domingo, 16 de febrero de 2014

En los dominios de Visclacuntino

POCOS VECINOS de Cerdedo recuerdan que hubiese existido. Ni siquiera los más mayores, ni aquellos que por sus ocupaciones se vieron obligados a recorrer con asiduidad el territorio. Y sin embargo está ahí, a un paso de la carretera N-541 (Pontevedra-Ourense). Imponente en su silencio, envuelta en una cortina de ramas y cubierta de hiedra, musgo y hojarasca. Grandiosa.
    Es la Aldea Vella de Vichocuntín, situada a poco más de dos kilómetros de la capital del municipio.
Se compone de media docena de viviendas, habitadas por árboles, cuyas dimensiones, características constructivas, grandes perpiaños y elaborada cantería, e instalaciones anexas hablan de un pujante pasado en el que sus habitantes vivieron de la agricultura y ganadería.
    Tres casas destinadas a vivienda conservan intactas sus paredes  exteriores, cuentan con dos pisos y en su dotación figura un horno; uno de ellos llama poderosamente la atención con su ábside de seis metros de altura.
    Nada queda de sus estructuras de madera, y tampoco sería descabellado suponer que el fuego que arrasó este municipio en el año 2006 acabase con la poca que hubiese resistido la podredumbre.

PALOMAR. En una época caracterizada por la economía de la subsistencia, sorprende la presencia de un palomar de 2,40 metros de lado, por tratarse de una dotación destinada al uso lúdico y que fue representación de poderío.
    Con losa en su cubierta a cuatro aguas, diferente de los habituales porque su planta es cuadrangular, y sus celdas destinadas a la cría y el refugio de las aves, invita a pensar que la población de esta aldea dispuso de tiempo para destinar al ocio.
    Otra joya arquitectónica de primer orden es un hórreo de cámara rectangular, con cuatro claros y diez metros de largo por 1,50 de ancho. Está orientado en dirección Este-Oeste. Una de sus fachadas se derrumbó, también desapareció su armazón, y ambos acontecimiento es probable que se produjesen hace muchos años porque no quedó ningún rastro.
    Cuenta con diez pies, de unos 85 centímetros de alto, y se erige dibujando un perfil majestuoso, asentado en un nivel alto del terreno, circunstancia que permite al paseante cruzar por debajo de su estructura pétrea en su camino hacia el núcleo de casas.
    De la pujanza de la Aldea Vella de Vichocuntín habla también su molino, de planta cuadrada y 4,70 metros de lado, con una rueda de 80 centímetros de diámetro y una presa que conduce las aguas del Regueiro do Martelo y discurre por la vía central de la población. Su longitud es de unos 200 metros.
    El hallazgo de este lugar figura entre los éxitos cosechados por el colectivo Capitán Gosende, en cuyo historial figura una amplia relación de actividades destinadas a descubrir, salvaguardar y promover el conocimiento el respeto y la protección del patrimonio etnográfico de la Terra de Montes.
    Pero su labor altruista está limitada por la falta de medios y permisos necesarios para acometer sus actividades con mayor profundidad. «Estou convencido de que se se fixese unha retirada do manto de frouma e de restrollo, veríamos unha corredoira enlousada con dos valos de pedra», expone Calros Solla, uno dos sus componentes.
    También aparecerían otras estructuras «que non vemos, pero intuímos», agrega, como unas escaleras de acceso al molino, un pilón, la era comunal bajo los piés del hórreo o las canalizaciones del agua hacia los campos y huertas.
    El despoblamiento se produjo en el siglo XIX, tras la construcción de la carretera Ourense-Pontevedra, cuyo trazado discurre a unos 150 metros. «Os seus moradores optaron por reinstalarse na ribeira do Lérez, ao pé da nova estrada», argumenta Solla, que hizo necesaria la construcción de un puente, en el año 1852, pero también el nuevo Vichocuntín, en la parroquia de Pedre, es hoy un lugar desierto.
    Y aquella aldea, cuyo antropónimo es un nombre derivado de quien fuera su poseedor en la época medieval, Viscacluntini, o los dominios de Visclacuntino, de etimología germánica, cayó en el más absoluto de los olvidos.

