martes, 26 de marzo de 2013

La avioneta y las camelias de Paradela



Josemillo, ¿No me conoces?. José Fernández Gómez escuchó una voz que pronunciaba varias veces la palabra primo. Creyó que podría ser la de un enfermo escapado del Borda, el hospital psiquiátrico que se encontraba cerca del garaje de la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires, donde trabajaba.
    No hizo caso a la insistente llamada hasta que el desconocido, que se había parado en la puerta, usó el apodo por el era conocido en su aldea natal de Paradela, en el municipio de Meis.
Se sobresaltó al escuchar la palabra Josemillo. Levantó la mirada, que se cruzó con la de un hombre alto con la barba crecida y descuidada, la ropa destrozada y sucia, delgado y somnoliento. Era Manuel Gómez Torres, su primo. Se abrazaron.
Esta escena tuvo lugar en un garaje de dos plantas, con una gasolinera en el bajo, donde José Fernández, recién llegado a Argentina, completaba el exiguo salario que ganaba entonces como limpiador en unas oficinas.
Con una fachada de unos 25 metros de ancho, permanecía abierto casi permanentemente en una ciudad que no dormía. Era el lugar donde estacionaban sus vehículos las actrices que actuaban en los teatros que se sucedían en la vecina Avenida de las Corrientes.
 José Fernández lo llevó hasta el hospital del Centro Galego, donde lo lavaron y afeitaron antes de someterlo a un reconocimiento médico cuyo resultado fue concluyente, su salud era perfecta.

Metralla. Una vez recuperado, él y su esposa, Ramona Ares Crespo, de Baión (Vilanova), escucharon el asombroso relato del recién llegado, a quien conocían como Manuel de Torres en Paradela. Con metralla incrustada en su espalda, subió a un barco en Vigo, que pudo haber sido el ‘Cabo San Vicente’ o el ‘Cabo San Roque’.
La Guerra Civil había acabado en España, pero el combate dejó paso a las venganzas y querían matarlo, les comentó.
Cruzó el Atlántico buscando a su primo, y cabe imaginarse su desconcierto a bajar del buque, cuando preguntó dónde estaba Buenos Aires y le respondieron ‘tudo direto para baixo’, en portugués. Se encontraba a unos 3.500 kilómetros de su destino, en Río de Janeiro.
Y echó andar. Cruzó la selva del Amazonas y se internó en Uruguay andando, así como tres provincias de la Mesopotamia argentina sobre los piés, en carros de caballos y camiones que le pararon. Comió gusanos y frutas. Se protegió de la lluvia bajo las grandes hojas de los árboles tropicales.
Liliana, hija de José y Ramona, cuenta en su casa de Valga una aventura mil veces escuchada durante su infancia en compañía de su hermano Ramón, trece años mayor y nacido en Paradela.
Ella vino al mundo en Buenos Aires y su padre le hizo un encargo para que lo realizase aprovechado su viaje hasta Meis en compañía de su madre. Le compró una cámara para que fotografiase a su familia. Tenía entonces 11 años, Sucedió en marzo de 1972.
Con su Halina Vailant 126, una niña que no levantaba tres palmos del suelo y criada en una gran ciudad, no solo cumplió la misión, sino que salió a los caminos para llevarle a su padre unos retazos de la vida diaria de la aldea en la que se crió sobre un soporte de papel.
«Que mis padres me hubieran comprado una cámara era el no va más», comenta. «¿Quién tenía una camara con once años en 1972, aunque fuera común y corrientilla?», se pregunta.
Quiso el destino que unos días después de su llegada se celebrase la Semana Santa. Le compraron dos faldas, un jersey y un chaquetón. «Fue un impacto ver salir a los santos sobre los hombros, el sonido de las campanas y una lluvia de flores que caían desde el campanario», recuerda.
Liliana levantó la cámara y empezó a disparar. «Se ve que los curas no estaban acostumbrados y se quedaban posando, como diciéndome, ‘yo también quiero salir’». Vistas las escenas desde la distancia, comenta que nadie le quitaba ojo. «Supongo que algunos comentarían que vieron a una niña pequeña haciendo fotos».
El choque fue total. «Un día normal era rarísimo, porque al levantarse iban a ordeñar las vacas, y solo tenían tres, cuando allá nadie tenía menos de ciento y pico, y, encima, viviendo en el bajo de la casa».

