sábado, 27 de octubre de 2012

Wolframio de Arousa para Adolf Hitler


En los miles de publicaciones que abordan la II Guerra Mundial, Lousame no cuenta con un apunte a pie de página, y en los balances del Puerto de Vilagarcía tampoco aparecen anotaciones de las salidas de barcos cargados de volframio con destino a Alemania.
Es lógico. La España de Franco enarbolaba una neutralidad que no impidió al ejército de Adolf Hitler abastecerse en las minas situadas en un pequeño municipio de la provincia de A Coruña de un metal necesario para endurecer las aleaciones con las que construía su armamento.
Era transportado por medio de embarcaciones desde Taragoña (Rianxo) hasta Carril (Vilagarcía), donde se trasladaba la carga a los barcos utilizados para llevarlo hasta su destino final. De este modo, el III Reich cubrió en la ría de Arousa una demanda que dejó de atender China, su anterior proveedor, cuando comenzó el conflicto bélico.
Se convirtió en un metal de valor estratégico, su precio pasó de 13 pesetas el kilo a 300, y el impacto provocado por su explotación alcanzó unas dimensiones descomunales. El fenómeno fue similar a los generados por la búsqueda del oro en California o Alaska.
«Tolearon co ouro negro», puede escucharse entre quienes fueron testigos de la fiebre que provocó encontrarse ante un inesperado filón de riqueza inmediata enterrado en la montaña de un pueblo sumido en el atraso, cuyos habitantes estaban condenados a la miseria o la emigración.
Aunque las primeras referencias de la existencia del estaño datan de la Edad de Bronce, su extracción en las minas de San Finx de Lousame comenzó en 1897 de la mano del inglés residente en Santander Thomas Jakes Burbury. Al frente de esta actividad se mantuvieron compatriotas suyos a través de distintas compañías.
En el subsuelo también abunda un metal cuyo color negro contrasta con el blanco de las piedras de cuarzo del que está rodeado. Es el wolframio, que carecía de uso entonces. Las minas fueron nacionalizadas en 1940, Industrias Gallegas, de Barrie de la Maza, se convirtió en su propietario, y la maquinaria de la muerte multiplicó su valor.
La población se echó al monte. La explotación minera, que estaba en manos del Gobierno, necesitó incrementar su mano de obra, que nunca era lo bastante para dar respuesta a la súbita demanda.
Unos encontraron ocupación en Industrias Gallegas, que llegó a disponer de los más modernos medios de producción de Europa, mientras que otros buscaron el wolframio en la superficie, rastreando la llamada zona libre, o introduciéndose en las minas que habían quedado abandonadas, ante la impotencia, en unas ocasiones, y la complicidad, en otras, de los vigilantes, que siempre eran insuficientes ante la avalancha.
El sonido de las explosiones se hizo tan habitual como el olor que desprendía la pólvora. La mayor parte trabajó legalmente, pero no por eso dejaba de aprovecharse de la falta de control para robar el mineral escondiéndolo en los bolsillos o los dobladillos de los pantalones.
Otros acudieron a las vetas que habían abandonado los ingleses y seguían sin ser explotadas, y un tercer grupo, formado por mujeres mayoritariamente, realizaba la búsqueda en el suelo. Esta actividad se conocía
con el nombre de ‘á roubacha’.
Las hileras de millares de trabajadores dirigiéndose hasta San Finx, cuando todavía no había amanecido, se convirtieron en una estampa habitual. Era tal la demanda que todos los brazos no bastaron. Llegaron de municipios limítrofes. Pero la guerra pedía más, y también acudieron desde Portugal y Extremadura. En plena diáspora hacia Europa y América, la población de Lousame pasó de 4.900 habitantes a más de 6.500.
La Guardia Civil también participaba en el negocio, y el principio que inspiraba sus acciones era el siguiente: un buscador de wolframio no produce si está en la cárcel. En coherencia con este planteamiento, ninguno acababa en el Cuartel, aunque muchos sufrieron palizas por negarse a entregar a los agentes una parte del botín. Un guardia, conocido como O Marelo, causaba pánico por sus métodos brutales, y cuando los buscadores escuchaban su nombre huían despavoridos por el monte.
En una ocasión sonó un disparo y se produjo una excepción: murió una chica que tenía 18 años y estaba embarazada. O Marelo no fue su autor. Dicen que apretó el gatillo el cabo Ríos, otro aficionado a arreglar las cuentas pendientes a culatazos.
En este ambiente, un vecino de Lousame, tan pobre como casi todos, consiguió la concesión de una zona por parte de Industrias Gallegas, que no tenía capacidad para trabajarla. Llegó a contratar a 300 personas. Se convirtió en millonario de la noche a la mañana y lo perdió todo con la misma velocidad que lo había ganado.
