domingo, 27 de mayo de 2012

La odisea de 'O Rancheiro' de Meis


Es una de tantas conversaciones que mantuvieron, el compañero de litera de Manuel Barros Chantada le comentó a éste que entre los prisioneros que compartían con ambos el Penal de San Marcos (León) se encontraba uno de la provincia de Pontevedra, llamado Secundino Enríquez Silva.
Algunos días después coincidieron los tres en la cola que formaban para coger agua en una lata. A Manuel Barros le resultó muy familiar aquella cara, la intriga empezó a roerle y no tardó en preguntarle de dónde era.
Secundino Enríquez le respondió dándole una referencia geográfica, al entender que si le indicaba su lugar de nacimiento sería incapaz de situarlo en el mapa.
Le dijo que era de un pueblo próximo a la isla de A Toxa. Entonces, Manuel Barros inició una maniobra para sonsacarlo, le comentó que había estado en ella de excursión, conocía varios pueblos de la comarca y trabajó en una cantera de Paradela (Meis).
Como seguía sin conseguir su objetivo, arriesgó más y quiso saber si el alcalde se llamaba Ramón Abal, y como la respuesta fue afirmativa, le comentó que había ido a una fiesta a Romai (Portas), donde conoció a una joven con la que se hizo una foto que le mostró.
Secundino Enríquez miró la fotografía, que había sido hecha el día 9 de octubre de 1935 en O Mosteiro, y dijo que conocía a las dos personas que figuraban en ella. Incluso agregó que el hombre era conocido por el apodo de ‘O Rancheiro’, y había participado en las peleas entre jóvenes de las parroquias de San Salvador y San Martiño, ambas de Meis.
De lo que no se percató fue de que el joven con el hablaba y el de la fotografía eran la misma persona. «Estaba muy transformado: vestía pantalón de mahón, chaqueta de lana de color gris, zapatos de color, sobrero verde y barba grande. Estaba totalmente desfigurado», explica Manuel Barros en su ‘Relato y memorias de un prisionero cautivo del régimen de facto del general Franco’.
Transcurridas dos semanas desde aquella conversación, el 24 de junio de 1939, Secundino Enríquez fue puesto en libertad. Cinco días después llevaron a Manuel Barros al monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos), convertido en una prisión. Su ligero equipaje se amplió con la manta que le regaló su vecino y una tarjeta de visita que le entregó, acompañada con la solicitud de que le escribiese.
No llegó a hacerlo, pero el destino quiso que se reencontrasen.
Nacido el día 28 de octubre del año 1910, Manuel Barros se afilió a la Fraternidade Obrera de Agricultores de Meis, de ideología anarquista, en mayo de 1936. Tenía 25 años cuando estalló la Guerra Civil, y fue de los que se subió a un camión para dirigirse a Pontevedra a defender al República.
En la parroquia de Alba supieron que los rebeldes habían triunfado y, de regreso a Meis, fueron atacados por la Guardia Civil, que inutilizó el camión en el que viajaban a la altura de Curro (Barro). Se refugió en el monte hasta que fue obligado a incorporarse al ejército de Franco, como reservista, el 6 de noviembre. Antes de ir a Vigo, y después a Ferrol, recibió una brutal paliza en el Cuartel de la Guardia Civil de Cambados.

El regimiento al que pertenecía fue trasladado al frente de Asturias el 1 de enero de 1937. Pasó por Espino y Soto de las Regueras, y en una de las escaramuzas en las que se vio implicado fue herido de bala en una pierna.
Mientras combatía con los sublevados, un tribunal franquista lo juzgó por auxilio a la rebelión junto al resto de los componentes de la expedición que había intentado entrar en Pontevedra.
La indiscreción de un oficial le permitió saber que los informes del cura y los falangistas fueron determinantes a la hora de decidir su condena a muerte. Y le permitió salvar la vida.
A las 14.00 horas del 7 de octubre «me escapé. Más bien dicho, me fui a defender una bandera a la cual había jurado defender, llegando a las filas de nuestros leales a medianoche». El 9 lo llevaron a Gijón, le dieron ocho días de permiso, lo destinaron a Pola de Siero, y el 20 ya se había consumado la derrota de los republicanos.
Trató de huir a Francia por mar, para lo que embarcó en Gijón, pero tuvo que desistir a la altura de Candás porque el ejército de Franco había hundido dos barcos y el destino del que ocupaba hubiera sido el mismo. «Esta es la humanidad del fascismo», comenta.
El 23 lo detienen y lo llevan a la cárcel de El Coto (Gijón), que visitan los falangistas para seleccionar a los presos que asesinan en el cementerio. En una situación caótica, desconocen su identidad.
El día 27, un labrador de Meis llamado Manuel Barros Chantada toma una decisión: se convierte en Julián Martínez Ubilla, nacido en Santa Ana, un pequeño pueblo situado cerca de Navalmorales (Toledo), y vecino de Arriondas (Asturias).
Lo hace cuando suena la orden de que se presenten todos los gallegos para ser trasladados a Cedeira (A Coruña). Sabe que no le perdonarán si lo descubren. Escuchó que un bombardeo había destrozado Santa Ana e imaginó que los archivos habrían desaparecido. Dijo ser vecino de Arriondas porque el nombre le resultaba familiar por su estancia en Asturias.
Tuvo reflejos para esconderse cuando observó la presencia de un capitán de la brigada de la que había desertado. Tuvo que sonreir ante la cámara con un pedazo de pan y una lata de sardinas que le quitaron después de que los soldados alemanes lo hubiesen fotografiado, como a otros muchos presos, con la finalidad de fabricar unas pruebas falsas de la humanidad del franquismo para mostrar al mundo.
En León se encontró con Secundino Enríquez. Desde allí lo llevaron a Burgos y a La Muerda (Soria), donde dijo ser cantero. Aprendió el oficio durante los 42 meses en los que participó en la construcción del embalse Cuerda del Pozo. El 11 de mayo de 1942 fueron puestos en libertad los soldados de la República y regresa a Meis, donde había sido dado por muerto.
Permanece quince día escondido en su casa natal porque sabe que tiene una cuenta pendiente, y vuelve a Soria para trabajar como empleado en la empresa a la que había enriquecido haciendo trabajos forzosos. Los controles se intensifican y decide retornar de nuevo a casa.