coca cola. Asombrada, Liliana se hacía preguntas «¿Dónde están el resto de las vacas y el toro? Qué distinto era el rural minufundista de acá comparado con el extensivo de allá». No menos llamativo le resultó que le ofreciesen un vaso de vino blanco con la comida cuando pidió Coca-Cola. Acabó yendo a buscar agua al pozo, «Y me mordió el perro», apunta.
La Americana, le llamaban en Paradela, por cuyos caminos tuvo que escapar, en compañía de su prima, Melia Porto, que llegó poco después de Argentina y tenía dos años más que ella, cuando un grupo de chavales las apedrearon al grito de ‘fuera las americanas’.
 Cabe preguntarse cuál hubiera sido la reacción de Liliana si hubiese asistido a los actos celebrados con motivo de la Semana Santa en Paradela durante los primeros años de la década de los cuarenta. La condescendencia del párroco encargado entonces de la iglesia, Miguel Rey Rivas, dejaba margen, a divertidos experimentos que hoy posiblemente no tuviesen cabida en ninguna celebración religiosa, si se plantease su reedición.
«O Ricoy era un artista de carallo», exclama con admiración Alfredo Vázquez. Tenía 28 años cuando a Manuel Ricoy Moraña se le ocurrió la idea de construir un avión, atar un cable entre un árbol, situado en un nivel más alto, y el campanario de la iglesia, colocarle una bomba de palenque en la parte trasera a la nave y prenderle fuego a la mecha.
En una España en blanco y negro, asustada y reverencial ante la iglesia, el vecindario siguió con expectación y curiosidad el inaudito experimento, cuyo objetivo final era que el avión se estrellase contra el campanario, para que, en ese mismo instante, dos personas situadas en él comenzasen a arrojar hojas de camelias el Día de Ramos.
Pero algo falló. «Era un home que facía de todo», agrega Alfredo Vázquez. Y esta expresión podría tomarse casi al pie de la letra porque era tal su prestigio que incluso Sanmartín, un capitán del ejército, le encargó su ataud, cuyas características decidieron entre ambos. «Non quería calqueira cousa», dice refiriéndose a las exigencias del militar para despedirse de este mundo.
Suya fue también una invención que permitió echar varios fuegos simultáneamente en la misma celebración. «Era unha tormenta que mi madre del Carmen», señala Alfredo Vázquez.
Como sucede con los mecánicos de las escuderías que participan en los campeonatos de automovilismo o motociclismo, Manuel Ricoy regresó a su taller con la firme determinación de encontrar el error cometido para no fallar en el segundo envite.
Llegado el Día de Ramos de 1941, la cuerda volvía estar tensada entre el árbol y el campanario de la iglesia, y Ricoy encendió la mecha de la bomba de palenque usada para propulsar la nave, que ascendió hasta llegar al campanario, dando paso a la lluvia de flores desde este lugar.

