sábado, 23 de febrero de 2013

De la locomotora de vapor al AVE



«Mi padre, que era bajito como yo, siempre iba a la cola, y como sabíamos que pasaba por delante de nuestra casa, mi hermana y yo bajábamos a la puerta. Él se paraba a darnos unos besos y después tenía que apurar el paso».
    Jesús Ameneiro López recuerda a José Ameneiro Bustelo, al que la Guerra Civil cogió en Monforte,  donde fue militarizado y desfiló con un mosquetón cuando trabajaba en el Ferrocarril del Oeste de España.
    José se libró del servicio militar porque su padre, Jesús Ameneiro Tarrío, registró su nacimiento el 1 de enero de 1911, cuando había sido el 31 de diciembre de 1910. Quedó fuera del cupo pero vistió el uniforme, como era su ilusión, aunque fuese muy poco lustroso.
 De la locomotora de vapor al AVE, la historia del ferrocarril en Galicia corre paralela al apellido Ameneiro. Jesús Manuel Ameneiro Piña, hijo de Jesús, es el cuarto representante de la familia.
Nacido en el año 1870, Jesús Ameneiro Tarrío ingresó como alumno meritorio de la Compañía Inglesa, y a los 17 años era factor en la estación de Cornes (Santiago). Corría el 1887, y el primer tren había partido 14 años antes con destino a Carril.
Los detractores del caballo de hierro clamaban a los cuatro vientos que provocaría incendios, las vacas no darían leche, las gallinas no pondrían huevos y el paso por debajo de los túneles causaría enfermedades a los viajeros.

Rubiáns. Rubiáns fue siguiente destino, y lo que hoy es una parroquia de Vilagarcía fue un fugaz concello, durante los años 1013 y 1914, cuyo rango le venía dado por el imponente pazo del Marqués de Aranda y Señor de Rubiáns.
Su influencia justificó la existencia de una estación tan próxima a la de Carril, donde siguió su periplo, y como jefe de la misma dio el aviso de entrada el tren en que viajó Alfonso XIII cuando la aristocracia estaba empeñada en que el monarca construyese un palacio en la isla de Cortegada.
También vivió la prolongación del tendido ferroviario hasta Pontevedra, en 1899. Su esposa, conocida como la señora Pepa, regentó la cantina, y su hermano Jesús lo sustituyó como jefe de estación cuando falleció, en 1923.
José, su hijo, tenía 13 años, y también fue alumno meritorio de la Compañía Inglesa, que gestionaba el ferrocarril en Galicia. Inició su periplo como factor en carril, con 18 años, y después fue trasladado a Vigo y Ávila, donde se casó en 1931.
Un año después, la Compañía Inglesa fue absorbida por Ferrocarriles del Oeste de España y José fue destinado al área de transmisiones de uno de los nudos ferroviarios más importantes de Galicia, el de Monforte.
Jesús tendría que haber nacido en esta localidad lucense, pero su padre quiso que tanto él como su hermana abriesen sus ojos por primera vez al mundo en Carril, desde donde los llevaron hasta Monforte.
Allí los encontró el estallido de la Guerra Civil. «Mi padre me llevaba a la estación, donde veía pasar los trenes cargados de soldados», comenta Jesús. «Sobre unas plataformas cargaban aviones de pequeño tamaño que, creo, trajeran de Inglaterra. Me quedaron grabados aquellos recuerdos de cuando era niño», agrega.
La estación de Atocha, en Madrid, fue su siguiente destino, en el que permaneció durante unos meses del año 1940 para regresar a los talleres que la empresa abrió Vilagarcía, donde se jubiló en 1968, pero relación entre la familia Ameneiro y el tren tuvo continuidad a través de él.
Jesús era ayudante de oficial de soldador en 1954, y comenzó su andadura en A Coruña con un sueldo de 18,75 pesetas que no le llegaba para pagar la pensión, aunque sus apuros quedaron solucionados en unos meses, cuando encontró destino en Vilagarcía.
Jesús llegó a tiempo para ser testigo de la intervención protagonizada por el cardenal Quiroga Palacios, que exhortó al cerca de medio millar de trabajadores a seguir por los caminos de la fe.
El improvisado púlpito de su homilía, que tuvo lugar durante la Semana Santa, fue un vagón en fase de construcción, destinado a un alto mando de la empresa, que bautizaron los ferroviarios con el nombre de El Vaticano.
Renfe se hizo con Ferrocarriles del Oeste. Torneros, fresadores, ajustadores, soldadores, caldereros, carpinteros y pintores se encargaron de los vagones que circularon por España durante varias décadas, mientras la actividad era constante en la estación, por la que iban y venían los mozos, enganchadores, factores y almacenistas.
Jesús vivió los años de esplendor y declive, que comenzaron con el cierre de los talleres de Monforte y Vigo, cuyos trabajadores se trasladaron al de Vilagarcía. Las puertas cerraron en el año 1992. Jesús Manuel estudio en la Escuela que tuvo la Renfe en Bamio (Vilagarcía), pasó por la estación de Irún y trabaja en Vigo. Es electricista. El último eslabón de la cadena.