    Quiso el destino que un día llegase un mensaje al correo electrónico de Calros Solla procedente de Venezuela. Su hasta entonces desconocido remitente le describió un lugar que había abandonado a la edad de seis o siete años. Corría el mes de julio de 2013 y fue el detonante que puso en marcha la búsqueda que llevó al grupo de Capitán Gosende al descubrimiento de un aula de la naturaleza y la etnografía de la que los vecinos de Cerdedo no tenían noticias.

Diario de Pontevedra (22-01-2014)

Torturado por Vargas, perseguido por Franco, condenado por Carrillo

«Brasileño: Por fin lo cazamos. Este canalla se nos escurría como una sanguijuela. Logramos localizarle en la comarca de Lalín. Allí movía los hilos de ciertos grupos aventureros y descontrolados. Es un provocador que nos dio muchos disgustos y, aunque tarde, lo hemos eliminado». Este párrafo figura en un informe que se encuentra en el Archivo Histórico del Partido Comunista de España.
Víctor García García fue asesinado en febrero del año 1948. Pasados unos días, un enlace del partido llamó a la puerta de una casa de Vigo. La franqueó María de los Ángeles Fernández Roces, a quien le comunicó que su esposo había muerto.
No le dio más información. Su calculada discreción buscaba un objetivo: que atribuyese su fallecimiento a la Guardia Civil. Y lo consiguió durante sesenta años.
Nacido en Quirós (Asturias), el 20 de septiembre de 1908, Víctor García emigró con 16 años a Brasil junto a sus dos hermanos y sus padres, donde se afilió al Partido Comunista. Su compromiso lo puso varias veces al borde de la muerte y, en una de ellas, un compañero se interpuso en el camino de una bala que iba dirigida a él.

REFRIEGA. Corría el año 1931, sucedió en Santos, y resultó herido y detenido en la refriega. Pero logró huir del hospital para acabar siendo detenido en São Paulo después de evitar en varias ocasiones ser apresado por la policía del dictador Getulio Vargas.
«Le arrancaron las uñas de los pies y las manos y le quemaron las plantas de los pies», explicó su hermana, Julia, en una entrevista realizada por el equipo encargado del Proxecto Integrado, del Arquivo Público do Estado e Universidade de São Paulo.

Fue deportado a España en 1933, y de su presencia en el país sudamericano le quedó uno de los sobrenombres por el que fue conocido, el de ‘El Brasileño’, y la semilla de la conciencia proletaria que lo empujó a participar en la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias.
La consecuencia de haberse implicado en el levantamiento fue su detención y posterior internamiento en dos cárceles, en la Modelo, de Oviedo, y El Dueso, (Cantabria). Pudo volver a la calle tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936.
«Somos casi los amos, pero todavía hoy mucho que hacer, todavía los fascistas no han desaparecido como fuerza a pesar de que van camino de ello», comentaba en una carta enviada a su hermana el 1 de abril.
«También se está resolviendo el problema del paro y se está repartiendo la tierra entre los campesinos», agregaba.
La misiva fue interceptada por la Policía del Gobierno de Getulio Vargas antes de que llegase al  número 5 de la calle Sergipe de Santos, y la consecuencia fue la expulsión del país de su hermana Julia durante 20 años.
Estalló la Guerra Civil y defendió la República contra el levantamiento fascista como comisario de las Brigadas Internacionales en el Frente Norte y Catalunya.
En algún lugar del frente conoció a María de los Ángeles Fernández Roces, Gelina, miliciana e hija de un minero. Se casaron el 28 de junio de 1937. «Fue una etapa muy feliz, a pasar de las desdichas», afirma Víctor García Fernández, hijo de ambos.
Pero la derrota le hizo conocer la ferocidad de los seres humanos. Nada supo por un tiempo de su esposa. Los falangistas le cortaron el pelo a Gelina. En varias ocasiones  se llevaron a un abuelo, un tío y a su madre, asegurándole que iban a fusilarlos si no lo delataba.
Acabaron los combates y Gelina tuvo que sacar adelante a su familia. Acarreó carbón en cestos de mimbre desde los trenes de mercancías hasta los hornos de fundición de Duro Felguera y, como el salario no bastaba, también trabajó de criada.
Los optimistas vaticinios de ‘El Brasileño’ no se cumplieron y el ejército de Franco acabó con el Gobierno de la República, con el  apoyo de Hitler y Mussolini. Llegada la hora amarga de la derrota, no buscó la protección del exilio en París, Moscú o La Habana.
Tras una breve estancia en Francia, la Internacional Comunista le encomendó la reorganización del Partido Comunista y la creación de la guerrilla en Galicia. Su base de operaciones  quedó establecida en Oporto y varias localidades de la provincia de Ourense fronterizas con Portugal.