El encuentro. Mientras, en el atrio se estaba celebrando la escena del Santo Encuentro, protagonizado por los vecinos del lugar caracterizados para realizar los papeles de la escena biblíca.
«Salve, señora soberana, a quién buscais», preguntaba Lázaro. «A Cristo Crucificado», le respondía la Virgen, cuyo papel hacía Carmen Buceta. «Resucitó, glorioso, y el eterno me envía para que os guíe a su encuentro. Pase y alégrese la vida», continuaba Lázaro llegado del otro mundo.
Con 93 años y 160 trofeos ganado en pruebas de ciclismo sobre las estantería del bajo de su casa de Lois (Ribadumia), Alfredo Vázquez recuerda los pasajes del acto.
«Que tiemble el infierno, que suene la música, que caigan flores, que repiquen las campanas», cantaba el coro. Comenzaba entonces la procesión. «Dous pasos, de xeonllos, dous pasos...», narra visualizando su pasado.
El avión volvió a dar la señal para el inicio de la lluvia de pétalos en el año 1942, pero Miguel Rey Rivas dejó Paradela, y ya sea por desidia o bien porque el nuevo párroco no lo creyó adecuado, Alfredo Vázquez no puede precisarlo, lo cierto es que la experiencia aeronáutica ligada a la Semana Santa se convirtió en pasado.
La patata cocida servía de pegamento entre la madera y el papel con los que Ricoy construía los aviones, indica Manuel Moraña, que escuchó hablar de la experiencia a su padre. «Tería metro e medio de longo e facía fume ao petar contra o campanario», agrega el primer vecino que hizo el papel de Cristo en la procesión viviente.
Manuel Moraña tiene 63 años, comenzó a participar en los actos con 11, y en 1972 logró un permiso para abandonar Colmenar Viejo (Madrid), donde estaba haciendo el servicio militar, y acudir a la cita. Después, la vida lo llevó a una plataforma petrolífera en el Mar del Norte, cerca de Escocia.
Las camelias que volaban sobre el atrio de la iglesia de Paradela crecían en el vecino Pazo de Señoráns, un lugar muy vinculado a la vida de Alfredo Vázquez.
Asentada en la parte exterior de sus altos muros se encontraba la casa donde vivió en compañía de sus padres y su hermano. Una cocina y una habitación era todo. A los seis años fue reclamado por los dueños del pazo para hacer  recados y compañía a sus hijas, y hasta los 11 vivió los mejores momentos de su vida, asegura.

El pazo. El traumático adiós se produjo cuando la dueña del pazo le propuso estudiar para cura y le dijo que se haría cargo de los gastos. Aquel día, la mujer se lo comunicó a su padre, cuya respuesta fue propinarle una paliza. Duele al recordarlo: «Miña nai tivo que botarme auga quente para que se despegara a blusa da espalda».
A partir del lunes de la semana siguiente tuvo que cargar con 40 kilos de herramientas hasta una cantera de la que fueron extraídos miles de adoquines que salieron en barcos desde Vilagarcía para pavimentar Amsterdam, tal vez las mismas calles que pisó Ana Frank camino del número 263 de la Prinsengracht, donde se encontraba la empresa que le sirvió de escondrijo de los nazis, con su familia, entre los años 1942 y 1944.
Después fue cantero, con un maestro de Forcarei. Luego, como cartero, recorrió a comarca en bicleta. Con 80 años, Alfredo Vázquez no fue capaz de negarse cuando Enrique Barros Lucio, un delineante y concelleiro de 34 años, que realiza el papel de Cristo y se encarga de organizar los actos, le pidió que participase.
Hace un papel en el Sanedrín de Pilatos. «Non lle podo negar nada a Paradela, porque aquí nacín e aquí crieime», argumenta en una frase que resume el compromiso de un pueblo con sus tradiciones, que tuvo continuidad en la generación de Manuel Moraña. Hoy se encarga de mantenerla viva Enrique Barros, y sorprendió, hace 39 años, a una recién llegada de Buenos Aires Liliana Fernández con su flamante cámara.

Diario de Pontevedra (24-03-2013)

sábado, 9 de marzo de 2013

Dos hermanos en Siberia



 Estimada amiga: Deseo que la presente le sorprenda disfrutando de la más completa salud en compañía de los seres más queridos. Aprovecho la oportunidad para decirle que su esposo y su cuñado continúan en Rusia, si bien confiamos en que pronto les arrancaremos de aquel infierno”.
Una postal con las fotografías de los marineros del ‘Cabo San Agustín’ y una carta enviada desde Toulouse (Francia), por un miembro de la División Azul, llegó a una casa de Catoira en febrero de 1949. Su destinataria, Dolores Figueira, pudo saber que su esposo, José Castañeda Ochoa, y el hermano de éste, Ángel, estaban vivos.
Habían pasado más de siete años desde de la última carta, y trece desde el día en que José, de la UGT, y Ángel, de la CNT, subieron a un barco cuyo destino era un puerto de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Y tuvo que esperar hasta 1954 para verlos llegar a Catoira entre los vítores del vecindario, convertidos por el régimen franquista, en héroes de la División Azul.
La odisea de ambos comenzó en Cartagena, el 25 de octubre de 1936. El ‘Cabo San Agustín’ era un barco de la Compañía Ibarra, de 12.500 toneladas, cuya ruta habitual era Valencia-Buenos Aires, que fue requisado por el Gobierno de la República para transportar oro en monedas y lingotes del Banco de España y regresar con material de guerra.

