viernes, 27 de diciembre de 2013

Un pianista en el océano

Decidió largarse después de haber dormido varias noches con un cuchillo debajo de la almohada. Subió a un avión en Argel que lo dejó en Santiago. Pablo Dovalo no podía imaginarse que la música pudiera llegar a envolverlo en una situación tan delicada cuando se comprometió a aprender a tocar el acordeón. Ni que iba a cruzar el Atlántico en un barco amenizando las veladas de los pasajeros.
De su padre, el exalcalde de Meaño Miguel Dovalo, heredó la afición por la música, que manifestó cuando se puso al teclado de un harmonio fabricado en París que sonaba en la iglesia. Tenía poco más de diez años, hacía tres que había comenzado a aprender solfeo, y un vecino le recomendó al regidor que apostase por su carrera musical. «Es una pena que no toque el acordeón», le dijo.
Miguel Dovalo llamó a Pablo y le hizo saber que le compraría un acordeón si se empeñaba en serio porque era un instrumento muy caro. El chaval le respondió afirmativamente y le encargaron uno a Poceiro, que entonces los fabricaba en Lérez (Pontevedra).
El padre de un amigo tomó la misma decisión y ambos cargaron con el instrumento en sus bicicletas para desplazarse desde Meaño hasta Cambados y asistir a las clases que impartía el profesor Ángel Losada, en las que también perfeccionó el piano.
Y con 18 años entró en la orquesta Iris, de Cambados, en la que permaneció hasta que decidió fundar el grupo Los Brillantes de Meaño. Se hicieron llamar así en alusión a sus llamativas chaquetas. Pero ese nombre no era el original, y tuvieron que adoptarlo ante la reclamación de otro grupo de A Coruña que había registrado antes el suyo original, Los Diamantes.
Carpinteros, albañiles y canteros ensayaban al salir del trabajo y se desplazaban en una furgoneta DKW, llena hasta reventar, de cuya parte superior salió despedida más de una vez alguna pieza de la batería en sus viajes por unas carreteras sinuosas y empinadas. Era la década de los sesenta. Empezaban a sonar El Dúo Dinámico, Elvis Presley o Nino Bravo.
Pero la música dejó de ser un complemento cuando un amigo le propuso que se enrolase como músico en uno de los barcos de pasaje que hacía la ruta entre Galicia y América. Fue así como se convirtió en el pianista de la orquesta del ‘Cabo San Vicente’, que se desplazaba desde Bilbao hasta Canarias y Génova antes de surcar el océano y hacer escalas en Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires.
Poco trabajo, mucho tiempo libre y ligues. «Estábamos solteros y era una buena vida», reconoce Pablo Dovalo. Llegó a ingresar 18.000 pesetas al mes en el año 1961, un salario superior al mínimo interprofesional que ingresaban millones de trabajadores españoles dos décadas después.
«El piano era de cola y, como la batería, estaba atornillado al piso del barco y el violinista apoyaba su espalda en él cuando había golpes de mar para no salir disparado», recuerda Dovalo mientras se ríe.
En Buenos Aires o Río de Janeiro el barco se convertía en un hotel flotante durante sus escalas, en las que compartían las sesiones musicales con orquestas de la ciudad. Cambió de barco para conocer más mundo, y en la motonave ‘Guadalupe’ visitó Usuhaia y Tierra de Fuego, dobló el Cabo de Hornos, hizo alguna incursión en Nueva Jersey y Filadelfia y tuvo una novia fugaz en Boston.
Tuvieron la oportunidad de conseguir unos ingresos extras con la compraventa de coñac, tabaco, café o prendas de ropa, pero fue solo una actividad anecdótica porque no era el dinero su preocupación ni la de sus compañeros entonces, comenta Pablo Dovalo, cuya vida dio un nuevo giro cuando se encontraba de vacaciones.
Un día lo invitaron a formar parte de la Orquesta Florida, que figuraba en la elite gallega con Montes, Los Trovadores y Los Satélites. Las 18.000 pesetas se convirtieron en 80.000 y se compró un Seat 1500 con cuatro faros delanteros, el primero que se vio por Meaño. De los viajes en furgoneta pasó al autobús con conductor.
Eran trece músicos de distintas edades y con inquietudes diferentes, y comenzaba a imponerse la tendencia a formar conjuntos. Uno de su compañero, Enrique Iglesias, decidió formar uno. Él lo acompañó, al igual que otros tres compañeros. Así nació en Pontevedra un grupo que iba a marcar una época, Los Microns.
«Empezaba a sonar la música de Inglaterra y Estados Unidos, Los Beatles estaban muy en boga», comenta Dovalo. Los inicios fueron arrolladores: jóvenes, atrevidos y con el pelo largo, rompieron moldes y firmaron un contrato para tocar durante seis meses en Argelia.
Corría el año 1970. Hicieron el viaje desde Alicante hasta Orán en un avión de una hélice Rolls Royce. Antes habían firmado un contrato en el que figuraba que nadie se responsabilizaría de lo que les pudiese ocurrir.
Y pasó lo que era previsible. Que en entre el personal hotel donde estaban alojados y actuaban trabajaban varias chicas de nacionalidad argelina, la atracción fue mutua y comenzaron los encuentros íntimos. A Pablo no le gustaba lo que estaba sucediendo. «Algunos se pasaron veinte pueblos», asegura.
Tampoco se quedaron de brazos cruzados algunos jóvenes compatriotas de las chicas, y varios de sus compañeros pudieron comprobarlo porque acabaron tirados delante de las puertas de sus habitaciones después de haber recibido unas soberanas palizas. «Uno estaba casi muerto, apunta.
Habían pasado cuatro meses, dormían con un cuchillo debajo de la almohada, y fue entonces cuando Pablo Dovalo decidió dejarlo. «Me piro para España, me dije». Desde Santiago hizo dedo para llegar hasta su casa.
La música volvió a convertirse en su afición. Con 72 años, forma parte de Amigos do Acordeón Rías Baixas. A su lado está Ignacio Varela, el chaval con el que hizo el recorrido en bicicleta desde Meaño hasta la academia de Cambados con el instrumento a cuestas.


Diario de Pontevedra (08-12-2013)

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