, que tenía en Lugo su última parada y era de colores gris y magenta. En la más pura lógica tiene cabida la hipótesis de que la anterior escala de su viaje hubiese sido Vigo o Pontevedra, hasta donde debió llegar en un tren desde algún lugar de Castilla La Vieja.

El misterio provocado por aquel forastero de tan peculiar forma de vestir en una España en blanco y negro en la que predominaban los tonos oscuros quedó resuelto al saberse que se trataba del nuevo secretario del Concello de Cerdedo.

El acta de toma de posesión de la plaza en propiedad fue redactada el día 15 de septiembre de 1962 por al alcalde, Manuel Varela, y el secretario accidental, Rodrigo Lueiro. Ambos comprobaron la validez de la documentación que portaba Aquilino Rodríguez y la enviaron al Gobierno Civil dos días después.

Así comenzó una etapa que iba a prolongarse hasta su jubilación, el 29 de enero del año 1977. Educado, discreto y silencioso, bajaba por la rampa o las escaleras situadas enfrente a la pensión y cruzaba la carretera para ir a la iglesia.

Este itinerario no tardó convertirse en un martirio, porque para acceder al templo tenía que rodear la plaza, el lugar donde la chavalada jugaba al fútbol.

Hacía gestos como suplicando un alto en las hostilidades y escondía la cabeza entre los brazos tratando de protegerse de los balonazos que nunca recibió y fueron siempre uno de sus temores.

Un día, el alcalde Manuel Varela tuvo sobre la mesa de su casa un edicto elaborado por el secretario en el que hacía constar la prohibición de jugar al balompié a las horas que se celebraban las misas, con multas de hasta 25 pesetas para quien lo incumpliese.

Si el regidor lo hubiese firmado, su hijo, José Manuel, conocido entonces por el sobrenombre de Pirri, habría sido uno de los sancionados porque era de los que se aplicaban en la tarea de pegarle puntapiés a la pelota para que rebotase en la pared cuando pasaba.

Junto con el fútbol, los perros le infundían terror. No había casa sin uno o varios canes, que circulaban a sus anchas, y de camino a la Casa Consistorial era frecuente verlo atemorizado ante la presencia de alguno, incluso el más manso y menudo.

Tal circunstancia no pasó desapercibida a los chavales, que enseguida descubrieron otro modo de divertirse a su costa. Lo hacían ladrándole, y más de uno tuvo que andar ágil para esquivar una pedrada del secretario.

Eran tiempos en los que la plaza y los callejones que rodeaban el edificio del Concello se convertían en escenarios estratégicos cuando jugaban al escondite. Allí se encontraba la prisión, y los chavales se encaramaban por la pared y curioseaban a través de la ventana si había algún detenido.

También en este lugar dejó su huella un hombre a quien unos conocían como don Aquilino y otros le llamaban el señor Rodríguez. No había saneamiento, el váter estaba situado en el primer piso, y sus evacuaciones caían en un receptáculo cuadrangular.

El alguacil se encargaba de limpiarlo, para lo que quitaba una portezuela de madera que más de una vez se olvidó de colocar durante meses, dejándolas a la vista de los viandantes hasta que formaban una montaña. La caca de don Aquilino, decían los chavales con una curiosidad escatológica que ninguno disimulaba.

Le repugnaba ver a la gente que pedía en la calle. «No debería haber ningún pobre», decía. Pero de esta frase resulta imposible deducir si los compadecía o los hubiera eliminado si de él dependiese. Todos los días cruzaba el pasillo de la iglesia para depositar una limosna en el altar de san José.

No tenía horarios, era frecuente ver la luz de su despacho encendida a altas horas de la madrugada, y tanto Manuel Varela como su sucesor en la Alcaldía, José Luis Jorge, resaltaron su competencia, profesionalidad y rectitud.

Recibía un trato exquisito en la Cafetería Las Torres o en el Hotel Rías Bajas cuando pedía una copa de vino, que pocos podían pagarse, y se sentía a gusto paseado por Pontevedra, lejos de los perros y los chavales que le ladraban.