Todos conocían por el apellido a aquel personaje, Vilariño. Era de los que acudían con asiduidad al Casino de Noia, una localidad notablemente más importante que Lousame, cuya primera línea telefónica había sido una prolongación de la que fue instalada anteriormente para dar servicio a las minas de San Finx.
Junto a una pista de baile de madera se encontraban las mesas con el tapete verde sobre las que se disputaban partidas que se prolongaban durante toda la noche y finalizaban con el día abierto. Las cartas fueron la perdición de no pocos nuevos ricos.
Prácticamente arruinado y consumido por el vicio, Vilariño llegó a jugarse a su esposa. Y la perdió. El ganador no quiso cobrar la deuda, pero su familia aún hoy se avergüenza de lo acontecido.
Manejar dinero era todo un acontecimiento en una sociedad rural en la que el trueque era el método más utilizado para acceder a los bienes más básicos.
Hombres jóvenes, desarraigo, dinero a raudales, alcohol, armas, esperanza de vida reducida por la penosidad del trabajo... y la prostitución.
También se multiplicó esta actividad, y como es habitual, nadie admitía que las putas fuesen de su pueblo. Todos apuntaban a las localidades vecinas como lugar de procedencia.
Estados Unidos y Francia lograron cortarle el suministro de petróleo a España ante la complicidad de Francisco Franco con Adolf Hitler, y Gran Bretaña, que se percató de la dependencia germana se sumó a la lucha por medio de otro recurso: la compra de wolframio a precios más altos que los que pagaban los alemanes.
El Casino Noia era el punto habitual de encuentro de espías de los dos países. Era el escenario de otra partida. Allí se cerraban las compras de grandes cantidades, mientras que esta tarea, piedra a piedra, la realizaba los intermediarios en las tabernas de Lousame a plena luz del día.
El mineral que adquirían los nazis se trasladaba desde Carril (Vilagarcía), donde hace varias décadas se encontraron varios prismáticos en el monte de San Roque que un día fueron usados para controlar la salida de los barcos.
El que conseguían comprar los ingleses acabó mucho más cerca del lugar donde fue extraído, porque carecía de utilidad para ellos, ya que solo para fabricar los filamentos de las bombillas. Lo embarcaban en Noia, y los barcos lo descargaban en la ría, cerca de Muros.
“De once anos comencei a ir á mina de Vilariño. Saía da casa ás seis da mañá, e cando chegaban os mineiros marchabamonos nós. Tamén traballei á roubacha na zona libre e na escombreira. Vendía a precio de estraperlo. Tiñámoslle moito medo ó Marelo. Pola tarde ía á escola”, recuerda Josefa Romero Martínez.
“Logo empezaron a vir os gardas, pero un deles, de Rois, era amigo dunha que viña conmigo e axudábanos, porque había guardias mañps e bos. Nos íamos cedo, e cando viña moita xenta mandábanos marchar para que non tivesemos problemas”, expone Digna Castro Cobas.
Eran los primeros tiempos, pero la voz se fue corriendo. En una Galicia sin apenas infraestructuras de comunicación, el hambre y el boca a boca hizo el resto. “Empezou a vir máis e máis xente, parecía a festa de Noia. De todos os lados: Serra de Outes, Vilagarcía, Boiro. De todas partes”, agrega.
Entonces, para deshacerse de la competencia, las mujeres lousamianas usaban un recurso infalible. “Para escorrentar á xente e quedarnos soas, só tiñamos que dicir ¡que ven O Marelo!, ¡que ven O Marelo! E marchaban todos”, recuerda Digna Castro.
Los dos testimonios fueron recogidos por Mayte Sobradelo, una estudiosa del tema, responsable del centro de interpretación situado en San Finx, cuya construcción promovió el Concello de Lousame, que permite evocar los acontecimientos registrados en una localidad que los alemanes usaron como una colonia para extraer una materia prima imprescindible en sus siniestros planes.
Fueron cuatro años de frenesí, entre 1941 y 1945. Con el final de la II Guerra Mundial dejó de interesar el wolframio. La guerra de Corea, entre 1951 y 1953, reactivó el interés por este mineral, pero repuntó con una intensidad notablemente inferior.  Fue el canto del cisne.
Como entonces, la guerra sigue siendo uno de los negocios más lucrativos del mundo, pero los materiales estratégicos necesarios para la fabricación del armamento se encuentran hoy a miles de kilómetros de Lousame, y la función de proveedor que se realizó desde esta localidad corresponde ahora a países situados muy lejos de sus montañas.
Quienes supieron aprovechar la oportunidad ahorraron dinero con el que construyeron nuevas viviendas, abrieron negocios o adquirieron propiedades como pisos, terrenos o embarcaciones, pero la mayor parte gastó de noche lo que ganó durante el día, y cuando finalizó el conflicto bélico se encontró de nuevos con los bolsillos vacíos

