viernes, 27 de diciembre de 2013

Tres estampas de Carril


Amelia, la ‘Tiquití’, e plantó ante Francisco Franco Bahamonde para pedirle que moviese los hilos con la finalidad de que Carril pudiese contra con una traída de aguas. Este acontecimiento pudo suceder entre los años 1953 y 1954. Tiempo atrás, en 1937, los falangistas se llevaron a su hermana Josefa y le pegaron dos tiros por haber dado cobijo en su casa a un izquierdista. A Manuel Eiras Barreiro, hijo de Amelia, lo llevó hasta la cárcel su corta aventura como polizón.
Amelia Barreiro González, conocida con el sobrenombre de ‘la Tiquití’ porque su abuelo había sido maestro-compositor de la Banda de Música de Carril, fue de las últimas pobladoras que abandonaron la isla de Cortegada, donde vino al mundo, y la única que se atrevió a pedirle a Franco que pusiese fin a la esclavitud que suponía permanecer durante horas ante una fuente de cuatro caños por los que apenas salía agua.

La presencia del dictador en Vilagarcía era frecuente en aquella época y su yate, el ‘Azor’, quedó fondeado frente al paseo, que estaba abarrotado por una muchedumbre que lo vitoreaba. «Seica vai pasar Franco por aquí», recuerda Manuel Eiras que se comentó por la mañana de aquel día cuando unos vecinos se afanaban por limpiar el malecón.

Un falangista, amigo de su familia, animó a su madre a romper el rígido protocolo y le prometió su apoyo. Y Amelia se atrevió. El servicio de seguridad trató de evitar que se acercase, pero Franco ordenó que la dejasen acercarse. «Anote», ordenó a un subalterno tras haber escuchado su petición.
Poco después de que hubiese finalizado la visita, una pareja de la Guardia Civil se la llevó. El falangista hizo valer sus influencias, y dos horas más tarde estaba en su casa. «Non lle tocaron un pelo», subraya su hijo.
Tardó algún tiempo, pero el agua acabó llegando a Carril y cada vecino que quiso tenerla en su domicilio tuvo que costear las obras de la conexión. «Costounos doce pesos», puntualiza. La emblemática fuente de cuatro caños desapareció del lugar. «Levouna un que foi alcalde para a súa casa», asegura Manuel Eiras.
Aquel episodio protagonizado por Amelia, ‘la Tiquití’, no fue merecedor de ser grabado en bronce ni en mármol, y no queda más constancia que la memoria de quienes fueron sus testigos.
Tampoco tuvieron la menor consideración con su hermana Josefa, que se fue a vivir a A Torre después de haberse casado con un hombre que embarcó. Otilia, tía de su esposo, le inculcó los valores que identificaban entonces a la izquierda y un día se encontró ante una dramática tesitura: dar cobijo a un perseguido por defender la justicia social y mirar hacia otro lado sabiendo que era una cuestión de vida o muerte.
Josefa Barreiro lo escondió en el desván de su vivienda durante un tiempo, el que tardó algún soplón en advertir a los falangistas de que compraba habitualmente hojas de afeitar, cuando su marido se encontraba en el mar y no había ningún otro hombre en su casa.
Un día se presentaron los pistoleros, que al advertir un movimiento sobre sus cabezas dispararon. Las balas atravesaron el techo de madera y poco después empezó a caer sangre sobre la cocina. Acababan de matar a Urbano Tarrío Montero. Tenía 22 años. Militaba de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
Era el día 17 de marzo del año 1937. Le robaron los anillos. Sus restos se encuentran en una fosa común que fue abierta en el cementerio municipal de Rubiáns.
Josefa Barreiro tuvo tiempo de echarse encima un abrigo antes de que la arrastrasen hasta el colegio de O Ramal, convertido en un centro de detención. Amelia le llevó la comida el día siguiente, y el 19 ya no estaba allí. Le dieron tal paliza que tuvieron que fusilarla sentada porque era incapaz de mantenerse en pie. Tenía 26 años. Era labradora.
Hijo de Amelia y sobrino de Josefa, Manuel Eiras Barreiro tuvo que dejar la escuela cuando tenía once años para ayudar para trabajar en el mar. «Ó que houbera», comenta. Primero fueron los caramuxos en las rocas, y no tardó en subir a la lancha con su padre. Abundaba el berberecho entre Ribeira, O Grove y Vilanova y él era el mayor de una tripulación formada por niños. «Cando facía vento poñiámonos a bogar e temblaba o ministerio», recuerda.
El mar era productivo pero las ganancias quedaban en otros eslabones de la cadena, así que en verano también se dedicó una actividad conocida con el nombre de chiripas, que consistía en aguardar en un bote a que algún veraneante, de los que entonces se desplazaban hasta la playa de A Concha solicitase sus servicios para dar un paseo.
Como otros jóvenes, Manuel Eiras gobernó una dorna cuando las competiciones de vela causaban furor entre la clase adinerada que se citaba el elitista Real Club de Regatas Galicia.
Una veintena de embarcaciones disputaba los trofeos. La dorna que manejaba Manuel consiguió muchas victorias, pero su nombre no figura en ninguna porque siempre tuvo que realizar las maniobras cuidando de no tocar el timón para que su patrón, que como casi todos pocos conocimientos tenían de navegación, no fuese descalificado.
Los auténticos timoneles nunca tuvieron acceso a las ceremonias de entrega de trofeos.
 Pero con 19 años creyó que había llegado el momento de dar el salto. Buscando el único camino que conocía, el mar, viajó hasta Barcelona con la intención de embarcarse. No lo consiguió y se desplazó hasta Valencia, donde se introdujo en un barco inglés.
El polizón arousano fue descubierto poco después. Le dieron el desayuno y la comida y lo hicieron desembarcar en Cartagena, donde pudo evitar ser encarcelado, pero no quiso para no pagar una multa «de 30 ou 40 pesetas».
Como tenía dinero para el tren, dos guardias lo acompañaron hasta la estación y se dirigió hasta Madrid y después a Vilagarcía. Cumplió la condena en la cárcel de A Parda, alimentándose con la comida que le traían desde una fonda cercana que pagó un vecino.
Regularizada su situación, el mar lo llevó a Gotteborg, Génova, Sicilia, Cerdeña, Ciudad del Cabo, Maracaibo, Trinidad y Tobago, Estados Unidos y Mozambique, donde se encontraba el día que se independizó de Portugal.

Hoy vive en Rubiáns, tiene 85 años, juega la partida con sus amigos y comparte sus recuerdos con quien quiera escucharlo.

Diario de Pontevedra (15-12-2013)