Con una gabardina que no se quitaba de encima en todo el año, y siempre de blanco, comenzó abandonarse cuando se jubiló. Andaba con la ropa sucia y la cremallera bajada. En una ocasión recibió la visita de un familiar al que no quiso atender.

De su pasado solo quedaron unos pocos trazos. Entre los meses de abril y septiembre del año 1962 trabajó como secretario del Juzgado de Los Corrales de Buelna (Cantabria).

Francisco Javier López era entonces un oficial y cuenta que alquiló una habitación de la casa de los dueños de una gasolinera. «Siempre me pareció un pobre hombre, de aspecto deplorable, enfermizo, delgado y con una venda colgada de una mano. La gente se preguntaba cómo podía ser el secretario del Juzgado», recuerda

Como Varela y Jorge, califica de «intachable» su comportamiento profesional y de «clara, bonita y elegante» su caligrafía».

«No hay manera de saber nada de ese hombre», responde Santos Dehesa. Es el alcalde pedáneo de Sandoval de la Reina, la localidad burgalesa donde nació Aquilino Rodríguez de la Iglesia el 29 de enero de 1907.

El hijo de Daniel y Plautila recibió una carta en el año 1943 en la que su hermano Valentín le hacía saber de su alegría al saber que se encontraba mejorado y que su madre había abandonado el hospital para regresar al pueblo. Pasado algún tiempo le entregaron otra en la que le comunicaba su muerte.

Entonces, Aquilino Rodríguez se encontraba interno en el Manicomio de Provincial de Valladolid. Comentaban que un desengaño amoroso podría explicar su comportamiento. Las dos décadas transcurridas hasta su llegada a El Corral de Buelna quedan difuminadas entre la niebla del silencio.

Filomena Troitiño podría haber arrojado luz sobre su historia, pero la enfermedad del olvido se lo impide. Algún día, ella ocupará un nicho en el panteón de la familia que acogió a aquel lobo estepario y donde fue enterrado un día del mes de marzo del año 1986.


Diario de Pontevedra (24-03-2012)

martes, 20 de marzo de 2012

La promesa de 'Ricucho' y la gratitud de Fleming

"Siempre dijo que como le tocase una vez la Lotería, le haría un monumento al doctor Fleming. Yo creo que todos los años decía que le iba a tocar», recuerda Rosario Sánchez, la esposa de Luis Enrique Campos. Y le tocó.

Fue sonado aquel sorteo de Reyes del año 1976, porque el primer premio correspondió a Vilagarcía íntegramente. Las dieciocho series del número 72246. Ni más ni menos que 720 millones de pesetas. El salario base mensual en España era inferior a 15.000 pesetas.

«Siempre jugaba, y en el sorteo de Navidad le había tocado la terminación. Me acuerdo bien de que estábamos en casa de mis suegros, con sus hermanos y toda la familia, cuando dijo ‘me va a tocar la de Reyes’», agrega.

Habitualmente, la compraba en una administración de A Coruña, pero aquel año se retrasó y ya no encontró toda la que quería cuando fue a buscarla, por lo que tuvo que adquirir alguna en un despacho de Vilagarcía.

Una parte la convertía en participaciones que regalaba a sus numerosos clientes y amigos.

Esta costumbre se había convertido casi en una obligación. Así lo debió de entender alguno de ellos, que llegó a amenazarlo por haberse olvidado de entregársela, subraya Rosario Sánchez.

Antes del mediodía «me llamó mi suegra. ‘Dicen que le tocó la lotería a ‘Ricucho’, me dijo». Era el rumor habitual en las fechas navideñas. «Qué tontería, y le hace usted caso, parece mentira, le respondí». En esta ocasión era cierto y fueron centenares los que resultaron beneficiados. Enrique Campos ya era conocido entonces por el sobrenombre de ‘Ricucho’, que nada tiene que ver con el guiño que le hizo la diosa fortuna. Era entonces un hombre muy popular y conocido en la localidad y en varios municipios situados a en los márgenes de la ría de Arousa por su intensa actividad comercial.

En el año 1954 se ganaba la vida distribuyendo patatas, vino, piensos, cereales y otros alimentos que llegaban en el tren a la estación y almacenaba en una nave para su posterior distribución a minoristas y establecimientos comerciales y de hostelería.

