domingo, 28 de julio de 2013

De las tabernas a los salones



Perdió la vista y salió a los caminos. La viruela, una enfermedad contagiosa surgida hace 10.000 años, causó efectos devastadores hasta hace poco más de medio siglo. El virus Variola fue el origen de epidemias que acabaron con millones de seres humanos, provocando que quienes lograban esquivar a la parca quedaron desfigurados o ciegos. María II de Inglaterra, el emperador José I de Austria, Luis I de España, Luis XIV de Francia o el zar Pedro II de Rusia fueron algunas de sus víctimas.
Es habitual que cuando una persona supera un trauma profundo, ya sea originado por una enfermedad, un accidente u otra circunstancia que lo llevó hasta el borde de la muerte, su forma de enfocar la vida cambie notablemente a raíz del trauma, y descubra, y ponga de manifiesto, potencialidades que tenía ocultas.
Eugenio Romualdo Padín García quedó ciego en 1871, cuando tenía 18 años, y salió a los caminos a buscarse la vida. Hasta entonces había trabajado el campo y cuidado el ganado, como la práctica totalidad de sus vecinos de Meaño, además de haber demostrado  sus cualidades como carpintero.
El hijo de dos labradores llamados Ramón Padín y Teresa García, y nieto de Ramón Padín y Lucía Dozo, por línea paterna, y José García y Pastora Gómez, por parte de su madre, no tardó en ser conocido por el sobrenombre de ‘O Cego de Padrenda’ en alusión a la parroquia de Meaño donde nació el día 7 de febrero del año 1853.
Es posible que tuviese dotes para la música antes de perder la vista, pero de lo que no cabe la menor duda es de que cuando dejó de recibir información de cuanto sucedía en el exterior por medio de sus ojos encontró un vehículo para comunicarse y atender las necesidades de su familia, ya que  se casó con Ramona Meis y tuvo una hija.
Acompañado de su acordeón comenzó a actuar en las romerías que se celebraban en localidades próximas, como la de A Virxe das Angustias (Xil-Meaño), As Cabezas (A Armenteira-Meis) o Santa Cruz de Castrelo y San Adrián de Vilariño, ambas en en el municipio de Cambados.
También frecuentó tascas y tabernas, sobre todo aprovechando los días de feria, y era habitual escucharlo en la taberna de Luis Lage, conocido con el sobrenombre de ‘O paxaro pinto’, por su afición por la música.
No tardó en demostrar sus grandes dotes como instrumentista y su capacidad para improvisar unas rimas, «converténdose, paseniñamente, no rei dos trouleos das festas; a música, de afección pasou a ser o modo de gañarse o sustento, cambiando radicalmente a vida de Eugenio», expone Manuel Paz Castro en su libro ‘O cego de Padrenda’, editado por la Deputación, en el que está documentado este reportaje.
En el verano de 1876 viaja por primera vez a A Toxa. Empezó buscando su clientela entre quienes acudían a los baños termales y fue así como llegó a trabar amistad con el Marqués de Riestra, que le abrió las puertas del Gran Hotel y del Casino, de los que era propietario un personaje de quien se decía que era el dueño de la provincia de Pontevedra. A lo largo de seis décadas, la isla grovense fue su destino y el lugar donde permaneció durante la temporada estival.
Este salto cualitativo lo llevó a actuar en el Casino de la capital,  la torre de Jaime Solá Mestre, en O Grove, o e en el Hotel Calixto, en Cambados, hoy convertido en una zapatería, que era entonces el centro de reunión de los veraneantes. En esta localidad se dejaba ver por el Café Iglesias, donde un día del año 1910 lo retrató en un cuatro el pincel del rianxeiro Alfonso Daniel Rodríguez Castelao.
También participó en las representaciones de  A Danza das Espadas de Carril (Vilagarcía), creada en el Siglo XVI, o con grupos de baile de Dena (Meaño) y Sisán (Ribadumia). Además del acordeón, tocó la zanfoña, el violín, la gaita y la guitarra, y compuso coplas.
Convertido en una figura popular y muy respetada, don Eugenio, como le llamaban sus vecinos y conocidos, alternaba con la nobleza y el pueblo, y sus interpretaciones se adaptaban al público que tenía acudía a sus actuaciones  
Una canción se convirtió en su emblema, se titula ‘O Xan Pirulé’, y como su contenido podía resultar escandaloso en las fiestas privadas de las damas y caballeros de la clase alta que lo contrataban, se autocensuraba prolongando determinadas notas para no pronunciar aquellas expresiones que pudieran resultar controvertidas.
Eugenio Padín ofrecía otra versión cuando actuaba en romerías y tabernas, donde le gustaba hacerse de rogar antes de interpretar el ‘Xan Pirulé’, sabiendo que, de este modo, las propinas aumentaban. «Estirábase moito e comezaba a cantar cunha voz grave e chea de malicia», cuenta Ramón Cabanillas. Finalmente, acababa cediendo, y al grito de «ajarrase as jaltrupeiras», invitaba a la mozas a bailar y comenzaba la farra.
Su repertorio incluía desde  polkas marchas y piezas solemnes hasta los temas de la música popular, y en muchas ocasiones usaba la misma base rítmica para interpretar distintas letras que improvisaba atendiendo las peticiones que le hacía el público.
A caballo entre dos clases sociales, logró hacerse una pequeña fortuna, y el patio exterior de su vivienda fue el lugar de descanso de la paragüeiros y afiladores de Ourense, que llegaban hasta el O Salnés después de descender O Paraño e internarse por Campo Lameiro y Moraña.
Eugenio Padín fue un ciego autodidacta y viajero en un tiempo en el que horizonde de la mayor parte de sus vecinos era muy reducido y no todos los que se hacían pasar por invidentes lo eran, ya que no pocos impostores se ganaron los favores de la gente cantando en las puertas de las iglesias.
Dejó de actuar en la década de los 30 del siglo XX y falleció el día 17 de mayo de 1939. Su tumba se encuentra bajo un olivo.
«Tañe a difunto en Padrenda/Por agros y corredoiras, tendal de melancolía. /Y llegó el entierro al atrio./El Abad de capa amarilla/dice en latín los responsos/en la negra caja rígida/No hay lágrima, muy poca gente,/la honda cueva de ceniza/huele a mortaja; la campana/sigue sonando... Llovizna/¡Adiós ciego de Padrenda, júbilo de romerías/viejo acordeón de Lores, de Gil, Combarro y Adina!.../¿Cómo solloza el paisaje dándote la despedida!/Ciego de Padrenda, ¡adiós!/ ¡que tengas luz allá arriba!», escribió la poeta Herminia Fariña.