viernes, 27 de diciembre de 2013

Tres estampas de Carril


Amelia, la ‘Tiquití’, e plantó ante Francisco Franco Bahamonde para pedirle que moviese los hilos con la finalidad de que Carril pudiese contra con una traída de aguas. Este acontecimiento pudo suceder entre los años 1953 y 1954. Tiempo atrás, en 1937, los falangistas se llevaron a su hermana Josefa y le pegaron dos tiros por haber dado cobijo en su casa a un izquierdista. A Manuel Eiras Barreiro, hijo de Amelia, lo llevó hasta la cárcel su corta aventura como polizón.
Amelia Barreiro González, conocida con el sobrenombre de ‘la Tiquití’ porque su abuelo había sido maestro-compositor de la Banda de Música de Carril, fue de las últimas pobladoras que abandonaron la isla de Cortegada, donde vino al mundo, y la única que se atrevió a pedirle a Franco que pusiese fin a la esclavitud que suponía permanecer durante horas ante una fuente de cuatro caños por los que apenas salía agua.

La presencia del dictador en Vilagarcía era frecuente en aquella época y su yate, el ‘Azor’, quedó fondeado frente al paseo, que estaba abarrotado por una muchedumbre que lo vitoreaba. «Seica vai pasar Franco por aquí», recuerda Manuel Eiras que se comentó por la mañana de aquel día cuando unos vecinos se afanaban por limpiar el malecón.

Un falangista, amigo de su familia, animó a su madre a romper el rígido protocolo y le prometió su apoyo. Y Amelia se atrevió. El servicio de seguridad trató de evitar que se acercase, pero Franco ordenó que la dejasen acercarse. «Anote», ordenó a un subalterno tras haber escuchado su petición.
Poco después de que hubiese finalizado la visita, una pareja de la Guardia Civil se la llevó. El falangista hizo valer sus influencias, y dos horas más tarde estaba en su casa. «Non lle tocaron un pelo», subraya su hijo.
Tardó algún tiempo, pero el agua acabó llegando a Carril y cada vecino que quiso tenerla en su domicilio tuvo que costear las obras de la conexión. «Costounos doce pesos», puntualiza. La emblemática fuente de cuatro caños desapareció del lugar. «Levouna un que foi alcalde para a súa casa», asegura Manuel Eiras.
Aquel episodio protagonizado por Amelia, ‘la Tiquití’, no fue merecedor de ser grabado en bronce ni en mármol, y no queda más constancia que la memoria de quienes fueron sus testigos.
Tampoco tuvieron la menor consideración con su hermana Josefa, que se fue a vivir a A Torre después de haberse casado con un hombre que embarcó. Otilia, tía de su esposo, le inculcó los valores que identificaban entonces a la izquierda y un día se encontró ante una dramática tesitura: dar cobijo a un perseguido por defender la justicia social y mirar hacia otro lado sabiendo que era una cuestión de vida o muerte.
Josefa Barreiro lo escondió en el desván de su vivienda durante un tiempo, el que tardó algún soplón en advertir a los falangistas de que compraba habitualmente hojas de afeitar, cuando su marido se encontraba en el mar y no había ningún otro hombre en su casa.