Corre el año 1943 y comienza una etapa en la que vive escondido en la bodega y el desván. Trabaja de cantero con el material que traen sus hermanos. Por aquellos tiempos, quienes acuden a la feria de O Mosteiro se ven sorprendidos por unos impresos firmados por la Unión de Hijos Proletarios. Él es uno de los encargados de distribuirlos, además de realizar pintadas en el Concello y la iglesia.
El indulto, que le fue concedido en 1945, le permite marchar a Argentina en el año 1947.
En Buenos Aires se encuentra con Secundino Enríquez. Manuel Barros pudo explicarle que el motivo de haber ocultado su identidad fue preservar su vida en un clima de terror y traiciones, y evitar hacerlo esclavo de un secreto, además de agradecerle la manta, que hoy sería poco más que un harapo mugriento y entonces le ayudó a combatir un frío que resultó mortal para no pocos.
Poco antes de partir hacia la ciudad porteña, Manuel Barros desveló un secreto a Marino, el menor de sus cinco hermanos, del que lo separan más de 20 años y no lo reconoció cuando ambos se encontraron un día en la casa que compartían sin que el benjamín de la familia lo supiese.
A Marino le explicaron entonces que se trataba de un jornalero, para evitar que pudiese desvelar su paradero cuando aún era un proscrito. El chaval le mostró una foto de Manuel Barros al desconocido. Le dijo que era su hermano mayor, muerto en la guerra.

Diario de Pontevedra (27-05-2012)

sábado, 5 de mayo de 2012

"Somos de la carretera"