COMBATIENTES. Animado por el empeño de derrocar por las armas la dictadura que había pisoteado la voluntad democrática de los españoles, ‘El Brasileño’ contribuyó a crear un batallón en el que se integraron casi un millar de combatientes.
De acuerdo con el mandato de la Internacional Comunista, utilizó hasta cuatro sobrenombres: Antonio Brasileño, Estanillo, Manuel Brasileño y Antonio Ortiz Risso. Su dominio del portugués le ayudó a pasar desapercibido mientras se ocupaba de crear una base de lucha antifranquista, y logró establecer vías de comunicación entre el Partido Comunista de España y  su dirección, que se encontraba entonces en Cuba.
En 1940 existía una incipiente organización, con bases en Oporto y Lisboa, pero la que se encontraba instalada en la capital portuguesa cayó un año después, y ‘El Brasileño’ se convirtió en el único interlocutor, narra José Pacheco en una biografía del líder comunista  portugués  Álvaro Cunhal.
‘El Brasileño’ impidió que Cunhal y el grupo que lo apoyaba le usurpasen su autoridad, y para tratar de encauzar las deterioradas relaciones entre lusos y españoles, se celebraron unas conversaciones  en las que participaron Álvaro Cunhal, Manuel Domíngues, Santiago Carrillo y Víctor García,
  ‘El Brasileño’ desplazó sus fuerzas hasta la frontera con Galicia para huir de la presión policial. A finales de 1943 logra evitar que lo detengan en Melgaço, y en el enfrentamiento armado muere un policía.
El entente con Cunhal duró poco tiempo y se corta el tránsito de los guerrilleros retenidos en el país vecino, escribe Pacheco. La etapa en Portugal llega a su fin.
En España es detenido, pero la Policía no logra identificarlo y consigue huir de la prisión. El historiador Alberto Maceira precisa que Víctor García fue nombrado secretario general del PCG en las minas de Fontao (Silleda), donde miles de personas extraían wolframio destinado al Ejército de Adolf Hitler, muchas de ellas condenadas a trabajos forzados.
En 1944 trasladó su base de operaciones a Vigo, y fue entonces cuando se desplazaron desde Langreo hasta esta ciudad su esposa, Gelina, y su hijo, Víctor. Carrillo, que había dejado Moscú para instalarse en París, ganaba terreno e iba a convertirse en el secretario general del partido.
‘El Brasileño’ se mantuvo fiel a Jesús Monzón, un líder navarro de extracción burguesa defenestrado por Carrillo, que también lo condenó a él. La orden de matarlo estaba dada. Él tomó precauciones porque lo intuía.
Víctor García recuerda las visitas que hacía su padre a la casita que ocuparon en el barrio vigués de O Calvario, donde vivió entre los cuatro y los seis años. Duraban entre tres y cuatro días, vestía una de gabardina y llevaba una cartera. «Decía que era viajante y quería hacer de mí un pequeño comunista, para lo que me cantaba canciones de la joven guardia y la Marsellesa», comenta.
La soledad fue otra de las características de aquellos tiempos de la infancia. «Al estar en la clandestinidad, mi padre tenía miedo de que me preguntasen por él y pudiese comentar algo que levantase sospechas».