Fotos: Concello de Lousame

Diario de Pontevedra (14-10-2012)

domingo, 7 de octubre de 2012

Con un dedo de la mano izquierda



Escuchó dos veces la frase ‘si no mueres hoy, no mueres nunca’ y, además de superar dos situaciones críticas, separadas entre sí por más de cuatro décadas, también fue capaz de vencer las limitaciones que le provocó el segundo de los episodios. 
 Xosé Lois Vila Fariña (Baión-Vilanova, 1954) sigue haciendo lo que le apasiona, plasmar sobre el papel la riqueza etnográfica de la tierra que lo rodea, para que la respeten, y las tradiciones, vivencias e historias de sus vecinos, para que no caigan en el olvido.

 «Eu nacín primeiro, iso foi o que me salvou», asegura, porque el día 21 de abril del año 1954 vino al mundo en el lugar de Serantes, en la parroquia vilanovesa de Baión. Era mediodía y la sorpresa de Manuel y Peregrina se produjo cuando comprobaron que eran padres de gemelos. Pero Manuel, su hermano, murió a los dos días.

Si vida nunca fue fácil, y el segundo revés fue la enfermedad pulmonar de su padre, un maestro que no había aprobado las oposiciones e impartía clases particulares, que lo obligó a permanecer durante largas temporadas en un hospital de Vigo y falleció ocho años después de su nacimiento.

Su madre lo enseñó a leer, tarea en la que también colaboró su padre cuando la enfermedad le daba alguna tregua, y a los cinco años trataba de descifrar qué decían los periódicos. A tan temprana edad, «naqueles tempos era un prodixio», afirma.

Las cosas volvieron a torcerse cuando le atacó el virus de la meningoencefalitis. Durante casi cuatro meses estuvo postrado en  una habitación de un hospital de Vigo. Fue entonces cuando le dijeron que si esa enfermedad no acababa con él, no moriría nunca.

Vila fue ingresado en el Hogar Padre Salvado, de Tui. «Aquilo era o inferno. Cortábannos o pelo ó cero todos os meses, había que falar en castelán e facíannos rezar máis que ós curas», recuerda.

Y allí tuvo que permanecer durante cinco años, en los que compartió con un grupo formado por cinco compañeros su afición por la historia y la mitología que había despertado la lectura de un diccionario en su casa de Baión. Sus escenas favoritas estaban en La Odisea y La Ilíada. Héctor y Aquiles eran sus héroes.

También protagonizó dos intentos de fuga. El primero fue en solitario. Una noche abandonó el colegio, se puso a caminar en dirección al Monte Aloia y acabó durmiendo cerca de una taberna. 
El día siguiente reanudó la marcha con la intención de llegar a Vigo, pero en Mos llamó la atención su presencia y acabó en el Cuartel de la Guardia Civil.

«¿Te has escapado?», le preguntó un cabo después de comprobar su procedencia. Vila respondió con una afirmación. «No me extraña», le dijo el guardia, que sabía cómo se las gastaban en el Hogar Padre Salvado.

Le cayó una bronca después de haber estado un día en la enfermería, y su segunda fuga frustrada hubiera sido masiva si la intentasen los 35 alumnos que ocupaban su dormitorio, pero solo respondieron tres: él, un chaval de Dena (Meaño) y otro de Pontevedra.