Un pianista en el océano

Decidió largarse después de haber dormido varias noches con un cuchillo debajo de la almohada. Subió a un avión en Argel que lo dejó en Santiago. Pablo Dovalo no podía imaginarse que la música pudiera llegar a envolverlo en una situación tan delicada cuando se comprometió a aprender a tocar el acordeón. Ni que iba a cruzar el Atlántico en un barco amenizando las veladas de los pasajeros.
De su padre, el exalcalde de Meaño Miguel Dovalo, heredó la afición por la música, que manifestó cuando se puso al teclado de un harmonio fabricado en París que sonaba en la iglesia. Tenía poco más de diez años, hacía tres que había comenzado a aprender solfeo, y un vecino le recomendó al regidor que apostase por su carrera musical. «Es una pena que no toque el acordeón», le dijo.
Miguel Dovalo llamó a Pablo y le hizo saber que le compraría un acordeón si se empeñaba en serio porque era un instrumento muy caro. El chaval le respondió afirmativamente y le encargaron uno a Poceiro, que entonces los fabricaba en Lérez (Pontevedra).
El padre de un amigo tomó la misma decisión y ambos cargaron con el instrumento en sus bicicletas para desplazarse desde Meaño hasta Cambados y asistir a las clases que impartía el profesor Ángel Losada, en las que también perfeccionó el piano.
Y con 18 años entró en la orquesta Iris, de Cambados, en la que permaneció hasta que decidió fundar el grupo Los Brillantes de Meaño. Se hicieron llamar así en alusión a sus llamativas chaquetas. Pero ese nombre no era el original, y tuvieron que adoptarlo ante la reclamación de otro grupo de A Coruña que había registrado antes el suyo original, Los Diamantes.
Carpinteros, albañiles y canteros ensayaban al salir del trabajo y se desplazaban en una furgoneta DKW, llena hasta reventar, de cuya parte superior salió despedida más de una vez alguna pieza de la batería en sus viajes por unas carreteras sinuosas y empinadas. Era la década de los sesenta. Empezaban a sonar El Dúo Dinámico, Elvis Presley o Nino Bravo.
Pero la música dejó de ser un complemento cuando un amigo le propuso que se enrolase como músico en uno de los barcos de pasaje que hacía la ruta entre Galicia y América. Fue así como se convirtió en el pianista de la orquesta del ‘Cabo San Vicente’, que se desplazaba desde Bilbao hasta Canarias y Génova antes de surcar el océano y hacer escalas en Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires.
Poco trabajo, mucho tiempo libre y ligues. «Estábamos solteros y era una buena vida», reconoce Pablo Dovalo. Llegó a ingresar 18.000 pesetas al mes en el año 1961, un salario superior al mínimo interprofesional que ingresaban millones de trabajadores españoles dos décadas después.
«El piano era de cola y, como la batería, estaba atornillado al piso del barco y el violinista apoyaba su espalda en él cuando había golpes de mar para no salir disparado», recuerda Dovalo mientras se ríe.
En Buenos Aires o Río de Janeiro el barco se convertía en un hotel flotante durante sus escalas, en las que compartían las sesiones musicales con orquestas de la ciudad. Cambió de barco para conocer más mundo, y en la motonave ‘Guadalupe’ visitó Usuhaia y Tierra de Fuego, dobló el Cabo de Hornos, hizo alguna incursión en Nueva Jersey y Filadelfia y tuvo una novia fugaz en Boston.
Tuvieron la oportunidad de conseguir unos ingresos extras con la compraventa de coñac, tabaco, café o prendas de ropa, pero fue solo una actividad anecdótica porque no era el dinero su preocupación ni la de sus compañeros entonces, comenta Pablo Dovalo, cuya vida dio un nuevo giro cuando se encontraba de vacaciones.
Un día lo invitaron a formar parte de la Orquesta Florida, que figuraba en la elite gallega con Montes, Los Trovadores y Los Satélites. Las 18.000 pesetas se convirtieron en 80.000 y se compró un Seat 1500 con cuatro faros delanteros, el primero que se vio por Meaño. De los viajes en furgoneta pasó al autobús con conductor.
Eran trece músicos de distintas edades y con inquietudes diferentes, y comenzaba a imponerse la tendencia a formar conjuntos. Uno de su compañero, Enrique Iglesias, decidió formar uno. Él lo acompañó, al igual que otros tres compañeros. Así nació en Pontevedra un grupo que iba a marcar una época, Los Microns.
«Empezaba a sonar la música de Inglaterra y Estados Unidos, Los Beatles estaban muy en boga», comenta Dovalo. Los inicios fueron arrolladores: jóvenes, atrevidos y con el pelo largo, rompieron moldes y firmaron un contrato para tocar durante seis meses en Argelia.
Corría el año 1970. Hicieron el viaje desde Alicante hasta Orán en un avión de una hélice Rolls Royce. Antes habían firmado un contrato en el que figuraba que nadie se responsabilizaría de lo que les pudiese ocurrir.
Y pasó lo que era previsible. Que en entre el personal hotel donde estaban alojados y actuaban trabajaban varias chicas de nacionalidad argelina, la atracción fue mutua y comenzaron los encuentros íntimos. A Pablo no le gustaba lo que estaba sucediendo. «Algunos se pasaron veinte pueblos», asegura.
Tampoco se quedaron de brazos cruzados algunos jóvenes compatriotas de las chicas, y varios de sus compañeros pudieron comprobarlo porque acabaron tirados delante de las puertas de sus habitaciones después de haber recibido unas soberanas palizas. «Uno estaba casi muerto, apunta.
Habían pasado cuatro meses, dormían con un cuchillo debajo de la almohada, y fue entonces cuando Pablo Dovalo decidió dejarlo. «Me piro para España, me dije». Desde Santiago hizo dedo para llegar hasta su casa.
La música volvió a convertirse en su afición. Con 72 años, forma parte de Amigos do Acordeón Rías Baixas. A su lado está Ignacio Varela, el chaval con el que hizo el recorrido en bicicleta desde Meaño hasta la academia de Cambados con el instrumento a cuestas.


Diario de Pontevedra (08-12-2013)

domingo, 27 de octubre de 2013

Desiderio, libros y periódicos

No le dejó un buen recuerdo a Desiderio Dovalo Méndez su paso por la parroquia de Mogor (Marín) a la que llegó después de haberse ordenado sacerdote en 1921 y ejercer como coadjutor en la de San Bartolomé (Pontevedra). «Alí había moitos protestantes e tivo algún problema», reconoce su sobrino Pablo Dovalo.
Aquel episodio fue el contrapunto en una trayectoria de seis décadas en las que se convirtió en el cura por autonomasia de Meaño. En su pueblo natal dejó una imagen de hombre afable, discreto e innovador en algunos aspectos, mientras que de su segunda seña de identidad, el humanismo y la cultura, solo unos poco supieron hasta que falleció.
El germen de la vocación se lo inoculó su tío, Francisco Dovalo, párroco de Nantes (Sanxenxo). En su casa vivió durante varios años. Cuenta Pablo que en una ocasión, con 15 años, se metió en un pozo para sacar una cabra de una vecina que había caído en él.
Durante las vacaciones daba clase a los niños y demostró ser un buen ojeador, porque convenció a su tío de que entre sus alumnos de que valía la pena apostar por un chaval que «servía para crego». Su nombre es Cesáreo, fue cura en Samieira (Poio) y tuvo que pagar la chaqueta y el pantalón que le compraron en Sanxenxo con el dinero de los primeros entierros en los que ofició.
Acostumbrado a decir las misas en latín y de espaldas a sus feligreses, le costó a Desiderio Dovalo aceptar las directrices del Concilio Vaticano II, pero no le quedó otra opción. Lo que no permitió fue que a un cura joven se le viesen las piernas durante al eucaristía.
Cuenta Pablo que en la década de los 70 llegó un sacerdote que oficiaba con pantalón corto. Desiderio observó que se transparentaban sus extremidades. En Casa Valentín compró unas telas que cosió a las albas para poner fin al escándalo. «Non teñen vergoña ninguna, pouco lles falta para dicir a misa en calzoncillos», llegó a comentar.
Más de un chaval quedó atrapado por su bastón tratando de subir el muro de la finca que rodeaba su casa después de robarle fruta, y su sobrino reconoce que se quedó con las ganas de participar en la rapiña, por ser quien era, además de mantener la boca cerrada, porque si se chivaba podía atrapar.
También le robaron unos gallos, pero supo quien había sido el autor del hurto y esperó su momento. Llegó cuando se presentó en su casa para pedirle los papeles para casarse. El cura le cobró 3.000 pesetas. «500 polos papeis e 2.500 polos meus galos que comestes na casa da Cadela de Dena», le explicó al sorprendido novio, que no tuvo más remedio pagar.
Feligreses suyos que hoy rondan el medio siglo de vida reconocieron sentirse aliviados cuando les tocaba confesarse con él en los años posteriores a su Primera Comunión, porque en lugar de preguntarles por sus pecados les hacía responder, con una afirmación o una negativa, a una especie de cuestionario que elaboraba siguiendo los mandamientos.
También fue exitoso su método para motivarlos, mediante la entrega de vales con puntos con los que participaban en sorteos de libros o estampas, y supo ganárselos convirtiendo su televisión, la primera instalada en Meaño, en la de todos los chavales.
Pudo haber cambiado de destino, pero le gustó estar al lado de su familia, dice Pablo Dovalo, que desde los once años fue el encargado de tocar el armonio en la iglesia, relevando a su padre.
No sacó el carné de conducir. «Quedou moi queimado», dice su sobrino al referirse a la experiencia automovilística de Desiderio. En una ocasión, él y otros curas acabaron empujando un el taxi de Baldomero. Resultó un esfuerzo inútil porque no tenía gasolina y no llegaron al entierro que deberían haber concelebrado.
En otra ocasión el vehículo en el que se desplazaba acabó en una cuneta de Dena. Con más de 70 años era habitual ver su figura por las carreteras del municipio. «Non, vou a andar que teño presa», respondía cuando algún vecino lo invitaba a subir a su coche.
A medida que transcurrieron los años, las distancias entre tío y sobrino se redujeron, y fue Desiderio le narró a Pablo un episodio que éste ya había escuchado.
En 1936 estaban prohibidas las manifestaciones religiosas en la calle y tocar las campanas y el cura contravino ambas órdenes. Pablo afirma que sufrió una agresión y los santos acabaron en el suelo cerca de la puerta de la iglesia. «Aguantou estoicamente», subraya. Pero se enteraron los soldados del banco franquista, que le hicieron preguntas.
«Me tío díxolles que non acontecera tal cousa». Así impidió que fuesen detenidos y fusilados varios vecinos que rompieron varios cruceros, asentados sobre unos muros, y participaron en actos de resistencia durante los inicios de la Guerra Civil. Una noche llamaron a su puerta.
Era Luis Lage, un vecino que se presentó con sus agresores, dispuestos pedirles perdón. Desiderio Doval les puso como condición que reconstruyesen los cruceros. Poco después de cumplir su compromiso, varios huyeron por la puerta de atrás de la Casa Digna, donde los sorprendieron los soldados. Algunos se marcharon a Argentina.
El cura de Meaño hizo oídos sordos a las recomendaciones de los obispos y de otros párrocos de que se retirase. No le quedó más remedio que ceder algo de protagonismo a otros compañeros, pero manteniendo hasta el final el control de su parroquia.
Pablo Dovalo recuerda la sensación de alivio de Desiderio cuando supo del interés de su sobrino por conservar su biblioteca, porque dudaba de su destino si se los hubiesen llevado a Santiago, y una iniciativa del Grupo de Amigos de Meaño impidió que su hemeroteca fuese pasto de las llamas.
Su cuantía asciende a 4.829.000 pesetas, y tendrán preferencia loa aspirantes de Meaño o Nantes, puntualizó el arzobispo de Santiago, Rouco Varela, en una carta.
Más de un millar de volúmenes, entre enciclopedias y libros de religión, historia, la justicia soviética, la Gestapo, los evangelios apócrifos, las desviaciones sexuales, las sectas, los derechos de la mujer o la magia están en el bajo de la casa de Pablo Dovalo.
Otra parte del legado de un hombre que versificada en griego y latín se encuentra en el Pazo de Lis, convertido en el Museo da Muller Labrega. En siete armarios están recopilados 10.000 ejemplares de periódicos y revistas, desde La Codorniz a El Alcázar.