Diario de Pontevedra (10-02-2013)

En una noche de primavera de 1971



«Me abordaste cuando tenía trece años y estudiaba en las filipenses. Siempre iba a compañada de alguna amiga y no sé qué cara se me pondría. Te acercaste para decirme que venías con buenas intenciones», recuerda Lucy.
«Hasta entonces, no había sentido un interés particular por nadie. Me dedicaba a pasear, ir al cine y hablar con mis compañeros, porque los salesianos casi no nos dejaban», responde Juan.
El encuentro entre una vilagarciana de 13 años y un chico de 17 de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), cuyos nombres no se corresponden con los reales a petición de ambos, se produjo en un anochecer de marzo de 1971, bajo la luz fluorescente de las farolas de la Praza de Galicia de Vilagarcía.
«Venía lavadito, después de haber hecho los ejercicios espirituales en Santiago. Te vi diferente, distinta a las demás, y te pregunté si podía acompañarte. Estabas un poco tiesa», agrega Juan.
 «Siempre fui reacia a comprometerme con alguien, aunque algunas compañeras de mi edad ya tenían novio», puntualiza Lucy.
Pasearon durante media hora, él le preguntó si podrían volver a verse, y se despidieron. De la Alameda a Vista Alegre, los paseos se repitieron.
«Me sentía muy bien a su lado, era rubio, alto, muy formal y serio», apunta Lucy. Un día bailaron en el Mercantil, que se encotraba en el salón de actos de la casa de cultura de la calle Rey Daviña.

El fin de curso. Llegó el fin de curso y el motivo de la estancia de Juan en Vilagarcía, estudiar durante tres años formación profesional en el colegio de la Renfe de Bamio, que le garantizaban trabajo en Renfe. «No hubo lágrimas en la despedida», coinciden ambos.
Se cruzaron algunas cartas. Regresó en la última semana de junio de 1972, poco antes de iniciar el servicio militar. El Xardín de Ravella fue el escenario del reencuentro, y pasearon durante tres días por la carretera de la playa.
Lucy lo acompañó hasta la estación y se dijeron adiós sin un beso. «No había llegado a Rubiáns cuando llegué a la conclusión de que había hecho el tonto. Sentí que me había enamorado. Me metí en el servicio, cogí una toalla de papel y escribí lo que sentía. Me cayeron las lágrimas», dice Juan.
 Sin tiempo que perder, plasmó en un papel la petición de convertirse en su novio. Las horas se le hizo eternas esperando la respuesta mientras cumplía con la patria en Alcalá de Henares (Madrid).
Y ella le dijo no. «Entonces la mili duraba cuatro años, había que guardar las ausencias, pensé que podía irse con otra chica y no quería dar un paso en falso. La sensatez se impuso a los sentimientos», explica Lucy.
Pero él siguió ocupando sus pensamientos. «Siempre decía, Juan haría, Juan, diría... Inconscientemente, lo comparaba con los chicos que conocía, y todos salían perdiendo», reconoce. «Me sentía de otro planeta», agrega.
La relación pudo haberse reanudado seis años después. Juan le preguntó si tenía alguna posibilidad antes de comprometerse con otra chica y la respuesta fue negativa de nuevo. «Tuve vergüenza de haberlo rechazado y le dije que no otra vez», justifica Lucy.
Tres cartas certificaron el final del sueño que comenzó en una noche de primavera. El último tren había partido, pero el destino parecía haber escrito otro epílogo.
La vida llevó a Juan de la estación Toledo a la de Madrid, donde trabajó hasta 2011. Lucy abandonó los estudios de Filosofía y Letras en Santiago y trabajó de administrativa en Vilagarcía. «No lo olvidé ni un solo día, y lo di por perdido». Los dos formaron sus familias y tuvieron hijos.
Además de haber sido el escenario de los primeros años vividos lejos de sus padres, con el paso del tiempo, Galicia también se convirtió en el destino de vacaciones de Juan y su familia. Después de varios veranos en O Grove, decidieron visitar en Vilagarcía.
¿Pudo haber actuado el subconsciente al adoptar la decisión? Él explica que a todos les convenció la cercanía de la playa, que no es tan atractiva como la de A Lanzada pero tiene la ventaja de que no es necesario desplazarse en coche. Alquilaron un piso y fijaron la fecha, el día 28 de julio de 2011.
Y el 15 de julio encendió el ordenador, entró en Google y escribió su nombre. «Vi una foto suya en O Faiado da Memoria y envié un mensaje titulado ‘Hace 40 años’, aunque habían transcurrido 39. Quería ponerme en contacto con ella». Su acción desencadenó un torrente de sentimientos.
Aquel día, Lucy venía de la playa y se detuvo a charlar con Flory, una amiga que vende el cupón de la Once muy cerca de donde estuvo el Mercantil. «Me sonrió de oreja a oreja cuando le dije que el día estaba muy bonito». «Te va a parecer más bonito cuando te diga algo», le anticipó Flory.

