sábado, 9 de marzo de 2013

Dos hermanos en Siberia



 Estimada amiga: Deseo que la presente le sorprenda disfrutando de la más completa salud en compañía de los seres más queridos. Aprovecho la oportunidad para decirle que su esposo y su cuñado continúan en Rusia, si bien confiamos en que pronto les arrancaremos de aquel infierno”.
Una postal con las fotografías de los marineros del ‘Cabo San Agustín’ y una carta enviada desde Toulouse (Francia), por un miembro de la División Azul, llegó a una casa de Catoira en febrero de 1949. Su destinataria, Dolores Figueira, pudo saber que su esposo, José Castañeda Ochoa, y el hermano de éste, Ángel, estaban vivos.
Habían pasado más de siete años desde de la última carta, y trece desde el día en que José, de la UGT, y Ángel, de la CNT, subieron a un barco cuyo destino era un puerto de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Y tuvo que esperar hasta 1954 para verlos llegar a Catoira entre los vítores del vecindario, convertidos por el régimen franquista, en héroes de la División Azul.
La odisea de ambos comenzó en Cartagena, el 25 de octubre de 1936. El ‘Cabo San Agustín’ era un barco de la Compañía Ibarra, de 12.500 toneladas, cuya ruta habitual era Valencia-Buenos Aires, que fue requisado por el Gobierno de la República para transportar oro en monedas y lingotes del Banco de España y regresar con material de guerra.