Todo está a disposición de quien quiera investigar y escribir un libro sobre Desiderio Dovalo Méndez, la ilusión y el deseo incumplido de su sobrino Pablo.

Diario de Pontevedra (27-10-2013)

La guitarra de tres cuerdas

En la Rúa da Praza está situado el Pub Chiado. La música es un componente esencial de su ambiente. Lo es ahora y lo fue desde los años que siguieron a la Guerra Civil, cuando José Silva Torres, Pepe Silva, acondicionó este local de O Grove como una zapatería. Es un edificio compuesto de planta baja y ático, ocupado por un salón. En su fachada sobresale un balcón que lo identifica.
Durante varias décadas, la cola usada para reparar el calzado fue el olor característico del bajo, que se mezclaba con el de la gasolina del surtidor situado en la parte trasera del taller, propiedad de la familia Escalante, a la que se accedía a través de un pasillo.
También lo fue el sonido provocado por las motos que se acercaban a repostar combustible, y el de los instrumentos, porque hasta mediada la década de los 70, cientos de vecinos aprendieron música bajo la instrucción de Pepe Silva en este escenario.
Su hija, María José Silva Mascato, lo califica de «hombre sencillo, reservado, tímido y poco hablador», que encontró en la música el mejor vehículo para expresarse, mientras que su vecino Francisco Torres, conocido con el sobrenombre de Paco Fino, llama la atención sobre otra característica, su elegancia y educación, tanto en el vestir como en el hablar.
De «impecable», define su forma de vestir Paco Fino, lo que no dejaba de sorprender en un pueblo trabajador, siendo Pepe Silva uno más, que se ganaba la vida en su taller durante el día, para convertirse en profesor de música cuando finalizaba su larga jornada laboral.
Los instrumentos de cuerda fueron su especialidad, y otro rasgo diferenciador de su figura -y hasta un tanto «exótico», comenta Paco Fino, en aquellos tiempos- lo constituía la estampa que componía tocando el violín, un instrumento casi desconocido en O Grove.
Nacido en el año 1910, Pepe Silva es hijo de Ignacio Silva, un morañés procedente del lugar de Paraños que se casó con una grovense llamada Sebastiana Torres, y la música, junto con la sangre de su madre y el lugar de nacimiento, lo convirtió en grovense a todos los efectos.
Además de enseñar, fue el promotor de la formación de la rondalla Alegría e Música y formó parte de la Orquesta X, de Pontevedra, y del grupo Los Dandys. Carlos Otero, concelleiro de Cultura de O Grove, fue su alumno, primero, y compañero, más tarde, al igual que Anselmo, a quien todos conocen con el sobrenombre de Chapeliño.
Recorrieron casi en su totalidad las provincias de Pontevedra y Ourense, cuando era habitual dormir en las casas de los pueblos a los que acudían para amenizar las fiestas. Los viajes, en el autobús de línea de la Empresa Rascado, eran toda una odisea, comenta Otero.
Eran tiempos en los que las verbenas se celebraban aunque cayese el cielo, porque entonces no contaban con carpas ni era posible aplazarlas para otra ocasión, recuerda el edil grovense. «Tocábamos no palco ou nun palleiro, e o público era menos esixente que agora», puntualiza Otero. Tal vez porque la vida era más dura que hoy y agradecían un paréntesis de diversión.
Pepe Silva, que fue compositor de música y letras, también tuvo un papel estelar en un acontecimiento que está grabado en la genética de los grovenses, los carnavales, y en su segunda etapa como profesor impartió clases en un local de la Calle Catorse a los alumnos de los colegios públicos durante la década de los 80.
Marchó con su familia a Vigo, y también en esta ciudad dejó su semilla a los alumnos que acudieron al piso de la Travesía de Vigo que convirtió en una academia.
Pepe Silva falleció en el año 2002, y nueve años después lo hizo su esposa, María Luisa Mascato. Ambos están enterrados en el cementerio de O Grove.
Su hija María Luisa aprendió a tocar el piano en el Conservatorio de Pontevedra. ¿Cómo pudo haber prendido en él la pasión por la música? Podría haber antecedentes familiares. María José desconoce si fue así.
Afirma que no podría responder pero, a renglón seguido, deja una pista. «En la buhardilla, mi padre encontró una guitarra de tres cuerdas, cuando era un niño, con la que empezó a hacer música», recuerda.
Hoy, aquel local donde halló el instrumento que podría haberle marcado el camino y en el que enseñó a centenares de grovenses es hoy un pub.

Cambia la moda, cambian los gustos, pero la música sigues sonando. ¿Alguien sabe quién pudo haber sido el primer dueño de aquella guitarra?

