jueves, 9 de mayo de 2013

El camarero de Sándor Kocsis



Pasó la punta del dedo pulgar de la mano derecha por el cuello, dibujando un gesto usado habitualmente como una amenaza de muerte, y le dijo que puede llegar un momento en el que ya no valga la pena seguir viviendo. La escena se produjo mediada la década de los 70 del siglo XX en un bar de Barcelona. Su autor fue Sándor Kocsis Péter y Pepe Vázquez Outeda, el único testigo.
     Los hijos lo acompañaban desde su casa hasta el establecimento de su propiedad, y su mesa del Bar Kocsis se encontraba frente al tirador de la cerveza. ‘Ven para aquí’, le pedía. Y el exjugador del Fútbol Club Barcelona compartía con un joven de Meis salchichas con paprika, una pimiento picante de color amarillo que le traían sus compatriotas de Hungría.
Pepe llegó hasta allí llevado por el destino. Durante tres años fue el camarero de Koscis, sirvió copas a László Kubala y Zoltán Czibor, compartió noches de diversión con Ortiz Aquino y Gato Fernández, y no los vio jugar nunca al fútbol. Hoy, con 58 años, le aburre tanto como entonces, afirma rotundo.
Decidió que no había nacido para estudiar, y a los 15 años le pidió a sus padres que lo dejasen acompañarlos en su viaje de retorno a Basilea. El director de la empresa de construcción en la que trabajaban, que viajaba regularmente a Galicia en busca de mano de obra, despejó sus dudas y le dieron una respuesta afirmativa.

«Quería coñecer mundo», explica Pepe Vázquez. Tres años en la escuela del país helvétivo le permitieron aprender alemán, francés e italiano. En 1974 sus padres regresaron definitivamente a O Mosteiro y Pepe se marchó a Barcelona para trabajar en la hostelería. «Daquela non sería capaz de sinalar co dedo onde estaba esa cidade», reconoce.
Sin la menor experiencia, comenzó como ayudante de camarero en un restaurante de Segur de Calafell (Taragona), propiedad de un holandés. En este establecimineto, situado en primera línea de playa, sirvió a personajes como Johan Cruyff, Tony Ronald, Julio Iglesias o Peret.
Fue fugaz su paso, porque le atrajo más una tienda de venta de prendas de piel, situada en la misma localidad, donde además de sacarle partido a su conocimiento de tres idiomas (cinco sumando el castellano y el gallego) también se esforzó por asimilar las expresiones básicas para comunicarse con clientes de nacionalidad yugoslava, además de aprender el catalán hasta dominarlo.
Finalizado el verano, comenzó la invernía en una localidad eminentemente turística, como  Segur de Calafell, y siguiendo las centenares de ofertas de trabajo que publicaba el periódico ‘La Vanguardia’, llegó hasta un bar de Barcelona, situado en la esquina entre las calles París y Villarroel, que solicitaba un camarero. Bar Kocsis, se llamaba.
A Pepe Vázquez no le llamó la atención el nombre, ni sabía que el F.C. Barcelona había ganado dos campeonatos de liga y una copa con la persona que iba a convertirse en su jefe y, posteriormente, en su confidente, en el centro del ataque, o que por enconces era considerado el mejor cabeceador de la historia del balompié.
Las cosas ya no iban bien entonces y el restaurante, ubicado en la parte superior del establecimiento, había sido cerrado. A él le correspondió atender un bar de unos cuarenta metros cuadrados de superficie.

Además de servir bebidas, elaboraba tortillas aprovechando las puntas de los embutidos que no cortaba la máquina, las raspas del jamón que le sacaba al hueso y pimiento. Mientras la preparaba, su  aroma salía a través de un tubo al exterior, impregnando la calle de un olor que era el mejor reclamo.
Eran uno tiempos en los que la rivalidad deportiva con el Real Club Deportivo Español no suponía el menor obstáculo para que aquel santuario blaugrana fuese la estación de paso habitual de dos jugadores del equipo blanquiazul.
Uno era Ortiz Aquino, que se pasaba tardes enteras jugando al fútbolín, y con su salario pagó los gastos de estancia de tres primos, uruguayos como él, que cruzaron el charco con la ilusión de triunfar y alguno de ellos lo intentó en Australia al no conseguirlo aquí. Otro fue su compatriota Gato Fernández, que también vistió la camiseta del Español.
El bar de Los Tres Sudamericanos era uno de los destinos habituales de este grupo, que esperaba a que cerrase el bar para que Pepe se uniese a la juerga. Ni regalándole invitaciones fue capaz Ortiz Aquino de convencerlo para que fuese a verlo jugar al estadio, que se encontraba en Sarriá.
La hora de salida era siempre relativa y a menudo sucedía que cuando se preparaba para hacerlo irrumpía el el bar Kubala, acompañado por agentes del negocio del fútbol y casi siempre con una copa de más. El excompañero de Kocsis en el F.C. Barcelona y selecionador español entonces encadenó una larga perorata cuando tres chavales se sorprendieron al verlo entrar tambaleándose.
«Dixo que era un home feito a si mesmo e soltou una sarta de disparates», recuerda. Ni Pepe Vázquez ni los chicos sabían que aquel desabrido carácter se forjó en un campo de refugiados de Roma, tras la II Guerra Mundial. Se llamaba Cinecittá, y durante varias décadas fue el escenario donde se rodaron miles de películas.

Tampoco que junto a Kocsis y Czibor, aprovechó su estancia en Viena para no regresar a Hungría. A Pepe Vázquez, Águeda le contó de las penalidades que había sufrido para huir de su país, invadido por el ejército de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1956, embarazada y con un hija de la mano, y reencontrarse con su esposo en Barcelona.
Cuando llegó al Bar Kocsis seguían siendo tiempos de gloria, pero el fútbol no dejaba entonces los dividendos económicos actuales y en el ambiente se percibía un aire de resignación y fracaso.
Quien había sido la estrella del F.C. Barcelona y de la selección de Hungría, con la que conquistó un subcampeonato del mundo siendo el máximo goleador, tuvo que prescindir de las personas del servicio doméstico y se desplazaba en un Seat 850 de color naranja.
Pepe Vázquez recuerda a un hombre que necesitaba apoyarse en un bastón, cuyos hijos ninguneaban, y del que se convirtió en su confidente. Fue el encargado de acompañar a su hijo, Sandro, en sus primeras incursiones por la noche barcelonesa.
¿Te acuerdas, Kocscis?, escuchó una y otra vez de sus excompañeros y admiradores que lo visitaban. Al exfutbolista le habían cortado la parte delantera de un pie engangrenado y fue operado del estómago. Pepe Vázquez dejó el bar en 1978 y regresó a Galicia.
Se encontraba en la casa de sus padres de Meis cuando su vista se fijó en un periódico que había traído su cuñado, un futbolista pontevedrés conocido por el nombre de Jimmy que, pasado el tiempo, se convirtió en el alcalde del municipio, José Luis Pérez Estévez.
‘Sepelio de Kocsis’, decía el titular. En un cuerpo de letra más pequeño, precisaba que se había suicidado tirándose por la ventana de un hospital donde luchaba contra un cáncer. Sucedió el 22 de julio de 1979. Tenía 49 años cuando cumplió la decisión que le había adelantado a Pepe Vázquez.



 Diario de Pontevedra (05-05-2013)

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