EN VIGO . Para evitarlo, sus relaciones con el vecindario fueron mínimas. Víctor miraba a través de un seto como un niño de su edad jugaba con su coche de pedales por el jardín. «Lo espiaba», recuerda.
Una noche se despertó sobresaltado por la presencia de un puerco -espín sobre su cama. Se lo había traído su padre. Era un regalo, «pero me llevé un susto de muerte», puntualiza. «Fue mi amigo y mi compañero de juegos hasta el día que se escapó», comenta.
Mientras, Gelina, su madre, se ganaba la vida vendiendo jabón por las calles de la ciudad, ocupación que compaginaba con la de sirvienta en la vivienda de un médico. Hasta que un día se presentaron en su casa los enviados del Partido Comunista anunciando la muerte de su padre con una fórmula impersonal y escueta.
Cuando las cosas parecían enderezarse todo se vino abajo y tuvieron que regresar a Langreo, donde tiró de un carro para vender pan puerta por puerta. Con su sacrificio y una beca logró que su hijo estudiase Medicina. «Siempre miró hacia adelante», subraya Víctor García Fernández, que se convirtió en jefe de Cirugía del Hospital de Cruces (Vizcaya) y profesor adjunto de la Facultad de Medicina.
Para evitarle más sufrimientos a Gelina, aplazó hasta su muerte la tarea de investigar dónde se encontraba la tumba de su padre.
Su primer paso fue ponerse en contacto con la Universidade de Santiago. Lo hizo en 2008. Pocos días después había conseguido más de lo que esperaba, porque además de encontrarla, con la ayuda de Alberto Maceira, las investigaciones de Hartmunt Heine, un profesor de Historia de la Universidad Libre de Berlín, le permitieron descubrir que la Guardia Civil no lo había matado. «La orden vino de Carrillo», recalca.
El secretario general del Partido Comunista de España, Francisco Frutos, no le respondió a una carta que le envió en 2009 pidiéndole explicaciones, pero en el mismo año recibió las condolencias del su homólogo del PCG, Carlos Portomeñe. «Me pidieron perdón por el asesinato de mi padre, fruto, según expresaron, del revanchismo de Santiago Carrillo», expone.

LA TUMBA. Bajo una ventana de la iglesia de Moalde (Silleda), el 21 de marzo de 2009 fue instalada una lápida en memoria de su padre. «Éramos tres o cuatro personas y, como sucede en los pueblos, aparecieron varios espontáneos», dice Víctor García. El destino aún le tenía guardada otra sorpresa.
Uno de ellos se le acercó. «Yo lo he visto muerto, me dijo». Se llama José Fuentes, hoy supera los 90 años y entonces estaba haciendo el servicio militar.
José Fuentes le contó a Víctor García que a un vecino le llamaron al atención los ladridos de los perros que acompañaban a un grupo de personas en su caminar hacia el molino, situado en Río do Porto, y los siguió monte arriba hasta una zanja. Allí se encontraba su cuerpo, medio comido por las alimañas, con el cuello seccionado y parcialmente separado del tronco, cubierto por hojas.
Lo envolvieron en una sábana y lo tiraron en el suelo, cerca de la iglesia. Alguien pidió unos tablones para construir y una caja y José Fuentes los llevó de su casa. El cura ordenó que no lo enterraran en terreno bendecido.
«Las señas de este sujeto eran, estatura baja, fuerte, cabeza grande, cara ancha, nariz gorda, orejas pequeñas, con dos dientes de oro y cinco de marfil», detalla su partida de defunción. Las piezas de oro le fueron arrancadas.
«Al fin puedo decirte que nunca vas a estar solo», le prometió un emocionado Víctor García Fernández ante su tumba.