La pregunta. Lucy supo que Juan había preguntado por ella y que vendría a Vilagarcía. «Empecé a saltar como Penélope Cruz en la ceremonia de los Oscar». Nada le importó la sorpresa de los viandantes en una calle céntrica y peatonal.
«Lloré de angustia y ansiedad». Se tomó su tiempo para recapacitar, conectaron a través del correo electrónico, no quiso perder la oportunidad de sincerarse. Por medio del ordenador, recuperaron la relación epistolar que habían mantenido, le dijo que había sido una gilipollas, y se abrió un paréntesis repleto de interrogantes.
Juan pretendía aprovechar la ocasión para saludarla, en compañía de su familia, y hablar de los tiempos pasados, pero Lucy estaba convencida de que la llama del amor se reavivaría si volvía a verlo. «Siempre estuvo latente, y muchas veces, a flor de piel».
Ella era un mar de dudas cuando se dirigió al lugar que ocupa habitualmente de la Praia Compostela. Leía y escuchaba música cuando una familia se instaló a su lado. Supo enseguida que era él. «Me puse boca abajo y metí la cabeza en el libro».
Pero no pudo mantener oculta su identidad porque el hijo de una amiga, que se acercó a ella, dijo su nombre. Juan lo escuchó y dedujó que podría ser ella, porque en una ciudad de 36.000 habitante pocas mujeres se llamarán Lucy.
Comenzaron a cruzarse las miradas, que lo dijeron todo y, con algunas variantes, se repitió la situación los días siguientes.
A la vuelta de las vacaciones, Juan buscó una excusa para regresar a Vilagarcía. Desde Santiago le envió un mensaje. Se citaron en el piso de Lucy. Como en la última oportunidad que estuvieron juntos, esperó a que saliese del trabajo paseando cerca del mar.
Ella le envió un mensaje cuando llegó a casa. «Y no me contestaba». «Serían los nervios», sugiere Juan. Poco después sonó el timbre. Ella bajó al rellano, «con los ojos llenitos de ayer», como la Penélope que aguardó a su amante en una estación del tren, de Joan Manuel Serrat.
Habían pasado casi cuatro décadas desde la anochecida tarde de marzo de 1971 bañada en la luz de las bombillas fluorescentes de la Praza de Galicia, pero Juan se encontró junto al ascensor a una niña de 13 años, y Lucy, a un chaval de 17. Y los dos comenzaron a escribir una nueva historia.



Diario de Pontevedra (17-02-2013)