Y siguió haciéndolo después de que un accidente provocado por un camión, cuando se disponía a subir a su moto en la calle Cervantes, estuviese a punto de provocarle la amputación de su pierna izquierda aquel año.

‘Ricucho’ tampoco dejó de subir al barco a vapor que cruzaba la ría de Arousa para visitar a sus clientes en Boiro, A Pobra o Rianxo, hasta donde se desplazaba en la moto desde el puerto de Taragoña después de protegerse el pecho con hojas de periódicos.

De carácter extrovertido, trabajador, optimista y con un don natural para entablar relaciones con cualquiera y hacer amigos, ‘Ricucho’ era el rey del Carnaval. Llegadas las fiestas, la incógnita de los vilagarcianos era saber qué representación improvisaría en compañía de su familia. Los Campos acaparaban los primeros premios del concurso que se celebraba en el Liceo Marítimo.

Cuentan que su cuerpo quedó cubierto de papeles de colores cuando sacaron del armario una sábana, sin percatarse de que envolvía el confeti, y la extendieron sobre su cadáver en el velatorio celebrado en su domicilio el día 14 de noviembre del año 2001. Tenía 76 años.

Aquel grave percance, que pudo haberle costado la vida y le obligó a permanecer internado en varios hospitales, luchar y sufrir durante años, no cambió su forma de ser. En el Sanatorio Domínguez, de Pontevedra, estuvieron a punto de amputarle la pierna izquierda.

Salvó la extremidad porque mantenía la movilidad en el pie, y su tratamiento médico siguió en varios centros sanitarios de Barcelona, donde ’Ricucho’ llegó a hacerse fotos representando el papel de médico mientras operaba a los galenos que lo atendían.

Fue entonces, en el peor trance de su vida, cuando hizo pública su solemne promesa de que si le tocaba la Lotería financiaría la construcción de un monumento dedicado a Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina, que entonces llegaba a España de contrabando desde Portugal y le salvó la pierna. «Lo decía todos los años», indica su esposa.

También anunció que, si llegaba ese día, nadie se enteraría de la inversión económica para costearlo. Y cumplió. Hoy, nadie de su familia tiene ni idea de la cifra, y tampoco saben qué parte de los 720 millones de la Lotería de pesetas le tocó.

Quien podría haber desvelado el precio del monumento era su autor, pero Alfonso Vilar también falleció. Y si fuese preguntado por este asunto, probablemente hubiese mantenido el secreto, porque así se lo había prometido el escultor de Vilalonga (Sanxenxo) a su amigo ‘Ricucho’.

El día 16 de enero de 1976, envió una carta al Concello de Vilagarcía en la que aludía, en tercera persona, al accidente sufrido y a su promesa de levantar el monumento a Fleming, «que, con motivo de haberse visto favorecido con la Lotería de Reyes, de tan grato recuerdo en esta población, volvió a su mente la promesa que no había podido llevar a la realidad», indica el escrito. Lo acompañaba con lo que calificó de «dibujos simples, ya que el original será notablemente mejorado, de lo que se proyecta realizar».

El Concello respondió afirmativamente a su petición para permitir su instalación y a la ubicación que propuso, los jardines que llevan el nombre del Premio Nobel. Fue así como el destino quiso que se erigiese un monumento a un científico cuyo descubrimiento salvó la vida de millones de personas en un lugar al que los vilagarcianos se dirigieron para conducir a sus muertos porque fue el cementerio hasta los primeros años del siglo XX.

Eran tiempos en los que los jardines del alcalde Francisco Ravella, situados frente a la Casa Consistorial, era un lugar llamado Campo das Cabritas, una denominación que deja a las claras que se trataba de un espacio eminentemente rural, y los vecinos usaban el término arrabales para referirse a la parcela que ocupan los jardines del Doctor Fleming y el colegio Anexo A Lomba, situados a pocos metros del Concello.

El Gobierno local recibió con satisfacción la propuesta de ‘Ricucho’ y le dio su autorización de inmediato. También se comprometió a ocuparse del mantenimiento del monumento, que fue inaugurado en la fecha más señalada de la ciudad, el 16 de agosto del año 1976, día de San Roque.