Diario de Pontevedra (21-06-2013)

viernes, 25 de octubre de 2013

Un can contoume unha historia

Ten a súa casa onde o mar do Freixo, no concello de Serra de Outes, pero foi preciso que se adentrase nel para gañar a vida porque non había máis que miseria na ribeira. Daquela, os camións facían longas colas en Noia, Portosín ou Muros, agardando pola carga de berberechos e ameixas, que os mariscadores collían montes e os intermediarios pagaban a prezos moi baixos, ata que enchían os remolques e marchaban cara ás factorías conserveiras sen importarlles a produción que quedase sen comprar.
O mar chegaba onde a súa porta porque aínda non se fixera o recheo onde se asenta hoxe o club náutico, e só se podía ir máis adiante cando a marea estaba baixa, pero Juan Miranda Arufe sabía que o futuro no estaba tan preto, e probou sorte como ebanista na súa parroquia natal de San Cristobo de Roo, onde os operarios tiñan que pagar 1.000 pesetas ao ano en concepto de aprendizaxe.
Había traballo abondo e facíanse mobles por encargo, pero o labor que encargaban aos aprendices non ía máis aló de barnizar e lixar. "Tes que agardar", respostoulle o encargado cando lle dixo que quería aprender o oficio para valerse cando marchase dalí. E non tivo paciencia, porque ademais de facer sempre o mesmo, non tiña un can no peto, era un mociño, e estaba na idade de ir aos bailes e ao cine.
Así é que en 1958, con vinte anos cumpridos, marchou a Ferrol. Alí estivo empregado nun estaleiro da Graña, ata que 1961 decidiu probar sorte no mar porque tampocou alí viu que houbese futuro.
De Ferrol tirou ata Xixón, para subir no seu porto ao primeiro barco no que lle deron traballo. Era o 'Monte Galera', un vello carboneiro cunha cheminea "alta como un demo" da que saían nubes de fume que cubrían o ceo, deixando o seu rastro por onde navegaba. Rillar o óxido, pintar e facer tarefas de mantemento foi a súa misión, mal pagada, nunha etapa que durou un ano.
Nalgunha ocasión viaxou ata Rotterdam para cargar carbón de coque, que se utilizaba en grandes cantidades nos Altos Fornos na elaboración de ferro, e a súa rota habitual era Xixón-Barcelona. Na capital catalana escoitábase falar o galego dos mariñeiros que facían escala no porto mentres cargaban os barcos onde estaban enrolados e dos milleiros de emigrantes que aproveitaron a puxante industria catalana para saíren adiante.
Ben puido o destino facer que os pasos de Juan Miranda se cruzasen cos de José Outeiral, un veciño de Cabo de Cruz (Boiro), onde o coñecen tamén polo seu alcume, 'O Toneiro', pola Ronda Litoral e o Paseo Colón, que corren paralelos ao porto, ou nas Ramblas, O Paralelo ou algunha das rúas do Barrio Chinés ou do Barrio Gótico.
Ben preto da inmensa explanada portuaria, está a Vía Laietana. Era o destino de non poucos mariñeiros nunhas casas que nos seus balcóns anunciaban en letreiros ben grandes ‘Gomas, plásticos y lavajes’.
Tamén se deixaban ver soldados da Sexta Flota dos Estados Unidos, arrasando por onde pasaban como unha manada de bisontes. Uns subían en busca de amor urxente, mentres outros baixaban cargados de angustia e medo.
Eran as nais, os pais es as mulleres daqueles os que a policía metera nos Land Rover de cor gris a porrazos e culatazos para levar detidos á comisaría, onde lles agardaban máis golpes. “Coge tu carné, tu cartera y ve, Laietana abajo”, cantaba Joan Bautista Humet.
Quen podería dicir que non se viron buscando un bar ou unha pensión por rúas estreitas e mal iluminadas, ou que non apreciasen o esforzado traballo dos mariñeiros para levantaren a sobria e monumental catedral de Santa María del Mar carelando a pedra dende Montjuïc.
‘O Toneiro’ estaba embarcado nun buque da Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos Sociedad Anónima (Campsa) que fixo varias escalas en Barcelona para ser sometido a obras de reparación. El tamén surcou os mares para gañarse a vida transportando combustibles.
Intentouno antes na Ría de Arousa como mariñeiro, e tampouco viu que houbese futuro, pero antes de abandonar a pesca no barco dos seus tíos Manuel e Lucho, foi el quen alertou aos seus compañeiros de traballo de que escoitara un ruido na noite do día 4 de agosto do ano 1958.
Non lle fixeron caso de primeiras, pero insistiu, e decatáronse de que alguén pedía axuda. Tiraron os aparellos e arriaron en banda no racú, remando con canta forza tiñan.
Sacaron da auga a once náufragos e viron pasar un home morto co flotador arredor do seu corpo. Non había sitio para máis vivos nunha embarcación de 5,5 metros de eslora que amarrou na Paria da Ribeira Grande de Cabo de Cruz. Na Panadería Saborido déronlle de comer, beber e roupa seca.
Eran tripulantes do ‘Cabo Razo’, un barco da Compañía Ibarra que zarpara do Porto de Vilagarcía ás 22.30 horas, onde fixera escala para cargar tablóns, procedente de Bilbao e con destino a Málaga.
Tiña dezaoito anos, e aquela noite foi moi longa para José Outeiral, ‘O Toneiro’, que despois cruzou a ría co pai ata a Comandancia de Marina de Vilagarcía. Xa era día aberto cando deron a noticia que puxo en marcha o operativo de rescate.
A etapa de Juan Miranda no ‘Monte Galera’ rematou aos catro meses no Porto de Sevilla, onde aproveitou unha folga dos estibadores para buscar outro barco no que enrolarse. Tiña o pasaporte en regra, pediu a liquidación e soubo por un compañeiro que non ía tardar en chegar desde Bos Aires o ’Monte V’, un petroleiro noruegués de 16.000 toneladas.
O sol caía á esgalla no mes de xullo nunha espera que se fixo longa ata que os carabineiros lles anunciaron o día no que se agardaba a entrada do buque á refinería andaluza.
As súas ilusións decaeron de golpe cando viu que, como el, ducias de homes se amorcaban no dique onde ía atracar coa mesma intención. “Onde vou eu sen saber inglés nin noruegués e nada máis que un pouquiño de español?”, dixen para os meus adentros.
Subiu á cuberta e o capitán –“moi educado”- díxolles, por medio dun intérprete, que se puxesen nunha ringleira para indicarlles que tiñan que ir ao Consulado de Noruega, onde se repetiu a escena.Un home sinalou co dedo. “Ti, ti e ti”. Dous para cuberta e un para máquinas. Juan Miranda era un deles.
Génova foi o primeiro destino, onde se aprovisionaron, para cargaren petróleo Odessa. Cando rematou o primeiro mes decatouse de que non o contrataran como segundo mariñeiro, como lle dixeran, senón como aprendiz.
Cando viu a súa primeira nómina, non lle importou que a categoría fose máis baixa, porque cobrou arredor de 4.000 pesetas, cando viña de ingresar 1.300 como carpinteiro do ‘Monte Galera’. “Aquelo era unha mina de cartos”.
Tampico, no estado de Tamaulipas; Veracruz, o porto comercial con máis movemento de mercadorías de México, foron algunhas das cidades que coñeceu Juan Miranda, que tamén navegou polas costas de Florida, e nas rúas de Recife, onde os seus pasos ben puideron seguir o camiño que andara ben pouco tempo antes, xunto cando el probou sorte no mar, outro veciño seu, José Fernández Vázquez, da Pobra do Caramiñal.Un loitador antifranquista, que fora coñecido na súa vila natal e en Vilagarcía, onde casou, co nome de Noé, acabou pasando á historia como o Capitán Sotomayor.
 José Fernández foi un dos mandos do Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación, que protagonizou unha das accións máis audaces que se recorda para denunciar as ditaduras de Franco, en España, e Salazar, en Portugal.
Consistiu no secuestro dun barco en Venezuela no que viaxaban un milleiro de persoas (650 pasaxeiros e 350 tripulantes). A primeira idea foi cruzar o Océano Atlántico e levalo ata Guinea, pero os mandos da operación decidiron bordear a costa e poñer rumbo ao sur despois de burlar o cerco, por mar e aire, do Exército dos Estados Unidos.
O Paris-Match e o Washington Post dedicáronlles a súas portadas. Un barco de 21.000 toneladas e 186 metros de eslora, valorado en dezaseis millóns de dólares e rexistrado co nome de ‘Santa María’ converteuse no ‘Santa Libertad’ despois dun recorrido de 2.140 millas en catro días, entre o 22 e o 26 de Xaneiro de 1961.