Diario de Pontevedra (15-02-2014)


Arousa, la ciudad que pudo ser

El alcalde de Vilanova de Arousa, Aurelio Mouriño, fue agredido, «teniendo que huir por caminos escondidos», precisaba el ‘Heraldo de Madrid’ el 4 de junio de 1934. En la crónica figura que dos comerciantes de la localidad, uno de ellos también depositario municipal, y el presidente de la Cámara de Comercio de Vilagarcía, Adolfo Llovo, sufrieron un boicot.
A las lecheras de la parroquia de András les arrojaron su mercancía por el suelo, la casa del regidor fue apedreada, al igual que la vivienda del secretario municipal, José Trigo. Y sus autores le habrían prendido fuego de no haber acudido al lugar la Guardia Civil.
Alguien cortó las líneas del tendido telefónico para dejar aislada Vilanova, «al tiempo que se impedía a los concejales del extrarradio acercarse a la capital del municipio mediante la vigilancia de los caminos principales», relata.
Y no queda ahí el asunto. El ‘Heraldo de Madrid’ publicaba que había «confidencias» de un intento de volar la casa del secretario, cuyos eucaliptos fueron cortados, y de la colocación de una bomba en la Praza de Abastos.·
Todos estos sucesos, y otros más, como una huelga general, celebrada el día 16 de mayo, la primera y única registrada en el municipio arousano, jalonan el convulso proceso abierto por los partidarios de que tres de sus siete parroquias pasasen a formar parte del municipio de Vilagarcía, en una estrategia cuya finalidad era la absorción de Vilanova para formar lo que sus promotores denominaron la Ciudad de Arousa, «esa gran urbe de la Galicia occidental, siempre soñada y nunca realizada», apunta Manuel Villaronga en su libro ‘La Ciudad de Arousa’, en el que está documentado este reportaje.
«Se puso en juego algo más que un movimiento de fichas territoriales: se enfrentaban distintas formas de ser, de entender la vida: Por un lado, los vilanoveses que vivían del mar, simbolizados en la vieja oligarquía conservera y salazonera -los Llauguer, Pombo, Pérez Lafuente...- de la Vilanova capital, de carácter conservador, que hundía sus raíces en los primeros fomentadores catalanes», expone  el historiador vilagarciano.
La otra eran los vilanoveses del interior, cuya vida giraba en torno a la producción agrícola y tenía su expresión colectiva en la potente Sociedad de Agricultores de Baión, liderada por Eduardo Puceiro, que había hecho fortuna en América y difundía sus ideas republicanas  y de izquierda, y Adolfo Fojo, un indiano que adquirió la finca O Fontán, conocida más tarde por el nombre de Pazo Baión.
Las diferencias con A Illa de Arousa, la incomodidad que sentía Baión con Vilanova, los republicanos contra los monárquicos, los de izquierdas contra los de derechas, y los de derechas de Vilanova contra los de derechas de Vilagarcía completaban un cóctel explosivo en el que el estallido de la Guerra Civil ejerció como detonante.
El primer chispazo segregacionista de Baión se produjo en 1884, cuando solicitó su incorporación al Ayuntamiento de Rubiáns. 20 años después, un grupo de vecinos pidió que su agregación a Vilagarcía. Tenía entonces 1.481 habitantes, frente a los 856 de Vilanova, cuyo Pleno la rechazó.
«La solicitud no la tiene suscrita ni la vigésima parte de aquellos vecinos, y que los que aparecen en ella firmando, algunos fueron sorprendidos y hoy están arrepentidos de haberlo hecho, otros no son contribuyentes... por tal manera que tal proyecto solo parte de dos o ters genios mal avenidos, injiridos (sic) por otra mano oculta», argumentó entonces.

