domingo, 13 de enero de 2013

La higuera del recaudador lascivo


cuando acontecieron los hechos que a continuación se relatan, es posible que O Grove fuese una isla. Corría el siglo XV, y la lengua de arena que une este municipio al continente, sobre la que se asienta la única vía de comunicación terrestre, es probable que no estuviese formada.
El profesor de la Universidade de Vigo Gonzalo Méndez concluye que «no hay certeza» de que hubiese sido una isla, califica de «posibilidad» que tal cosa se fuese una realidad, retrocediendo hasta hace 45.000 años.
 El historiador grovense Luis Rei hace mención a diversos documentos, datados en los siglos IX, X y X y relacionados con las donaciones realizadas entre los señores y la iglesia, en los que resulta habitual encontrarse con el término isla referido a O Grove.
Rei apuntala su tesis refiriéndose al mapa del Padre Ojea, del siglo XVII, que se encuentra en el Museo de la Catedral de Santiago, y su vecino Francisco Torres cita el que está depositado en la Casa Museo de Rosalía de Castro, en Padrón. En ambos puede leerse el término isla.
El historiador Caamaño Burnacell defiende la insularidad grovense, mientras que el Padre R. Bluteau habla de una «casi isla» en el año 1754.
Rodeado de agua por todas parte o unida al continente por un itsmo, cuya anchura oscila entre 600 y 1.300 metros, cierto es que hoy, desde lo alto del Monte de A Siradella puede contemplarse este tómbolo y, de haber existido entonces, fue la última estampa que contempló de Don Juan de la Meca antes de que una turba de vecinos encolerizados le colocase una cuerda alrededor del cuello y lo colgase de un árbol.
Dicen las crónicas de la época que tal árbol fue una higuera nacida entre dos grandes rocas redondeadas que parecen estar a punto de echarse a rodar, ladera abajo, en cualquier momento.
Sus ramas retorcidas parecen enredaderas extendidas sobre la piedra y, a primera vista, se diría que está seca.
Sin embargo, las apariencias engañan. «Un lugar sin agua y batido por el viento es el entorno ideal para las higueras, cuyas ramas se pudren pronto, pero tienen una gran capacidad para rebrotar», expone el biólogo vilagarciano Mario Vázquez.

El balanceo. Vázquez no descarta la posibilidad de que alguna rama que hoy puede verse hubiese rozado los ropajes de Don Juan de la Meca cuando su cuerpo se balanceaba colgado del terraplén.
Fuese o no elegida por los grovenses para hacer justicia, A Figueira do Meco, como se le conoce en la actualidad, figura desde el año 2006 en el ‘Catálogo de árbores senlleiras de Galicia’, elaborado por la Consellería de Medio Ambiente de la Xunta de Galicia, junto a 147 árboles y 31 conjuntos arbóreos, «que polos seus valores naturais, científicos, didácticos, estéticos ou paisaxísticos é necesario conservar».
La Camelia Reticulata del Pazo de Oca, en A Estrada, el Ciprés de California del Pazo de Quintáns (Meis), los eucaliptos de Rubiáns (Vilagarcía) y Chavín (Viveiro) o los carballos de Santa Margarida (Pontevedra) y Freán (Xermade), son algunos árboles que cuentan con la misma consideración.
Descritos, someramente, el escenario de los hechos y el árbol elegido por el pueblo, cabe preguntarse cuál fue el motivo del trágico final de Don Juan de la Meca.
 Caben tres opciones: la rebelión popular contra un cobrador que arrasaba a impuestos; el despecho de la población masculina ante la evidencia de que, por su capacidad de seducción o su poderío, el tal señor se acostaba con cuanta hembra le apetecía, o una combinación de ambos factores.
Y para hacerse una idea el significado de la palabra meco habría que remontarse al sínodo celebrado en Cuéllar (Segovia) en el año 1325. «Non serás mecho», se recogió en sus actas, expresión que equivale a una censura del adulterio. A partir de entonces, este término apareció relacionado con otro no menos concluyente, el de fornicador.
«Dissoluto na lascivia» y «luxurioso» son las características con las que adornan en Portugal a la figura del meco, y como es costumbre entre vecinos, en el vecino país se atribuyen en vecinazgo con el susodicho personaje.
Así, el ‘Vocabulario Portuguez e Latino’ (R, Bluteau, Lisboa, 1716), recoge las andanzas de un «minhote que, estando en Galiza, tirou a moitas doncelas a honra», lo que provocó el resentimiento de no pocos gallegos casados.
Cierto es que también los estudiosos lusos atribuyeron a la palabra meco el significado de médico y que en España fue sinónimo de lampiño o trigueño. Y Manuel Murgía lo relacionó con vendedores ambulantes y buhoneros.
Pero la figura más consultada por quienes siguen estando interesados en profundizar en la figura que este personaje popular que nos ocupa fue el Padre Sarmiento, que trató el tema en diferentes ocasiones y siempre con el mismo firme propósito.
«Para tapar la boca y retucar a los polainudos páparos; y aún a los pelucones idiotas que chasquean a los gallegos sin saber lo que dizen», puede leerse en los ‘Escritos sobre el Meco’ y ‘la Cruz de Ferro’, realizados por  el benedictino y divulgados por dos estudiosos de su obra, J.L. Pensado y Clodio F. González Pérez.
‘Meco-Moro-Agudo’ es el título de un trabajo de Sarmiento al que sigue un subtítulo tan amplio como esclarecedor: ‘Epítetos sobre el impostor Mahoma. Por qué los gallegos no pueden ni deben perdonar á Meco’.
Sostiene el virtuoso y docto religioso que la convivencia entre moros y cristianos fue una realidad durante un cierto tiempo de tolerancia por parte de los segundos y en ese contexto debería encajarse la pregunta ¿Perdonaste al meco?
El interrogante tiene su enjundia si en lugar de aplicarla al supuesto arrepentimiento que podría esperarse de quienes nos invadieron y trataron de imponer su religión y costumbre lo que está en juego es mirar hacia otro lado y olvidar que se benefició a nuestras hembras.