Foron quen de chamar a atención do mundo, e cando acadaron o seu obxectivo, pediron asilo político en Brasil. Milleiros de veciños de Recife se achegaron ata o porto da capital do estado de Pernambuco para recibilos como heroes. Tamén ducias de xornalistas. Un deles era un xove chamado Dominique Lapierre que co paso dos anos acabaría vendendo millóns de libros.
Daquel tempo quedoulle a Juan Miranda unha dúbida que aínda hoxe non foi quen de despexar. Viñeran cargados de Norfolk (Florida-EE UU) ata Vigo, desde onde tiña pensado aproveitar a escala para achegarse ao Freixo, pero os axentes de Aduanas non permitiron baixar a ningún mariñeiro nin baleirar a carga.
Despois de catro días amarrado, o barco tivo que facer o percorrido de volta a Norfolk, un porto ao que chegaría no ‘Monte Palomares’ José Outeiral, O Toneiro de Cabo de Cruz (Boiro), se non fose rexeitada a súa petición de traballo neste barco.
O Toneiro que andaba por Barcelona atopou alí cun veciño, José Oliveira, que lle propuxo deixar o buque de CAMPSA para enrolarse no seu, que transportaba trigo desde Estados Unidos, onde se gañaban máis cartos.
“Levoume á ponte de mando e o encargado das contratacións dixo que non. Era uno dos do ‘Cabo Razo’ que salvaramos. Seguro que non me coñeceu. Eu tampouco dixen nada”, conta O Toneiro no documental ‘Desde dentro do corazón’, elaborado por Antón Caeiro, Margarita Teijeiro (O Faiado da Memoria) e José Luis García, de Nova Comunicación.
“E fíxome un favor moi grande, porque de alí a pouco tempo foise a pique o barco’, di O Tonero. O naufraxio aconteceu o día 5 de xaneiro de 1966, cando se atopaba a 850 millas das Illas Bermudas. Morreron a metade dos tripulantes. Unha das vítimas foi José Oliveira.
Non houbo descanso para os tres españois que embarcaran en Sevilla ata pasados tres anos e medio. “Xa nos tiñan por tolos”, recoñece referíndose á reacción dos compañeiros doutras nacionalidades, enrolados en barcos da mesma empresa, cando se enteraron de que non tiveran nin un día de descanso.
O cartiño era moi bonito e ninguén quería desaproveitar a oportunidade porque todos tiñan que arranxar as súas vidas. Xa mercara a casa no Freixo onde tiña pensado instalar unha panadería cando volvese á casa, no ano 1965.
Pero os plans de Juan Miranda cambiaron no mes de novembro, o día que coñeceu a unha moza do lugar das Cernadas, dous anos máis nova que el, chamada Purificación Brea Picallo, na festa do Socorro.
Falaron cinco meses, bailaron no salón de Serra de Outes coa música da prestixiosa Orquestra París de Noia, e se comprometeron diante do altar o 12 de marzo de 1966. Os sacrificios e o aforro permitíronlle organizar a voda máis sonada da contorna, á que acudiron 130 convidados.
Colleu a maleta e converteuse de novo nun emigrante que chegou a Rotterdam nun autobús fretado por outros que, como el, probaron sorte no porto con máis actividade de Europa. Había unha ringleira de oficinas de compañías suecas, danesas, norueguesas e holandesas onde os estaban a agardar.
Juan Miranda trocou a bandeira de Noruega pola de Suecia, e soubo, cando navegaba polo Golfo Pérsico, que fora pai dun rapaz, ao que bautizaron co nome de Juan José, e botou dous anos traballando arreo sen acougo para se converter en fixo de plantel.
Cando naceu Alejandro, en 1969, estaba na casa do Freixo, da que se ocupaba Pura, que todos os días ía e viña para atender os seus pais en Cernadas, onde tamén se ocupaba das leiras, tres vacas, os xatos, os porcos e as galiñas.
De mar en mar, os buques cargados de petróleo surcaban as augas con tripulantes de Aguiño, Queiruga, Ribeira, A Pobra, Noia ou Muros. “Cando o día estaba bo, daba gusto ver o tráfico de barcos cruzándose no Mediterráneo ou fronte a Fisterra”, lembra.
Xa nacera Luis, o seu terceiro fillo, cando pasou a un superpetroleiro da mesma compañía, de 350.000 toneladas e máis de cen metros de lonxitude. “Parecía que dobraba sen rachar” un día que o temporal os colleu no Golfo de México.
Naqueles momentos, nos que despois de facer todo o posible só cabía esperar, acordouse de todo. “Pasei os meus medos”, recoñece.
Naquel escenario deixárase ver a estampa do ‘Nuevo Endem’, que partiu do porto do Grove o día 15 de agosto 1937 con 17 tripulantes, camiño de Francia, onde foi requisado polos nazis, que asentaron nel unhas ametralladoras, e despois cruzou o país pola Canle do Mediodía ata o Mediterráneo buscando unha pesca da que lle falara un ribeirense ao seu capitán, e non a atoparon.
Dous noieses propuxeron ao seu capitán, Juan Aguiño, ir a América, e en París organizaron a aventura nun pequeno barco de trece metros de eslora que fora construído para traballar preto da costa.
Logo de facer escalas en Casablanca e Dakar, e pasar por Trinidad y Tobago, Venezuela e a Guaiana Francesa, probaron sorte en Colombia, Guatemala, México, Nicaragua e Cuba. Tampocou alí había vida na pesca.
Cando emprendeu a súa derradeira singladura, en 1964, cruzouse con ’Gramma’, no que viaxaran Fidel Castro e os seus homes desde México a Cuba para póren en marcha a revolución. E, como acontece cos barcos que se converten nunha lenda, din que hoxe o ‘Nuevo Endem’ segue a frote e está amarrado nalgún peirao de Miami.
E dun día para outro, a compañía na que traballaba Juan Miranda comezou a desfacerse do seu capital. Primeiro despediu aos máis novos e despois foi o turno dos que tiñan máis antigüidade.
Camiño da década dos noventa do século XX, o mar encheuse de barcos con novas bandeiras de países descoñecidos, algúns deles sen mar.
Os seus donos eran a nova xeración de piratas, que inscribiron as compañías en paraísos fiscais onde os homes son considerados recursos humanos e os direitos laborais non existen.
“Eu chorei por aquela compañía e case o fago agora polo ben que se portaron comigo”, pero a humaninade retrocedía e a rendibilidade marcaba o paso nun mercado sen escrúpulos. “Polo prezo dun galego tiñan catro ou cinco filipinos”.
Así que tocoulle embarcarse nun barco de Muros que se dedicaba á pesca do cerco, no que traballaban arreo e nunca era abondo para o seu armador. As condicións de seguridade eran mínimas e foi como retroceder varias décadas.
O que non lle acontecera nunca en vinte anos por alta mar ben puido sucederlle un día de vento e mar bravío no que saíron dezasete pesqueiros de Muros cara a Fisterra.
Catorce deles voltaron ao porto cando estaban á altura de Monte Louro, pero eles tiveron que seguir, e amarrando un cabo caiu ao mar. “Agora si que me vou, dicía para min mentres nadaba”. A ninguén se lle ocorreu botarlle un frotador e tivo que agarrarse ao bicheiro que lle achegaron para subir á cuberta.
Aquel día morrera un pai e o seu fillo “por ir buscar unhas puñeteiras nasas ao mar”. Eran de Aguiño, o lugar de Ribeira onde se atopaban pasando a noite da fin de ano de 1920 boa parte dos colonos que vivían en Sálvora.
Quedaran algunhas mulleres e nenos. Tres delas saíron correndo cara a Area dos Bois no medio do temporal para subiren a unha dorna na que bogaron tres horas e chegaren, ás oito da mañá, ao lugar onde se afundira o ‘Santa Isabel’.
Pasado o tempo fixéronlle unha homenaxe en Vigo e prometéronlle unha paga vitalicia que non recibiron e María Fernández, que daquela tiña 14 anos; Cipriana Oujo, de 24 e Josefa Parada, de 32, foron esquecidas.
Aínda hoxe, o Concello de Ribeira non tivo un momento para lembrar as tres heroínas nin atopou una rúa ou unha praza para pórlle-los os nomes de tres mulleres que se xogaron a vida por salvar as duns descoñecidos.
E despois de trece anos preto da casa pero amargados pola dureza do traballo, a Juan Miranda Arufe chegoulle a hora da xubilación. Agora ocupa o tempo plantando árbores frutais e coidando as galiñas en Cernadas.
Pura conta que o seu home, ao que lle chama patrón, lle ten cariño ao lugar onde naceu ela. Os dous camiñan a diario polo paseo do Freixo sabendo que criaron ben aos seus fillos.
Ela mírao con admiración mentres el recorda a súa vida de mariñeiro. “E felices que somos”, di Pura. Despois, pousa a súa cabeza no hombreiro de Juan.
O can quedou na casa. Tróuxollo o seu fillo Alejandro, que o atopou en Boiro. O día 9 de marzo foi ladrando cara a un home que fotografaba unha lancha cuberta de algas.
Detrás veu Pura para dicirlle ao estraño que o cadelo se chama ‘Perdido’ e buscaba con quen xogar un pouco. Botaron a falar. Juan saiu á porta cunha vasoira na man.