MEIS TAMBIÉN. Pero hubo otros dos más. «Ya que se trata de la anexión de Carril y Villajuán, bien puede acordarse la de Bayón, para formar todos ellos la Gran Ciudad de Arosa», planteada el periódico local ‘Galicia Nueva’ en 1907, y en 1927, un grupo de vecinos se dirigió a ‘Faro de Vigo’ solicitándole su apoyo en el intento de «anexionar esta parroquia al ayuntamiento más cercano, o sea, el de Meis».
«Una cosa quedaba clara: la llama estaba prendida e iba a ser muy difícil apagarla», advierte Manuel Villaronga. Los partidarios de la segregación revitalizaron el proyecto aprovechando el triunfo del Frente Popular en las elecciones municipales de abril de 1931. «Una vez más las parroquias del interior, esta vez con el apoyo de A Illa, volvían a aliarse contra el litoral. Una vez más, el sueño de la Gran Ciudad de Arousa volvía a resucitar», expone.
Pero la composición de la Corporación apenas cambió, y los Santos, Llauguer, Canabal y Pérez Lafuente, representantes de las familias que habían estado en el poder desde hacía décadas, seguían ostentándolo. El alcalde, Emilio Santos, y cinco ediles dejaron sus cargos cuando aún no había transcurrido un año.
El secretario puso en conocimiento de los hechos al gobernador civil, y Manuel Llauger se hizo con la Alcaldía de forma interina. Por orden gubernativa fueron nombrados los nuevos ediles y en este grupo figuraba Aurelio Mouriño.
La división en dos bandos, comandados por Aurelio Mouriño y Francisco Lafuente, quedó establecida. Ambos contaban con el mismo número de concelleiros: ocho. Dos votaciones para elegir alcalde depararon sendos empates. Y fue necesario apelar a la diosa fortuna para resolver el entuerto.
Cada edil escribió el nombre de su candidato en un papel que el secretario, José Trigo, introdujo en una bola y, a continuación, en una urna transparente. Trigo fue el encargado de extraer una con el nombre del elegido, que fue Aurelio Mouriño.
Escandalizados, al considerar que se había producido una trampa, Lafuente y los suyos abandonaron el Concello. «El señor secretario eligió a sabiendas la bola que tuvo por conveniente, por lo cual el nombramiento de alcalde fue debido no a la suerte, sino a la voluntad del mencionado señor secretario», sentenció.
En cuanto se supo que la pretendida segregación no se iba a limitar a Baión, sino que la operación significaba la fusión de Vilanova y Vilagarcía, Mouriño perdió el apoyo de cuatro de sus ediles y la oposición se hizo con todas las comisiones de gobierno. En enero de 1934, la Corporación le abrió un expediente disciplinario al secretario, que Trigo califico de «propósito de venganza».
Los vecinos de Baión aprobaron en una asamblea, el 15 de abril, su anexión a Vilagarcía y, para complicar un poco más las cosa, A Illa de Arousa se proclamó república independiente. Lo que no pasó de una broma de bar puso en marcha a la Marina y hubo detenidos.
Ajeno a la tensión, y después de que los vecinos de Baión hubiesen dado traslado del resultado de la asamblea al alcalde de Vilagarcía, Carlos Fernández, donde ya se hablaba de la fusión de los dos municipios,  Mouriño convocó a las fuerzas vivas para abordar la reivindicación de Baión.  Los opositores cubrieron los caminos de octavillas y se desplazaron hasta Pontevedra para reclamar al gobernador que frenase el proceso.