Atracaron en Odessa y el cargamento llegó a Moscú el 6 de noviembre. El recuento de la carga se hizo con parsimonia. Las autoridades soviéticas provocaron que esta operación se prolongase durante varias semanas para retrasar el regreso de los marineros a España y la noticia del traslado en el que habían participado.
Parte de la tripulación fue repatriada, pero en el grupo no figuraban Ángel y José, que tuvieron que permanecer en Odessa con otros compañeros, habitando casas de alquiler, mientras esperaban el permiso para volver.
Su vida diaria resultaba relativamente cómoda, aunque condicionada por las dudas y la inquietud. Las autoridades supervisaban las cartas que escribían a sus familias, que eran muy escuetas y servían para que supiesen que estaban vivos y poco más.
Pero todo cambió en enero de 1941, a raíz de un confuso incidente por el que fueron detenidos varios marineros del ‘Cabo San Agustín’, acusados de preparar su huida a Rumanía.
Desde ese momento su libertad estuvo estrechamente vigilada, y poco después comenzó una odisea que los llevaría hasta la ciudad de Dodinca, situada 300 kilómetros al norte del Círculo Blanco, en el paralelo 70.
Primero fueron expulsados de las casas que habitaban y concentrados en el Hotel Francia, y durante la madrugada fueron trasladados en unos vagones de uso mixto, que igual eran usados para el transporte de viajeros como de ganado, a la cárcel de Harkov, donde los encerraron en celdas de 20 metros cuadrados sin darles ninguna explicación.
De nada valieron sus insistentes preguntas al director del presidio, y tampoco que le recordasen que muchos de ellos tenían esposa e hijos en España. Su invariable respuesta fue que no sabía nada y les recomendó paciencia porque todo se iba a resolver pronto. Y pronto descubrieron que les había mentido.
De Harkov los llevaron hasta Krasnoyar, en el norte de Siberia, situado en los márgenes del río Yenisei. El viaje duró 21 días, y 20 días después cruzaron el río. Los encarcelaron de nuevo y la espera finalizó cuando les ordenaron subir el vapor ‘Stalin’, con un rumbo desconocido.
Europa estaba en guerra y en el barco coincidieron con un centenar de niños polacos y su profesor, que tampoco sabían hacía dónde se dirigían. Transcurridas varias semanas cruzaron el Círculo Polar Ártico, y en noviembre del año 1941 desembarcaron en Dodinca.
El día 21 comenzaron a trabajar en la construcción de una carretera entre esta ciudad y la localidad de Norilskaya. Quedaron aislados del resto del mundo por una gigantesca pared de hielo.
Tuvieron que soportar temperaturas de 40 grados bajo cero. Durante los tres primeros meses, ocho murieron víctimas del frío, en los años siguientes fallecieron otros once, cinco fueron secuestrados, y nada se supo de ellos, mientras que seis firmaron los documentos que les permitieron quedar en la URSS y convertirse en ciudadanos soviéticos. Uno fue trasladado y los restantes fueron sustituidos por otros más jóvenes y fuertes.
Ángel y José figuraban entre los 19 supervivientes. No tuvieron que declarar ante un tribunal, civil o militar, ni tampoco lo hicieron sus compañeros del barco ‘Cabo San Agustín’, no fueron condenados por delitos políticos o comunes y tampoco eran refugiados ni delincuentes.
Otro giro de los acontecimientos, tan incomprensible para ellos como los anteriores, los llevó hasta Turkestán, y cabe imaginarse su sorpresa cuando se vieron en medio de los miembros de la División Azul, que había enviada por Franco desde España para participar en la fallida invasión a la URSS al lado del ejército de Adolf Hitler.
Fue así como el anarcosindicalista Ángel y el socialista José comenzaron a convivir con voluntarios movidos por la ideología, republicanos que querían borrar su pasado y mercenarios atraídos por unos salarios similares a los de los soldados alemanes.
En el relato que los descendientes de los hermanos Castañeda Ochoa hicieron a Pepe Dios, en cuyo libro ‘Aquela xente de Catoira’ está documentado este reportaje, se produce un vacío. El hilo de sus vivencias se retoma en 1953, el año en el que falleció Iósif Vissariónovich Stalin, en una casa de campo situada a 15 kilómetros de Krylatsskoye.
Con la muerte del dictador, Georgy Maximilianovich Malenkov puso fin al régimen de terror sistemático del que había sido su cómplice. La amnistía aprobada por su gobierno permitió a millones de prisioneros retornar a sus hogares, y los extranjeros  vieron próxima la hora del regreso.
La máquina de la propaganda seguía funcionando, y para que causasen una buena impresión ante sus familiares, conocidos y amigos, primero pasaron por un campo de reposo, en el que recuperaron fuerzas y ganaron algunos kilos, aunque su fortaleza ya había quedado sobradamente acreditada al haber superado las penurias a las que se vieron sometidos.
Primero fueron repatriados los italianos, austríacos, franceses y alemanes. Y después les llegó el turno a los españoles. En el mes de marzo, Ángel y José subieron a un tren en Vorochilograd, en el que cruzaron un río Nieper salpicado de icebergs e islotes de hielo.
El tren entró en la estación de Odessa. Un barco con la bandera de Cruz Roja, el ‘Semiramis’, los estaba esperando. Fue entonces cuando asimilaron que su pesadilla había finalizado, aunque estaban a miles de kilómetros de Catoira.
Los soldados soviéticos mandaron formar a quienes habían sido sus prisioneros. Uno a uno, fueron llamados. Unos temblaban, otros rompieron a llorar y todos estaban pálidos. Y se hizo un silencio que estalló en mil pedazos cuando el barco levantó las anclas y arrojaron al mar sus gorras.
Niños de la guerra, soldados de la División Azul y republicanos componían una tripulación que escuchó emocionada Radio París cuando comenzaban a divisarse en la lejanía los minaretes de las mezquitas de Estambul.
Desde el puerto partió una lancha a su encuentro en la que viajaban el embajador de España y varios periodistas de la prensa amarilla. Hora y media después se reanudó el viaje. El ’Semiramis’ bordeó Grecia y Sicilia.
Radio Barcelona retransmitió en directo la llegada y varios tripulantes pudieron hablar con sus familias a través de las ondas. Eran las 17.35 horas del día 2 de abril de 1954. El cielo estaba claro y luminoso.
Decenas de pequeñas embarcaciones escoltaron su entrada en el puerto, donde les dieron la bienvenida el ministro del Ejército, Agustín Muñoz Grandes, y el secretario general del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta.
Después tuvieron que asistir a una misa de acción de gracias en la basílica de la Merçé. Madrid fue el siguiente destino de una parte de la expedición, en la que figuraban ambos. La noticia estaba en la portada de los principales periódicos, y varios catoirenses que vivían en la capital sabían que en el grupo había dos vecinos.
Jesús Dios, conserje del Instituto Nacional de Previsión, envió a un subordinado suyo, y catoirés como él, Pepe Campaña, a recibirlos a la Estación del Norte. En este lugar tuvieron que formar por última vez, mientras un mando pronunciaba sus nombres. Quedó asombrado al ver sus rostros asustados y sus caras consumidas.

En la estación, un locutor daba la bienvenida a los exprisioneros a través de la megafonía como si se tratase de héroes que regresaban a la patria después de haber conseguido una gran victoria, cuando unos y otros, republicanos y franquistas, volvían derrotados.
La colonia catoirense en Madrid los acompañó el día siguiente en una comida celebrada en su honor en El Mesón de Fuencarral.
Ricardo Dios fue el anfitrión, y Ángel y Luis fueron los protagonistas de una fiesta que se celebró en un escenario por el que, antes y después de la recepción, pasaron personajes como el expresidente de Italia Sandro Pertini, Juan Carlos I, Alexander Fleming, Severo Ochoa o Willian Hilton.
También había una pancarta dando la bienvenida a los repatriados en la estación del tren de Catoira, y cientos de vecinos acudieron a su encuentro.
El gobierno les dio un empleo a los dos, ambos evitaron hablar de su epopeya, y José vivió el resto de sus días con el recuerdo del hambre royéndole y la obsesión de que en su casa no se desperdiciase ni el más pequeño trozo de pan reseso.

Diario de Pontevedra (03-03-2013)

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