Eligieron el trazado del ferrocarril para encaminarse hacia Pontevedra, y es posible que hubiesen llegado a otra capital, Ourense, de no haber sido interceptados por los guardias de la frontera cuando caminaban en dirección a la ciudad de As Burgas.

No llegó hasta su casa, pero alcanzó el objetivo que buscaba porque lo expulsaron. Sucedió en  1967, tenía doce años y comenzaba una nueva etapa en su vida. Regresó a la escuela de Baión, y asegura que aprendió más en un año que en cinco en Tui.

Sacó el certificado de Estudios Primarios. Le atraía la mecánica, pero tuvo que convertirse en aprendiz de sastre. Lo dejó a los tres años y tampoco le convencieron la electricidad ni la electrónica, actividades a las que se dedicó durante un corto espacio de tiempo.

Sus problemas de visión no lo desanimaron, y por este motivo quedó exento de hacer el servicio militar. Enseñó a leer y escribir y dio clases de recuperación en la casa de su madre.

Era entonces Vila un joven cargado de ilusiones que reflejó en la creación de una revista de periodicidad mensual, titulada ‘O noso pobo’. El primer número salió a la calle en enero de 1982 y su sueño finalizó en junio de 1985. Fue un proyecto que califica de «épico», y tuvo una segunda etapa entre 1993 y 2000.

La diabetis que le detectaron tampoco lo desanimó. Como los panaderos o las lecheras, Vila recorrió, andando, todos los meses los lugares de la extensa parroquia de Baión para vender los 350 ejemplares de su revista puerta a puerta, primero a 125 pesetas y más adelante, cuando compró la fotocopiadora, a 250.

Empezó, entonces, su etapa de colaborador en varios diarios, en los que dejó escritas más de un centenar de crónicas, al tiempo que publicaba libros sobre Vilariño (Cambados) o Ribadumia y hacía  trabajos de investigación sobre Cristóbal Colón y su posible origen gallego, reflejados en cuatro ejemplares de una revista.

Publicó sobre el Monte Lobeira, Pontearnelas, el vino de Barrantes, la Cámara de Comercio, Baión, una síntesis histórica de Galicia, Domingo Fontán,  Vilanova, y se estableció durante una temporada en Poio para dedicarse durante varios años a investigar las raíces gallegas de Cristóbal Colón, sobre el que elaboró una obra de teatro y varias revistas.

El trabajo de dilvulgación le permitía ir tirando, y no lo abandonó después del 11 de septiembre de 2005. Aquel día se dirigía a casa de su madre cuando cayó al suelo. Creyó que había resbalado pero no pudo levantarse. Acudió un vecino en su ayuda. Es todo lo que recuerda.
  
Hasta noviembre estuvo internado en el Hospital Montecelo, de Pontevedra. Allí supo que había sufrido una hemiplejia que le paralizó la mitad de su cuerpo y una descompensación visual que hizo necesario tapar el cristal derecho de sus gafas.

Con 51 años acabó en una residencia de ancianos de Vilagarcía, donde permaneció hasta mayo de 2006. Tuvo que aprender a escribir de nuevo. «Tiña ideas, a cabeza funcionábame, pero non podía escribir».

Le regalaron un ordenador, y mientras le habilitaban una casa adaptada a sus necesidades, se levantó de nuevo contra la adversidad como sabe hacerlo, escribiendo. Y llegó entonces la etapa más prolífica.

Xosé Lois Vila Fariña elabora la historia de A Illa junto con Juan Dopico, y la de Vilanova, publica una monumental encicolopedia de Baión, un trabajo sobre aforsimos, una obra de teatro, nuevas aportaciones relacionadas con Cristóbal Colón, aborda el origen del vino albariño y las biografías de su amigo Domingo Fontenla y Julia Becerra Malvar.

A raíz de aquel episodio escuchó por segunda vez la frase, ‘si no mueres hoy, no mueres nunca’. Vila se rebela. Vila no se resigna. Desde entonces, firmó 21 publicaciones. 

Ahora trabaja en la historia de la parroquia de Tremoedo (Vilanova). Medio ciego, y tecleando sobre el ordenador con el único dedo de la mano izquierda que atiende las órdenes de su cerebro, el índice.

Diario de Pontevedra (07-10-2012)