El acto comenzó con un paseo de la comitiva de autoridades desde el Concello hasta los jardines. Varios centenares de vilagarcianos presenciaron el acontecimiento, presidido por el alcalde, José Luis Nogueira, en el que también estuvo presente el vicecónsul de Gran Bretaña en Vigo, Juan Manuel Cogolludo, y otras autoridades civiles y militares. Alfonso Vilar y su esposa acompañaron a ‘Ricucho’ y Rosario Sánchez.

Un amigo del promotor de esta iniciativa, que pasado el tiempo acabaría convirtiéndose en el presidente de la Xunta de Galicia, el doctor Gerardo Fernández Albor, se encargó del discurso. No pudo acudir la viuda de Fleming, Amalia, que recibió una invitación y un álbum con fotografías de la inauguración enviados a través de la Embajada Británica.

En el año 1977, Luis Enrique Campos Dopazo, ‘Ricucho’, recibía en su domicilio de la avenida del Generalísimo una carta, escrita a mano y en inglés sobre un fino papel de color azul, firmada el día 6 de febrero en la calle Kanari 23 de Atenas por Amalia Fleming.

«Apreciado señor Campos: El embajador británico en Atenas me ha dado un álbum con fotos del hermoso monumento que ha dedicado usted a mi esposo. Le escribo la presente para darle las gracias y decirle cuan conmovida estoy por el hecho de que mantuviera usted su promesa después de 20 años», puede leerse en sus dos primeros párrafos.

«No hay duda alguna de que mi esposo hubiera sido muy feliz de saber que había contribuido a salvar su vida. Amaba el país de usted y a los españoles, que mostraron un aprecio semejante por su obra.

Una vez más, deseo agradecerle su generoso gesto y confío en que usted y su familia se encuentren con salud y felices al recibo de ésta», concluye la misiva.

El día 4 de julio de 1980 Amalia Fleming se encontraba en Madrid para asistir a la Asamblea de Parlamentarios del Consejo de Europa en calidad de diputada del Partido Socialista de Grecia. Su fama había trascendido de la circunstancia de haber estado casada con Alexander Fleming porque luchó contra la ocupación nazi de su país y contra la dictadura de los coroneles, además de presidir la Asociación de Mujeres Universitarias y pertenecer a Amnistía Internacional y a la Asociación de Ayuda a los Perseguidos Políticos.

En la capital de España dijo lo siguiente: «Un obrero muy pobre, que se hallaba al borde de la muerte, salvó su vida gracias a la penicilina. Recién curado, prometió hacer dinero y levantar un busto de bronce a mi marido. Las cosas no le fueron bien, pero 20 años después le tocó la lotería y cumplió su promesa».

Estas palabras fueron recogidas por la prensa. Nadie le preguntó a quien se refería. Hablaba de ‘Ricucho’.


Diario de Pontevedra (18-03-2012)

sábado, 3 de marzo de 2012

Adulterio y boda en un vagón

A Xelucho le gustaba viajar en tren y su sueño fue trabajar en él. No pudo hacerlo realidad, pero logró convertirse en un personaje famoso entre los ferroviarios de la línea Santiago-Vilagarcía.

Era un rapaz despierto de Valga, que trabajaba de tratante y se casó con Carmucha, su novia de toda la vida. Con dinero en los bolsillos, se dejaba caer ocasionalmente por las casas de citas de Santiago.

Y una mañana, cuando cruzaba el Arco de Mazarelos, chocó con una mujer. La había visto meses atrás y su imagen le quedó grabada. Supo que se llamaba Andrea y que estaba viuda. Empujado poruna fuerza que no lograba contener,se dirigió a su casa.

Acordaron utilizar el tren en sus encuentros. A la vuelta de los viajes a Santiago, ella subía. Entre la capital y Padrón, daban rienda suelta a su pasión en un vagón. Xelucho pagaba cafés a los ferroviarios para comprar su silencio.