Atracaron en Odessa y el cargamento llegó a Moscú el 6 de noviembre. El recuento de la carga se hizo con parsimonia. Las autoridades soviéticas provocaron que esta operación se prolongase durante varias semanas para retrasar el regreso de los marineros a España y la noticia del traslado en el que habían participado.
Parte de la tripulación fue repatriada, pero en el grupo no figuraban Ángel y José, que tuvieron que permanecer en Odessa con otros compañeros, habitando casas de alquiler, mientras esperaban el permiso para volver.
Su vida diaria resultaba relativamente cómoda, aunque condicionada por las dudas y la inquietud. Las autoridades supervisaban las cartas que escribían a sus familias, que eran muy escuetas y servían para que supiesen que estaban vivos y poco más.
Pero todo cambió en enero de 1941, a raíz de un confuso incidente por el que fueron detenidos varios marineros del ‘Cabo San Agustín’, acusados de preparar su huida a Rumanía.
Desde ese momento su libertad estuvo estrechamente vigilada, y poco después comenzó una odisea que los llevaría hasta la ciudad de Dodinca, situada 300 kilómetros al norte del Círculo Blanco, en el paralelo 70.
Primero fueron expulsados de las casas que habitaban y concentrados en el Hotel Francia, y durante la madrugada fueron trasladados en unos vagones de uso mixto, que igual eran usados para el transporte de viajeros como de ganado, a la cárcel de Harkov, donde los encerraron en celdas de 20 metros cuadrados sin darles ninguna explicación.
De nada valieron sus insistentes preguntas al director del presidio, y tampoco que le recordasen que muchos de ellos tenían esposa e hijos en España. Su invariable respuesta fue que no sabía nada y les recomendó paciencia porque todo se iba a resolver pronto. Y pronto descubrieron que les había mentido.
De Harkov los llevaron hasta Krasnoyar, en el norte de Siberia, situado en los márgenes del río Yenisei. El viaje duró 21 días, y 20 días después cruzaron el río. Los encarcelaron de nuevo y la espera finalizó cuando les ordenaron subir el vapor ‘Stalin’, con un rumbo desconocido.
Europa estaba en guerra y en el barco coincidieron con un centenar de niños polacos y su profesor, que tampoco sabían hacía dónde se dirigían. Transcurridas varias semanas cruzaron el Círculo Polar Ártico, y en noviembre del año 1941 desembarcaron en Dodinca.
El día 21 comenzaron a trabajar en la construcción de una carretera entre esta ciudad y la localidad de Norilskaya. Quedaron aislados del resto del mundo por una gigantesca pared de hielo.
Tuvieron que soportar temperaturas de 40 grados bajo cero. Durante los tres primeros meses, ocho murieron víctimas del frío, en los años siguientes fallecieron otros once, cinco fueron secuestrados, y nada se supo de ellos, mientras que seis firmaron los documentos que les permitieron quedar en la URSS y convertirse en ciudadanos soviéticos. Uno fue trasladado y los restantes fueron sustituidos por otros más jóvenes y fuertes.
Ángel y José figuraban entre los 19 supervivientes. No tuvieron que declarar ante un tribunal, civil o militar, ni tampoco lo hicieron sus compañeros del barco ‘Cabo San Agustín’, no fueron condenados por delitos políticos o comunes y tampoco eran refugiados ni delincuentes.
Otro giro de los acontecimientos, tan incomprensible para ellos como los anteriores, los llevó hasta Turkestán, y cabe imaginarse su sorpresa cuando se vieron en medio de los miembros de la División Azul, que había enviada por Franco desde España para participar en la fallida invasión a la URSS al lado del ejército de Adolf Hitler.
Fue así como el anarcosindicalista Ángel y el socialista José comenzaron a convivir con voluntarios movidos por la ideología, republicanos que querían borrar su pasado y mercenarios atraídos por unos salarios similares a los de los soldados alemanes.
En el relato que los descendientes de los hermanos Castañeda Ochoa hicieron a Pepe Dios, en cuyo libro ‘Aquela xente de Catoira’ está documentado este reportaje, se produce un vacío. El hilo de sus vivencias se retoma en 1953, el año en el que falleció Iósif Vissariónovich Stalin, en una casa de campo situada a 15 kilómetros de Krylatsskoye.