E así empezou esta historia.



Diario de Pontevedra (11-08-2013)

Navegantes de la memoria en la Ría de Arousa

Gregoria Saavedra cuenta que dos de los hijos de un acordeonista conocido por el nombre de Chispa Negra fueron sus alumnos en la escuela de Castro (Cerdedo) y que le costó trabajo entender qué le quiso decir uno de ellos cuando, para justificar su ausencia a clase, le dijo que le dolía «la gorxa del aire».    
Estaba en el inicio de su actividad, había nacido en Escorial (Madrid) y el gallego le resultaba extraño en la década de los 60 del siglo XX. Con 72 años, recuerda que en otra escuela de Cerdedo, la de Limeres, el padre de una alumna le regalaba conejos vivos.    
Su interlocutor se sorprende porque el relato le resulta muy próximo. ¿Podría llamarse Aquilina la hija de ese hombre? La respuesta es afirmativa. Medio siglo después, profesora y alumna se citaron para verse de nuevo.
Esta escena se produjo el día 25 de agosto en el ‘Úrsula’, mientras el galeón del Ateneo Vikingo surcaba las aguas del río Ulla, en Catoira, en una actividad organizada por O Faiado da Memoria.
«Empezamos en el año 2007 y  lo que buscamos es la memoria de la vida diaria. El problema con el que me encontré para hacer varios documentales es no encontraba material fotográfico», expone del director de ‘Aillados’ y ‘A memoria do wolfram’, Antón Caeiro, y responsable de O Faiado da Memoria con Margarita Teijeiro.
«Fuimos tan osados que quisimos hacer varias a la vez y decidimos empezar por A Illa, Rianxo y Vilagarcía. Nadie nos cerró las puertas», agrega Margarita.
«Cuando llegas a un pueblo no conoces a la gente, no sabes dónde puedes buscar y preguntas. Nuestro problema es que no contamos con un local, por lo que teníamos que ir a las casas a escanear las fotos», expone Antón.
En el barco que surca el río cuyo trazado delimita la frontera entre las provincias de Pontevedra y A Coruña también viajan Verino y Manolo Diz, dos hermanos de Carril conocidos por el sobrenombre de ‘Os Nachos’. Los dos siguen siendo mariscadores después de haber cumplido los 80 años y son componentes de la rondalla.
A Verino le hubiera gustado ser carpintero, pero tuvo que ponerse a trabajar en el mar con poco más de once años, junto a su padre y su hermano, y construye barcos a escala en su tiempo libre. Le regaló uno a María José Rodríguez, de la que dice que es la chica más educada de Carril.
A María José Rodríguez le comentó una amiga que habían visto en una exposición de O Faiado da Memoria las fotos de una boda, y que el novio se parecía a su padre, José Rodríguez, ‘Pepete’, que estuvo al frente de una barbería situada en Vilagarcía. Nada sabía, hasta entonces, de la existencia de esa asociación.
Cabe imaginarse su sorpresa, y la de su madre, Rosa Gómez, cuando un día del año 2011 ambas contemplaron por primera vez las imágenes de los novios felices subiendo por las escaleras del Balneario de la Playa Compostela que habían sido sacadas medio siglo antes. O las del bautizo de Rosa, la primera hija.
«Las fotos de la boda de una señora de Carril, llamada Pili, fueron a parar a manos de un tío suyo que le había pagado el reportaje. Bien porque se fue a Estados Unidos o porque cuando venía de visita se olvidaba de traerlas, lo cierto es que no se las entregó», expone Margarita Teijeiro.
Quiso el destino que una hermana de ese hombre, llamase a O Faiado da Memoria para que las  escanease, cuando él ya había fallecido. «Cuando las vi, me dio un vuelco el corazón porque sabía de quién eran y había escuchado lamentarse a Pili por no tener las fotos de su boda», expone.
«Había sido una ceremonia muy sonada porque la madrina era una estadounidense que se presentó en la iglesia de Carril en manga corta, lo que fue un motivo más para que el cura la echase. Hablamos del mes de julio del año 1955 o 1956», dice Margarita.
«La llamé y le dije, ‘te voy a mandar unas fotos a ver qué te parecen’, sin darle explicaciones. No lo olvidará jamás», asegura.
La presentación en sociedad de O Faiado da Memoria se produjo en una exposición cuyas características la hicieron única.
Iba a celebrarse en el bajo de un edificio noble situado en el centro de Vilagarcía, y ya estaban listos los paneles, cuando el Concello se negó a suministrarles energía eléctrica, justificando su postura porque la ley no permite hacerlo a un inmueble de titularidad privada que carecía del mismo.
El escenario se trasladó a la sala de exposiciones Rivas Briones, donde dos televisores mostraban fotos y de un proyector salían las imágenes del mar y el cielo. Dos grupos pusieron la música y Rosina Villaverde, hija del alcalde republicano Elpidio Villaverde, fue la encargada de inaugurarla.
«Pusimos una libreta para que la gente detallase sus impresiones de la muestra en la que nos dejaron cientos de teléfonos ofreciéndonos fotos. Nos encontramos enseguida con miles de ellas y tuvimos que descartar A Illa y Rianxo para centrarnos en Vilagarcía», afirma Antón Caeiro.
Como no contaban entonces con un local, ni disponen de él en la actualidad, crearon un blog para guardar el material que reciben. «Acabo de abrir el Facebook y una chica mandó una foto de su hermano pidiendo que se la colguemos, y explica que hace 22 años murió en un accidente de tráfico en el puente de A Illa», apunta Margarita Teijeiro.
La escuela fue el tema de la segunda muestra que organizó O Faiado da Memoria. Segundo Abal, un maestro nacido en Meaño que impartió clases en una escuela rural del lugar de Castroagudín (Vilagarcía) y fue fusilado en Pontevedra durante la Guerra Civil, fue homenajeado entonces.
 Miles de personas visitaron la exposición y solo registraron una reacción negativa, la de un concelleiro de Esquerda Unida y militante del Partido Comunista, al que no les gustó ver el crucifijo y la imagen de Jesucristo junto a la vara usada en los castigos y los retratos de José Antonio y Franco presidiendo el aula instalada en el Auditorio.
«¿Cómo explicas a la gente que nos transmitieron ideología durante 40 años si no lo muestras?», pregunta Antón. «Un sector de la izquierda tiene un gran problema de formación cultural,  con la gente de la calle nunca tuvimos problemas», concluye Margarita.
El ‘Úrsula’ es un galeón de doce metros de eslora y 4,20 de manga, construido en el año 1949, que transportó mercancías de una a otra orilla del Ulla antes de que fuese construido el puente. Forma parte de la flota del Ateneo Vikingo, una asociación presidida por Miguel Ángel Arriaga que también cuenta con dos drakkares.
El patrón del barco es Ramón Bouzón, un hombre que se significó en la lucha por evitar el cierre de Cedonosa, una empresa en la que trabajaron cientos de operarios y hoy es un conjunto de naves arruinadas.
En el barco viaja José Arteaga, un vilagarciano de 86 años que fue fogonero en un carguero de 227 metros, el ‘Osswego Defender’, que atracó en Filadelfia y Baltimore y también hizo escala en varios puertos de  Venezuela y Chile, además de haber atravesado el canal de Panamá, rumbo a Japón, en 1961.
En el mismo año, un grupo de gallegos y portugueses secuestraba en ‘Santa Libertad’ en Venezuela, con un millar de pasajeros a bordo. Rebautizado con el nombre de ‘Santa Libertad’, mantuvo en vilo a la opinión pública mundial con su periplo de varios días que finalizó en Brasil, donde los protagonistas de esta acción fueron recibidos como héroes.
Los autores de esta atrevida acción quisieron denunciar las dictaduras de Franco y Salazar en España y Francia, donde el suceso apenas tuvo la más mínima repercusión. 
 Pasado el tiempo, uno de sus máximos responsables, José Fernández, llegó a Londres para visitar a su hija, la vilagarciana Rosa, y fue el marido de ésta, José Arteaga, que entonces trabajaba en un hotel, quien cumplió el primer deseo de su suegro: llevarlo en su coche hasta el cementerio de Highgate, donde se encuentra la tumba de Carlos Marx.
«Nuestra intención es recopilar la memoria social y la vida en todos sus entornos», expone Antón Caeiro. Margarita Teijeiro subraya que ponen los escáneres y los ordenadores, que se estropean con el uso.
 «Nuestras condiciones son penosas, de ahí que hayamos abierto este especio para que amigos y empresas que quieran colaborar con nosotros económicamente lo hagan», añade Margarita Teijeiro. La transparencia es total y todos sus nombres figuran en el blog.
Ambos trabajan de un modo altruista dedicando buena parte de su tiempo a una tarea que es puramente vocacional. Con esta actitud lograron convertir un blog en el patio común al que acuden todos los días centenares de personas para comunicarse entre sí.
Un vilagarciano que se encuentra a tratamiento psiquiátrico le comentó al doctor que lo atiende que se encuentra mucho mejor desde que dedica parte de su tiempo a recorrer el pasado a través del blog. «Siga usted así», fue la respuesta que recibió, narra Caeiro.
 O Faiado da Memoria cambió la vida de un hombre de Álcazar de San Juan (Toledo). El día 15 de julio de 2011, Juan entró en Google y tecleó el nombre y los apellidos de una mujer de Vilagarcía Lucy. Vio una foto suya en el blog y le envió un mensaje.
Los dos recorrieron el río Ulla en el galeón del Ateneo Vikingo, en un grupo formado por medio centenar de personas.
Se conocieron una anochecida tarde de primavera en la Praza de Galicia en el año 1971 y habían sido novios cuando él tenía 17 años y estudiaba en la Escuela de Aprendice de la Renfe en Bamio (Vilagarcía), mientras que ella, con 13 lo hacía en el colegio de monjas filipenses.
 Finalizado el curso, cada uno se fue por su lado, hasta que saltó la chispa a través de la red, propiciada por O Faiado da Memoria, que restableció una relación surgida en la adolescencia de ambos, y desde hace más de dos años viven juntos. (A petición de ambos, los nombres que figuran en este reportaje son ficticios).
La ingente labor de recopilación y documentación que están haciendo, tanto de fotografías como de documentos, permite que cualquier persona interesada en investigar el pasado de Vilagarcía disponga de una herramienta útil que puede usar sin realizar desembolso económico alguno.
Ambos dicen que se trata de un fondo común que ellos gestionan, y lo que les duele es el uso que se hacen del mismo cogiendo fotografías que utilizan sin indicar su procedencia. «Es lo menos que podían hacer», reprocha Teijeiro.
En esta tarea tienen una ayuda fundamental, la que les presta Cándido Castro, un vilagarciano de 71 años cuya vida transcurre entre la ciudad arousana Benidorm y Pontevedra. Es el esposo de Gregoria Saavedra y pone su memoria al servicio de la causa.
«En cada sesión identifico unas  700 fotos, y hacemos dos por semana desde hace tres años», comenta Cándido Castro. La cara del cura o de un invitado, algún rasgo característico de una iglesia, una mesa corrida... Cualquier aspecto fuere resultar decisivo para contextualizar la imagen. «Es emocionante y muy sano», asegura. 
«Puede haber unas 80.000 fotos e impresos digitalizados y esperamos llegar a los 100.000 antes de que finalice el año», pronostica Teijeiro. «Tenemos cajas enteras llenas», expone.
Proteger el patrimonio documental y abrir nuevas vías a su divulgación son las dos razones que los empujaron a crear una página web en la que volcarán, poco a poco, los contenidos del blog, pero sin cerrarlo, sin importarles haber recibido un mensaje en el que su autor, que no se identificó, los instaba a ponerse a trabajar.
Tampoco los detuvo que el PSOE los hubiese echado del Auditorio, donde tuvieron su sede durante unos meses, que el BNG no cumpliese su compromiso de conseguirle unas condiciones estables de trabajo ni que el PP le hubiese dicho no a su propuesta de proyectar durante las fiestas, el documental ‘Vilagarcía no corazón’, elaborado por O Faiado da Memoria y estrenado este año con motivo del centenario de la fusión de los concellos de Vilagarcía, Carril y Vilaxoán.