Pero un día, en pleno ardor, Andrea tiró de una palanca y el tren frenó, un ferroviario se fue de la lengua y su mujer escuchó un comentario en Valga. Le hizo gracia, hasta que se percató de que hablaban de su marido.

Llegó el jueves y Xelucho se fue a Santiago a la feria. A primera hora de la tarde inició el regreso de vuelta con Andrea. Bajaron las cortinillas y cerraron el vagón. Al llegar a Padrón bajó para despedirse, sin percatarse de que Carmucha observaba la escena.

Allí mismo la esposa perdió el conocimiento, aunque su marido no llegó a enterarse. Quien sí lo hizo fue el cura de su parroquia, don Ramiro, que lo puso en antecedentes.

Arrepentido, al día siguiente Xelucho le pidió que intermediase. «Agora tócache esperar a que afrouxe o temporal. Que carallo queres facer co forno tan quente, eh?», le respondió.

Fue preciso que se citase con el cura de la parroquia de Carmucha y ambos se dirigieron al padre de la esposa engañada. Con unas copas y unos pedazos de bizcocho firmaron la paz, pero todavía no estaba escrito el último capítulo.

Andrea supo por terceras personas que el tratante había puesto fin a las citas, y el 25 de julio de 1965, cuando Xelucho se encontraba en la estación de Santiago con su familia, se abalanzó sobre Carmucha. Andrea acabó en el hospital psiquiátrico de Conxo.

Éste es uno de los 24 capítulos que forman el libro ‘Historias do Carril-Cornes’, de Xoán Luís Miguéns García. El escritor, y trabajador ferroviario vilagarciano, recoge otro episodio de amor, pero con final feliz.

Es el protagonizado por Lois, que un día subió al tren en Padrón para viajar hasta Vilagarcía, en cuyo puerto se embarcó rumbo a Cuba. Era un viaje que iba a cambiar su vida, pero poco podía imaginarse hasta qué punto.

Cuando se puso en marcha, se fijó en una chica que le devolvió la mirada. Entre Padrón y Catoira, Lois y Maruxa comprobaron que la atracción era mutua. Él le contó que se iba a Cuba y le pidió su dirección. Lo primero que hizo cuando se asentó en Camagüey fue escribirle. Se cartearon durante once años, y él le hizo la firme promesa de que la boda sería sonada. Y la cumplió.

«Estou pensando que, xa que nos coñecemos no tren, poderíamos casar nel ¿Que che parece?», le preguntó a la vuelta. Sorprendida, su respuesta fue afirmativa. Ahora tendría que conseguir los permisos, y no fue fácil porque no dejaba de ser una petición insólita. El cura no estaba por la labor: un vagón no era un lugar sagrado.

Pero tuvo que ceder al recibir una carta del Arzobispado: «Sobre el expediente que nos ocupa se está procediendo a una nueva revisión, por lo que se le recomienda que adopte una actitud más permisiva, puesto que se ha comprobado que se trata de buenos cristianos», decía.

El párroco ya conocía el estilo de ordenar sin mandar de sus superiores, en los que influyó decisivamente la aportación económica del indiano para reparar el tejado de la iglesia de su parroquia y la promesa de futuras ayudas.

La reticencias de la Renfe fueron vencidas por la mediación eclesiástica, que vetó la presencia de los medios de comunicación en la boda para evitar que trascendiese más de lo inevitable, «ya que podría animar a otros fieles». Y así, un coche-vagón se convirtió en un improvisado altar en el que unieron sus vidas Lois y Maruxa.

El protagonismo del ferrocarril no se redujo tras la ceremonia, porque la feliz pareja se desplazó de Vigo a Oporto en un tren, desde donde viajaron a Madrid en otro, para coger el expreso Irún-Hendaya, camino de París. En el regreso pasaron por Barcelona, siguiendo los caminos de hierro.

Aún no habían transcurrido ocho meses desde su retorno a Cuba cuando tuvo que regresar para asistir al bautizo de su hijo Antón, que posiblemente hubiese sido concebido en un vagón durante la luna de miel, y acabó trabajando en la Renfe.

