domingo, 16 de junio de 2013

Amor y tragedia en tres actos


Cuando el amor llama a la puerta, de poco o nada vale resistirse a abrirla. La fuerza que empuja a dos seres humanos a buscarse casi siempre supera todos los obstáculos, y cuando las dificultades frustran las relaciones, se produce la tragedia. Tres romances fueron el origen de cuatro suicidios. Sucedió en el municipio de Catoira durante la mitad del siglo XX.
    Su novio pudo haber sido de raza gitana, como lo era ella, o un payo. Lo cierto es que nadie en Catoira podría precisarlo, tanto como que ningún vecino olvidó el acontecimiento protagonizado por Doménica Borja Ferranguela.
Con 19 años, el mocerío del pueblo solo tenía ojos para ella, y Doménica se enamoró de un joven con el que quiso casarse, encontrándose con la férrea oposición de su padre. Trató de convencerlo con todos los argumentos posibles pero fue inútil su empeño.
Un día se dirigió a la taberna de Roxa, compró varias cajas de cerillas y caminó hacia As Torres, donde les arrancó las cabezas antes de comérselas, provocando una intoxicación que acabó con su vida.
Depositaron su cadáver sobre unas pajas en el corral de Ramona de Claudio, por el que pasaron los consternados catoirenses para velar su cadáver y llorar su temprana pérdida.
Su padre, que no podía imaginarse las funestas consecuencias de la negativa, tuvo que superar la resistencia de la Iglesia para que fuese enterrada en el cementerio parroquial, donde entonces le estaba negado un lugar a quienes se quitaban la vida.
En este lugar se encuentra hoy una lápida sola, limpia, cuidada y adornada con rosas, sin ninguna compañía, porque el resto de los difuntos fueron trasladados al nuevo cementerio de Barral.
En la lápida puede leerse: ‘Doménica Borja Ferraguela, fallecida el 27 de julio de 1945 a los 19 años de edad. Es propiedad perpetua’. «Mesmo agora recordan aquel rostro anxelical alomiñado polos raios que procedían das rendixas do tellado», expone Pepe Castaño en su libro titulado ‘Aquela xente de Catoira’, (Teófilo Edicións), en el que se ilustra este reportaje.

‘lIBERTAD’. Días después fueron a recoger un bote, llamado ‘Libertad’, que permaneció en el litoral de la parroquia de Bamio (Vilagarcía), donde lo había dejado amarrado Alfonso, cuya relación con Nieves Figueira no fue aceptada por los padres de ésta, que no llegaron a imaginarse las consecuencias que puede provocar la interferencia entre dos personas que se quieren.
    El día 29 de diciembre del año 1940, Nieves subió a la barca que  era utilizada habitualmente por los vecinos de Rianxo para cruzar el río Ulla y desplazarse hasta Catoira, donde vivía su amado. En esta localidad intercambió unas palabras con su sobrina Tita, y le comentó que se dirigía hasta el vecino lugar de Bamio para arreglar unos asuntos familiares.
    No entraron en detalles y la breve charla finalizó con una cordial despedida.
Alfonso preparó los aparejos de pesca y dispuso todo lo necesario para salir de pesca en el barco de su tío. Navegó lentamente río Ulla abajo hasta llegar hasta su destino, el mismo de Nieves, que lo estaba esperando en el lugar y la hora convenidos.
Cabe suponer que mantuvieron una desesperada conversación y que se besaron y abrazaron antes de echar a andar hasta llegar hasta la vía del ferrocarril.
A la altura de O Garandoiro se sentaron, hasta que el sonido que anunciaba la llegada del tren interrumpió sus últimas palabras.
En el atardecer de aquel 29 de diciembre, como sucedería en cualquier aldea, una noticia transmitida de boca en boca recorrió en un momento todo el municipio: una pareja había aparecido destrozada al haber sido arrollada por un tren.
Quienes sabían del incomprendido romance que protagonizaban enseguida ataron cabos y llegaron a la conclusión de que el origen de la tragedia no había sido un accidente. Nieves tenía 23 años y Alfonso, 25.
La embarcación quedó atada a una piedra. «Premonición ou non, o certo é que esa parella decidiu facer uso da liberdade para continuar xuntos para sempre», concluye Pepe Dios.

EL TREN DE LAS CINCO. «Querida Mercedes: Cuando veas pasar el tren de las cinco, yo ya estaré muerto. te quiere, y se despide para siempre. Gervasio». Este mensaje llegó a las manos de Mercedes Arriaga un día de mediados del siglo XX. Tardó poco tiempo en comprobar que era verdad.
    Por esas cosas que depara la vida, algunos padres pretenden decidir sobre el destino y los sentimientos de sus hijos como si de una propiedad particular se tratase y, en más de una ocasión, las consecuencias de su empeño resultan funestas.
Fue el caso de Gervasio Taibo, a quien su padre, un hombre muy autoritario, corpulento y de fuerte complexión, que trabajaba de submarinista en Obras del Puerto (posteriormente Autroridade Portuaria) de Vilagarcía, no aprobó su petición de boda.
No le gustaba la mujer con la que había decidido compartir su vida su hijo. Mercedes no era la típica chica de la época, condenada a vivir entre cuatro paredes un papel secundario en una triste España nacionalcatolicista, cuyos valores morales arrinconaban a las mujeres.
Gervasio no quiso resignarse, y una subió hasta lo alto de la parroquia de Abalo. A la altura del mirador se tiró sobre los raíles del camino de hierro. Unas vendedoras de pescado que iban en la parte delantera del tren presenciaron la horrible escena.
Los primeros en acudir al escenario de la tragedia fueron los operarios de una cantera que hasta unos momentos antes habían sido compañeros de trabajo de Gervasio y unas vecinas que estaban cogiendo patatas en una finca próxima. El cadáver fue depositado sobre un banco de piedra en el que permaneció durante mucho tiempo el rastro de su sangre.

las coplas. Por Catoira circularon unas coplas populares adaptadas a este suceso. Una estrofa: ‘Tú bien sabes que muero por tí/tú bien sabes que muero por nuestro amor/tú bien sabes que fueron nuestro padres/la causa de nuestra separación’. Otra: ‘Por último te hago saber/que me pongas en mi tumba un ramo de ciprés/para que te acuerdes del 20 de marzo/de mil novecientos cincuentaitrés’.
El día anterior al suicidio, el Catoira disputada un importante partido de fútbol en el campo de As Lombas. Gervasio Taibo fue uno de los numerosos espectadores que acudieron a la cita e incluso se encargó de echar una bomba de palenque.
Nadie podía imaginarse tragedia que iba a protagonizar el día siguiente. Su padre pudo imaginarlo porque él le advirtió de que acabaría con su vida, pero no lo creyó capaz de cumplirla.

Diario de Pontevedra (01-05-2013)

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