«Me duele que mi pueblo tenga estos representantes políticos y culturales. Vilagarcía tiene muy mala suerte», lamenta Margarita Teijeiro.

Diario de Pontevedra (22-09-2013)

domingo, 13 de octubre de 2013

Reivindicación de Ricardo Urioste


Lúgubre y sombría, la marcha fúnebre de Frédéric Chopin empezó a sonar, interpretada por la banda de música de la Royal Navy, cuando se puso en marcha el cortejo fúnebre que acompañó los cadáveres de tres soldados camino del cementerio de Vilagarcía.    
Formaban parte de la flota británica que atracó en la ría de Arousa entre los años 1920 y 1930. La salida del barco en el que habían llegado los pilló borrachos, y trataron de alcanzarlo a nado.
Un almirante, el comandante de marina, el gobernador civil, el alcalde, y otras autoridades que marchaban en la cabecera, escucharon, sorprendidos, como la los vilagarcianos interpretaba un canto de acompañamiento.
«Felicito muy sinceramente al señor alcalde, que tiene la dicha de gobernar esta pequeña Atenas en la que hasta las pescadoras saben cantar la música de Chopin», dijo el almirante al finalizar la exequias. Mister Cameron, cónsul británico, tradujo sus palabras de agradecimiento y admiración.
Los historiadores que recogieron aquella escena en sus crónicas no relataron la reacción del cónsul y del resto de autoridades ante la reacción del mando, porque el estribillo que entonaron los vilagarcianos es el que sigue: «¡Momo murió!/Suerte fatal/fue a morirse en carnaval/de comer lacón con grelos./De sabor superior./De su pasó por el mundo/porcalladas dejó».
Posiblemente no hubiese en su acción la menor intención de burla por parte de los nativos, cuya reacción se explica porque poco antes se había celebrado el Carnaval, festejo en los que una comparsa adaptó la letra a la pieza musical de Chopin que escucharon camino del camposanto.
Su autor fue Ricardo Urioste Mesana. «Este personaje había llegado a Vilagarcía en la primera década de este siglo procedente de A Coruña, de una acaudalada familia que además tenía mucha clase», escribió de Carlos Comendador. «Era muy mal hablado, pero tenía una gran simpatía, por lo que en poco tiempo se introdujo en las distintas esferas de la ciudad», agrega en su descripción.
Culto y con amplios conocimientos musicales, desplegó una amplia actividad en el Recreo Liceo, cuyo cuadro artístico dirigió en la interpretación de varias zarzuelas. Dominaba varios instrumentos, dio un celebrado concierto de bombardino en la radio local, llamada K.K.U.E.T., y también dejó huella en el mundo del teatro con unas propuestas que aún hoy resultarían desconcertantes por atrevidas.
Con la platea del Teatro Vilagarcía a rebosar y un público tan elegante como expectante, se abrió el telón. Los espectadores observaron que el escenario estaba lleno de velas encendidas. Pasados unos minutos, un personaje las apagó parsimoniosamente. Y acabó la obra. Su título: ‘La gran velada’.
 Tampoco deberían haberse sorprendido aquellos que acudieron al mismo lugar para asistir a la representación de otra de sus creaciones dramáticas. Se denomina ‘Agonía de un cabo de vela’, y la acción se limitó a apagar una vela encendida. Cierto es que en ambas ocasiones Urioste echó mano de su ingenio para deleitar a la sorprendido concurrencia con unas intervenciones en las que sacaba a relucir su atracción por los asuntos escatológicos.
En este terreno está enmarcado su ‘Concierto de Bacinilló’. «Levantado el telón, con el salón lleno de público ataviado con sus mejores galas, aparecen una serie de bacenillas colgadas en forma de xilófono y el protagonista vestido de etiqueta», cuenta Carlos Comendador. «Como era un gran músico, obsequió a sus admirados espectadores con un concierto interpretado con tan original instrumento», agrega el cronista local.
Dicen de él que en una ocasión llegó hasta las puertas del elitista Casino de A Coruña vestido de gala para participar en un baile de sociedad, como exigía la ocasión, pero mientras los representantes de la alta sociedad se desplazaron en coches de alquiler, Ricardo Urioste llegó en una carretilla empujada por un obrero portuario, y que repitió esta escena en Vilagarcía, con Pacucho, un personaje entrañable de la localidad, como porteador.    
Se definió como periodista, editó un periódico satírico llamado ‘El cacahuete’, cuyo lema era ‘El órgano de los trasnochadores’, participó fugazmente en los asuntos de la vida política, mantuvo largas conversaciones con una cerda que criada en un la cuadra situada en el bajo de la casa de la calle Vista Alegre, donde vivió de inquilino, y no se le recuerda una novia.
«Aquí donde los elementos caducos, ya por edad o por dolencias de minjitoria, son las encargadas de nuestros destinos (...) es donde se precisa que la savia nueva invada a toda prisa los organismos defectuosos», proclamó. Tuvo dos empleos jefe de embellecimiento local y ayudante en el Consulado Británico.
El violinista Manuel Quiroga se encontraba en su círculo de amigos y la eminente tiple cambadesa Matilde Vázquez, a la que había enseñado canto antes de que marchase a Madrid, acudió a un homenaje que le fue tributado en 1946, un año antes de su muerte.
El silencio que siguió a su desaparición finaliza hoy en un homenaje que sus organizadores quieren convertir en la reivindicación de su figura. Hubo flores en su nicho después de 66 años de olvido y abandono. Sonó la música de Erik Satie.