El desesperado viaje de Sindo Vence a Portugal en busca de penicilina

Como tantos otros trabajadores ferroviarios, Sindo Vence había participado en alguna operación de contrabando de café desde su puesto en Santiago, pero prefirió no intentar hacer carrera en el contrabando, hasta que se vio entre la espada y la pared: ya no se trataba de ganar unas pesetas, sino de salvar la vida de su hija.

Corría el año 1947. El comentario más recurrente entre los médicos era el descubrimiento de Alexander Fleming: la penicilina. Pero escaseaba. «Hemos tenido conocimiento de que está llegando a Portugal de contrabando. Lo que pasa es que es muy cara y dificilísima de conseguir», le explicó el suyo.

Sindo no escuchó las últimas palabras. El jefe de estación emitió por telégrafo la recomendación de que le diesen preferencia y llegó a Valença do Minho a medianoche.

En un bar le explicaron que la desviaban a los hospitales privados de Oporto y Lisboa. Se acostó con el corazón encogido. A la mañana subió al tren hacia Oporto, en el que un revisor le indicó que se dirigiese al puerto de Leixoes.

Pero no encontró lo que buscaba. La única alternativa era acudir a un hospital, donde se hizo con la penicilina después de dejar todo el dinero que había ahorrado y afirmar que venía recomendado por un médico de Santiago.

Con el reloj corriendo hacia atrás, apuró el paso para subir el tren que lo llevó de nuevo a Valença do Minho, donde se encontró ante la tesitura de aguardar hasta el amanecer, que evitó pagando a un barquero con el que cruzó el río.

Había caminado varios kilómetros desde Tui cuando le paró un camionero que iba a buscar pescado a Vigo, donde cogió el tren que lo llevó hasta Santiago al amanecer.

En el viaje le venció el sueño, del que despertó gritando en medio de una pesadilla en la que le robaban la medicina.

Media hora después de su llegada al Hospital de Santiago fue convocada una reunión de jefes médicos. Con su determinación, Sindo Vence trajo hasta Galicia las primeras dosis de penicilina, con la que además de salvar a su hija evitó la muerte de otro paciente.

Diario de Pontevedra (8-11-2009)

Cándido, sepulturero vocacional

No es posible comenzar este reportaje tratando de describir el chirriante sonido provocado por los goznes de la puerta metálica al girar en un atardecer oscuro y lluvioso sobre el cementerio de Vilagarcía, porque los encargados de su mantenimiento cuidan hasta el último detalle y la visita se celebra a primera hora de la mañana de un día nublado.

Entre ellos figura Cándido Alonso Pandelo. Con 63 años cumplidos, enterró a familias y generaciones enteras de vecinos. «Estamos curados de espanto», afirma con gesto serio después de darle una calada a un cigarro negro en la caseta donde guardan el material de trabajo.

El cementerio municipal fue construido entre los años 1903 y 1904, bajo el proyecto de Manuel Pereiro, maestro de obras, y SiroBorrajo, arquitecto. Esta iniciativa se planteó en 1890, cuando el crecimiento de la villa empezabaa cambiar su fisonomía.

El antiguo se encontraba a poco más de cien metros de la Casa Consistorial, en el lugar que ocupan actualmente los jardines del Doutor Fleming y el colegio anexo a A Lomba, en una zona que entonces se conocía como de los arrabales.

La idea fructificó en 1903, la capilla y la casa del guarda fueron una realidad tres años después, y en 1914 fue ampliado. Los restos de los protestantes fueron trasladados a un ala de la parcela. Entonces, tomó su forma rectangular actual, sufriendo diversas ampliaciones más adelante.

Se puede decir que Cándido Alonso pasa más tiempo entre los muertos que rodeado de vivos, porque está a punto de cumplir 30 años de trabajo en un cementerio que tiene 107 de historia, lo que quiere decir que

durante casi un tercio de su historia, su presencia es una constante entre lápidas y panteones.

«O primeiro día entrou unha rapaciña, tiven que poñerlle a tapa e caeume enriba da caixa», recuerda de su estreno. «Era novato, claro», argumenta. «Pero, sin problema ningún», añade para redondear la frase.

Fue un trago duro porque la niña a la que enterró había fallecido víctima de un accidente de tráfico registrado en la carretera Pontevedra-Vilagarcía, en la recta de Rubiáns, prácticamente enfrente del cementerio.