Un día se presentaron los pistoleros, que al advertir un movimiento sobre sus cabezas dispararon. Las balas atravesaron el techo de madera y poco después empezó a caer sangre sobre la cocina. Acababan de matar a Urbano Tarrío Montero. Tenía 22 años. Militaba de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
Era el día 17 de marzo del año 1937. Le robaron los anillos. Sus restos se encuentran en una fosa común que fue abierta en el cementerio municipal de Rubiáns.
Josefa Barreiro tuvo tiempo de echarse encima un abrigo antes de que la arrastrasen hasta el colegio de O Ramal, convertido en un centro de detención. Amelia le llevó la comida el día siguiente, y el 19 ya no estaba allí. Le dieron tal paliza que tuvieron que fusilarla sentada porque era incapaz de mantenerse en pie. Tenía 26 años. Era labradora.
Hijo de Amelia y sobrino de Josefa, Manuel Eiras Barreiro tuvo que dejar la escuela cuando tenía once años para ayudar para trabajar en el mar. «Ó que houbera», comenta. Primero fueron los caramuxos en las rocas, y no tardó en subir a la lancha con su padre. Abundaba el berberecho entre Ribeira, O Grove y Vilanova y él era el mayor de una tripulación formada por niños. «Cando facía vento poñiámonos a bogar e temblaba o ministerio», recuerda.
El mar era productivo pero las ganancias quedaban en otros eslabones de la cadena, así que en verano también se dedicó una actividad conocida con el nombre de chiripas, que consistía en aguardar en un bote a que algún veraneante, de los que entonces se desplazaban hasta la playa de A Concha solicitase sus servicios para dar un paseo.
Como otros jóvenes, Manuel Eiras gobernó una dorna cuando las competiciones de vela causaban furor entre la clase adinerada que se citaba el elitista Real Club de Regatas Galicia.
Una veintena de embarcaciones disputaba los trofeos. La dorna que manejaba Manuel consiguió muchas victorias, pero su nombre no figura en ninguna porque siempre tuvo que realizar las maniobras cuidando de no tocar el timón para que su patrón, que como casi todos pocos conocimientos tenían de navegación, no fuese descalificado.
Los auténticos timoneles nunca tuvieron acceso a las ceremonias de entrega de trofeos.
 Pero con 19 años creyó que había llegado el momento de dar el salto. Buscando el único camino que conocía, el mar, viajó hasta Barcelona con la intención de embarcarse. No lo consiguió y se desplazó hasta Valencia, donde se introdujo en un barco inglés.
El polizón arousano fue descubierto poco después. Le dieron el desayuno y la comida y lo hicieron desembarcar en Cartagena, donde pudo evitar ser encarcelado, pero no quiso para no pagar una multa «de 30 ou 40 pesetas».
Como tenía dinero para el tren, dos guardias lo acompañaron hasta la estación y se dirigió hasta Madrid y después a Vilagarcía. Cumplió la condena en la cárcel de A Parda, alimentándose con la comida que le traían desde una fonda cercana que pagó un vecino.
Regularizada su situación, el mar lo llevó a Gotteborg, Génova, Sicilia, Cerdeña, Ciudad del Cabo, Maracaibo, Trinidad y Tobago, Estados Unidos y Mozambique, donde se encontraba el día que se independizó de Portugal.