"Se morreras", le espetó Dorinda Viétitez Cardesín en un arrebato de furia. «Será o que Deus queira», le respondió Francisco Cerdeira Gil, su marido. Corría el año 1957. Este intercambio de frases se produjo durante la mañana del día 10 de abril, cuando los vecinos de Cerdedo se afanaban en la labor de plantar las patatas.
A mediodía, Cerdeira se desplazó hasta la oficina de Correos para enviar unas cartas solicitando los pagos derivados de diversas actuaciones musicales. Era el responsable de la Sociedad General de Autores de España (SGAE). De regreso a su vivienda, situada en el barrio de San Pedro, se sintió mal.
Dorinda no estaba en casa. Lo encontró sobre la cama moribundo. Sus lamentos fueron escuchados por Olimpio, que vivía de alquiler en una casa propiedad de Pepita de Raposo, situada casi enfrente, y se disponía a cenar tras una dura jornada en el campo.
Fue él quien avisó a Carmen Cortizo y a otros vecinos, que trataron de averiguar qué sucedía. Tuvieron que colocar una escalera en la fachada y romper un cristal para entrar porque había cerrado la puerta. Subieron a la habitación, ubicada en el primer piso.
Entonces contemplaron la escena: Dorinda lloraba sobre el cuerpo de Cerdeira. Llamaron a Avelino, el médico, pero la inyección que le puso no impidió el fatal desenlace. «Ergueuse un pouco, pero caeu cara atrás. Foiche así a morte de Cerdeira», resumió Carmen Cortizo, que falleció días después de recordarlo, con 87 años, y fue enterrada el pasado 24 de abril.
Tuvieron que sujetarla, porque se oponía a que amortajasen a su esposo, y fue tal su empeño que los encargados de esta misión se vieron en la necesidad de llamar a la Guardia Civil. Tenía 73 años.
Francisco Cerdeira había sido un prestigioso director de una banda y una academia. Unos testimonios indican que se conocieron en la feria de Soutelo de Montes y otros indican que fue en la de Cachafeiro, del municipio de Forcarei ambas localidades.
Todos coinciden al señalar que fue José María, conocido por el sobrenombre de O Misiegho, un tratante de cerdos ciego, quien presentó a Cerdeira a una joven huérfana llamada Dorinda, nacida en la parroquia de Dúas Igrexas (Forcarei), cuya única pariente cercana era una hermana que vivía con su familia.
«Cego chalán de arguta apalpadela, taxaba os bócoros poupándolles a faceira e cofeándolles o lombo coa súa man experta. Ninguén melloraba a oferta do noso gandeiro», expone Calros Solla en su libro ‘Almanaque de encantos. Mitoloxía da Terra de Cerdedo’, al referirse a la persona que hizo posible el encuentro.
Viudo de Filomena García Leiro, la hermana de un cura llamado Fernando al que Cerdedo dedica la plaza que un día fue el escenario del mercado, Cerdeira quiso iniciar una nueva vida al lado de una hermosa joven de piel blanca y pelo rizado de color negro.
La boda se celebró a mediados del siglo pasado. El novio se aproximaba a los 70 años de existencia y su esposa acababa de pasar la barrera de los treinta. Cerdeira vivía como representante de la SGAE y trabajaba la tierra.
De fiesta en fiesta, anotaba en una libreta las canciones que se interpretaban. «Sempre enredaba cos músicos, e cando chegaba ao recadro onde tiña que indicar o autor, dicía con seriedade, ‘e agora, que raio lle poño aquí’», cuenta Manuel Campos en su libro titulado ‘As bandas de música de Cerdedo’.
Cuidadoso con su aspecto, la natural exuberancia que caracterizaba a Dorinda le daba réplica. La pasión que vivieron durante los primeros tiempos, a pesar de la notable diferencia de edad, fue decayendo y dio paso a las disputas.
No había sido educada para ser una ama de la casa, como se estilaba entonces, por lo que además de no coser ni bordar, el trabajo en el campo tampoco era lo suyo, de ahí que confundiese el anís con el perejil al condimentar una comida o que cada vaca fuese para un lado cuando araba la finca.
La afición por la bebida empezó a manifestarse y Cerdeira trató de poner el dinero a buen recaudo, aunque no siempre con éxito. Dejó de arreglarse, las disputas entre ambos se hicieron públicas y la parca puso fin al clima de hostilidades. Con 34 años, Dorinda volvía a quedar sola.
No tenía oficio, no sabía trabajar la tierra y la bebida la transformó en una mujer irascible y que se enfrentaba a menudo con los vecinos. Los promotores de una concentración parcelaria la dejaron sin una parte de la finca que heredó de su marido.
Fue perdiendo el sentido y multiplicando sus excentricidades. A finales de la década de los sesenta llegaron obreros de Andalucía, Portugal y Extremadura para construir la nueva carretera, y esta obra trajo a Cerdedo a un joven luso que se enamoró de ella y pasaba horas esperando verla en la ventana. Le dio calabazas.
Tuvo más éxito Manuel Cerqueira Afonso, un carpintero portugués. Necesitaba un inquilino, el roce hizo el cariño y acabaron casándose. En uno de sus arrebatos lo tiró por la ventana, para acudir de inmediato a consolarlo.
Dorinda se exhibía entonces en lo alto de una escalera. La usó para levantar una parte del tejado de su casa y los vecinos tuvieron que finalizar la tarea después de que hubiese acabado el verano sin que se molestase en hacerlo.
Desde el púlpito en el que había convertido la escalera, una tarde de verano levantó la falda delante de los obreros que extendían el asfalto y pronunció una frase que permanece grabada
en la memoria colectiva: «Somos de la carretera», proclamó a los cuatro vientos.
Fue popular la figura de su famélica oveja enterrada en una montaña de lana que dejó a medio trasquilar. Barría el pueblo en los días previos a la fiesta y se postraba llorando en mitad del pasillo de la iglesia durante las misas.
A Afonso se lo llevaron a Portugal cuando falleció. Su paso no dejó huellas. Cerdeira seguía en el corazón de Dorinda. Estuvo al cuidado de una familia de Quireza (Cerdedo) hasta su muerte, acaecida el día 24 de noviembre de 1994, cuando tenía a los 72 años.
«Cerdeira sé que estás ahí, contéstame». En los días posteriores al óbito, llamaba a su amado, le suplicaba que respondiese a sus desgarrados requerimientos y
aguardaba una respuesta en el cementerio de Cerdedo. Pegaba la oreja a la piedra y aguzaba el oído con la esperanza de recibir algún mensaje.
La muerte los reunió de nuevo 37 años después. Una lápida de piedra en la que no figura ninguna inscripción cubre la tierra que sepultó a la pareja.

Diario de Pontevedra (28-4-2012)