«Sempre tes medo a fallar porque a xente está mirándote, pero iso a min xa non me importa. Eu ando ó meu, e listo», recalca Alonso. «Cuando es gente joven ves escenas de tensión y resulta mucho más dramático», reconoce Juan Expósito, su compañero de trabajo desde hace tres años.

La mayor parte de la jornada se dedican al cuidado de los jardines, salpicada con los trabajos derivados de los enterramientos que, como es obvio, no pueden programarse: pueden pasar semanas sin apenas actividad y otras en las que se producen hasta tres diarios.

Y cuando llega ese momento, abren el panteón que será utilizado como última morada del siguiente inquilino, del que retiran los restos, para guardarlos en una bolsa que permanece en el nicho, al igual que su documentación. «Os primeiros días daba impresión», expone Cándido Alonso, pero también esta obligación acabó convirtiéndose en otra rutina con el paso del tiempo. Aunque a veces se llevan alguna sorpresa, al

encontrarse con cadáveres momificados cuyo esqueleto permanece entero y soldado.

«Están completamente tesos e sen carne», dice Alonso. «Puedes encontrar uno casa equis años», añade Juan Expósito.

La ceremonia fúnebre se prolonga por espacio de media hora habitualmente. Cuando finaliza, entran en acción. Cándido Alonso subraya que en los primeros años la tarea resultaba difícil porque las lápidas eran mucho más gruesas y llegaban a pesar cien kilos. Hoy se limitan a colocar la tapa provisionalmente y aguardan a que se marchen los asistentes para rematar el trabajo, pero en alguna ocasión la espera se prolongó más de lo que quisieran porque, cuando los familiares ya se fueron, todavía había curiosos que se resistían a abandonar el lugar.

Más que enterradores son sepultureros, porque abrir una fosa en la tierra es algo excepcional y complicado, indica Cándido Alonso, debido a que en el cementerio nace agua, circunstancia que dificulta el trabajo y obliga a utilizar una bomba para achicarla. Si es posible el acceso, una pequeña excavadora hace el agujero.

El uso de la maquinaria reduce la penosidad y el peligro, porque más de un enterrador, que no es el caso de ambos, se vio en apuros cuando se encontraba en su interior y la tierra que había extraído se le vino encima.

A la hora de cerrar las puertas, hacen sonar un timbre que, unos porque no lo oyen y otros porque confunden su sonido con el del taller mecánico que se encuentra situado pared con pared, no es la primera vez que alguno queda encerrado, y lo solucionó gritando para que los dependientes de la gasolinera situada enfrente diesen aviso al Concello, o llamando a la Policía por teléfono.

¿Miedo? «Entramos de noche y, en invierno, cuando salimos también es de noche», dice Juan Expósito. «No se dejan ver tipos raros por el cementerio», asegura.

Si acaso, dos mujeres vestidas completamente de negro, y pintadas, que se dedicaron a rezar indiscriminadamente en una ocasión, o el hallazgo de una docena de puros en un florero, que la lluvia había apagado.

Juan Expósito es un recién llegado a la profesión, pero procede del sector porque durante los nueve años anteriores trabajó en una funeraria y sabe del mal trago que supone levantar el cadáver de una persona arrollada por un tren. «Los primeros días no era capaz de comer», reconoce.

Cuando supo que el Concello convocaba unas oposiciones para sepulturero, no se lo pensó dos veces antes de prepararlas y cambiar de función, aunque la profesión siga relacionándose con la muerte. «A veces te preguntan en el bar a cuántos enterraste hoy, pero los amigos y conocidos ya saben de qué trabajo y tampoco hacen muchos chistes», asegura.

¿A cuántos pudo haber enterrado Cándido Alonso en casi 30 años? Se encoge de hombros. En el 2000 fueron 103, 107 e 2005, y 114 el año pasado. Partiendo de que la población de Vilagarcía se mantiene estable desde entonces, de una media de cien anuales, y descontando el mes de vacaciones, la cifra redonda podría ser 2.000.

Diario de Pontevedra (16-01-2011)