Hoy vive en Rubiáns, tiene 85 años, juega la partida con sus amigos y comparte sus recuerdos con quien quiera escucharlo.

Diario de Pontevedra (15-12-2013)

Un pianista en el océano

Decidió largarse después de haber dormido varias noches con un cuchillo debajo de la almohada. Subió a un avión en Argel que lo dejó en Santiago. Pablo Dovalo no podía imaginarse que la música pudiera llegar a envolverlo en una situación tan delicada cuando se comprometió a aprender a tocar el acordeón. Ni que iba a cruzar el Atlántico en un barco amenizando las veladas de los pasajeros.
De su padre, el exalcalde de Meaño Miguel Dovalo, heredó la afición por la música, que manifestó cuando se puso al teclado de un harmonio fabricado en París que sonaba en la iglesia. Tenía poco más de diez años, hacía tres que había comenzado a aprender solfeo, y un vecino le recomendó al regidor que apostase por su carrera musical. «Es una pena que no toque el acordeón», le dijo.
Miguel Dovalo llamó a Pablo y le hizo saber que le compraría un acordeón si se empeñaba en serio porque era un instrumento muy caro. El chaval le respondió afirmativamente y le encargaron uno a Poceiro, que entonces los fabricaba en Lérez (Pontevedra).
El padre de un amigo tomó la misma decisión y ambos cargaron con el instrumento en sus bicicletas para desplazarse desde Meaño hasta Cambados y asistir a las clases que impartía el profesor Ángel Losada, en las que también perfeccionó el piano.
Y con 18 años entró en la orquesta Iris, de Cambados, en la que permaneció hasta que decidió fundar el grupo Los Brillantes de Meaño. Se hicieron llamar así en alusión a sus llamativas chaquetas. Pero ese nombre no era el original, y tuvieron que adoptarlo ante la reclamación de otro grupo de A Coruña que había registrado antes el suyo original, Los Diamantes.
Carpinteros, albañiles y canteros ensayaban al salir del trabajo y se desplazaban en una furgoneta DKW, llena hasta reventar, de cuya parte superior salió despedida más de una vez alguna pieza de la batería en sus viajes por unas carreteras sinuosas y empinadas. Era la década de los sesenta. Empezaban a sonar El Dúo Dinámico, Elvis Presley o Nino Bravo.
Pero la música dejó de ser un complemento cuando un amigo le propuso que se enrolase como músico en uno de los barcos de pasaje que hacía la ruta entre Galicia y América. Fue así como se convirtió en el pianista de la orquesta del ‘Cabo San Vicente’, que se desplazaba desde Bilbao hasta Canarias y Génova antes de surcar el océano y hacer escalas en Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires.
Poco trabajo, mucho tiempo libre y ligues. «Estábamos solteros y era una buena vida», reconoce Pablo Dovalo. Llegó a ingresar 18.000 pesetas al mes en el año 1961, un salario superior al mínimo interprofesional que ingresaban millones de trabajadores españoles dos décadas después.
«El piano era de cola y, como la batería, estaba atornillado al piso del barco y el violinista apoyaba su espalda en él cuando había golpes de mar para no salir disparado», recuerda Dovalo mientras se ríe.
En Buenos Aires o Río de Janeiro el barco se convertía en un hotel flotante durante sus escalas, en las que compartían las sesiones musicales con orquestas de la ciudad. Cambió de barco para conocer más mundo, y en la motonave ‘Guadalupe’ visitó Usuhaia y Tierra de Fuego, dobló el Cabo de Hornos, hizo alguna incursión en Nueva Jersey y Filadelfia y tuvo una novia fugaz en Boston.
Tuvieron la oportunidad de conseguir unos ingresos extras con la compraventa de coñac, tabaco, café o prendas de ropa, pero fue solo una actividad anecdótica porque no era el dinero su preocupación ni la de sus compañeros entonces, comenta Pablo Dovalo, cuya vida dio un nuevo giro cuando se encontraba de vacaciones.
Un día lo invitaron a formar parte de la Orquesta Florida, que figuraba en la elite gallega con Montes, Los Trovadores y Los Satélites. Las 18.000 pesetas se convirtieron en 80.000 y se compró un Seat 1500 con cuatro faros delanteros, el primero que se vio por Meaño. De los viajes en furgoneta pasó al autobús con conductor.
Eran trece músicos de distintas edades y con inquietudes diferentes, y comenzaba a imponerse la tendencia a formar conjuntos. Uno de su compañero, Enrique Iglesias, decidió formar uno. Él lo acompañó, al igual que otros tres compañeros. Así nació en Pontevedra un grupo que iba a marcar una época, Los Microns.
«Empezaba a sonar la música de Inglaterra y Estados Unidos, Los Beatles estaban muy en boga», comenta Dovalo. Los inicios fueron arrolladores: jóvenes, atrevidos y con el pelo largo, rompieron moldes y firmaron un contrato para tocar durante seis meses en Argelia.
Corría el año 1970. Hicieron el viaje desde Alicante hasta Orán en un avión de una hélice Rolls Royce. Antes habían firmado un contrato en el que figuraba que nadie se responsabilizaría de lo que les pudiese ocurrir.
Y pasó lo que era previsible. Que en entre el personal hotel donde estaban alojados y actuaban trabajaban varias chicas de nacionalidad argelina, la atracción fue mutua y comenzaron los encuentros íntimos. A Pablo no le gustaba lo que estaba sucediendo. «Algunos se pasaron veinte pueblos», asegura.
Tampoco se quedaron de brazos cruzados algunos jóvenes compatriotas de las chicas, y varios de sus compañeros pudieron comprobarlo porque acabaron tirados delante de las puertas de sus habitaciones después de haber recibido unas soberanas palizas. «Uno estaba casi muerto, apunta.
Habían pasado cuatro meses, dormían con un cuchillo debajo de la almohada, y fue entonces cuando Pablo Dovalo decidió dejarlo. «Me piro para España, me dije». Desde Santiago hizo dedo para llegar hasta su casa.
La música volvió a convertirse en su afición. Con 72 años, forma parte de Amigos do Acordeón Rías Baixas. A su lado está Ignacio Varela, el chaval con el que hizo el recorrido en bicicleta desde Meaño hasta la academia de Cambados con el instrumento a cuestas.


Diario de Pontevedra (08-12-2013)