LOBEIRA. «Desgraciadamente, existen siempre mentalidades decrépitas que, viciadas por un egoísmo desmedido, trataron, para satisfacer bastardos intereses, de obstaculizar toda labor de mejoramiento», publicaba el ‘Galicia Nueva’. El artículo estaba firmado por Lobeira, seudónimo utilizado por Trigo.
La tensión fue en aumento, y en el Pleno convocado el 12 de abril de 1935, un grupo de vecinos invadió el Concello, forzando a Mouriño a dimitir. La Guardia Civil desalojó el edificio y el regidor hizo constar que abandonaba bajo coacciones y «un miedo insuperable».
‘El Pueblo Gallego’ aconsejaba dejar para más adelante este asunto porque bastantes problemas había en España, y que se discutiese entonces si Vilanova debía seguir siendo un municipio o repartido entre Vilagarcía y Cambados. No escucharon su recomendación en A Illa, donde expresaron en tres asambleas su decisión de seguir a Baión, al igual que András.
La suspensión de tres ediles acusados de instigar el asalto a la casa del alcalde y la renovación de otras tres actas, dos por fallecimiento y una por dimisión, ordenada por el gobernador dieron de nuevo la mayoría a Mouriño, que convocó el Pleno para ratificar la segregación de tres parroquias.
La sesión tuvo lugar el 26 de abril, y el acuerdo fue adoptado por once votos contra cinco. «Cinco ediles que habían votado no a la elección de Mouriño como alcalde votaron sí a la segregación. En cambio, cuatro concejales que había votado sí a la alcaldía de Mouriño, y que formaban parte de su grupo de gobierno, votaban ahora no», precisa Villaronga. El galimatías era absoluto.
Quien lo tenía muy claro era el secretario y por eso, José Trigo hizo constar en el acuerdo que se incorporaría al «Ayuntamiento de Vilagarcía con el haber de seis mil quinientas pesetas, que con dos quinquenios, a razón de quinientas pesetas cada uno, hará un total de siete mil quinientas». Era padre de nueve hijos, indica el historiador.
Hasta seis recursos fueron presentados. El 16 de mayo se celebró una huelga general, y el alcalde solicitó el traslado provisional de la sede del Concello por haber recibido amenazas de muerte. La petición fue aceptada por el gobernador, y la casa del secretario se convirtió en la sede de la soberanía municipal.
«Villanueva en completo desorden, titulaba el ‘Heraldo de Madrid’. Por si fuera poco, Tremoedo también quiso ser de Vilagarcía, cuyo gobierno le dio la bienvenida de inmediato. «Con San Deiro tan vinculada a Cambados, con Caleiro tan cercana a Vilaxoán y con Vilanova-capital tan encerrada en sí misma, la desaparición de ésta como ayuntamiento era una posibilidad nada descabellada», argumenta Manuel Villaronga.
Se sucedieron los obstáculos para impedir que los promotores de los recursos se hiciesen con la documentación que necesitaban. La ilegalidad de los acuerdos adoptados por un alcalde que había dimitido, la falta de apoyo vecinal y la carencia de una memoria económica fueron las tres bases en las que se fundamentaron.
Mientras la tramitación judicial seguía su itinerario, el gobernador civil nombraba una nueva corporación interina, cuatro días después del triunfo del Frente Popular, con Ramón López al frente, que primero fue aliado y después rival de Mouriño.

LA SENTENCIA. La sentencia se hizo pública el 23 de febrero de 1937. El Tribunal de lo Contencioso de Pontevedra declaró nula la segregación «tan ligeramente llevada a efecto, con notorio menosprecio de las más elementales formalidades legales», aún reconociendo la legitimidad del respaldo popular con que contaba. El fallo fue ratificado por el Tribunal Supremo en el año 1945.

Y así finalizó el episodio, pero la historia no se detiene. «Las tensiones territoriales siguen vigentes -los municipios, como las personas, nacen, crecen, se desarrollan y mueren- y el debate sobre la necesidad de acabar con el inframunicipalismo continúa abierto, por esta razón, nos tememos que el caso de Vilagarcía de Arousa, como el de tantos otros, no está, ni mucho menos, cerrado», advierte Villaronga.

Diario de Pontevedra (12-01-2014)