Un estudiantón. Es lo que plantea R. Bluteau cuando defiende que el meco fue «un estudiantón que era natural de Meco, junto Alcalá, o que le llamaban Meco de apellido y pasó a Galicia como pasan otros tunantes, y habiéndose insinuado en el servicio de no sé quién, consiguió ser cura de San Martín del Grove, que está casi en una isla».
En una isla o en una península, lo cierto es que este individuo «que habiendo allí manifestado las habilidades se desenfrenó tanto su carnal apetito que vició a muchas mujeres, ya por sugestión, ya por violencia».
Y las cosas acabaron muy mal, porque narra que «irritadas estas, determinaron echarle de este mundo ahorcándole en una higuera» y los autos relativos a este caso se conservan en el archivo de la Audiencia de A Coruña, afirmación que no deja de resultar un tanto atrevida al tratarse de una actuación fuera de la legalidad completamente.
De «fábula mal forjada», cuyo origen no está en Galicia, calificó Sarmiento esta historia, cuyo origen atribuyó a la ignorancia. ¿Quién diría que este chasco es singular y bastante para introducir un chasco tan extendido en España», planteó el religioso.
En uno de sus recorridos por la tierra que estudió antes de marchar a Madrid se acercó hasta el Monte de A Siradella, y la visión de la higuera en la que, supuestamente, respiró sus última bocanadas de aire Don Juan de la Meca le sirvió para reafirmarse en su teoría de que los cuernos no tienen cabida porque el lugar donde se encuentra el árbol resulta inaccesible incluso para los animales.
No satisfecho con todas sus contribuciones, tendendes a la clarificación de este enojoso asunto de la entrepierna, los impuestos abusivos o ambas cuestiones, el erudito trotamundos firma otro escrito en defensa de nuestra honra e imagen en la meseta, titulado ‘Confirmación de que el origen de la fábula del meco y de que el chasco nació fuera de Galicia’.
En este trabajo deja constancia de que el punto de partida de la leyenda fue una superstición mahometana, al creerse que los moros que peregrinaban a La Meca quedaban santificados, y lo que es más llamativo, libres para cometer adulterio sin medida.
Pero el denodado empeño del estudioso benedictino, de nombre Pedro José García Balboa (1695-1772), cuyo nacimiento e infancia sitúa el historiador Calros Solla en el Pazo de As Raposeiras, cuyas ruinas se encuentran en Meilide, (Cerdedo), no apagó los ecos de las supuestas aventurillas de Don Juan de la Meca y de que, muerto o no, su recuerdo sigue muy vivo.

El Corpus. No satisfecho con sus aportaciones, Sarmiento agrega que en el siglo XVIII en la víspera de la festividad de Corpus Christie se organizaba una cabalgata en la que participaban «doce gaiteros, las autoridades; montadas en bestias o facos gallegos; niños con caretas de centollas, choqueiro y la vieja de O Grove que mató al meco». Aquí podría estar la explicación.
La persistencia de su recuerdo, y las controversias,  pueden verificarse en el ‘Diccionario’ de F.J. Rodríguez, publicado en el año 1863, donde, en tono humorístico, se habla de «un portugués, chamado meco, afincado en Galicia, que desonraría a moitas doncelas e acabou aforcado nunha árbore por elas», y más reciente, de 1932, es la obra de teatro titulada ‘O señor feudal ou ¿que matou o meco?’, en la que el grovense Franco Calvete sostiene la misma teoría.
Más reciente es un artículo de Francisco Otero, publicado en el programa elaborado con motivo de la representación de la obra de Calvete, en el año 1948.
Otero sostiene que era un recaudador, pero no podía ser cura porque «al primer desliz grave», en asuntos de materia sexual, la noticia llegaría al arzobispo, residenciado entonces en Cambados, y sería reprimido rápidamente.
Cuestión de fe.

Diario de Pontevedra (12-01-2013)

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