domingo, 28 de julio de 2013

De las tabernas a los salones



Perdió la vista y salió a los caminos. La viruela, una enfermedad contagiosa surgida hace 10.000 años, causó efectos devastadores hasta hace poco más de medio siglo. El virus Variola fue el origen de epidemias que acabaron con millones de seres humanos, provocando que quienes lograban esquivar a la parca quedaron desfigurados o ciegos. María II de Inglaterra, el emperador José I de Austria, Luis I de España, Luis XIV de Francia o el zar Pedro II de Rusia fueron algunas de sus víctimas.
Es habitual que cuando una persona supera un trauma profundo, ya sea originado por una enfermedad, un accidente u otra circunstancia que lo llevó hasta el borde de la muerte, su forma de enfocar la vida cambie notablemente a raíz del trauma, y descubra, y ponga de manifiesto, potencialidades que tenía ocultas.
Eugenio Romualdo Padín García quedó ciego en 1871, cuando tenía 18 años, y salió a los caminos a buscarse la vida. Hasta entonces había trabajado el campo y cuidado el ganado, como la práctica totalidad de sus vecinos de Meaño, además de haber demostrado  sus cualidades como carpintero.
El hijo de dos labradores llamados Ramón Padín y Teresa García, y nieto de Ramón Padín y Lucía Dozo, por línea paterna, y José García y Pastora Gómez, por parte de su madre, no tardó en ser conocido por el sobrenombre de ‘O Cego de Padrenda’ en alusión a la parroquia de Meaño donde nació el día 7 de febrero del año 1853.
Es posible que tuviese dotes para la música antes de perder la vista, pero de lo que no cabe la menor duda es de que cuando dejó de recibir información de cuanto sucedía en el exterior por medio de sus ojos encontró un vehículo para comunicarse y atender las necesidades de su familia, ya que  se casó con Ramona Meis y tuvo una hija.
Acompañado de su acordeón comenzó a actuar en las romerías que se celebraban en localidades próximas, como la de A Virxe das Angustias (Xil-Meaño), As Cabezas (A Armenteira-Meis) o Santa Cruz de Castrelo y San Adrián de Vilariño, ambas en en el municipio de Cambados.
También frecuentó tascas y tabernas, sobre todo aprovechando los días de feria, y era habitual escucharlo en la taberna de Luis Lage, conocido con el sobrenombre de ‘O paxaro pinto’, por su afición por la música.
No tardó en demostrar sus grandes dotes como instrumentista y su capacidad para improvisar unas rimas, «converténdose, paseniñamente, no rei dos trouleos das festas; a música, de afección pasou a ser o modo de gañarse o sustento, cambiando radicalmente a vida de Eugenio», expone Manuel Paz Castro en su libro ‘O cego de Padrenda’, editado por la Deputación, en el que está documentado este reportaje.
En el verano de 1876 viaja por primera vez a A Toxa. Empezó buscando su clientela entre quienes acudían a los baños termales y fue así como llegó a trabar amistad con el Marqués de Riestra, que le abrió las puertas del Gran Hotel y del Casino, de los que era propietario un personaje de quien se decía que era el dueño de la provincia de Pontevedra. A lo largo de seis décadas, la isla grovense fue su destino y el lugar donde permaneció durante la temporada estival.
Este salto cualitativo lo llevó a actuar en el Casino de la capital,  la torre de Jaime Solá Mestre, en O Grove, o e en el Hotel Calixto, en Cambados, hoy convertido en una zapatería, que era entonces el centro de reunión de los veraneantes. En esta localidad se dejaba ver por el Café Iglesias, donde un día del año 1910 lo retrató en un cuatro el pincel del rianxeiro Alfonso Daniel Rodríguez Castelao.
También participó en las representaciones de  A Danza das Espadas de Carril (Vilagarcía), creada en el Siglo XVI, o con grupos de baile de Dena (Meaño) y Sisán (Ribadumia). Además del acordeón, tocó la zanfoña, el violín, la gaita y la guitarra, y compuso coplas.
Convertido en una figura popular y muy respetada, don Eugenio, como le llamaban sus vecinos y conocidos, alternaba con la nobleza y el pueblo, y sus interpretaciones se adaptaban al público que tenía acudía a sus actuaciones  
Una canción se convirtió en su emblema, se titula ‘O Xan Pirulé’, y como su contenido podía resultar escandaloso en las fiestas privadas de las damas y caballeros de la clase alta que lo contrataban, se autocensuraba prolongando determinadas notas para no pronunciar aquellas expresiones que pudieran resultar controvertidas.
Eugenio Padín ofrecía otra versión cuando actuaba en romerías y tabernas, donde le gustaba hacerse de rogar antes de interpretar el ‘Xan Pirulé’, sabiendo que, de este modo, las propinas aumentaban. «Estirábase moito e comezaba a cantar cunha voz grave e chea de malicia», cuenta Ramón Cabanillas. Finalmente, acababa cediendo, y al grito de «ajarrase as jaltrupeiras», invitaba a la mozas a bailar y comenzaba la farra.
Su repertorio incluía desde  polkas marchas y piezas solemnes hasta los temas de la música popular, y en muchas ocasiones usaba la misma base rítmica para interpretar distintas letras que improvisaba atendiendo las peticiones que le hacía el público.
A caballo entre dos clases sociales, logró hacerse una pequeña fortuna, y el patio exterior de su vivienda fue el lugar de descanso de la paragüeiros y afiladores de Ourense, que llegaban hasta el O Salnés después de descender O Paraño e internarse por Campo Lameiro y Moraña.
Eugenio Padín fue un ciego autodidacta y viajero en un tiempo en el que horizonde de la mayor parte de sus vecinos era muy reducido y no todos los que se hacían pasar por invidentes lo eran, ya que no pocos impostores se ganaron los favores de la gente cantando en las puertas de las iglesias.
Dejó de actuar en la década de los 30 del siglo XX y falleció el día 17 de mayo de 1939. Su tumba se encuentra bajo un olivo.
«Tañe a difunto en Padrenda/Por agros y corredoiras, tendal de melancolía. /Y llegó el entierro al atrio./El Abad de capa amarilla/dice en latín los responsos/en la negra caja rígida/No hay lágrima, muy poca gente,/la honda cueva de ceniza/huele a mortaja; la campana/sigue sonando... Llovizna/¡Adiós ciego de Padrenda, júbilo de romerías/viejo acordeón de Lores, de Gil, Combarro y Adina!.../¿Cómo solloza el paisaje dándote la despedida!/Ciego de Padrenda, ¡adiós!/ ¡que tengas luz allá arriba!», escribió la poeta Herminia Fariña.