Con la muerte del dictador, Georgy Maximilianovich Malenkov puso fin al régimen de terror sistemático del que había sido su cómplice. La amnistía aprobada por su gobierno permitió a millones de prisioneros retornar a sus hogares, y los extranjeros  vieron próxima la hora del regreso.
La máquina de la propaganda seguía funcionando, y para que causasen una buena impresión ante sus familiares, conocidos y amigos, primero pasaron por un campo de reposo, en el que recuperaron fuerzas y ganaron algunos kilos, aunque su fortaleza ya había quedado sobradamente acreditada al haber superado las penurias a las que se vieron sometidos.
Primero fueron repatriados los italianos, austríacos, franceses y alemanes. Y después les llegó el turno a los españoles. En el mes de marzo, Ángel y José subieron a un tren en Vorochilograd, en el que cruzaron un río Nieper salpicado de icebergs e islotes de hielo.
El tren entró en la estación de Odessa. Un barco con la bandera de Cruz Roja, el ‘Semiramis’, los estaba esperando. Fue entonces cuando asimilaron que su pesadilla había finalizado, aunque estaban a miles de kilómetros de Catoira.
Los soldados soviéticos mandaron formar a quienes habían sido sus prisioneros. Uno a uno, fueron llamados. Unos temblaban, otros rompieron a llorar y todos estaban pálidos. Y se hizo un silencio que estalló en mil pedazos cuando el barco levantó las anclas y arrojaron al mar sus gorras.
Niños de la guerra, soldados de la División Azul y republicanos componían una tripulación que escuchó emocionada Radio París cuando comenzaban a divisarse en la lejanía los minaretes de las mezquitas de Estambul.
Desde el puerto partió una lancha a su encuentro en la que viajaban el embajador de España y varios periodistas de la prensa amarilla. Hora y media después se reanudó el viaje. El ’Semiramis’ bordeó Grecia y Sicilia.
Radio Barcelona retransmitió en directo la llegada y varios tripulantes pudieron hablar con sus familias a través de las ondas. Eran las 17.35 horas del día 2 de abril de 1954. El cielo estaba claro y luminoso.
Decenas de pequeñas embarcaciones escoltaron su entrada en el puerto, donde les dieron la bienvenida el ministro del Ejército, Agustín Muñoz Grandes, y el secretario general del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta.
Después tuvieron que asistir a una misa de acción de gracias en la basílica de la Merçé. Madrid fue el siguiente destino de una parte de la expedición, en la que figuraban ambos. La noticia estaba en la portada de los principales periódicos, y varios catoirenses que vivían en la capital sabían que en el grupo había dos vecinos.
Jesús Dios, conserje del Instituto Nacional de Previsión, envió a un subordinado suyo, y catoirés como él, Pepe Campaña, a recibirlos a la Estación del Norte. En este lugar tuvieron que formar por última vez, mientras un mando pronunciaba sus nombres. Quedó asombrado al ver sus rostros asustados y sus caras consumidas.

En la estación, un locutor daba la bienvenida a los exprisioneros a través de la megafonía como si se tratase de héroes que regresaban a la patria después de haber conseguido una gran victoria, cuando unos y otros, republicanos y franquistas, volvían derrotados.
La colonia catoirense en Madrid los acompañó el día siguiente en una comida celebrada en su honor en El Mesón de Fuencarral.
Ricardo Dios fue el anfitrión, y Ángel y Luis fueron los protagonistas de una fiesta que se celebró en un escenario por el que, antes y después de la recepción, pasaron personajes como el expresidente de Italia Sandro Pertini, Juan Carlos I, Alexander Fleming, Severo Ochoa o Willian Hilton.
También había una pancarta dando la bienvenida a los repatriados en la estación del tren de Catoira, y cientos de vecinos acudieron a su encuentro.
El gobierno les dio un empleo a los dos, ambos evitaron hablar de su epopeya, y José vivió el resto de sus días con el recuerdo del hambre royéndole y la obsesión de que en su casa no se desperdiciase ni el más pequeño trozo de pan reseso.

Diario de Pontevedra (03-03-2013)